jueves, 2 de diciembre de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y EL ALCOHOL

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y EL ALCOHOL



“Otro recuerdo de borracho. Fui a ver a un conocido y estuvimos jugando en su casa al ajedrez: –Allí está el vodka, bebamos un poco. Tomó una copa y murió. Cosas como éstas también sucedían. El juego y el deporte estaban minados por diversos moribundos que de repente llegaban al término de su vida”. Gombrowicz menciona por primera vez una ingestión de alcohol cuando termina el bachillerato.
“Fuimos a celebrar el éxito al apartamento de Miecio Grabinski, llamado el presidente, en la calle Jerozolimskie, frente a la Estación Central. Me emborraché como todos y eché mis entrañas por la ventana del quinto piso. Estaba tan ciego que no me di cuenta de que abajo había una cafetería con las mesas en la acera. Los aullidos que llegaron desde la calle, me hicieron avisar rápidamente a mis compañeros (...)”

“Acto seguido, colocamos una barricada en la puerta de entrada dispuestos a defendernos hasta el final”. Muchos años después anda envuelto otra vez en una borrachera. “Para despedir el año 1934 organicé en la Noche Vieja una fiesta artística en el piso de mi madre. Mi madre y mi hermana se hallaban entonces en el campo y podía hacer en la casa lo que me diera la gana (...)”
“La fiesta, que duró hasta las seis de la mañana, era un signo manifiesto de mi sólida posición en el mundillo literario de Varsovia. No faltaron Tadeusz Breza, Zofia y Adam Mauersberger, Antoni Sobanski, Adolf Rudnicki, Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz, Swiatopelk Karpinski, Michal Choromanski, Janusz Minkiewicz. Yo estaba borracho como todos (...)”

“Disimulaba que me divertía, lo cual no me impidió constatar una vez más que era por naturaleza muy ajeno a este tipo de placeres. Tenía mal alcohol, como me dijo el gran conocedor de mundo Swiatopelk Karpinski; el alcohol provocaba unos pésimos efectos en mi hígado y me volvía hipocondríaco, no me acercaba a nadie, al contrario, me alejaba de todos”
Los borrachos estaban organizados en un club en el que había un cuarteto sobresaliente en el que Karpinski se dedicaba a poner peceras en el ascensor para divertir a los peces, y Minkiewicz a pedir limosna para una vodka en los colegios de señoritas. Eran los borrachos más destacados, Karpinski, el único poeta verdadero, escribía textos para cabarets y afirmaba que un buen chiste era solamente cuestión de técnica.

Él disponía de un método para fabricar chistes en cualquier cantidad. Minkiewicz, también poeta, pero de más ligero calibre, era un cantautor al estilo parisiense, adoptaba una pose indolente, era pesado, lento, semejando a un gato murmurando sus chistes. Esta cofradía de borrachos fue una de las características destacadas de Varsovia de antes de la guerra.
“Hoy quizás los calificaría de precursores, puesto que esos sabios parecían leer claramente en el libro del destino y ahogaban en vodka el absurdo de la situación polaca, su trágico callejón sin salida, que a cada esfuerzo honrado ponía un signo de interrogación”. Ese grupo de poetas beodos estaba unido bajo el signo de la broma y de la burla, y aparte de la vodka y las mujeres no tomaba nada en serio.

No tomaba en serio ni siquiera el dinero, el verdadero Dios de ese gremio era el sentido del humor, fue por eso que “Memorias del tiempo de la inmadurez” se ganó la aprobación de esos bromistas borrachines. Y fue por eso también que después de “Ferdydurke” lo empezaron a admirar. Si bien es cierto que lo trataban con afecto Gombrowicz no se dejaba comprar por sus alabanzas, tenía una reserva con ellos.
Era un fenómeno social vergonzoso, ningún miembro de ese grupo era un artista de gran envergadura y su producción literaria no se caracterizaba por la decencia que distingue a un hombre con el gusto formado y la imaginación disciplinada. Su mundo era desordenado y anárquico, le faltaba el reflejo de las personas cultas que con la herencia y la educación sustituyen con éxito la ausencia de ideología, de moralidad y de fe.

