martes, 12 de abril de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y EL PSICOANÁLISIS

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y EL PSICOANÁLISIS



En el año 1935, cuando se publica en Polonia la traducción de “Introducción al psicoanálisis” de Sigmund Freud, Gombrowicz le consagra una crónica muy elogiosa. A pesar de este temprano entusiasmo no pudo mantener su confianza en el psicoanálisis habiendo dejado huellas de ese desencanto. Sin embargo, el mundo de los sueños y del inconsciente ejerció una gran atracción en Gombrowicz.
El psicoanálisis puede hacerse sentado o también de manera ambulatoria, pero la forma más usada desde los tiempos de Sigmund Freud es la forma tradicional del diván. A pesar de las reservas que Gombrowicz tenía con el psicoanálisis y, en general, con cualquier manifestación de la ciencia, algunos de sus problemas podemos acostarlos en el diván.

La curiosidad que tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano para clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al desorden en el que se presentan los fenómenos.
Pero ni de sus antecedentes familiares ni de sus lecturas podemos deducir la naturaleza de Gombrowicz. Gombrowicz es un caso singular en el que se cruzan con igual intensidad la seriedad y la falta de seriedad. Por su nacimiento estaba preparado para ser absorbido por la clase de los terratenientes como habían sido absorbidos sus hermanos Janusz y Jerzy.

También pudo ser absorbido por las organizaciones políticas, militares, eclesiásticas, o por la mundología, pero por razones desconocidas y misteriosas se mantuvo al margen. Hizo todo lo posible por estar apartado también del trabajo y del matrimonio, sin embargo ocho años después de haberlo perdido todo se empleó durante casi ocho años en el Banco Polaco, y algún tiempo después de haber regresado a Europa se casó.
Así que el pobre Gombrowicz finalmente terminó cayendo en las manos de un mundo extraño que en general se le presentaba hostil, tanto exteriormente como interiormente, al que podríamos llamar el mundo de los hombres de letras. Estas cavilaciones no dejan en claro sin embargo cuánto protagonismo tuvo Gombrowicz y cuánto la familia en el desarrollo de sus obras.

Si bien es cierto que el Gnomo Pimentón fue el único escritor y psicoanalista argentino que había escrito un libro sobre Gombrowicz antes de que yo apareciera en el firmamento gombrowiczida, no pudo determinar el peso de cada una de estas participaciones a pesar de que aplicó a su estudio toda su ciencia infusa de origen lacaniano, un dilema ciertamente interesante.
Cualesquiera haya sido la complexión psíquica de su familia y de su relación con ella resulta claro que Gombrowicz empieza a recorrer un camino que se aparta de la esfera donde reinan las relaciones rígidas de la causa y el efecto, de la determinación y del psiquismo. “El escritor puede, si quiere, describir la realidad tal como la ve o como se la imagina, entonces nacen obras realistas (...)”

“Pero puede también utilizar otro método que consiste en descomponer la realidad en sus partes elementales para luego, al igual que se construye un edificio con ladrillos, emplear esas partes para edificar un mundo nuevo o mundillo que debería diferenciarse del mundo normal y, no obstante, que de alguna manera le correspondiera, como dicen los físicos: diferente pero adecuado”
Uno de los propósitos deliberados que tenía Gombrowicz era el de desvincular la conducta humana de la voluntad y del determinismo psíquico. A la voluntad la trasponía con el automatismo y al determinismo psíquico con partes del cuerpo. La Polonia católica de la juventud de Gombrowicz le había cerrado las puertas a Freud, los polacos tenían un pensamiento bastante parecido al de un estudiante de Santiago del Estero.

Ese estudiante le había dicho a Gombrowicz que Freud no le servía a los argentinos porque el psicoanálisis era una ciencia europea, sólo que en el caso de los polacos no le servía porque Freud era un ateo que practicaba la pornografía. La reserva que tenía Gombrowicz con el psicoanálisis era la que también tenía con la ciencia. Los científicos son unos especialistas que manipulan nuestros genes.
Se inmiscuyen en nuestros sueños, modifican el cosmos y manosean nuestros órganos íntimos. La ciencia tiene un carácter abominable, es como un cuerpo extraño introducido en la razón, que la razón lleva como una carga con el sudor de su frente. Es como un veneno, y cuanto más débil es la razón tantos menos antídotos encuentra y tanto más fácilmente sucumbe.

