domingo, 7 de noviembre de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA FAMILIA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LA FAMILIA



“Mi casa natal, a pesar de las apariencias, era el colmo de una disonancia que no cesaba de herir mis oídos infantiles. Existían muchas razones para ello: una de las principales fue el contraste de temperamento y carácter entre mi madre y mi padre. Mi padre, un hombre hermoso y elegante, ‘de raza’, como se solía subrayar en aquel entonces, tenía fama de persona seria, responsable y honrada (...)”
“La discordancia entre su comportamiento, correcto y respetable, y ciertas extravagancias nuestras, de sus hijos, despertaba a veces algunas reflexiones en las que no quedábamos bien parados. Su excelente aspecto unido a una mente sin especial profundidad ni amplios intereses, pero perfectamente eficaz, le aseguraban cargos más bien representativos en diversos consejos y organismos administrativos (...)”

“En cambio, mi madre se distinguía por un temperamento extraordinariamente vivo y una imaginación exuberante. Nerviosa, exaltada, inconsecuente, incapaz de controlarse, inocente y, aún peor, poseedora de una imaginación de sí misma totalmente equivocada. Mi padre cedía a veces ante su lucidez e inteligencia y, a menudo, soportaba en silencio sus exaltaciones, realmente difíciles de superar”
La transformación que sufre Gombrowicz respecto a la idea de familia es menos clara que la que sufre respecto a la idea de Dios y a la idea de patria, pues atraviesa toda su vida casi sin cambios. Son admirables la nobleza y la discreción con las que Gombrowicz habla de sus padres y de sus hermanos hasta el final de sus días. Sin embargo, las contrariedades que tenía con la familia fueron las primeras, y el origen de todas las otras contrariedades.

Aunque Gombrowicz no era indiferente a la vida difícil de los pobres, mientras vivió en Polonia, tuvo una vida fácil sin necesidades materiales. La familia, las institutrices y el servicio doméstico lo mantuvieron alejado de la parte dura de la existencia. Las cosas cambiaron brutalmente cuando llegó a la Argentina, el mundo doble y acolchado de ese noble burgués se derrumbó.
Gombrowicz tuvo que enfrentar entonces el hambre, la humillación, la soledad y toda la variedad de las penurias materiales que produce la miseria. Este cambio fatal de las circunstancias que se produce cuando llega a la Argentina acentuaron el rechazo que siempre había tenido por los artificios, el idealismo y las ilusiones al punto que se obligó a definir de una manera drástica su axiología.

Todas las historias que conciernen a los hombres tienen un principio y un fin, veamos entonces un poco de cómo empezó la historia de Gombrowicz. En el tiempo en que Onufry Gombrowicz, el abuelo de Gombrowicz, es obligado a vender sus propiedades en Lituania y a trasladarse a Polonia se sintió injustamente puesto fuera de su clase, se mostró hostil a su nuevo medio y se quedó orgullosamente apartado en su clan cerrado.
Su hijo, Jan Onufry, a la muerte de su padre, abandona sus estudios, compra una propiedad en Maloszyce y contrae matrimonio con Marcelina Antonina Kotkowska, una hermosa mujer que le da cuatro hijos; Janusz 1884, Jerzy 1885, Irena 1899 y Witold 1904. Cuando Gombrowicz tenía un año se mudaron de Maloszyce a Bodzechow, y a los siete años terminó viviendo en Varsovia.

El viejo castillo de Bodzechow, rodeado de un vasto parque, era un lugar lleno de misterios. La familia de Marcelina Antonina se hallaba establecida en la región de Bodzechow, y fue en ese viejo castillo donde a Gombrowicz le aparecieron los primeros síntomas de la sangre enfermiza de los Kotkowski. De este ambiente lúgubre y de locos Gombrowicz sacó inspiración para muchas de sus narraciones.
Los estilos agonizantes de las formas polacas que se remataban como a un animal enfermo, fueron una verdadera ganga para Gombrowicz en los tiempos que escribía “Ferdydurke”. La curiosidad que tienen las personas cultas, mejor dicho, las personas informadas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares.

Es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al desorden. Pero ni de sus antecedentes familiares ni de las lecturas que hacía Gombrowicz podemos deducir su verdadera naturaleza. El padre de Gombrowicz era un hombre íntegro, que reaccionó como patriota contra la violencia zarista.
Fue encarcelado por esta razón en la prisión de Radom. Sus hijos vivieron esos acontecimientos con intensidad, y Gombrowicz, que por entonces tenía cinco años, los comprendía también en parte, y estaba muy impresionado. La influencia que ejerció la familia sobre Gombrowicz fue muy importante, desgraciadamente el abuelo paterno era un lituano muy arrogante.

