martes, 14 de julio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y STALISNAW SKROWACZEWSKI

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y STALISNAW SKROWACZEWSKI

“Su actitud cambiaba de un modo evidente cuando se encontraba ante un polaco. Una tensión se apoderaba de él. Se hubiera dicho que entonces se encontraba súbitamente en una situación que superaba en mucho las circunstancias reales del encuentro. Yo pensaba, al mirarle, que tal vez se sentía como delante de su padre o de su padre, o ante su vida anterior en Polonia. La presencia de un polaco le recordaba esos problemas de la poloneidad tan agudos en su vida y en su obra. Se notaba el doloroso esfuerzo que hacía para estar a la altura frente a todo eso... ”
Este comentario que hace el Esperpento y que la Vaca Sagrada registra en “Gombrowicz en Argentina”, no es tan exagerado como pudiera parecer, vamos a darle, entonces, algunas vueltas a lo que le pasaba a Gombrowicz con los polacos puestos en la Argentina.

El tipo polaco, confrontado con el tipo argentino, le producía a Gombrowicz una impresión que le resultaba difícil de captar. Los polacos lo impresionaban como más hábiles, con la misma habilidad que tienen los técnicos cuando se inclinan sobre una máquina, los argentinos, en cambio, lo impresionaban como más artistas, más perezosos y más dados a la diversión.
“La astucia de Ulises, aquella astucia dirigida a conquistar la naturaleza, es propia de los rubios, hijos de esas tierras menos acogedoras que invitan más a soñar. Sin embargo, en el polaco, este aspecto técnico es, además, romántico, un ingeniero tendrá también cara de guerrero o de conquistador, de asceta o de profeta, aunque en realidad no sea más que un pobre diablo o un jugador de bridge”

Esta impresión era la de un Gombrowicz que ya llevaba más de veinte años en la Argentina, era una impresión parecida a la que tenía cuando se ponía a hojear sus obras medio olvidadas para averiguar lo que le parecían después de tanto tiempo. Devoraba a los polacos con la vista para investigar las características de sus movimientos, su forma de hablar y sus caras.
Mientras Gombrowicz vivió en su Polonia natal no estuvo seguro de las impresiones que le despertaban sus compatriotas polacos, pero aquí, en la Argentina, pudo contrastar esas impresiones que traía desde Polonia con un material humano de los más variado, compuesto de todas las razas y de todas las naciones posibles, una mezcla que se ve especialmente por las calles de Buenos Aires.

“Es para mí como una especie de placer doloroso el mirar de improviso a un polaco y verlo de esta nueva forma, igual que se ve a un extranjero, pudiendo verificar de ese modo mis impresiones anteriores cuando estaba aprisionado por la polonidad y, ¿para qué ocultarlo?, bastante atormentado por ella. Hace poco, en Buenos Aires, experimenté de un modo repentino e inesperado una confrontación así”
Se refiere al encuentro con un director de orquesta polaco del que fui testigo. Mientras el público escuchaba con atención un concierto en la Facultad de Derecho, Gombrowicz sacó un gotero del bolsillo, lo ascendió cuan-to pudo con el brazo bien extendido y empezó a descolgarse gotas en la nariz desde lo alto, haciendo todos los aspavientos posibles para llamar la atención.

Cuando terminó el concierto fuimos a ver al direc-tor, habló un rato con él, acordaron un encuentro para el día siguien-te y nos fuimos. Después de un tiempo le pregunté qué le había pare-cido nuestra orquesta al maestro polaco: –Vea, no quiero desanimarlo, me dijo que tiene el nivel, más o menos, de las bandas de música que tocan en las plazas de Varsovia. Yo también observé en este encuentro la tensión de la que habla el Esperpento, pero se la atribuí a los nervios y no le di importancia.
“Fui por casualidad a un concierto, llegué tarde, entré en la sala cuando ya sonaba el tema del primer alegro de la ‘Eroica’; no tenía idea de quien era aquel tipo delgado que dirigía, pero la ejecución de la sinfonía beethoveniana era notable y en algunos detalles tan original que discutí sobre el asunto con Gómez, el amigo argentino que me acompañaba”

Cuando terminó el concierto fuimos a ver al director, resultó ser Stanislaw Skrowaczewski, un compositor y director de orquesta polaco sobresaliente. Las características físicas y espirituales del maestro que Gombrowicz había notado durante el concierto, se le organizaron en esa forma de tipo polaco que ya conocía, igual que lo que ocurre con un paisaje cuando un detalle nos lo permite identificar como algo familiar.
“Pero al mismo tiempo, creedme, todo eso estuvo acompañado de una desagradable puntada en el corazón, quizás a causa de tantos enfrentamientos míos con aquel ‘tipo polaco’ al que yo también pertenecía”
No hay que buscar en esta reacción de Gombrowicz un complejo de inferioridad, su condición de forastero impenitente lo había curado de ese problema y se sentía cómodo en cualquier ambiente.

Ese exotismo de su país que le recodaba el director de orquesta no era solamente misterioso, también parecía una forma de huir de las preocupaciones y de las luchas de cada día muy típica de los polacos.
“Lo captó el ilustre Marcel Prust al describir sus encuentros con un pequeño grupo de ‘muchachas en flor’; al conocerlas más de cerca, cuando le fueron reveladas sus preocupaciones, intereses, sueños y penas, las encantadoras muchachas dejaron de encantarle; y lo mismo le ocurrió con los salones de la aristocracia parisina, que se le convirtieron en aburrimiento cuando dejaron de ser algo desconocido y misterioso. Pero para Proust la vida consistía sobre todo en conocer, o sea en matar el encanto que nace de nuestra ignorancia”

El propósito que tenía Gombrowicz cuando se encontraba con algún polaco era el de verlo en su misterio, como lo verían, por ejemplo, un español o un boliviano, en su calidad de extranjero. No obstante el misterio polaco tenía los pies de barro.
Polonia era un país que no se destacaba demasiado, que carecía de una cara propia, pero los polacos, sin embargo, no pasaban por el mundo desapercibidos, aunque en la mayoría de los casos llamaban la atención por sus extravagancias. A pesar de todo, el misterio polaco existe, una cierta manera polaca que atrae e interesa al extranjero.
“Estuvimos discutiendo sobre este tema con un grupo humano de varias lenguas, al volver de la proyección de ‘El atentado’, una película cuyo título en polaco debe ser ‘Zamach’ (...)”

“A aquellos argentinos, ingleses e italianos la película le había parecido bastante exótica, pero cuando los acosé a preguntas, resultó que no era por el tema, ni por la forma artística ni por la acción. No, todo eso es más que conocido, ese patriotismo, la lucha contra el invasor, el heroísmo de la juventud, sí, es un tema bastante sobado..., pero aquellas gorras...., y aquella manera de andar... Precisamente esos detalles de tercer orden, que no se sabe cómo llegan a la pantalla, eran los que más les habían interesado”



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