miércoles, 1 de diciembre de 2010

Un polaco al filo de la navaja [por Por Mauro Libertella]


WITOLD GOMBROWICZ en la costanera de Buenos Aires, hacia principios de la decada del sesenta.

Alejandro Rússovich vio a Gombrowicz por primera vez en abril de 1946. Tenía una vagas referencias del autor polaco, pero cuando lo vio cruzar la puerta del café La Fragata algo lo estremeció. “Gombrowicz no tenía aspecto de artista y no parecía, en todo caso, uno de esos intelectuales con los que acostumbraba reunirme en Buenos Aires”, recordó mucho después, a la hora de la evocación. Compartieron el ida y vuelta de la retórica de una mesa de café y se hicieron amigos para siempre. Dos años después, Rússovich accedió al original polaco mecanografiado de la obra teatral El casamiento y emprendió la delirante empresa de traducir un texto desde un idioma que no conocía. Noche a noche, refugiados en una mesa del café Rex o apuntalado por los vientos de Costanera Sur, Witold leía el texto en voz alta –mezclando el francés, el español y el polaco– y Rússovich encontraba su alternativa castellana. Era importante sentir las palabras en el aire, palpar su sonoridad. Gombrowicz, para conferirle un cierto énfasis a algunos pasajes, llegaba incluso a bailar mientras leía.

La obra se publicó finalmente en 1948, en EAM, un sello casi fantasmal. La crítica especializada y los escritores no dijeron una sola palabra; el vacío institucional que giraba alrededor de Gombrowicz era grande e influyente. Hacía casi diez años que el polaco estaba viviendo en Buenos Aires, cuando decidió quedarse por un tiempo al enterarse de que en su continente se había desatado la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que en esos primeros años ya se había armado un grupo de acólitos, una especie de pandilla freak de fanáticos gombrowiczianos , pero La Nación, Sur y el resto de los aparatos de prestigio de la época no acusaban impacto. La obra empezó a despegar muchos años después, cuando Jorge Lavelli la llevó a escena, en 1963, y la poética toda de Gombrowicz se empezó a reproducir a lo largo y ancho del mapa occidental. A principios de los ochenta la obra se montó en Buenos Aires, con puesta de Laura Yusem, y en estos días el texto –largamente inhallable– reaparece en una edición homenaje con su traducción original. Una vuelta completa de casi sesenta años.

El casamiento está ambientada en el ojo de la Segunda Guerra Mundial y es una obra onírica que tiene como centro de la cuestión a un soldado polaco que emprenderá una venganza shakespeareana . El adjetivo no es casual: según Rússovich, “releíamos Hamlet juntos y Gombrowicz se inspiró en esa obra para El casamiento porque quería crear situaciones simétricas a las de Hamlet, pero en un plano puramente formal”. Según Jorge Lavelli en una entrevista, no sólo Shakespeare hace eco en el texto, sino también “Joyce y Kafka.

El casamiento es un poco el sueño de Ulises. Yo tuve la suerte de encontrar en Gombrowicz un universo –que yo he llamado ‘nuevo barroco’– que era y sigue siendo la base de mis preocupaciones estéticas”. Además, Lavelli ve en El casamiento “la organización musical del texto, que me parece muy clara, con sus ritmos, sus crescendos, sus diminuendos, sus silencios, sus pausas, sus partes solistas, sus dúos, sus tríos, sus conjuntos, sus coros”.

Por supuesto, no es fácil llevar a Gombrowicz a escena. Adrián Blanco, que hizo las puestas de Opereta (2004) y de la novela Transatlántico (que ganó, por cierto, el primer premio en el Festival Internacional Gombrowicziano de Polonia), dice para esta nota que “el mundo imaginativo de él es una invitación para ponerse a la altura de su imaginario, a correr los riesgos que corre él en su escritura. Yo como puestista no puedo dejar de correr riesgos, porque él me lo pide, el texto me lo pide. Juega al filo de la navaja de pasar a la tontería. Te obliga a que vos también arriesgues”. Esa impronta gombrowicziana , suerte de poética irreductible de avanzada, le hizo también difícil el trabajo a la crítica. No es sencillo insertar el teatro del polaco en una escuela específica y quedarnos tranquilos. A Witold le disgustaba cierta tendencia simbólica del siglo XIX, pero también estaba en desacuerdo cuando se decía que su teatro era deudor del absurdo, bajo el ala de autores como Beckett o Ionesco. Según Blanco, “esa indecisión crítica tiene su origen también en el juego que hace con las formas. Rompe una forma, aparece otra; eso te obliga como director a encontrar una forma propia, expresiva. Si lo actúas muy realista, no va, y si te pasas a la farsa, tampoco. El dilema está ahí: cómo colocarse en un punto justo para darle a una tecla que no te haga ruido”.