El abuelo materno en cambio era un polaco medio loco, de esta mezcla de familias tan diferentes nació un Witold en el que se precipitaron unas sangres extravagantes y peligrosas. Como la familia lituana del padre estaba muy orgullosa de sus orígenes y de sus alianzas principescas, Gombrowicz fue alimentado desde el nacimiento con las tradiciones lituanas.
Los archivos familiares que su abuelo Onufry había llevado consigo al salir de Lituania obligado por el Zar de Rusia eran para Witold una lectura apasionante, y a los dieciséis años le inspiraron su primer texto, una historia de su familia. Este manuscrito permaneció inédito, pero Gombrowicz conservó toda su vida una pasión muy marcada por la genealogía.

La pertenencia de Gombrowicz a una clase social situada entre la alta aristocracia y los hidalgos campesinos se le manifestó como un gran problema que llegó a tener alcances de obsesión. En Varsovia experimentaba un sentimiento de inferioridad frente a sus compañeros de clase, hijos de importantes familias aristocráticas, mientras por otro lado despreciaba a la nobleza rural que su familia frecuentaba.
Pero Gombrowicz era artista por los Kotkowski y no por los Gombrowicz, y fue el peso de esta sangre enfermiza el que lo arrastró finalmente hacia el mundo de los hombres de letras.
Cuando murió su padre en el año 1933 ya había empezado a sentir la decadencia de su familia a la que le encontraba un cierto parecido con “Los Buddenbrooks”, la novela de Thomas Mann.

Era una familia que se extinguía, las perturbaciones mentales de algunos parientes de la parte de su madre pesaban sobre su cabeza como una amenaza de trastornos psíquicos futuros, y el padre fue el último Gombrowicz en gozar del respeto general e infundir confianza. Él y sus hermanos, la siguiente generación, eran unos excéntricos de quienes la gente decía que era una lástima que no hubieran salido al viejo Gombrowicz.
Su pertenencia a dos mundos, tan fuertemente marcada desde su juventud, fue muy clara hasta la muerte del padre en el año 1933, después las cosas fueron cambiando poco a poco. En vida del padre Gombrowicz entraba a la oscuridad y volvía a la luz con alguna facilidad, cruzaba la línea de sombra en las dos direcciones lo que le permitía comportarse como un camaleón.

Esa doble personalidad se prestaba a la mistificación, su apariencia de terrateniente más que de asiduo de cafés y de escritor vanguardista le producía todo tipo de malentendidos, especialmente con el género femenino. Después de la muerte de su padre se le fue haciendo cada vez más claro que tenía que justificar su vida con una obra de orden superior pues el tiempo pasaba y su situación en Polonia se tornaba cada vez más penosa.
A partir de los treinta años su pertenencia a una clase social superior empezó a debilitarse, cosa que aparece con mucha claridad en “Ferdydurke”, y el desastre de la guerra que arruinó a su familia y también a él pusieron a esta pertenencia en el camino de la extinción. Gombrowicz llora cuando se rebela contra Dios y contra al padre mientras escribe “El casamiento”.

Llora porque se queda solo frente a la nada, un sentimiento que le aparece con una elocuencia clarísima, con la misma elocuencia que tienen los hechos. “El casamiento” es la primera obra que Gombrowicz escribe en la Argentina, y la escribe mientras está enfrentado el hecho de la guerra. La autoridad del padre y el poder de la nación aparecen traspuestos en la obra narrativa de Gombrowicz
Una autoridad y un poder perpetuamente caídos que alimentan el sueño del espíritu anarquista. En los últimos años de su vida los franceses, que son propensos a clasificar con una meticulosidad cartesiana, ubicaron a Gombrowicz en el casillero de los escritores anarcoexistencialistas. “En el mismo año 1933, en que se publicó mi primer libro, murió mi padre (...)”

“Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo en forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte. Mis hermanos no llegaron del campo hasta el día siguiente. Esa muerte me ha dejado recuerdos bastantes vergonzosos. Cuando expiró, intenté abrazar a mi madre para al menos de esta forma mostrarle mis sentimientos (...)”
“Pero el gesto me salió con torpeza y en un abrir y cerrar de ojos me di cuenta de toda mi miseria: era incapaz de tener unos sencillos reflejos humanos, de mostrarme cordial, cariñoso, estaba paralizado por la forma, por el estilo, por toda esa maldita manera de ser que me había creado... ¡resulta pues que no había sido capaz de aportar un poco de calor a mi propia madre en semejante momento! (...)”

