sábado, 9 de enero de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y EL ABATE BARCELOS

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ Y EL ABATE BARCELOS


“Mi situación no tenía nada de envidiable, estaba solo frente a una banda de gente muy segura de sí misma y que no paraba de burlarse de todo cuanto podía, totalmente solo con mis ideas provincianas y con mi francés que, sin ser un desastre, no podía compararse a la fluidez y agilidad de su lenguaje. Comprendí que tenía que obrar con sensatez, que no podía permitirme ni una pizca de estupidez (...)”
“Que mi inteligencia tenía que reflejarse no solamente en mis palabras, sino también en el mismo modo de hablar, escuchar, en la mirada... Había llegado la hora de poner a prueba toda mi sabiduría polaca que crecía lentamente. Este juego se volvía cada vez más serio, hasta que al final íbamos a ese café como a un campo de batalla para librar un combate que duraba varios días y estaba muy lejos de concluir (...)”

“Para mí, todo eso tenía una importancia capital. Como polaco, como representante de una cultura más débil, tuve que defender mi soberanía, no podía permitir que París se me impusiera. Y durante esas batallas me di cuenta de que lo que hasta entonces me había impedido gozar de París fue justamente eso: la necesidad de preservar mi independencia, dignidad y orgullo (...)”
“Tenía que evitar a toda costa convertirme en un alumno, imitador, acólito, admirador y mirón. Atribuyo una importancia enorme a aquellas discusiones enconadas que tuvieron lugar en la pequeña cafetería del Boul’Mich, en aquella mesa del rincón; fue allí y entonces cuando por primera vez cogí por los cuernos a un toro con el que luego me enfrentaría en numerosas ocasiones, el toro de la superioridad occidental (...)”

“Veo la escena como si hubiera ocurrido ayer: junto a la pared había un sofá de cuero donde estaban sentados unos hombres, al parecer dependientes de la tienda, que se reían de nosotros y se inmiscuían en nuestra conversación; de lado, aunque en principio sentado en otra mesa, participaba también un poeta catalán, el padre Barcelos, mientras nosotros, seis o siete con el chino Mon chou, discutíamos arduamente gritando como desesperados (...)”
“La dialéctica es la madre de la ciencia. Fue entonces cuando descubrí el método apropiado para polemizar con París”. A Gombrowicz le gustaba discutir con los curas, acerca del catolicismo, el existencialismo y el marxismo sobre todo. El abate Barcelos y el padre Jan Parsieb son religiosos que se ponen en contacto con Gombrowicz en distintos momentos de su vida por razones diversas: la cárcel y su despedida de la Argentina.

Unos meses antes de su partida de la Argentina, el padre Jan Pasierb le hace una entrevista a Gombrowicz en la que se interesa por algunas cuestiones: cuándo y por qué había perdido la fe; quiénes era sus escritores católicos favoritos; cómo definiría la cultura. “Me resulta difícil mantener una relación con el catolicismo, porque me cuesta grandes esfuerzos y sacrificios intelectuales. En principio, el catolicismo está en contradicción con mi visión del mundo (...)”
“Sin embargo, con el tiempo, he ido adoptando una postura cada vez más desconfiada y crítica frente el intelectualismo contemporáneo y esa desconfianza tiende a reconciliarme con el catolicismo. En primer lugar, el catolicismo le ofrece al creyente una visión coherente del hombre, lo cual le permite no tratar de resolver los problemas por su cuenta, intento que, por lo general, da resultados catastróficos (...)”

“Por eso, mi actitud hacia el catolicismo es positiva, aunque no sea creyente. Fui creyente hasta los catorce años y dejé de serlo sin el menor trastorno. Nunca he tenido necesidad de una fe. Sin embargo, no soy ateo, porque para un hombre que se enfrenta al misterio de la existencia, cualquier solución es posible. Pascal es mi escritor católico favorito, no me gustan los novelistas, a Mauriac por ejemplo no lo puedo soportar (...)”
“Sí, a medida que envejezco me hago cada vez más partidario de las temperaturas medias. Es una postura dialéctica. La cultura tiende a los extremismos, pero mi espíritu de contradicción me lleva en la dirección contraria. Mi actitud intelectual presente es crítica de los extremismos. Por otra parte, al adoptar esta actitud centrista me convierto en un representante típico de la cultura polaca, que ha sido siempre una cultura mediadora (...)”