Se fueron hundiendo en la lujuria y en las pequeñas porquerías unidas a ella, de año en año fueron más infelices, más borrachos y más desesperados. Hasta que llegó la guerra. “La Polonia de entreguerras era para mí un país que transformaba poco a poco su cultura erótica femenina en masculina. Tuve oportunidad de constatarlo cuando, poco antes de la guerra, unas colegialas me invitaron a una pequeña fiesta (...)”
“La invitación se debía a que acababan de poner en escena, con su propio esfuerzo, mi cuento ‘Filidor forrado de niño’, después de haberlo adaptado para el teatro, y daban una fiesta con tal motivo. Alguna vez había tenido ocasión de participar en fiestas raras y atrevidas, pero una cosa así, tanto ímpetu encaminado a la diversión, el vodka y la locura, no lo había visto jamás (...)”

“Recepciones como ésta demostraban una militarización bastante importante de las costumbres de las jovenzuelas, lo defino así porque era el estilo de los jóvenes de las academias militares, el estilo de vida militar. Este desenfreno social que se había apoderado de los menores, que tanto escandalizaba a los adultos, recobraba entonces, al menos en los últimos años de entreguerras, un sentido dramático: la guerra (...)”
“Su sombra se sobreponía a todo, su aciaga proximidad daba a entender que había que precipitarse a disfrutar de la vida antes que se mezclase demasiado con la muerte. Esas chicas poseían ya algo de ese desprecio por lo convencional que unos años después caracterizó a los jóvenes que lucharon en las calles de Varsovia. ‘Vivimos como si fuéramos a morir’ (...)”

“Ese grito me lo había pegado al oído en el curso de una borrachera Swiatopelk Karpinski, completamente bebido, y esta constatación reflejaba muy bien un ambiente que pesaba sobre Polonia más aún que sobre el resto de Europa. No frecuentaba locales nocturnos. El alcohol no me llamaba la atención, el baile tampoco, y los asiduos de esos diversos dancings, tanto hombres como mujeres, me parecían poco interesantes (...)”
“Esa vida dorada sobre el fondo de la miseria varsoviana era demasiado chocante, más de una vez percibí un sentimiento de odio en los ojos de los obreros que reparaban el pavimento en la madrugada. Ese odio aparecía cuando nosotros, vestidos con nuestros abrigos de pieles salíamos de esos locales y llamábamos a unos taxis con ademanes despreocupados (...)”

“Aunque también era verdad, que si esos obreros hubieran podido mirar en nuestros bolsillos vacíos y, más aún, en nuestros estómagos vacíos, habrían comprendido enseguida que esas orgías no eran tan orgiásticas como pudiera parecer. Pero las apariencias debían ser hirientes: por un lado el obrero, trabajando a la intemperie y por otro unos burgueses saliendo de una juerga en compañía de chicas (...)”
“Sospecho que en la Polonia de antes de la guerra existía más apariencia de agravios e injusticia que una verdadera explotación social. A simple vista, el abismo que separaba a un conde, un terrateniente, un fabricante o un intelectual de un obrero parecía inmenso. En realidad hasta ese propietario, terrateniente, fabricante o conde estaban en ocasiones en las últimas y les faltaba dinero para cubrir sus gastos indispensables (...)”

“Las apariencias eran aún altivas y orgullosas: reverencias, títulos, obsequiosidad, pero, a decir verdad, nadie vivía en la opulencia y cada uno se rompía la cabeza para que, dentro de su nivel, le alcanzara el dinero. También pasaba a veces que cuanto más fortuna tenía uno, tantas más penas. Mi miserable ingreso de intelectual me permitía salir al extranjero cuando me daba la gana (...)”
“En cambio mis diversos tíos, grandes terratenientes, no se podían mover de su sitio vigilando los impuestos y los pagos, y corriendo detrás de los préstamos. Lamentablemente, la pobreza polaca tenía características extremas. Lo que sí saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a comprender: en Occidente no existía el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término (...)”

“Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres, otra clase. Unas criadas descalzas como las veíamos en Varsovia era algo inconcebible en París”. Gombrowicz abandona el alcohol de Polonia y empieza a apurar el alcohol de la Argentina.
“El caso es que vosotros no sabéis nada de cómo se ha desarrollado mi convivencia con el mundo literario argentino. Sí, ahora me doy cuenta de que hasta el momento no habéis sido introducidos en este capítulo de mi biografía. No dudo de que lo que escucharéis con ganas. ¿Habré logrado introduciros ya en mi intimidad hasta el punto de que todo lo que se refiere a mí no os resulte indiferente? (...)”

“Como es sabido, llegué a Buenos Aires en el barco Chrobry una semana antes del estallido de la guerra”. Las observaciones que se pueden hacer en un laboratorio tienen una diferencia insalvable con las que se pueden hacer en la vida, en el laboratorio se pueden repetir más o menos exactamente las condiciones iniciales, en la vida no se pueden repetir ni siquiera aproximadamente.
Es por esta razón que no podemos saber cómo hubiese sido la obra de Gombrowicz y aún Gombrowicz mismo, si no hubiera venido a la Argentina, pero en todo caso podemos suponer que algo distintos hubieran sido, no tanto porque vino sino por el tiempo que se quedó. “En el Chrobry pasaba frente a las costas alemanas, francesas e inglesas, territorios de Europa inmovilizados por el pavor del crimen aún por nacer (...)”

“El clima sofocante de la espera, parecía gritarme: ¡sé ligero, nada te es posible, lo único que te resta es la ebriedad! Me emborrachaba, pues, a mi modo, es decir, no necesariamente con alcohol, pero estaba borracho, casi totalmente embotado”. Gombrowicz se emborrachaba muy de vez en cuando, no sabía pasar el tiempo de esa manera tan propia de Polonia.
El alcohol le producía tristeza y en vez de estimularle la sociabilidad y la diversión lo alejaba de la gente y lo ponía sombrío. Esa tendencia a la melancolía que le provocaba el alcohol ejerció sobre Gombrowicz una influencia decisiva y perjudicial en su destino literario, pues en Polonia es más fácil imaginarse un escritor sin pluma que sin una copa en la mano.

Cuando llegó a la Argentina y estalló la guerra, Gombrowicz, en vez de emborracharse con los tragos, jugó al ajedrez, el ajedrez lo ayudó más que ninguna otra cosa a matar los recuerdos. Pero aquellos borrachos de Polonia se quedaron al acecho, y un año antes del fin de la guerra le tomaron otra vez la mano y llegaron a tener un papel estelar mientras escribía “El casamiento”.
En esta pieza de teatro los borrachos se burlan de todo, de lo secular y de lo sagrado, de la familia y del honor, también de sí mismos, y no le dan lugar a una tragedia que ellos mismos provocan con una beodez premeditada. “‘El casamiento’ sin teatro es como un pez fuera del agua pues es un drama no sólo escrito para el teatro, sino que es también la misma teatralidad de la existencia que se libera de sus cerrojos (...)”

“No obstante, temo que nadie, aparte de mí, sea capaz de dirigirlo y que el espectáculo se derrumbe, con gran vergüenza para mí, enterrando por muchos años la carrera teatral de la obra. La mayor dificultad consiste en que ‘El casamiento’ no es una transposición artística de un problema o una situación, sino una libre descarga de la imaginación, eso sí, dirigida a un fin determinado (...)”
“Lo cual no quiere decir que ‘El casamiento’ no cuente una historia: es el drama de Henryk, un hombre contemporáneo cuyo mundo ha sido destruido, que ha visto en sueños su casa convertida en una taberna y a su novia Manka-Mania transformada en una mujerzuela. Deseando recuperar el pasado, este hombre proclama rey a su padre, y en su novia quiere ver una virgen (...)”