Para bien y para mal las madres tienen una importancia fundamental en la organización de nuestra personalidad, al punto que los gombrowiczólogos y los psicoanalistas están convencidos de que la madre de Gombrowicz está presente en toda su obra en forma de tía, de prima, de novia, de esposa... y también de madre. Una de las característica más señaladas de la sangre de los Kotkowski era su propensión a la locura.
Sin embargo, o por esa misma razón, los primeros aliados incondicionales que tuvo Gombrowicz fueron su madre y su abuela materna, Aniela Kotkowska. La madre fue la primera quimera que Gombrowicz combatió, era para él la representación de la irrealidad, era en verdad un exceso de irrealidad. El catolicismo de la madre era espontáneo, natural y despreocupado.
Cuando abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin preparación. Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y nacida de terratenientes. Las madres son las primeras que nos dan afecto y son las primeras que nos enseñan a querer, algo debió pasar entonces entre Marcelina Antonina Kotkowska y Witold Gombrowicz para que después de sesenta años de nacido la siguiera sintiendo como la fuente de su irrealidad.

Las discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas a unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos propios de su época. Marcelina Antonina participaba de la vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres Terratenientes, una institución terriblemente devota que se caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo.
Gombrowicz experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones para obtener material satírico. La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se daba cuenta de lo anormal de su situación social.

Para él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba con los sirvientes como un señor, relajadamente, con gran desenvoltura. Su madre también aceptaba su posición social como algo completamente lógico, pertenecía a una generación que no había experimentado lo que Hegel llama mala conciencia. Pero la siguiente generación empezó a sentir el peso de este problema.
Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando detrás de las puertas más algunas otras ocurrencias ajusta las cuentas con su familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de “Ferdydurke”, su primera novela. De la combinación de los Gombrowicz con los Kotkowski resultó una familia que empezó a decaer.

La sangre enfermiza de los Kotkowski y el orgullo impenetrable de los Gombrowicz ejercieron una influencia muy importante en Witold. “Mi madre era toda vivacidad, sensible, dotada de una excesiva imaginación, poco práctica, perezosa, indolente, demasiado nerviosa. En la familia de los Kotkowski había muchos casos de enfermedades mentales. No reprocho en absoluto a mi madre de ser como era (...)”
“En otros órdenes, tenía cualidades excelentes: bondad, nobleza, probidad, inteligencia, mientras sus debilidades eran un poco el producto de sus nervios y el resultado de la vida artificial y de una educación no menos artificial que había recibido. Pero el hecho de no querer ser lo que era, de no reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros, sus hijos, le declaramos la guerra. Nos enervaba. Provocaba (...)”

“Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca que producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha de risa, pero no resulta agradable. Como éramos tres, mi hermana no participaba de ese deporte, nuestra casa iba alcanzando lentamente la fisonomía de un manicomio y tan solo la severidad y el rigor de mi padre nos salvaba de la catástrofe total”.
La sexualidad de Gombrowicz se fue formando entonces un poco frente a esa pureza inocente de la madre y otro poco frente a la sangre enfermiza de los Kotkowski. Gombrowicz lleva el componente de pureza inocente que tenía Marcelina Antonina a un extremo paroxístico convirtiéndolo en virginidad en una de sus obras. La mayor virtud residía en la virginidad.

Este valor condicionaba el espíritu y en torno a él se situaban los instintos superiores. La virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito. De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad.
Los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás. Le suplicaron entonces al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y de la inocencia perdidos. Dios se apiadó de ellos y creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez. Las casadas eran una pura patraña, una botella abierta y evaporada.

Este ideal de pureza y virginidad es puesto en tela de juicio en “Pornografía”, una novela realmente libidinosa. Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud ejemplar, unas virtudes parecidas a las de la madre de Gombrowicz. En ella regía el Dios católico, desprendido de la carne, un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso.
Ella no podía atender las majaderías que tramaban los adultos con Henia y con Karol. Estaba subyugada con Fryderyk, ese ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar ni distraer por nada, un ser de una seriedad extrema. Pero es justamente en la finca de Amelia donde tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la misa que había ocurrido en la iglesia.

Joziek, un ladronzuelo de la edad de Karol, entra en la casa para robar. Según todo lo hacía parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek. Transcurren unos minutos y llega a la mesa tambaleándose donde están su hijo y los invitados, se sienta lentamente y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo. La situación no estaba clara.
Nadie sabía lo que había pasado realmente porque Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente. Fryderyk era mal psicólogo pues tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. La sospecha que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha.

