martes, 16 de junio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y KRYSTYNA SKARBEK


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y KRYSTYNA SKARBEK


Mientras Polonia fue para Gombrowicz un surtidor de formas rígidas, la Argentina lo regresó a ese tiempo de la vida en que las formas son más blandas. Las convulsiones europeas tenían una réplica en América, pero débil, alcanzaban a un conjunto reducido de personas, mientras Europa estaba completamente movilizada y las formas polacas tenían un grado aún mayor de esclerosis que las esclerosis de Occidente.
Los judíos desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo polaco de la época de Gombrowicz. Él se sentía atraído desde su juventud por las inquietudes intelectuales de los judíos, por su racionalismo y porque, al mismo tiempo, le proporcionaban una gran variedad de elementos cómicos que tenían mucho que ver con sus debilidades y ridiculeces.

En su familia el antisemitismo estaba considerado como una prueba de estrechez mental y nadie sentía hostilidad hacia ellos, aunque sí conservaba prejuicios de carácter social. Gombrowicz tenía por costumbre poner en evidencia lo grotesco de la actitud de la nobleza hacia los judíos.
“El antisemitismo de la nobleza no era peligroso, condenaba el papel destructivo de los judíos, pero cada noble tenía a su israelita con quien pasaba horas enteras conversando en el porche de cosas misteriosas, prueba evidente de una convivencia establecida desde siglos”
Fue en la universidad donde se aproximó verdaderamente al medio semita y descubrió muy pronto que con ellos podía moverse más libremente que con los demás, en todo lo que la libertad tenía de locura y de descontrol.

En el café lo llamaban “el rey de los judíos” porque a su mesa concurría una gran cantidad de semitas, eran sus oyentes más fieles. Pero no era solamente la libertad y la audacia el atractivo que tenían los judíos para él, tardó algún tiempo en descubrirlo pero, finalmente, se dio cuenta que tenía con ellos algo más en común: la actitud frente a la forma.
No era de extrañar que ese pueblo trágico, sufriendo a través de los siglos enormes deformaciones, tuviera una forma grotesca: barbudos, con levitas, poetas en éxtasis concurriendo a los cafés, millonarios en la bolsa, eran realmente unos personajes increíbles. Los judíos sienten en su propia carne la vergüenza de este ridículo, pero no saben liberarse de la deformación que los oprime, por tal razón se perciben a sí mismos como una caricatura, como una broma extraña del Creador.

Esta actitud tensa de los judíos hacia la forma que les impide ser del todo judíos, como son del todo campesinos o nobles, los campesinos y nobles con una forma heredada a través de las generaciones, lo fascinaba a Gombrowicz, era eso precisamente lo que destacaba en sus creaciones: la pugna del hombre con la forma para descubrir su tiranía y para luchar contra su violencia.
“Eran entonces problemas casi inconcebibles para la gente de mi medio, que se movía, pensaba y sentía según un modo establecido de una vez por todas, heredado de sus antepasados. Sólo cuando la guerra y la revolución vinieron a romper este ritual y se pusieron a modelar a la gente como si fueran muñecos de cera, cuando todo lo que parecía eterno resultó ser frágil y huidizo, entonces mis ideas adquirieron peso (...)”

“Pero yo ya me había dado cuenta antes de cómo, justamente respecto a los judíos, esas maneras soberanas y altivas de la gente de mi esfera se derrumbaban penosamente. Los judíos parecían ser un elemento comprometedor ante el cual uno no podía comportarse adecuadamente”
Gombrowicz tenía con los judíos una unión espiritual nada superficial, fueron siempre y en todas partes los primeros en comprender y valorar su trabajo de escritor, sin embargo, sus relaciones intelectuales con ellos no se extendieron nunca al terreno de la amistad personal. No era tanto su frialdad intelectual lo que le chocaba, sino la ingenuidad con la que se dejaban impresionar por el intelecto, una admiración confiada e infantil por la razón científica, las teorías y la cultura en general.

