martes, 15 de junio de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA VANGUARDIA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LA VANGUARDIA


“El adversario del grupo Skamander era la vanguardia, que en mis recuerdos ha quedado como algo parecido a una pesadilla siniestra. Me acuerdo de aquellos extraños y mal pergeñados panfletos, escritos, manifiestos ridículos, versos entre revolucionarios y abortados, teorías grandilocuentes pero también grandiosamente cómicas y montones de volúmenes inevitables (...)”
“Tadeus Piper, Wladyslaw Broniewski, Adam Wazyk y centenares de otros adeptos que se dedicaban mutuamente sus poemas..., todo eso era para mí la vanguardia. Esta producción era más o menos parecida en todas las ciudades civilizadas, y ahora, aquí, en la Argentina, también me encuentro en los cafés a viejos o menos viejos jovenzuelos pegados a la ubre de esta eterna madre (...)”

“Pero en Polonia todo eso era más sucio; la vanguardia polaca estaba despeinada, desarreglada, descalza, era una criatura mal hecha con la cabeza de un rabino y los pies descalzos de un chico de campo: una provincia profunda y perdida en el mundo que, desesperada por su propio provincialismo, soñaba con ponerse a la altura de París o de Londres (...)”
“Ese gremio compuesto por unos rabinos contrahechos, esotéricos y sofistas y por unas ingenuas cabecitas leonadas, se caracterizaba por su ingenuidad, un fanatismo inflamado y una perseverancia consecuente. Poetas. Poetas decididos a ser poetas, que creaban en sí un ardor y una embriaguez poéticos, que estaban metidos en aquella vanguardia suya y encerrados en ella como en una botella (...)”

“Sin duda aportaban una realidad, lo que hacían ya no era sólo inventado, detrás de ello se escondía algo, algo auténtico..., pero ¿qué? ¿Qué es lo que aportaban? Miseria. Eran unos lujos forrados de una terrible pobreza. La mayoría de esos poetas carecía del mínimo de habilidad mental sin la cual el escribir se hace imposible: indolentes, decadentes, soñadores, gente no del todo culta, no del todo madura (...)”
“Siniestras criaturas de los ghettos polacos, ciudadanos de villorrios de mala muerte. Huían de su propia pobreza convirtiéndose en orgullosos precursores; era la búsqueda de la salvación... Y la salvación llegó. Ellos mismos no se atrevieron a confesar que habían nacido en la miseria. Esta verdad llegó de afuera y un buen día la República Popular de Polonia los tomó a su cargo y les adjudicó un papel (...)”

“Desde entonces formaron parte de la literatura oficial y se convirtieron en burócratas del arte. No lo presencié, pero me temo que el bolchevismo encontró a una parte considerable de la intelligentsia polaca en estado de embriaguez: la cabeza de la nación estaba aturdida. Y muchos, muchísimos no sabían en realidad lo que les estaba ocurriendo”. El poeta polaco Tadeusz Peiper, fue uno de los principales animadores de la vanguardia polaca.
Fundador del movimiento “Awangarda Krakowska” fue el principal introductor de la poesía ultraísta en Polonia. Peiper creía que un escritor debe parecerse a un hábil artesano, planificando cuidadosamente todo su trabajo. Líder de la vida literaria y de la llamada “Vanguardia de Cracovia” Tadeusz Piper extendió su influencia a otras ciudades del renacido estado polaco independiente.

Sus mensajes eran de optimismo civilizador y confianza en los éxitos de la ciencia, el conocimiento y la técnica. A pesar de todo su vanguardismo tomó un camino distinto al de los skamandritas del café Ziemianaka a los que no consideraba verdaderamente innovadores. “En el primer piso del Ziemianska se encontraban sobre todo los ‘poetas del proletariado’ (...)”
“Esta denominación abarcaba no solamente a los cantores de la clase obrera, sino aquellos que, descendientes de clases sociales inferiores, se convirtieron en adoradores de surrealismos, dadaísmos y otros ultramodernismos por el estilo, que servían para disimular sus primitivismos y oscurantismos más esenciales. Estos ‘poetas del proletariado’ tomaban parte en discusiones pero no sin grandes dificultades (...)”