Se había revolcado en el suelo con Joziek de puro placer y, por accidente, se le había clavado el cuchillo. Rena, la hermana de Gombrowicz, era de un temperamento más fuerte y de un espíritu más lógico que el de los otros tres hermanos. Las representantes del bello sexo amigas de Rena que frecuentaban la casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería.
Se dedicaban a actividades filantrópicas y no se mostraban dispuestas al flirteo, razón por la que Janusz y Jerzy, sus hermanos mayores, se sentían perjudicados. Su actitud hacia esas amigas y hacia los principios que ellas practicaban era hostil y maligna. El catolicismo de la madre de Gombrowicz era espontáneo, natural y despreocupado, cuando abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin preparación.

Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y nacida de terratenientes. La fe de Rena era, en cambio, complicada, fruto del esfuerzo y la concentración, un catolicismo que podríamos calificar de existencialista. El catolicismo moderno del temperamento más fuerte de los hermanos, era de un espíritu lógico atraído por la objetividad científica, con una fe sentimental y razonada a la vez.
Rena estudiaba matemáticas y tenía un actitud desprovista de alegría. La severidad y la frialdad propias de la hermana se iban convirtiendo en el rasgo característico de la generación de Gombrowicz, un presagio del nacimiento de tiempos nuevos y más duros. Los hermanos se burlaban de las exageraciones de Rena y de sus amigas mostrándoles que eran el fruto de un refinamiento burgués.

Era un fruto nacido de las comodidades aseguradas por pertenecer a una clase social superior. Estas objeciones no llegaban a la conciencia de la madre que las rechazaba por proceder de la incredulidad y de la malicia. Pero en jóvenes como la hermana sí encontraban resonancia porque sabían que fuera de su mundo se ocultaba otro más brutal que no se podía evitar.
Se sentían culpables: “No es culpa mía que haya nacido en un medio acomodado, cada uno tiene que vivir allí donde lo puso Dios, replicaba Rena; –Vamos, dime, ¿no es lógico?” Actuó toda su vida de acuerdo a esa lógica, era trabajadora, escrupulosa, disciplinada, silenciosa y modesta. Pero estas católicas más modernas se encontraban verdaderamente limitadas.

Estaban limitadas por el peso de la tradición, por los lugares comunes de las madres y de las tías contra las que no querían rebelarse demasiado. Polonia era por aquel entonces un país de estilos agonizantes, uno de los alimentos principales de los que dispuso Gombrowicz para la concepción de “Ferdydurke”. Los diez años de diferencia que tenía con Janusz bastaban para mostrar con qué rapidez se producían los cambios.
Janusz aún pertenecía a la juventud dorada, en vías de desaparición, era del campo, elegante, caminaba balanceando el bastón y se daba vuelta cuando se le cruzaba una mujer, con cara de tenorio. En el teatro se le veía siempre en las primeras filas conservando el porte de la nobleza terrateniente. Aunque no tuviera nada en el bolsillo, llegaba siempre a uno de los cafés más distinguidos de Varsovia en un coche elegante.

Cuando ya estaba en las últimas, tomaba el coche en la esquina más cercana sólo para descender en el café con su gala correspondiente. Gombrowicz no usaba bastón, a duras penas se ponía el cuello duro, no frecuentaba lugares de moda, no tenía asuntos de honor, no asistía ni a comilonas ni a borracheras, andaba en bicicleta en el campo y en la ciudad en tranvía, para escándalo de sus familiares y parientes higalguillos.
Gombrowicz no tenía demasiada confianza en la cultura de los miembros de su propia familia, por lo menos no la tenía respecto a su hermano Janusz: “No estaría mal construir una acera para no hundirse en el barro cuando vamos al granero o a los establos; –¡Tonterías!; –¿Por qué?; –Porque el fango es el fango, si hago la acera se la llevan en tres días, mientras el fango no se destruye, ¡el fango es el fango! (...)”

“¡Pero el fango es el fango solamente en este país!, ¡en otras partes no es así!, saben arreglárselas, lo que pasa es que nuestro fango es un fango que con el fango...; –¡No seas tonto!, no son más que quimeras, hay que pensar con realismo, nuestras condiciones son diferentes”. Janusz se preocupaba más por el honor de los comerciantes que por el honor de los nobles.
En su visión del mundo la economía jugaba un papel mucho más importante que las tradiciones y la carga hereditaria de las antiguas castas nobiliarias. Excluido de la complicidad que se había establecido entre los hermanos y el padre, Gombowicz se vio dominado por ellos, especialmente por su hermano Jerzy, el favorito de la familia, que lo hacía víctima de bromas continuas.