“Esos terribles destructores, esos revolucionarios eran en su mayoría benévolos como niños, bastaba rascar un poquito para descubrir su tendencia soñadora, impregnada de una fe casi mística, su mordacidad se unía en forma extraña a la blandura (...) Yo torturaba cuanto podía su ingenuidad, toda mi táctica se centraba en invertir los papeles a fin de que ellos y no yo se convirtieran en románticos”
Gombrowicz ha manifestado en más de una oportunidad que le debía mucho a los judíos, era un filosemita que consideraba al antisemitismo polaco como bonachón. Sin embargo, no todos los judíos pensaban así. Una tarde, jugando al ajedrez, le transmití a Miguel Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo el embajador, me había manifestado que tenía muchos deseos de conocerlo: –Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos.

Algunos miembros de la nobleza polaca se unían a los judíos para darle un poco de aire financiero a sus blasones, eran unas uniones desgraciadas pues sus hijos no llegaban nunca a ser reconocidos en los salones. Los integrantes de la clase alta se comportaban como si nada se supiera, la buena educación los obligaba a evitar en presencia de esas familias la más ligera alusión a los judíos.
Krystyna Skarbek, una hermosa joven polaca que tuvo un desempeño heroico durante la segunda guerra mundial, pertenecía precisamente a esa categoría de desgraciados mestizos. Nacida de padre conde, su madre Goldferer era judía. La trataban según los cánones de comportamiento que ya mencionamos, pero un día ocurrió una catástrofe. Krystyna se hallaba sentada en la terraza de un hotel en compañía de personas con título.

De repente se detuvo delante del hotel una señora entrada en años, gorda y vestida de una manera llamativa: -¡Krysia, Krysia! Todos se quedaron de una pieza, la joven, en lugar de contestar, hizo como si no se tratara de ella: –¡Krysia Skarbek, Krysia Skarbek!
En ese grupito de gente tan mundana sólo había miradas clavadas en el suelo y caras tensas, como si hubieran sufrido un ataque de parálisis.
“Que bendición si alguien hubiera dicho simplemente: Krysia, ¿no oyes?, una de tus tías te está llamando. Pero nadie fue capaz de pronunciar esas sencillas palabras (...) En la actitud de esos nobles no había nada de menosprecio ni de odio, solamente había un falta terrible de sentido práctico, una incapacidad para superar lo convencional y adoptar un estilo más moderno”

En el contraste con los judíos se le revelaba la torpeza de la formas ancestrales polacas, su falta de adaptación a la vida. El modo judío incorporado al modo polaco era un elemento explosivo que debía dar la oportunidad de elaborar un nuevo tipo de polaco capaz de encarar el presente. Los judíos eran para los polacos un trazo de enlace con los problemas más profundos y complejos del universo.
La polaca Krystyna Skarbek fue una de las mejores agentes enviadas por los ingleses contra los nazis y una mujer excepcional que sobrevivió a los mayores peligros de la guerra para morir, paradójicamente, acuchillada por un hombre que la acosaba. Valiente, vivaz y encantadora, confiaba en sus dotes de persuasión y en las granadas de mano.

Fue para muchos la mejor agente de los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los personajes más arrebatadoramente románticos de la época. Capturada en 1941 por la Gestapo, la resuelta Krytyna logró que la dejaran libre tras provocarse una hemorragia mordiéndose la lengua para hacer creer a sus captores que padecía tuberculosis.
Saltaba sin temor en paracaídas, atravesó los montes Tatra esquiando para infiltrarse en Polonia, combatió codo a codo con la Resistencia francesa y burló varias veces a la terrible Gestapo, arrebatando de las mismísimas fauces de la muerte en una de ellas a dos importantes camaradas. En Digne, al sur de Francia, dos de los grandes jefes operativos fueron detenidos en un control cuando viajaban camuflados en un vehículo de la Cruz Roja.

Estaban condenados a morir fusilados. Ante la imposibilidad de montar un ataque de la Resistencia para liberarlos, Krystyna logró una cita con un oficial de la Gestapo y, haciéndose pasar nada menos que por sobrina del general Montgomery, lo convenció de que la llegada de los Aliados era inminente y de que más le convenía al torturador granjearse su amistad con un gesto de buena voluntad. Fue tan persuasiva con el oficial alemán, que durante toda la cita la estuvo apuntando nervioso con una pistola a la cabeza, que accedió y liberó a los camaradas presos.


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