“¿Nos encaminamos hacia una raza de pigmeos de cabeza hinchadas y de delantales blancos?”. Los diarios que escribe en las postrimerías del año 1961 tienen un pasaje de género ligero que caracteriza la lucha entre la ciencia y el arte haciéndole crecer a un hombre una segunda cabeza en el trasero mediante un procedimiento científico. “Al verlo pierdes la cabeza y ya no sabes cuál de ellas es tu cabeza verdadera (...)”
“No te quedará más remedio que gritar de horror, de rebeldía, de protesta, de desesperación...¡gritar que no estás de acuerdo! Ese grito encontrará a su poeta... y atestiguará que sigues siendo todavía el que eras ayer”. La popularidad de las indagaciones de Sastre sobre la mirada y de Freud sobre la participación de la sexualidad en la conducta humana facilitaron la comprensión de su obra.

“Mordería la mano del psiquiatra que pretendiera destriparme privándome de mi vida interior; no se trata aquí de que el hombre no tenga complejos, sino de que sepa transformar el complejo en un valor cultural”. No era lector de Freud, pero ésta es justamente la definición que hace el austríaco sobre la sublimación. Gombrowicz, igual que Freud, le daba una gran importancia a la sexualidad y a los sueños.
Nada en el arte, ni siquiera los más inspirados misterios de la música, puede igualar al sueño. El sueño nos parte en trozos la vigilia y la vuelve a armar de una manera distinta, y la sombra de la vigilia que resulta está cargada de un sentido terrible e inescrutable. El artista tiene que penetrar la vida nocturna de la humanidad y buscar en ella sus mitos y sus símbolos.

El arte debe imitar al sueño, tiene que destruir la realidad, partirla en trozos y construir un mundo nuevo y absurdo. Cuando destruimos el sentido exterior de la realidad nos internamos en nuestro sentido interior: una oscuridad con la claridad de la noche. El lirismo erótico de Gombrowicz es un terreno difícil de manejar. Debemos reconocer, lamentablemente, que es un campo fértil para el psicologismo.
Pero el psicologismo tiene una pequeña dificultad: si bien es cierto que ordena los objetos psíquicos y los subsume en el marco de una teoría, perturba lo que observa y sólo puede conocer entonces el resultado de esa perturbación. En el encuentro de una persona con otra hay una zona de la conducta de la que se ocupan especialmente la psicología y la antropología.

Pero existe además otra en la que el comportamiento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a poco y pasa de un cierto caos a una estructura en la que cada persona define en la otra una función. El análisis de las conexiones psíquicas que Gombrowicz tenía con su familia lo ponen en un terreno del que él quería salir, y por haber salido se convirtió en un fenómeno emocionante.
Unió su talento literario a una forma novelesca revolucionaria y sacó a la superficie un descubrimiento fundamental. Gombrowicz trató a los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la rigidez de las formas puras. No es que Gombrowicz no tuviera pasiones.

Sin embargo tuvo que escamotear su phatos del carril de los sentimientos y colocarlo en un ámbito donde las personas se forman unas a otras por casualidad e independientemente de su voluntad, es como si todas juntas le asignaran a cada una por separado un lugar en esa organización de manera imprevisible e indómita. Gombrowicz recurrió a una estrategia premeditada de transposición.
Traspuso la voluntad humana y el determinismo psíquico al automatismo y a las partes del cuerpo, un modelo creativo que perfeccionó en “Ferdydurke”, su primera novela. La cara y sus habitantes: los ojos, la boca, la nariz y la orejas; el culo y sus proximidades: las manos, los dedos, los muslos y las espaldas se convirtieron desde entonces en los representantes plenipotenciarios de la forma y de la inmadurez.

