jueves, 31 de marzo de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y EL ERROR DE CÉSAR AIRA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y EL ERROR DE CÉSAR AIRA



Los nombres de muchos gombrowiczidas han sido coronados con apodos a lo largo del tiempo. A mí me parece que el origen y la naturaleza de los motes debe quedar un poco en el misterio, sin demasiadas aclaraciones por parte del autor que, como todos los gombrowiczidas saben, vengo a ser yo. El primer apodo que puse fue el de Pterodáctilo, en una época en la que todavía no existían los gombrowiczidas.
El origen del mote siempre tiene un contenido negativo, se refiere a historias verdaderas que me unen a los motejados en distintos momentos de esas cápsulas de Gombrowicz que son los gombrowiczidas, pero con el paso del tiempo pierden el sabor acre que traen por el nacimiento y llegan a tener, por lo menos para mí, un carácter familiar y afectuoso, tal es el caso del Pato Criollo, es decir, de César Aira.

“La cabecera de la cama de César Aira está formada por columnas de libros, que se sostienen de forma precaria. El modesto apartamento en el que vive este notable escritor argentino, en el barrio de Flores, está lleno hasta arriba de libros, en el suelo, sobre las sillas, en estanterías, en las mesas, apoyados en las esquinas, tapando a medias las salidas (...)”
“Aira, 61 años, nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires llamado Coronel Pringles, es uno de los autores más respetados en la literatura argentina, lo que a él, ajeno por completo al mundillo literario y extraordinariamente exigente y coherente con su concepto de lo que significa dedicarse a la literatura, parece sorprenderle de manera genuina (...)”

“Un hombre que se ríe mucho, en tono bajito y sin estridencias, al que uno se imagina perfectamente jugando con críos de cinco o seis años, muy cómodos con su compañía. Aira, un autor bien conocido en Europa, publica en España ‘El error’, su nueva novela”. Existen dos hombres de letras argentinos que cosechan en unos las más calurosas adhesiones y en otros el más encendido rechazo.
El Pterodáctilo y el Pato Criollo, ambos gombrowiczidas ilustrísimos, son casos señalados de la bipolaridad literaria argentina que tiene raíces oscuras y obedece a los mandatos de los más bajos instintos. ¿En qué son iguales Gombrowicz y el Pato Criollo y en qué no son iguales? Son iguales en la técnica que utilizan para darle rienda suelta y para controlar sus fantasías.

Siendo la escritura una forma en sí misma, Gombrowicz se refiere a ella como una ultractividad de su propia naturaleza, por lo menos para su propia obra. Existe un ascenso desde los primeros elementos individuales que crecen mientras se escribe, siguiendo la ley de la acumulación formal, hasta la visión general que cierra todo el conjunto.
Una clase de esos elementos son frases sueltas y situaciones excitantes, de los que sobreviven unos pocos. Esta función de control que el autor ejerce, eliminando buena parte de los primeros miembros de un conjunto que se va formando, es muy importante y está presente en todo el proceso. Las frases y los elementos en estado caótico le impondrán al autor una representación más amplia.

Escenas y una trama en estado de nacimiento que sólo deben satisfacer las necesidades de la imaginación. En este segundo momento, el caos inicial se reduce y aparecen con alguna claridad las asociaciones y los elementos excitantes y misteriosos cuya acción se amplía; un repiqueteo que el autor debe buscar siempre. También aquí es necesaria la actividad de eliminación.
Mediante este proceso de control, el autor debe contrastar siempre el resultado con el sentido interior de su vida que, sin embargo, no conoce. Los miembros de este conjunto, si es que la creación se realiza de esta manera, es decir, si el autor evita la intervención pesada de las líneas de realidad, adoptan un comportamiento que define su naturaleza y sus funciones.

