martes, 21 de julio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA

Me tocó hacer el servicio militar en la Marina, una de las fuerzas armadas argentinas, la fuerza que despertaba más nostalgia en Gombrowicz desde Europa cuando pensaba en sus gloriosos infantes. Lo hice durante los años 1955 y 1956, una época bastante revuelta de la historia política argentina.
Como no tenía vocación para el combate un almirante me dio una mano y finalmente me ocuparon en el Ministerio de Marina, un edificio bastante cañoneado durante la Revolución Libertadora mientras yo estaba adentro observando cómo la aviación bombardeaba la Casa de Gobierno. Me habían destinado a los conmutadores telefónicos así que, hasta que sobrevinieron los acontecimientos del 16 de junio, pasaba una buena vida.

Después del derrocamiento de Perón, ocurrido tres meses después, nuestra vida de conscriptos retomó una cierta calma hasta que se produjo la contrarrevolución peronista en 1956, abortada por informaciones oportunas que recibieron los sediciosos salvándose de esta manera de una derrota segura.
Desde el mismo día de la sublevación las autoridades empezaron a investigar todos los centros de comunicación desde donde los contrarrevolucionarios podían haber sido alertados y los conmutadores telefónicos cayeron bajo la lupa de las pesquisas militares. Aunque yo no tenía nada que ver con los sediciosos preventivamente me pasaron por un tiempo al servicio de ascensores, y aquí viene el tema de la historia verdadera.

Cuando Gombrowicz se fue de la Argentina yo me hice amigo de la comparsa de Jorge Brussa, archienemigo declarado de Gombrowicz y campeón de ajedrez del café Rex. Una de las características que tenemos los argentinos es el sentido del humor y el gusto por las bromas, la cosa es que al poco tiempo de haber entrado en contacto con los nuevos contertulios hicieron correr el rumor que yo lavaba ropa a domicilio y que ellos conocían muy bien el origen y las características de mi cultura.
Después de haber pasado miles de horas polemizando con Gombrowicz yo tenía un gran entrenamiento para hablar de cualquiera de los asuntos que ocupan el mundo de la inteligencia, aunque sin profundizar demasiado, y esta particularidad de mis conocimientos fue relacionada con el ascensor.

En efecto, durante el día, mientras manejaba el ascensor en el Ministerio de Marina, escuchaba muchas conversaciones en esa cabina cerrada que yo hacía subir y bajar, pero eran conversaciones que no tenían principio ni fin, las tomaba empezadas en algún piso y se me escapaban sin terminar en algún otro nivel.
Pues bien, esta ocurrencia que tuvieron esos amigos míos de café que me aparecieron cuando se fue Gombrowicz me hicieron recordar un poco a las conferencia que daba Gombrowicz sobre el existencialismo y el marxismo, sobre la mecánica ondulatoria y la relatividad. El hablaba de estos temas como si para él fueran pan comido, pero sabía perfectamente que cualquier cuestionario no demasiado profundo que le hicieran lo podía poner en verdaderos aprietos.

Una parodia teatral de la mistificación del conocimiento la lleva adelante en “Filifor forrado de niño”, un cuento que Adolfo de Obieta publica en “Papeles de Buenos Aires” en 1944 y que después aparece en “Ferdydurke” en 1947. Es tan cautivante esta creación de cuño gombrowiczida que me veo obligado a narrarla, a narrarla no a copiarla, y no a copiarla por las secuelas que me quedaron del ascensor del Ministerio de Marina en el tiempo de la conscripción.
El príncipe de los sintéticos, el señor Filifor, doctor en sintesiología, era un hombre corpulento, de barba hirsuta y anteojos gruesos. Un fenómeno espiritual de tanta magnitud debía suscitar en la naturaleza, en acuerdo con el principio de acción y reacción, un fenómeno de igual magnitud y de sentido contrario.

Este fenómeno de igual magnitud y de sentido contrario resultó ser el anti-Flifor, un eminente analista, doctor en análisis superior, hombre menudo y hosco cuya única misión en el mundo era perseguir y humillar al magnífico Filifor. Se especializaba en la descomposición del individuo reduciéndolo a partes por medio de cálculos y papirotazos.
Accediendo al llamado de su vocación ese hombre hosco y menudo obtuvo el título nobiliario de anti-Filifor del que estaba muy orgulloso. Cuando Filifor se enteró de que anti-Filifor lo estaba persiguiendo comenzó él también a perseguirlo, pero durante algún tiempo se persiguieron en vano pues el orgullo no les permitía admitir que eran perseguidos.

El choque de ambos sabios se produjo por casualidad en el Hotel Bristol de Varsovia. Se encontraron en el restaurante del hotel en el que estaban también presentes la profesora Filifor, Flora Gente de Mesina, y dos doctores que procedieron a tomar notas por escrito. Como un duelo preliminar de miradas no resultó favorable a ninguno de los dos contendientes, el profesor analítico le espetó al sintético la palabra ñoquis por considerar a esta palabra esencialmente analítica, a lo que el sintesiólogo le respondió: –Ñoqui.
Ñoquis era analítico pues resultaba de una combinación de harina, huevos y agua, mientras que ñoqui era sintético porque representaba la unidad del ñoqui supremo. La profesora Filifor muy entrada en carnes estaba sentada sin pronunciar palabra, de repente, el profesor anti-Filifor se planta ante ella murmurando en voz baja la palabra oreja, mientras estalla en una risa sarcástica.