Las tres grandes categorías del psicoanálisis existencialista son las de tener, de hacer y de ser, siendo la de tener la más importante pues está relacionada con la idea de posesión. La esencia de las relaciones humanas, incluido el amor, es una tentativa de posesionarse de la libertad del otro, de esclavizarlo. Pero esta actividad de apropiación del hombre no está relacionada solamente con las personas sino también con las cosas.
El conocimiento, en el sentido de descubrimiento de la verdad, es un cazador que sorprende una desnudez blanca y virgen, para apropiarse de ella y violarla con la mirada. El conocimiento es un modo de apropiación, es algo análogo a la posesión carnal, que nos ofrece la seductora imagen de un cuerpo que es perpetuamente poseído y perpetuamente nuevo, y en el cual la posesión no deja rastro alguno.

“Pornografía” es una novela en la que las transformaciones las sufren los maduros, los jóvenes son poseídos por las miradas de los adultos pero permanece intactos. Es una narración metafísica más que psicológica, donde la fascinación por la juventud presiona más que en “Ferdydurke” y en los diarios. En esta obra se establecen relaciones entre el erotismo y la muerte.
Aquí Gombrowicz da prueba de la inmensa intuición que lo inspiraba mientras escribía la “Pornografía”. Las transacciones entre la mirada, lo sagrado, el conocimiento, la santidad, el cuerpo y la guerra son una manifestación viviente del complejo de Acteón que había inventado Sastre para su psicoanálisis existencialista, no por nada este fue el primer nombre que Gombrowicz imaginó para su novela.

Gombrowicz sexualiza el pensamiento y las ideas para que la conciencia se realice en un cuerpo erotizado que cautive y atraiga. Las partes del cuerpo funcionan aparte de la actividad psíquica con una estructura diferente. Acerca de este asunto el Príncipe Bastardo afirma que Gombrowicz estaba realizando una de las primeras incursiones en un dominio desdeñado por Freud: el inconsciente físico.
Aunque estos dos vocablos son contradictorios expresan con claridad y precisión la importancia que Gombrowicz le da a la sexualidad en la creación artística. A decir verdad Gombrowicz pasó olímpicamente por alto una personalidad tan multifacética como la de Jacques Lacan, sólo se refiere a él mezclado en una retahíla de nombres estructuralistas que menciona en un reportaje apócrifo que se hace a sí mismo.

La inteligencia de Lacan era tan seductora que despertó la admiración de nuestra Victoria Ocampo en los viajes que hacía a París entre las dos guerras mundiales, aunque nadie puede asegurar que su relación haya ido más allá de un apasionado flirteo, a pesar del gusto que tenía esa dama argentina tan elegante por ir a la cama con personajes destacados.
Gombrowicz vivió en la época más agitada del siglo XX, a la gente se le había dado por pensar y las ideas deslumbrantes salían de las cabezas a una velocidad vertiginosa. Gombrowicz era perezoso pero no podía dejarse estar ni quedarse atrás, más aún estando en Europa, y en esto Dios le dio una mano. Su pensamiento fue relacionado no sin razón con las concepciones estructuralistas.

El Gnomo Pimentón, uno de nuestros gombrowiczidas más señalados, ha despachado desde el diván a muchos pacientes con suerte diversa. Director de una organización de orates a la que dio en llamar “Fundación Descartes”, es un destripador de psiques que ha enloquecido a una gran cantidad de personas siendo uno de los casos más notables el de Cara de Ángel.
“Mi padre era metalúrgico y en mi casa sólo mi madre leía algo de vez en cuando. Durante la pubertad trabajaba en un taller mecánico y estudiaba en un colegio por la noche. Los libros los encontraba en una Biblioteca de Junín. Mi familia no deseaba que fuera escritor, sino que tuviera un trabajo. Ese fue uno de los motivos explícitos por los que rompí con ella y me fui solo a vivir a Buenos Aires”

El caso del Gnomo Pimentón tiene algún parecido con el de Gombrowicz por la franqueza con la que habla de su familia y de su pasado, pero también es muy distinto por la diferencia de clases, Gombrowicz de joven era terrateniente y el Gnomo Pimentón de joven era metalúrgico. Un lacaniano de pura cepa como lo es el Gnomo Pimentón, repasando la obra de Gombrowicz hizo un descubrimiento curioso.
Ni en sus narraciones ni en sus piezas teatrales hay consumaciones sexuales, afirmación que caracteriza con claridad uno de los vicios de su profesión. Cada hombre de letras gombrowiczida tiene su propio vicio: el del Orate Blaguer es la verborrea, el del Pato Criollo es la logorrea, el del Buey Corneta es la belorrea y el del Gnomo Pimentón, no podía ser de otra manera, es la psicorrea.