Dicen que cuando Jorge Lavelli le mandó una carta a Gombrowicz comentándole su entusiasmo por representar El casamiento , el polaco no le creyó. Le parecía una obra irrepresentable. Cuando se empezaron a cartear, a principios de la década del sesenta, Gombrowicz decía haber ido al teatro una sola vez en su vida. Sin embargo, le interesaba la escritura teatral como una posibilidad más directa de comunicarse con un público masivo. Los “temas” gombrowiczianos , esas obsesiones que vertebran toda su obra, aparecen en su teatro aguijoneadas por alguna vuelta de tuerca. “Los temas que más lo preocupaban, como el de la inmadurez, por ejemplo, están bastante bien expuestos en teatro; sólo hay que saberlos articular”, diría Lavelli en los primeros ochenta. Esas recurrencias, que se pueden encontrar en cualquiera de los libros de Gombrowicz, siempre igual y siempre distinto, pueden ser una de las causas de lo imperecedero de su obra. Para Gonzalo Martínez, que llevó a escena La pornografía , “Gombrowicz trabaja a partir de conceptos filosóficos y problemas inmediatamente relacionados con la vida de cualquiera: la madurez e inmadurez, la forma y la antiforma, el territorio y lo extranjero, la locura y la pasión, la belleza, la mirada del otro, etc. Esto es lo que convierte a toda su obra en un clásico y los clásicos tiene la particularidad de ser siempre contemporáneos”. Como siempre, el prólogo se convierte en una pista de despegue para desarrollar ese racimo de preocupaciones teóricas que vuelven y reaparecen acá y allá. Si en sus novelas (sobre todo en Ferdydurke ) esto es fundamental, en su teatro no lo es menos. Laura Yusem, mientas montaba El casamiento en el año 81, dijo que “ El casamiento no trata de ninguna otra cosa más que del desarrollo de las ideas de Gombrowicz, de su filosofía, de su visión del mundo. Quizás lo mismo suceda con muchos autores, pero en Gombrowicz es muy manifiesto: para él no hay otra historia que la historia de sus ideas, y no se puede separar la anécdota de El casamiento de la exposición de las ideas del autor”.

Witoldo, como le decían sus amigos argentinos, pasó por nuestro país sin proponérselo, sin plan ni esquema previo, y quizás por eso se convirtió en uno de los mejores escritores argentinos del siglo y en maestro de tantos. Su estela se proyectó en la literatura, –de Ricardo Piglia a César Aira, dos faros del sistema literario, dieron cuenta de la influencia polaca– pero también en el teatro. De las puestas de Lavelli en los años sesenta (también hizo Ivonne, princesa de borgoña ) a los teatristas de esta última década que leyeron en Gombrowicz no a un padre literario que impone un camino rígido, sino al tío intrépido y rupturista que nos saca de la modorra, el teatro argentino se retorció con el influjo gombrowicziano . Según Gonzalo Martínez, a la hora de armar una puesta con sus obras, un “riesgo es que el material se vea ingenuo. Están trabajadas con tanta genialidad en su escritura que produce la sensación de que es fácil de generar. Quiero decir: él lo hace tan bien que parece fácil. Y no lo es. Es muy fácil caer en la literalidad de sus conceptos. Otro riesgo es perder ante su ácida ironía, ante la calidad de su belleza, quedar pegado a su personalidad y sus formas tan particulares. Pero cuando trabajé con su obra viví ese riesgo como un placer y fue un aprendizaje para mi vida”.

No todo es idilio y felicidad, sin embargo. El estilo de Gombrowicz, tanto en su obra como en su vida cotidiana porteña, generó dosis igual de fascinación y rechazo. Era plenamente consciente de su genialidad, y esa falta de modestia le jugó en contra en algunos ámbitos. Se puede pensar, sin embargo, que esa irreverencia, tan distinta a la palmada en la espalda, el elogio de cocktel y lo políticamente correcto imperante en el ambiente cultural argentino, hizo que las nuevas generaciones lo adopten como emblema y maestro. Ahora que lo gombrowicziano hizo metástasis en el teatro argentino contemporáneo, ya es evidente que su escritura sobrevivió al tiempo. Quedan sus textos, que se actualizan solos con cada puesta que los renueva. Queda el recuerdo de los tantos que lo conocieron. Y queda también un sentimiento compartido en lectores y teatristas, que bien expresa Laura Yusem: “Cuando me metí en el mundo de El casamiento , me agarró un susto pavoroso y llegué a sentir odio por Gombrowicz, un odio que creo que se merece, porque nos ha complicado la vida a todos. Es un autor que, por cierto, no le facilita las cosas al lector o al espectador y menos aún a quienes tienen que ponerlo en escena”.



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