Es aquí donde aparecen las escenas claves, las metáforas y los símbolos que ya apuntan en una dirección determinada. Del caos inicial, por una acumulación de forma, se pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes que el proceso de control ya no puede eliminar, y lo ya creado dictará el resto. El sentido interior de la vida es el ángel de la guarda que toma la palabra.
Con esa palabra se confronta constantemente la imaginación con la realidad y se media en la lucha entre la vida y la existencia. Existen sin embargo algunos asuntos en los que Gombrowicz y el Pato Criollo no son iguales. Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen.

Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es cierta. Él mismo no le tenía mucha simpatía a la lectura, acostumbraba a decir que nunca había terminado de leer un libro porque los libros lo aburrían. Mientras la actitud de Gombrowicz respecto a la lectura era distante, la del Pato Criollo no lo es.
Pasa por ser, según las opiniones autorizadas del Niño Ruso y del finado Hombre Unidimensional, el escritor hispanohablante más leído por lo que lee, no así por lo que es leído. Las obsesiones de Gombrowicz y del Pato Criollo respecto a la lectura, con una actitud distante porque lo aburría la de Gombrowicz, y con una actitud realmente apasionada la del Pato Criollo, desembocaban muchas veces en actitudes inesperadas.

Quizás la diferencia mayor que existe entre los dos es que Gombrowicz escribió un “Diario” y el Pato Criollo no. El “Diario” es la obra más grande de Gombrowicz, este género resultó en sus manos una verdadera creación. En sus extremos asoman la nariz la grandeza y la falta de seriedad, unos extremos que se aprietan y se mezclan con situaciones de vida.
Fragmentos de carácter filosófico, polémicas, partes líricas, bromas grotescas y ficción literaria pura, entreverados con el contrapunto de los comentarios e interpretaciones que hace Gombrowicz sobre su propia obra. Poco a poco se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos.

Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde penetraba otras existencias, una zona que a menudo le resultaba hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Después de leer cualquier libro del Pato Criollo uno no está seguro si es el más chiflado o al más talentoso de los narradores argentinos.
Y es que las historias del Pato Criollo son francamente demenciales. Con frecuencia hay un personaje más o menos desubicado que está en el centro de un torbellino de sucesos extraordinarios, cuando no apocalípticos. Los protagonistas tiene que alternar con sucesos increíbles. Con las Mutantes Mnémicas, con una invasión de gusanos de seda del tamaño de un edificio de treinta pisos.
Con ponzoñosos carcinomas metiéndose directamente en el software del universo, con indios de modales mundanos que manejan con soltura los temas filosóficos, con dos viejas putas que contrabandean palos de golf usando un sofisticado sistema electromagnético de pulsos crípticos. “Mi Gran Obra es secreta, y abarca toda mi vida, hasta en sus menores repliegues y en los acontecimientos más banales (...)”

“He disimulado hasta ahora mis propósitos bajo el disfraz tan acogedor de la literatura. Pero mi objetivo, que a fuerza de hacerme transparente se ha vuelto mi secreto mejor guardado, es el típico del Sabio Loco de los dibujos animados: extender mi dominio al mundo entero”. Este es el propósito que guía al protagonista de “El Congreso de Literatura” cuando emprende la clonación de Carlos Fuentes.
Este personaje, además de escritor, es un científico loco, especialista en clonación. Invitado a un congreso de literatura en la pequeña ciudad de Mérida, en Venezuela, intenta hacer clones de Carlos Fuentes –también asistente al congreso– para dominar el mundo con un ejército de intelectuales poderosos. Una avispa mutante especialmente entrenada para tal fin le trae una célula de Fuentes para realizar el experimento.

El azar interviene y nada ocurre como estaba previsto, la avispa mutante toma una cédula de la corbata de seda de Carlos Fuentes y se arma un gran revuelo. Los sueños de este escritor ex alcohólico acaban produciendo monstruos dignos de la más delirante película apocalíptica. A la fábula central de “El Congreso de Literatura” se le añade un multiplicidad de asuntos.
Traducciones y traducciones de traducciones que sugieren que la literaturas es un fábrica perpetua de traducciones. Un desorden aún mucho mayor que el de “El Congreso de Literatura” el Pato Criollo lo alcanza en una novela más reciente: “Las aventuras de Barbaverde”. El señor Barbaverde, es un verdadero y cabal representante del bien.