Filifor le ordena a su esposa que se cubra las orejas con el sombrero. Anti-Filifor, entonces, murmura para sí: –Los dos orificios de la nariz– desnudando con este procedimiento los dos orificios de la nariz de la profesora en forma analítica e impúdica.
Filifor amenaza con llamar a la policía pues la balanza se estaba inclinando de manera pronunciada en favor del profesor de análisis que acentuó su celebración diciendo: –Los dedos de la mano, los cinco dedos de la mano.
La robustez de la profesora le impedía ocultar el hecho de los cinco dedos de la mano, los dedos estaban allí. Cuando se disponía a ponerse los guantes anti-Filifor le hace un análisis de orina ambulatorio y exclama victorioso: –Un poco de leucocitos y albúmina, y acto seguido se retira rápidamente con su amante Flora Gente.

El profesor Filifor con la ayuda de los dos doctores lleva a la profesora al hospital. La descomposición de la señora Filifor era incontenible y perdía aceleradamente su contextura. Gemía: –Pierna, yo oreja, pierna, mi oreja, cabeza... despidiéndose de aquellas partes del cuerpo que se comportaban de manera autónoma, era una personalidad en estado de agonía.
Buscando intensamente medios para la salvación de su esposa Filifor pronunció inesperadamente la palabra bofetada, era una acción atrevida que le podía devolver el honor a la esposa y sintetizar los elementos dispersos. Sin embargo, la bofetada no llegó a su destino, anti-Filifor había previsto la maniobra y se había tatuado en las mejillas dos rositas y una viñeta con palomitas, la bofetada resultó ser algo así como un golpe contra el papel pintado.

Cuando los testigos le hacen ver al ofendido que no existe ofensa porque el analítico no tiene honor, Filifor les responde que no tomará en cuenta la ofensa pero que su esposa, no obstante, se está muriendo, así que no tiene más remedio que proceder sobre la cortesana, si anti-Filifor analiza a su esposa él va a sintetizar a su amante.
Decide actuar directamente sobre Flora Gente, la invita con una copa de Cinzano y de repente le espeta: –Alma–, la mujer no le contesta; –Yo; –¿Usted?, son cinco zlotys; –Unidad superior, igualdad en la unidad. Cuando le leyó dos cantos del Dante, le pidió dos zlotys más. Y así siguió estimulándola con recursos sintéticos, pero cuando quiso estimular su dignidad le pidió cincuenta zlotys: –Las extravagancias hay que pagarlas viejito.

Uno de los doctores le sugirió al profesor de la síntesis que quizá podría sintetizarla con el dinero, pero el dinero forma siempre una suma que nada tiene que ver con la unidad propiamente dicha. Filifor le da vueltas a la idea, no había caso, sólo el céntimo es indivisible, y un céntimo no puede impresionar a nadie. ¿Pero una suma inmensamente grande no la atolondraría?
El filósofo de la síntesis completamente seguro de lo que hacía los invitó al restaurante Alcázar donde realizaría el experimento decisivo. Filifor colocó un zloty sobre la mesa, nada. Recién después de haber colocado noventa y siete zlotys le aparecieron síntomas de extrañeza a Flora Gente, y a los ciento quince su mirada se empezó a sintetizar alrededor del dinero.

A los cien mil zlotys Filifor jadeaba, anti-Filifor empezaba a inquietarse y la cortesana alcanzaba cierta concentración. La suma iba dejando de ser suma y se convertía en algo inabarcable haciendo estallar el cerebro por su enormidad. Cuando el sacerdote de la ciencia de sintetizar desembolsó todo lo que tenía y selló el montón, Flora Gente se levantó y en medio del llanto y la risa dijo: –Señores, yo.
Filifor profirió un grito estridente de triunfo y anti-Filifor le pegó en la cara, un golpe que actuó como un rayo sintético arrancado de las mismísimas entrañas analíticas. Los testigos se abocaron a preparar el duelo. Filifor no tenía ninguna duda, cualquiera fuera el que cayese la síntesis saldría triunfadora porque la índole de la muerte es sintética, tendría la victoria final más allá de la tumba.

Debido a su enorme exaltación invitó a ambas señoras al duelo en carácter de simples espectadoras. Sin embargo, los doctores estaban inquietos, le temían a la simetría de la situación pues a cada movimiento de Filifor, que tenía la iniciativa, le correspondería un movimiento análogo de anti-Filifor. ¿Pero qué sucedería si anti-Filifor se apartara de esta simetría?
Filifor apuntó al corazón, tiró y no dio en el blanco. Y ya en este primer movimiento anti-Filifor se aparta del eje que unía a los contendientes y en vez de apuntar al corazón de Filifor apunta al dedo meñique de la profesora Filifor. El dedo meñique cayó cortado y los testigos, deslumbrados con la puntería, profirieron un grito de admiración. Filifor, fascinado por el tiro del adversario apunta él también al dedo meñique de Flora Gente, que cae cortado.

El tiroteo continuó en forma incesante, a su turno cayeron, después de los dedos, las orejas, las narices, los dientes... Con el último tiro el maestro del análisis perfora la parte superior del pulmón derecho de la profesora Filifor, y con la réplica del maestro de la síntesis queda perforada la misma parte del pulmón de Flora Gente. Los testigos estallan y gritan con admiración, luego reinó el silencio.
Ambos troncos murieron, cayeron al suelo, y ambos tiradores se miraron. El análisis había vencido, pero de esta victoria no resultó nada, y si hubiera vencido la síntesis tampoco hubiera resultado nada. Los sabios abandonaron sus posiciones y tomaron distintos caminos ejercitando su puntería con piedras y escupitajos que arrojaban contra gorriones, árboles, gallinas, conejos, faroles, ventanas, sombreros, velas..., y así recorrieron el mundo.

Cuando alguien del mundo científico le recordaba a Filifor el pasado glorioso de aquellas luchas del espíritu contestaba con ensoñación que sí, que en el duelo se había disparado muy bien, y si alguno de los testigos le reprochaba que estaba hablando como un niño le respondía: “Todo está forrado de niñadas”


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