Hemos puesto tan solo unos ejemplos de personalidades connotadas vinculadas a la actividad de escribir e integrantes del club de gombrowiczidas. Es muy útil descubrir los vicios asociados a los hombres de letras pues nos orientan en el recorrido de los laberintos del mundo que construyen en sus escritos. “Es claro que tu compulsión anal por Witoldo no te da respiro (...)”
“Lo tuyo es preocupante y también es masturbatorio: el buen polaco de Gombrowicz se merece un poco de descanso. ¡No lo dejás tranquilo ni un solo segundo! Y lo peor del caso: es realmente retrógrado de tu parte creer que lo único que nos interesa a nosotros en el mundo es el autor de Ferdydurke y sus sagas. Calmate. Hacete ver. Te lo digo por tu bien”.

El Gnomo Pimentón, después del primer conflicto que había tenido conmigo me dio una segunda oportunidad que yo no supe aprovechar, como tantas otras oportunidades que desaproveché en mi vida. “Nuestra amistad en Gombrowicz evita cualquier juego ‘suma cero’. Mandá lo que quieras yo lo leo y lo difundo. Pero si preferís que algo no sea difundido basta con que lo notifiques”
La materia dramática había adquirido una forma bella, y aquí, como en tantas otras ocasiones, recordé una frase que Gombrowicz nos repetía a menudo: –¡Ojalá dure!, como decía la madre de Napoleón. Pero no duró, al poco tiempo se enojó otra vez conmigo. “El último texto enviado por Juan Carlos Gómez, falta a la verdad en relación a mi persona y utiliza calificaciones ofensivas (...)”

“Me temo que tendrá que seguir divirtiéndose sin mi ayuda. Le ofrecí una amistad en Gombrowicz, pero no me ofrecí para ser parte de su necesidad de injuriar”. Debo reconocer que el lío que se me armó con el Gnomo Pimentón lo empecé yo con gombrowiczidas un poco provocativos, pero nunca creí que este gombrowiczida hubiera guardado tan tenazmente en la memoria sus modales de metalúrgico.
La relación amarga que tengo con el Gnomo Pimentón no me deja ver con claridad si mi conflicto es con el diván o con él mismo. No dejo de notar, sin embargo, que el Gnomo Pimentón tiene características confusas, algunos piensan que es tierno como una paloma, y otros piensan que es decididamente un criminal. Una tarde me encontré con Cara de Ángel en un café de San Telmo.

A los minutos este gombrowiczida ambivalente estaba pasando por la guillotina a todos los integrantes del gremio de los escritores, una actividad desplegada con un gran encanto que a más de divertirme me parecía inocente. Pero sea porque yo le resultaba simpático, o porque me había tomado confianza, o sea por lo que fuere, en un momento determinado de la conversación Cara de Ángel se refirió a su propio padre.
Me manifestó, como si esto fuera la cosa más natural del mundo, que tenía ganas de asesinarlo, y que esto era precisamente lo que estaba planeando en esos días. Sin saber a qué santo encomendarme por el giro que estaban tomando estas confesiones sombrías le pregunté si no sería conveniente que visitara a un psicólogo: –Sí, ya estuve con el Gnomo Pimentón, ahora tengo ganas de asesinarlo a él también.

De las aventuras que corrí con el Gnomo Pimentón me quedó clara una idea: alrededor de él se producen situaciones violentas y tanáticas como también le ocurre al yerno de Lacan, Jacques-Alain Miller, al punto, por ejemplo, de haber malogrado una buena relación que yo tenía con el finado Hombre Unidimensional. “Vos sí que estás cada día más pelotudo. No te das una idea de cómo me hacés recagar de risa (...)”
“¡Germán García hace estudiar las boludeces que escribís por sus alumnos, como buen caso clínico psicótico que sos, y ahí estás saltando en una pata de alegría! ¿Sabés qué te hubiera dicho Gombrowicz? Mejor ni te lo digo. A vos te encierran en una jaula del zoológico y te pensás que te están homenajeando. Y si te la pone un orangután, doblemente contento”



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