Intenta detener los diabólicos designios del representante del mal por excelencia, el malvado profesor Frasca que se propone dominar al mundo desacreditando el poder del señor Barbaverde haciendo todo lo posible para que nadie lo tome en serio. Obedeciendo las órdenes de Frasca aparece un salmón de grandes proporciones sobre el cielo de Rosario.
Mientras tanto otros fenómenos también perturbadores atentan contra el orden del cosmos: aparecen juguetes que se transforman en personas, personas que se desprenden de una pantalla, las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por el desierto... un gran desorden hace peligrar a la humanidad. El tremendo volumen del gran salmón lo hace visible desde cualquier parte de la tierra.

Había surcado la inmensidad del espacio a la velocidad de la luz con el malvado propósito de estrellarse en Rosario y con la intención de destruir el mundo. Previendo lo que hacen los críticos y los estudiosos de las universidades Gombrowicz escribió el “Diario” pero el Pato Criollo no lo escribió. “Yo me he vuelto un favorito de la academia (...)”
“Lo he pensado mucho: ¿por qué se escriben tantas tesis sobre mí cuando no se escriben tantas sobre escritores mucho mejores que yo? Yo sé por qué pasa. Yo les estoy sirviendo en bandeja de plata lo que necesitan. Te doy un ejemplo, que lo di el otro día a unos estudiantes en la universidad: en esta novela mía, ´El congreso de literatura’, yo quiero clonar a Carlos Fuentes (...)”

“Necesito una célula de Carlos Fuentes e invento una avispa mecánica con un chip e instrucciones de que vaya y tome la célula. La avispita cumple exactamente y me trae la célula, yo la meto en el clonador y es un desastre. Porque la avispa tomó una célula de la corbata de seda natural de Carlos Fuentes. Ese episodio lo toma un profesor de narratología y ahí lo tiene todo servido en bandeja (...)”
“¿Dónde empieza y dónde termina un cuerpo, ¿la persona social es parte de la persona biológica? Lo tiene todo servido en bandeja por esa estructura de dibujo animado, de cómic, en la que yo se lo estoy dando. Es decir, para aplicar los conceptos de Gilles Deleuze a Kafka hay que ser Deleuze; para aplicar los conceptos de Deleuze a mí es facilísimo (...)”

“Creo que ahí está la clave: utilizar esos mecanismos sugerentes pero en términos de cultura plebeya. Seguro, lo tengo bien estudiado”. Gombrowicz tenía la costumbre de preguntarse cuál era el quid de una obra, si la obra podía responder a las preguntas de qué se está hablando y en qué consiste la cosa. El quid de las obras de algunos autores es su vida personal, pero no siempre es así.
Gombrowicz creía que aunque su vida se hubiera desarrollado de otra manera sus libros no hubieran cambiado demasiado. Le agradece a Dios por haberlo sacado de Polonia y lanzado al continente americano en medio de gente que le hablaba en una lengua extraña, en la soledad y en la frescura del anonimato, en un país más rico en vacas que en arte y que, con el hielo de la indiferencia, le permitía conservar su orgullo.

También le da las gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”. Cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le hubiese caído la armadura. Pero después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos.
Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde podía penetrar a otras existencias, una zona que a menudo le resultaba cerrada y hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Pero, ¿es su vida o una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios?

Amordazado en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas. La superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en la emigración se podría medir por un hecho.
El hecho de que el mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por eso egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.

El Pato Criollo acostumbra a salir del país para soltar sus retruécanos enigmáticos y paradójicos. En una entrevista reciente hizo comentarios sobre diversos asuntos. Que los viajes lo agobian pero es el precio que debe pagar para que lo lleven a lugares lindos; que hablar de uno mismo reconforta el ego pero que él es una figura retraída. Que hay muchos escritores que sólo son escritores por figuración social.
Que no hay motivo para despreciar lo prolífico de una obra ni tampoco para apreciar lo exiguo; que no hay razón para que el escritor escriba sobre todo, aunque quizás esté bien que escriba porque el escritor es un profesional de la palabra; que sus novelas se parecen más a un dibujo que a la escritura; que su lenguaje es diáfano porque su invención es barroca.