“Todo en vano, puesto que no sólo su mundo ha sido destruido, es él mismo quien también ha sufrido un hundimiento y a quien ya se le han agotado aquellos sentimientos de antaño. Es el sueño acerca de una época, que expresa los tormentos de nuestro tiempo presente, pero a la vez es el sueño que anticipa una época que trata de adivinar el futuro (...)”
“El sentido de estas reflexiones resulta melancólico, la verdad es que no tengo ninguna seguridad de que ‘El casamiento’ se represente mientras yo viva”. El príncipe Segismundo, de Calderón de la Barca, y el príncipe Henryk, de Gombrowicz, siguen caminos diferentes. Sin embargo ninguno de los dos distingue en sus historias si son verdaderamente reales o están dictadas tan sólo por los sueños.

Los sueños y el yo son ideas poderosas, son el origen de todas las cosas, y también son ideas poderosas por la grandeza que pueden alcanzar en la forma de una personalidad. Que el yo y los sueños sean el origen de todas las cosas es una cuestión con la que no todos están de acuerdo. La tragedia sólo es posible si hay por lo menos dos personas, si existe un antagonismo real entre dos personas diferentes, ajenas una a la otra.
Por esa diferencia se pueden destruir mutuamente, pero si lo que ocurre, ocurre entre una persona y un mundo de sueños cuya existencia está tan solo en el poder de su imaginación, el resultado puede ser irónico o paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático. No existe drama donde la resistencia del otro no es real y existe sólo en la región del sueño.

Pero el sueño de “El casamiento”, según lo ve Gombrowicz, es un sueño sobre la realidad. Los miedos que enfrenta el protagonista provienen de un contacto real con la vida, aunque sea un contacto con personas creadas por su imaginación en la esfera de los sueños. Los hombres independientes no existen, y nuestras ideas y sentimientos no vienen de nosotros mismos
Se forman entre los hombres, en la esfera peligrosa y poco conocida de la forma y de los sueños. “Perdió su amor, su novia. Ruega a Dios que le devuelva todo lo perdido y espera ¿Qué es lo que reclama, pues Kierkegaard? Reclama la repetición de una vida que no vivió, la recuperación de la novia perdida. Reclama la repetición del pasado; que le sea devuelta Regina, tal como era en los tiempos de noviazgo’ (...)”

“¡Qué parecido tan grande entre este pensamiento de Lefebvre y ‘El casamiento’! Sólo que Henryk no se dirige a Dios sino a los hombres. Derriba a su padre-rey (el único eslabón que lo une con Dios y con la moral absoluta), tras lo cual, al proclamarse rey, intentará recuperar el pasado sirviéndose de los hombres, creando de ellos y con ellos una realidad. Magia divina y magia humana”
Kierkegaard era enemigo del disimulo y las mentiras, quería llevar una vida auténtica en el reino de la fe cristiana y luchar contra la mala fe de los que fingían tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros principios del cristianismo verdadero. Quiso ponerse a prueba él mismo y eligió romper su compromiso con la hermosa Regina Olsen que verdaderamente lo adoraba.

Utilizó desvergonzadamente esta conducta en sus libros describiendo a la mujer como el eterno enemigo del espíritu. La mujer era el diablo que arrastra a los jóvenes a sus trampas. Pero todas estas actitudes con las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al mundo y a sí mismo. El sueño de Kierkeggard que le ruega a Dios que se la devuelva a Regina, no es el mismo de Gombrowicz en “El casamiento”.
Manka estaba pasada de vueltas cuando Henryk le ruega al padre que se la devuelva virgen e inocente. Los padres de Henryk no tenían una buena opinión de Manka-Mania. “Por favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una posada. ¿Pero qué es esto? ¡Eh! Les entran las ganas, también es una calamidad que a esta arrastrada todos la quieran manosear (...)”