“Generalmente no tenían más que un solo caballo para montar, por ejemplo el marxismo, o la estética poética de Tadeusz Peiper, o bien el psicoanálisis, mientras todos los demás caballos de la humanidad eran para ellos totalmente desconocidos. Es necesario reconocer, además, que en esa misma situación poco confortable se hallaba la mayoría de los que frecuentaban el café Ziemianska (...)”
“La ignorancia de esos intelectuales era algo increíble: de un lío de lecturas y conceptos, de unos párrafos y fragmentos asimilados a tontas y a locas, nacía un saber fantástico y proteiforme como la nube de Falstaff”. Los humores de Gombrowicz, uno dramático y el otro cómico, no estaban separados, estaban superpuestos, no se mezclaban pero existían al mismo tiempo.

En las vísperas de la guerra, cuando Europa estaba arrastrada por la vanguardia, el proletariado, el surrealismo, el social realismo, el ocaso de la burguesía y del feudalismo, Gombrowicz maniobraba en una mesa del café Ziemianska con su abolengo: –Mi abuela es prima de los Borbones españoles. Realizaba también actos de servidumbre alcanzando el azúcar a un poeta de clase social alta.
No se la alcanzaba al mejor poeta porque era de familia pobre. Apoyaba la opinión de otro porque era de una familia de terratenientes: –La poesía es muy importante pero ante todo te aconsejo que no seas provinciano. Aparecían algunas protestas: –No, señores, el arte es ante todo un fenómeno esencialmente heráldico. Y así durante meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo.

Los otros chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya decía que su abuelo era terrateniente, otro, que la hermana de su abuela era del campo, otro más empezaba a dibujar su blasón en la servilleta. “¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un bosque de árboles genealógicos y nosotros a su sombra (...)”
“Me dijo el poeta Broniewski: –¿Qué está haciendo usted? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado contagiar de heráldica hasta a los mismos comunistas!”. Gombrowicz era escurridizo como una anguila o un camaleón, con estos artificios quería aproximarse a verdades más profundas. La palabra humana tiene la consoladora particularidad de que se halla muy cerca de la sinceridad, no por lo que confiesa, sino por lo que busca.

Era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mimo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.
Cuando Gombrowicz observaba a sus compañeros de la infancia, esos pequeños campesinos que habían integrado una guardia que él organizaba y comandaba bajo la supervisión de su hermano Janusz, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, al contrario, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el analfabetismo daba buenos resultados.

Viajando en tren hacia Varsovia, en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos en parte, le pudo aclarar este enigma. En la estación siguiente a la de su ingreso al tren subió uno de sus tíos y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor.
La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo a Gombrowicz. “Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro (...)”

Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a Varsovia. “Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees?, pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza (...)” “Sabes tío, yo tengo una teoría. La gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la genealogía, los galgos (...)”

“Por eso los hombres ricos son excéntricos y no encuentran el tono adecuado”. Con esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase familiar de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.
“Cuando, transcurridos una decena de años, le conté a Wladyslaw Broniewski en el café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis fundamentales del marxismo, se me echó encima acusándome de fabulador”. Wladyslaw Broniewski, ese poeta de izquierdas que ponía en su lugar a Gombrowicz, después de la guerra se convirtió en uno de los máximos exponentes de la literatura del régimen.

Combatió en las Legiones Polacas bajo el mando del mariscal Pilsudski contra el ejército bolchevique en la batalla de Varsovia, y a las órdenes del general Anders en las batallas que se libraron en Francia. Comenzó a publicar sus poemas revolucionarios en Wiadomosci Litrackie. La simplicidad de los versos de Broniewski, junto con su retórica revolucionaria y lírica, hizo de su poesía un acontecimiento popular.
Era popular no sólo para los críticos literarios, sino también para el pueblo polaco, que encontró en él un portavoz de muchos de sus problemas sociales y sentimientos patrióticos. En los años 50 se intentó, por motivos políticos, cambiar el himno de Polonia, pero el poeta Wladyslaw Broniewski, al cual se le propuso escribir la letra, se opuso rotundamente a esta idea.