Que el final de sus obras lo suele aburrir y cuando esto ocurre la termina de cualquier manera y pasa a contar otra historia; que él sólo escribe cuando está escribiendo, cuando tiene la lapicera en la mano; que le interesa dejar desnudo el proceso de la creación pero más le interesa el resultado literario; que no le importa tener público pero sí le interesa tener lectores.
Que siempre pensó que los editores le hacían un favor a sabiendas de que perdían plata publicando sus novelas; que lee las dos primeras páginas de los escritores jóvenes, pero es raro que siga leyendo las restantes. Que le gusta coquetear con la idea del abandono, que un día no escribirá más, pero que está convencido de que no va a abandonar nunca; que los libros gruesos le parecen groseros.

Los pequeñitos, como los de la poesía, le parecen joyas; que la literatura no tiene una función social importante y que debe ser opcional, no obligatoria como piensan algunos de sus colegas. El grado de indefensión que expresan algunas declaraciones de un hombre de letras tan encumbrado como el Pato Criollo es equivalente a su debilidad infantil.
Una forma decadente que por fin alcanza el extremo que ocupan las opiniones un tanto negativas que tiene Roberto Bolaño sobre él. “Una línea en juego de la literatura argentina actual o postborgiana es la que inicia Osvaldo Lamborghini. Este escritor designó como albacea literario a su discípulo más querido, César Aira, que viene a ser lo mismo que si una rata dejara como albacea testamentario a un gato con hambre (...)”

“Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira. César Aira mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza obras memorables, como el cuento ‘Cecil Taylor’ o la nouvelle ‘Cómo me hice monja’ (...)”
“Pero en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. La prosa de Aira, que se devora a sí misma sin solución de continuidad, hace gala de un acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida”.

El Pato Criollo y el Orate Blaguer son dos gombrowiczidas ilustres que tuvieron conmigo una muy buena predisposición desde el mismo comienzo de nuestra relación, luego las cosas fueron cambiando poco a poco. Hace ya algunos años por razones completamente desconocidas para mí me vinieron ganas de mortificarlos a los dos al mismo tiempo.
Se me ocurrió mandarle entonces una carta al Pato Criollo en la que le decía que el Orate Blaguer tenía las facultades mentales completamente alteradas, y al Orate Blaguer otra en la que le decía que el Pato Criollo era un bartolero insubstancial, puse en el sobre del Orate Blaguer la carta del Pato Criollo y viceversa, en el sobre del Pato Criollo la carta del Orate Blaguer.

Acto seguido los mandé por correo. El Orate Blaguer se enojó y no me escribió más. La reacción del Pato Criollo en cambio fue benévola, me pareció entonces que el Orate Blaguer era un ser más limitado y el Pato Criollo una persona de un panorama más amplio. A decir verdad el Pato Criollo jugó un papel muy importante en la relación con mis editores.
En la publicación de “Cartas a un amigo argentino” y de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, actuó, en el primer caso, sobre la Hierática para la publicación de Emecé y, en el segundo caso, sobre el Negroide Piquetero para la publicación de Interzona. La verdad es que el Pato Criollo estuvo presente con su ciencia infusa y sus poderes mágicos en las ocasiones en las que los editores se ocuparon de mí.

Existen narraciones que nos dan una idea del inexorable sentimiento de culpa y vergüenza que la mirada de los otros puede producir en nosotros, el camino de la interioridad pasa a través de la otra persona, la otra persona sólo es interesante para mí en la medida en que me refleja, vale decir en la medida en que yo soy un objeto para ella.
El mismo Pato Criollo aborda el problema de la mirada en una novela cuya acción transcurre en Coronel Pringles, el lugar de su nacimiento. En cierto momento se produce una gran revolución en el cementerio, los muertos salen de las tumbas y atacan al pueblo. Le abren la cabeza a los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan invencibles.