“No piensan más que en tocarla, todos la tocan y la sofaldan, día y noche, sin parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae problemas. ¡No te cases con ella! Porque el viejo borracho dijo la verdad. Ella tonteaba con Wladzio, en el pasado. ¡También yo los sorprendí sobándose junto al pozo en pleno día, se toqueteaban y se buscaban, él a ella y ella a él, Henryk, no te cases!”.
Gombrowicz empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir la parodia de un drama genial. Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea no le apareció al comienzo, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería. “El casamiento” es la teatralidad de la existencia.

Una realidad creada a través de la forma que se vuelve contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz les abre la puerta a sus percepciones proféticas. “Empecé ‘El casamiento’ durante la guerra, en el año 1944, en la localidad de La Falda de la provincia de Córdoba, convaleciente de unas líneas de fiebre persistentes que, como supe al fin, se debían a que el termómetro marcaba unas décimas de más (...)”
“Esta pieza de teatro se fue estructurando en mí lentamente, a tirones, a lo largo de esa existencia argentina, un día tras otro. ‘Fausto’ y ‘Hamlet’ fueron mis modelos, pero sólo en lo referente a su genialidad. Quería escribir un drama que fuera grande y genial, y me remití a estas obras, que en mi juventud había leído con veneración. Mis ambiciones no estaban exentas de cierta astucia (...)”

“Ladino como era, presentía que era más fácil escribir una gran obra que una obra simplemente buena. La vía del genio me parecía menos ardua. ‘El casamiento’ que, como todas mis obras, se rebela contra la forma, es una parodia de la forma, una parodia del drama genial. Pero, parodiando el genio, ¿acaso no iba a poder introducir fraudulentamente un poco de mi propio genio, de contrabando? (...)”
“Me propuse mostrar a la humanidad en su paso de la Iglesia de Dios a la iglesia de los hombres. Con todo, la idea no surgió desde el comienzo de mi obra. Primero empecé por lanzar a la escena un puñado de visiones, de gérmenes, de situaciones y lentamente a trompicones, llegué a esa idea. Iba por la mitad del segundo acto y seguía sin saber lo que quería (...)”

“Y se me antojaba que la creación bamboleante, ebria y sonámbula, a partir de los cortocircuitos de la forma, de sus conexiones y combinaciones, se correspondía con el devenir de la historia, la cual avanza también ebria y sonámbula. Pueden detectarse en ‘El casamiento’ ciertos mecanismos de gestación del hombre y de la humanidad modernos (...)”
“La presencia constante de la forma en la escena constituye el spiritus movens del drama. Y aquel que se deje arrastrar en los torbellinos de la forma en proceso de formación, queda preso para siempre en una duda mortal. ¿Es eso cierto? ¿Es sensato, o más bien estúpido? ¿Es realidad o sueño? Mi modesto teatro de aficionado no es teatro del absurdo (...)”

“Es teatro de ideas, con sus medios propios, sus propios objetivos, su clima particular y un mundo personal”. En “El casamiento” se narra el sueño sobre una ceremonia religiosa que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible. Éste es un acorde disonante entre el individuo y la forma; si no hay Dios, los valores nacen entre los hombres.
Pero el reinado de Henryk sobre los hombres tiene que hacerse real, las necesidades formales de la acción para hacerlo rey terminan por derrumbarlo y toda la transmutación fracasa; ha recibido un zarpazo de Dios. En esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército francés. Está peleando contra los alemanes en algún lugar de Francia.

Durante el sueño se le abren paso las preocupaciones que tiene por su familia perdida en alguna de las provincias profundas de Polonia y se le despiertan los temores del hombre contemporáneo a caballo de dos épocas. Henryk ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a sus padres y a su novia. El hogar de Henryk se ha envilecido y transformado en una taberna empobrecida.
En esa taberna su novia Mania es la camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degradado en una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación desesperada se empieza a hilar la trama de la obra. Los borrachos cantando y bailando a su alrededor con risas beodas y sarcásticas lo señalan con el dedo como si fuera un rey intocable.