Gombrowicz estaba subyugado y trataba de imitarlos, pero cuánto más crecía su admiración más humillado se sentía. El gusto que tenía Gombrowicz por decir tonterías le hacia decir a su hermano Jerzy: “Cuando voy de visita con mis hermanos lo único que temo es que Janusz se acueste y que Witek se ponga a contar tonterías”. Contar tonterías constituía en la época de su juventud una de las ocupaciones que más lo absorbía.
Pero nunca se censuró esta actividad idiota. El desorden, la confusión y la torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo. Jerzy manifestaba durante el tiempo de su carrera universitaria, un gran gusto por todo el ritual y todo el protocolo solemne utilizados en los asuntos del honor.

Sin embargo, no los tomaba en serio. El benjamín de los Gombrowicz en cambio estaba completamente desprovisto de honor, en esa materia era un salvaje incapaz de distinguir las jerarquías de las partes del cuerpo y comprender por qué una bofetada era algo más terrible que un golpe en la oreja. El deporte que más practicaba con su hermano Jerzy era el de arrastrar a la madre a discusiones absurdas.
Este deporte fue una de las primeras iniciaciones en el ejercicio de la dialéctica que tuvo Gombrowicz, unas conversaciones que escandalizaban a las empleadas domésticas que tomaban partido por la pobre madre. “¡Otro divorcio en la familia!; –¿Qué estás diciendo?, ¿otro divorcio en la familia?, ¡no es posible!; –Te lo aseguro, me lo contó la tía Rosa, parece que ella se enamoró de su peluquero; –Cielos, qué escándalo (...)”

Al final de esta conversación teatral entre Jerzy y Witold aparecía la madre temblando de indignación: “¡Si la mujer de Henryk es tan desvergonzada no volveremos a recibirla!: –Pero, ¿por qué?, la tía Ela se divorció dos veces y ahora juega al bridge con sus tres maridos, dice que forman un equipo perfecto y que gracias a sus divorcios sus hijos tenían el doble de parientes”
Gombrowicz ajustó cuentas con los miembros de su familia en todas sus obras, pero sin mencionarlos por su nombre. En “Historia” en cambio, una pieza de teatro que no llegó a ver la luz del día en vida de Gombrowicz, los pasa por las armas a todos. Intervienen como personajes el mismísimo Gombrowicz y el resto de la parentela, el padre, la madre y sus tres hermanos, con sus verdaderos nombres.

A medida que se desarrolla la acción estos fantasmas se van transformando en personajes históricos de las cortes europeas de principios del siglo XX. Gombrowicz se mueve como un enviado especial que se pasea descalzo invitando a los reyes a que hagan lo mismo. Se propone liberar a los hombres pidiéndole a los emperadores que dejen de representar sus papeles y se quiten los zapatos.
Gombrowicz entra descalzo a su casa junto con el hijo del portero. A partir de ese momento la familia se convierte en un jurado que examina esta confraternización entre clases y se pregunta si Gombrowicz sería capaz de graduarse de bachiller debido a esta circunstancia. De junta examinadora la familia se transforma en un tribunal militar y, de delirio en delirio, llega hasta la corte del zar Nicolás II, a las puertas de la primera Guerra Mundial.

Yo llegué a conocer a un miembro de la familia de Gombrowicz. Cuando me encontré con la Vaca Sagrada en Buenos Aires en el año 1973 el inefable Gustaw Kotkowski, primo de Gombrowicz, nos hizo de partenaire. Es difícil encontrar una persona tan amable y cordial como Gustaw Kotkowski, sin embargo Gombrowicz en el café Rex lo trataba en forma desconsiderada.
Nos contaba que su primo tenía propensión a dormirse, que se dormía en cualquier lugar, que un día lo había encontrado dormido de pie en una estación de subterráneo apoyado en una pared. Kotkowski visitaba a Gombrowicz en el café Rex una vez por mes para charlar y llevarle un paquete con ropa. Cuando nos retirábamos Kotkowski era el que abría la puerta del ascensor.

Gombrowicz entraba primero con el paquete debajo del brazo sin decir ni siquiera gracias. Cuando le preguntábamos por qué era tan descortés con una persona tan amable como su primo decía con tono displicente: “Vean, sucede que está preestablecido, nuestras familias son casi iguales, pero la mía es levemente superior a la de él”



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