Sin embargo, en un momento determinado una señora anciana mira y reconoce a uno de los muertos que se le está viniendo encima: –Pero si éste es el colorado Pereira. Los viejos comienzan a mirarlos e identificarlos a uno por uno y los zombis, mirados y derrotados, vuelven a las tumbas. El Pato Criollo escribió un prólogo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”.
Es en ese prólogo se da un paseo magistral hablando de la distancia y, en consecuencia, de la mirada. Gombrowicz se refiere a menudo a los excesos de cantidad en los que incurren los escritores. Pinturas, esculturas, tapices, alfombras, cristales… se depreciaban rápidamente por su abundancia excesiva, y la biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados en el suelo.

Una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo. Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte.
Gombrowicz escribe en los diarios cosas extrañas, tanto sobre el productor, es decir, sobre el hombre de letras, como lo acabamos de ver, como sobre el producto, es decir, los libros. Al bibliotecario de Royaumont le pregunta si el gobierno estaba tomando medidas para afrontar la llegada inminente del desbordamiento total, cuando las bibliotecas hagan estallar las ciudades.

Cuando haya que entregarle no sólo los edificios, sino barrios enteros, cuando los libros y las obras de arte acumulados inunden los campos y los bosques desbordándose de las ciudades llenas hasta reventar; no había que olvidar que, al mismo tiempo que la cantidad se convierte en calidad, la calidad también se transforma en cantidad. Esta es una preocupación que le manifiesta al bibliotecario de Royaumont.
Le venía de tiempo atrás, antes de empezar a escribir los diarios, era una verdadera preocupación de Gombrowicz. A medida que el Pato Criollo avanza en su carrera literaria despierta cada vez con más intensidad el rechazo de sus enemigos y un desconcierto creciente entre sus amigos y en él mismo. “El error es una novela. Y a la vez su alegoría (...)”

“Tiene un mecanismo para que la novela funcione y a la vez es el mecanismo mismo de la ficción al desnudo. El humor, como en toda la literatura de Aira, juega en esta novela la función de contrapunto. El bandolero, Neblinosa, la presa que se cartea con el escultor, están descritos siempre al filo de la sonrisa inevitable. Pero la tristeza y la soledad y la incertidumbre que los afligen forman parte de su destino (...)”
“Y este destino, Aira lo resuelve magistralmente con la descripción de una pesadumbre distantemente irónica. Y con algo de la impronta del maestro Macedonio Fernández. Al final, hemos disfrutado con una de las caras de la ficción, que como la vida tiene varias e ignotas. Nos enseña César Aira que la verdadera vida no está en otra parte. Está en la parte que miramos. Pero no vemos. Y en la vida que vivimos. O nos cuentan”

Verdaderamente deslumbrado con la capacidad del Pato Criollo para inventar cuentos, novelas y reflexiones de cualquier especie, empecé a soñar con él. Se me aparecía como un pájaro cuya verdadera naturaleza no alcanzaba a precisar, pero es seguro que estaba actuando sobre mí la misma curiosidad a la que se refiere Gombrowicz cuando entraba en contacto con otro escritor y que me hacía ver al Pato Criollo como un rival.
Eran sueños confusos, como lo suelen ser la mayoría de los sueños, me atreví entonces a consultar al doctor Cesar Rodríguez-Moroy Porcel, un terapeuta de gran renombre entre los hombres de letras especializado en el tratamiento de las neurosis artísticas, de las psicosis literarias y de los síndromes confusionales, a ver si con su ayuda podíamos darle una forma más clara a esos sueños.

Después de un par de sesiones el pájaro, aunque todavía misterioso, adquirió una magnífica claridad a la que sólo me atrevo a presentar como representante de una verdadera sublimación.




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