Pero, entonces, el hijo le rinde homenaje al padre con toda la seriedad y pompas de una consagración real, y el padre se transforma en rey. Ya como rey el padre eleva al hijo a la dignidad de príncipe de la corona y le hace la promesa, en virtud de su poder real, de que le concederá un casamiento digno y religioso que restituirá a la novia la pureza y la integridad de antaño.
Cuando se está preparando el casamiento digno y sagrado que celebrará un obispo el sueño del protagonista empieza a vacilar junto a la misma ceremonia, se siente amenazado por la estupidez justamente cuando aspira con toda el alma a la sabiduría, a la dignidad y a la pureza y, poco a poco, va perdiendo la confianza en sí mismo y también en el sueño.

Otra vez entra en la escena el cabecilla de los borrachos para provocarlos. Cuando Henryk está a punto de pegarle, la escena se metamorfosea en una recepción de la corte en la que el borracho se ha convertido en el embajador de una potencia extranjera que incita al príncipe a la traición. El obispo, el rey, la iglesia y Dios son viejas supersticiones.
Si Henryk se proclamara a sí mismo rey, ninguna autoridad divina ni terrenal le sería necesaria. Se administraría a sí mismo el sacramento del matrimonio y obligaría a todos a reconocerlo y a reconocer a la novia como pura y unida a él. Una transformación que había comenzado con la intocabilidad del padre culmina en el paso de un mundo basado en la autoridad divina y paternal a otro mundo.

En este nuevo mundo la propia voluntad de Henryk deberá convertirse en la autoridad divina y creadora como la de Hitler, como la de Stalin. El príncipe cede a la incitación del borracho, destrona al padre y se convierte en rey, pero el borracho anda detrás de algo más, cuando estaba por finalizar la ceremonia matrimonial le pide a Wladzio, el amigo de Henryk, que sostenga una flor encima de la cabeza de Manka-Mania.
En ese momento escamotea rápidamente la flor dejándolos en una actitud falsa y sospechosa que despierta los celos del príncipe. Henryk ve al borracho como si fuera un sacerdote cochino uniendo a su amigo y a su prometida en un casamiento inmoral y bajo. El padre tenía una idea un tanto rancia sobre su autoridad sobre el hijo y sobre la humanidad.

“Y quien alce su mano sacrílega contra su padre cometerá un crimen espantoso, inaudito, infernal, diabólico, abominable y terriblemente despreciable. Un crimen que irá de generación en generación, lanzando gritos y gemidos terribles, en la vergüenza y los tormentos, maldito de Dios y de la Naturaleza, marchito, estigmatizado, abandonado”.
Henryk se convierte en un dictador, ha dominado a todo el mundo, también a sus padres, y de nuevo se vuelve a preparar la ceremonia nupcial pero sin Dios, sin otra sanción que la de su poder absoluto. Henryk utiliza, a efectos de alcanzar sus propósitos, un procedimiento drástico para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre y, por lo tanto, a Dios.

“Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, también están en la cárcel los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor y las Direcciones Generales. Los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión (...)”
“Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, a todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”. Sin embargo, la verdadera autoridad de “El casamiento” Gombrowicz la encuentra en el poder que tienen las palabras. “¡Todo eso es mentira! Cada uno dice lo que es conveniente y no lo que quiere decir. Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras (...)”

“Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, sino que son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro propio pensamiento que, a su vez, nos traiciona a nosotros. ¡Ah, la traición, la sempiterna traición! Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos. Nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros (...)”
“Si tú dices algo como: 'Si tú lo quieres, Henryk, yo, Wladzio, me mataré de mil amores', parece en principio algo extraño, pero yo puedo responder con algo más extraño aún, y así, ayudándonos el uno al otro, podemos llegar lejos. ‘Asiste a la boda, Wladzio, y cuando llegue el momento, mátate con este cuchillo’”. El dictador siente que su poder debe hacerse real.

Sólo tendrá realidad si es confirmado por alguien que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide a Wladzio que se mate para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso y formidable para realizar su casamiento y conseguir la pureza de Manka-Mania, la novia. El amigo se mata, Henryk retrocede horrorizado ante lo que ha hecho y el casamiento no se consuma.



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