lunes, 15 de junio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y BENITO MUSSOLINI


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y BENITO MUSSOLINI

Hijo de un anarquista revolucionario y de una maestra de escuela, Benito Mussolini hacía mucho tiempo que reinaba en Italia cuando Gombrowicz se va de vacaciones a la península en el año 1938. Mussolini, fundador del fascismo, estableció durante su mandato un régimen cuyas características eran el nacionalismo, el militarismo, la lucha contra el comunismo, la censura y la propaganda estatal. Mussolini se convirtió en un estrecho aliado del canciller alemán Adolf Hitler del que fue uno de sus primeros mentores.
El romanticismo y el bel canto italianos habían cautivado a los polacos durante mucho tiempo, Italia era para la elite de Polonia una parte del mundo a la que admiraba y quería imitar. Más que a Schubert y a Chaikovski, el músico que más admiraba Chopin junto con Bach era Bellini. Chopin es un belcantista.

En uno de sus primeros cuentos Gombrowicz pone en boca del protagonista un comentario curioso pero esclarecedor. Stefan leía mucho y trataba de comprender el significado de las cosas, se daba ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos; los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los italianos... bel canto.
Ésta era la razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos que no causaban repulsión. Mucho tiempo después Gombrowicz tuvo la oportunidad de poner a prueba esta opinión estándar que tenían los polacos sobre el bel canto de los italianos, una ocasión a la que hace referencia en “Recuerdos de Polonia”.

“Voy a contar alguna que otra cosa de mi viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa antes de la guerra (...) Aquella primavera italiana era espléndida”
Gombrowicz se había entregado al vagabundeo, el gran esfuerzo que le había demando “Ferdydurke” había quedado a sus espaldas. En ese año el jurado de “Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937, Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron a Boy-Zelenski.
“No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura polaca para siempre. Descansaba”
El aire de Roma, el clima limpio, transparente, latino, contrastaba con las brumas de Polonia, ese aire tenía para Gombrowicz un perfume particular.

“Y, sin embargo, en este aire y sobre el fondo de un paisaje tan noble, también se dejaba sentir algo turbio y monstruoso, como una pesadilla. Los diarios alababan ruidosamente el eje Berlín-Roma, por todas partes olía a chantaje y a traición, para mí el complot de Italia con Alemania era la traición a Europa en la calle, en los discursos de Mussolini, en las canciones de los fascistas y hasta en los juegos bélicos de los niños delante de villa Borghese”
Gombrowicz se da cuenta de que los italianos están desorientados. La duda que flotaba en el aire era la de saber cuál era la verdadera naturaleza de Mussolini, a lo mejor el Duce era un hombre providencial y un caudillo infalible, quizá le había sido impuesta la misión histórica de liquidar el mundo latino, siempre tan equilibrado.

“Compraba casualmente tabaco en un quiosco, cuando se acercó un personaje pelirrojo, con unos pálidos ojos azules y una nariz de pato: ¡un polaco! Compró cigarrillos: –¿Tenéis retratos de Mussolini? A la pregunta la ayudó con un movimiento de la mano que indicaba la efigie del Duce. Al recibir el retrato suspiró con devoción: –¡Ay, nos haría falta uno así en Polonia, cuánta falta nos hace! (...)”
“El vendedor de cigarrillos no comprendió naturalmente ni una sola palabra pero, acostumbrado al parecer a estos comentarios de los extranjeros, contestó enseguida con igual devoción: –¡Si, sí, Duce grande, Mussolini jefe!; –¡Mussolini, Mussolini! Este balbuceo reflejaba con bastante fidelidad la situación internacional. Me alejé del quiosco como si me corriera el diablo (...)”

“Qué difícil resultaba definir algo en la bruma de aquella época, todos esperaban el veredicto de la Historia, pero la Historia no tenía prisa, no se sabía quién mentía, quién faroleaba, quién era honesto, los contornos estaban borrosos, los límites diluidos”
Abrumado por esa Roma fascista Gombrowicz se va a Venecia. Conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra. Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.

“Esa semana, pasada en Venecia, me resultó difícil, emponzoñada por algún elemento salvaje que se infiltraba en la tranquilidad del Renacimiento y del gótico. Regresaba a Polonia de un humor siniestro. Anochecía, el tren corría en dirección hacia Viena, pero yo tenía la impresión de que me llevaba a las tinieblas, los ojos dejaban de distinguir las formas, en espacios desconocidos aparecían unas pequeñas luces, una presión rítmica y balanceante hacia este espacio se convertía en una sensación apocalíptica. De repente me di cuenta de que no era el único que tenía miedo. Alrededor de mí, en el compartimento, en el pasillo, todos tenían miedo. Las caras estaban tensas, se intercambiaban observaciones, comentarios... ¿De qué se trataba? Era evidente que algo había pasado (...)”

“Pero no quise preguntar. Cuando llegamos a los suburbios de Viena, vi grupos de gente con antorchas, victoreando. Los gritos “¡Heil Hitler!” llegaban a nuestros oídos. La ciudad enloquecía. Comprendí: era el Anschluss. Hitler estaba entrando en Viena”
Gombrowicz vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo.
Las posturas políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.

“(...) La derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda yo era un anacronismo insoportable. Pero de alguna manera veo en ello mi misión histórica. ¡Ah, entrar en el mundo con una desenvoltura ingenua, como un conservador iconoclasta, un terrateniente vanguardista, un izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas, un sármata argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico, un maduro inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente sincero, sinceramente artificial (...)”
Gombrowicz se tomó un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa.
“Veinticuatro años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos, alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al día... Los auténticos argentinos decían con naturalidad ‘qué porquería de país’, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia sofocante de los nacionalismos”



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