“En cuanto a la cultura, yo pienso que la cultura es una violación, la violación de un débil por un poderoso”. El cortocircuito de Gombrowicz con el pensamiento se le produce cuando mira a la razón desde las ventanas de sus narraciones y de sus piezas de teatro. No es tanto el Gombrowicz filósofo el que se ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada, son los personaje de sus obras, ese Gombrowicz irresponsable el que se ríe a carcajadas.
El Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del Gombrowicz artista, pero el Gombrowicz artista no se cansa de desmontar las plantaciones que hace el Gombrowicz filósofo, ni de reírsele en la cara. “El existencialismo no es una moda, ni una locura, ni algo decadente, sino una de las más serias necesidades del desarrollo humano actual, una corriente creativa que se proyecta en el futuro (...)”

“El existencialismo es uno de los factores más esenciales que conforman la mentalidad, si no de América, cuando menos de Europa, y los marxistas, por su propio interés, deberían mirar, algo que está más allá de sus narices marxoidales”. Gombrowicz encontraba en los polacos una resistencia sistemática que se oponía a la asimilación del existencialismo, y no sabía bien si debía esta aversión.
Era quizás la aversión tipo sármata que tienen los polacos a pensar demasiado, o causada por un pasado cultural algo pueblerino, o con origen en el aislamiento del pensamiento libre en el que había caído Polonia desde el advenimiento del comunismo. Esta falta de orientación de los polacos respecto al existencialismo los separaba de Occidente más que el corte de los pantalones o la cantidad de coches.

A los católicos polacos no les interesaba el existencialismo porque consideraban a la filosofía como una especialidad de los ateos. Se olvidaban que sus verdades reveladas debían ser tratadas a un nivel de profundidad acorde con un desarrollo mental al que habían contribuido durante siglos muchos sabios laicos. Al católico no debiera resultarle indiferente el nivel mental del hombre ni los límites de su conciencia
Es justamente en esta dirección que el existencialismo ha profundizado la sensibilidad religiosa del hombre y enriquecido la fe con contenidos nuevos. A los marxistas polacos tampoco les interesaba demasiado el existencialismo porque se consideraban poseedores de un conocimiento supremo de la vida, cometiendo el mismo pecado que los católicos, ellos le encargaban al materialismo dialéctico la solución de los misterios, así como los católicos se la encargaban a Dios.

“Pero a los marxistas se les debería decir que la humanidad no se acaba en Marx y que ese orgulloso aislamiento detrás de la muralla china de cualquier pensamiento posterior al comunismo, poco a poco va convirtiendo al marxismo teórico en una sabiduría cada vez más estéril, caduca y aburrida, como puede ser aburrido repetir siempre la misma cosa. La presente crisis intelectual por la que atraviesa esta doctrina, que hoy en día no puede vanagloriarse de contar siquiera con un nombre ilustre, se debe precisamente a la incapacidad de asimilar ideas nuevas”
Gombrowicz quiere darles una lección a los polacos que piensan que las abstracciones no sirven para nada y que sólo lo concreto y la realidad son verdaderos, y quiere darles una lección pues resulta que justamente el existencialismo piensa la misma cosa.

Kierkegaard, el petimetre danés que inventó el existencialismo, anunció urbi et orbi que el razonamiento hegeliano era impotente, y era impotente porque se vale solamente de conceptos. La diferencia entre un concepto y el objeto del que se lo abstrae es la de que el objeto existe y el concepto no existe, por esta razón las filosofías no tiene utilidad en la vida concreta pues sólo elaboran fórmulas y sistemas lógicos de conceptos.
“Si para el polaco el existencialismo no se personifica en la figura de un anarquista con barba y pelo largo, de todos modos comienza y termina en Sartre, quien también, según esta versión, es un bobalicón ateo e inmoral que predica que todo lo que se nos antoje está permitido. En realidad, este Sartre, aunque ateo, es precisamente un moralista y trata de servirnos un nuevo alimento ético (...)”

“De todas formas, con Sartre no termina esta nueva escuela del pensamiento sobre la vida, sino que también existe la riquísima variante del existencialismo cristiano, en el que descuellan nombres célebres”. Cuando se tomó unas largas vacaciones en Santiago del Estero, Gombrowicz dio una conferencia sobre la ciencia y la filosofía a los estudiantes de la Universidad de Tucumán.
Dígame, señor Gombrowicz, ¿qué es la existencia?; –La existencia es lo que no es y no es lo que es. El estudiante creyó que le estaban tomando el pelo, se levantó y se fue. Lo que Sartre intenta decir en este trabalenguas es que la existencia, contrario sensu a las cosas, es un movimiento, y mientras los objetos inanimados son idénticos a sí mismos, son lo que son, la vida es cambio.

Hasta la llegada del existencialismo la lógica de las cosas era la lógica de la filosofía, pero cuando Kiekegaard escoge como objeto de su pensamiento, no el mundo de las cosas, sino la existencia misma, pone al universo patas para arriba. El desideratum del pensamiento existencialista es, por un lado, su rechazo a la abstracción y a los sistemas teóricos, y por otro, el intento de aprehender todo lo que se mueve para atrapar al mundo en su desarrollo y en su movimiento.
Algunos filósofos creen que la dialéctica hegeliana puede hacerse cargo de este segundo deseo vehemente del existencialismo, pero la diferencia que existe entre la visión dialéctica y la visión existencialista, es la misma que existe entre las sensaciones de una persona que observa un coche moviéndose a toda velocidad y las sensaciones de otra que va sentada dentro de ese mismo coche.

El existencialismo va más allá del rechazo a la abstracción y del intento por aprehender el movimiento, sostiene también que el hombre, en el curso de su desarrollo crea su propia ley, de lo que deviene un ser imprevisible sujeto a un proceso continuo de formación, tanto la de él como la de sus normas.
Pero no sólo los pensadores y los filósofos laicos han sido tomados por el sentimiento angustioso de que todo le estaba desapareciendo bajo los pies. En el café Boul’Mich cerca del Panteón en París, Gombrowicz sostuvo en su juventud discusiones interesantes sobre este punto con el abate Barcelos y con los amiguetes del chino Chou. La iglesia desea que el hombre haga el uso más completo de la razón, ya que la razón utilizada con propiedad también nos conduce a Dios.

Pero los sacerdotes deben tener en cuenta las dificultades originadas en el hecho de que el desarrollo de la razón es cada vez más acelerado, por lo que la interpretación racional de las verdades reveladas sufre continuamente en el tiempo nuevas transformaciones, y cada decenio es más profunda y rica en descubrimientos. El abate Barcelos le tenía aprecio a Gombrowicz.
Lo consideraba una oveja descarriada pues ese joven de buena familia había llegado a relacionarse con algunos tratantes de blancas, y por el aprecio que le tenía tuvo que intervenir en una mediación importante y providencial que lo salvó de la cárcel. El alma sigue luchando con los demonios indomables de la abstracción y del movimiento, es la misma lucha que había emprendido Kierkegaard ciento cincuenta años atrás.

“Y cuando llega a nuestros oídos un gemido porque la humanidad rompe todas las normas, porque está creciendo la dinámica de nuestros tiempos, la relatividad y el carácter funcional de todo cuanto nos rodea, todo ello no es más que la expresión del miedo ante ese segundo demonio cuyo nombre es movimiento, desarrollo, devenir (...)”
“El existencialismo se encuentra a cien millas de la solución de estos problemas, consiste más bien en dar la cabeza contra el implacable muro que ellos forman. Pero al menos tiene la ventaja de formular nuestras inquietudes más profundas, tanto las de Europa Occidental, como las inquietudes que tiene origen en los menos conscientes dolores nuestros, los dolores polacos”


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