“Allá, en el tribunal, se hacía evidente que los estudios de derecho no proporcionaban aquella cultura general de la que se sentían tan orgullosos ni tampoco, simplemente, una buena educación en su sentido más profundo, humanista... Y su confrontación con la miseria humana dejaba mucho que desear... Se ha dicho y escrito sobre mí durante muchos años cosas que no son ciertas (...)”
“Nunca fui indiferente al siniestro problema de la vida fácil de los ricos y la vida difícil de los pobres; fue un asunto que siempre me ha atormentado dolorosamente desde mi más temprana juventud. Sobre este asunto tuve un diálogo con Adam Wazyk, uno de los escritores comunistas que acababa de conocer. “¿De qué hablar con usted?, si usted no conoce la vida, vive en un invernadero, alejado de la lucha por la existencia? (...)”

“¿Qué puede usted saber de estos problemas sociales? Era mi talón de Aquiles, pero sabía cómo defenderme. Me propuse demostrarle, con el tono contenido y apropiado, que no era extraño a esa realidad: –Pensé que usted era hijo de mamá y, sin embargo, veo que usted penetra en esa problemática; –Conozco la vida y sé mejor lo que es de lo que lo saben ustedes, aunque no haya experimentado directamente la miseria. Sonaba presuntuoso (...)”
“Pero tal vez mi juicio no estuviera tan distante de la verdad como pudiera parecer pues la experiencia personal no siempre aumenta la sensibilidad, sino que a menudo la disminuye: –Si usted lo siente con tanta fuerza, ¿por qué no se hace comunista?; –No porque no me gusten vuestros objetivos. Sino porque no creo que podáis realizarlos. No haréis más que aumentar la confusión”

Adam Wazyk, un poeta polaco cuyas obras iniciales expresaban la realidad de la vida urbana a través de un lirismo onírico, durante la guerra regresó a una forma más clásica pero comprometida con la realidad, erigiéndose en el principal poeta del realismo socialista. Pero con “Poema para adultos” se desmarcó del comunismo, limitándose desde entonces a expresar sus propias interpretaciones del mundo.
Tradujo a poetas rusos y franceses y escribió numerosos ensayos teóricos e históricos. Desde adolescente Gombrowicz se sintió en rebeldía contra las instituciones que utiliza la colectividad para presionar sobre el individuo y desde entonces estuvo convencido de que ninguna reforma violenta puede transformar el mundo en un paraíso, a pesar de los sueños de los vanguardistas.

Mientras, por un lado, seguía perteneciendo a la vieja época de la buena educación política en la que la gente se expresaba con mayor moderación y seriedad, por otro, era un representante de los tiempos modernos poniéndose en contra de todo lo que facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios y las relaciones. Hubiese utilizado el comunismo para destruir el conjunto de condiciones que lo determinaban
Pero no creía que las teorías fueran capaces de transformar verdaderamente la vida. “No podía hacer nada para mejorar la suerte de las capas sociales inferiores, pero, ¿quién sabe?, quizás podría contribuir a mejorar el comportamiento de los superiores respecto a los inferiores. La vida miserable deformaba al proletariado, la ociosidad y las comodidades deformaban a los terratenientes (...)”

“Sin embargo, esa intelligentsia urbana también era deformada por su modo de vivir... ¿Acaso la vida nunca creaba hombres completos? ¿Tenían que ser siempre fragmentos humanos que se complementaban entre sí? Ése era, pues, un error de estilo, un error de forma de una importancia inconmensurable, ya que hacía del hombre únicamente un producto de su propia clase y de su grupo social (...)”
“Este error de estilo y de forma lo separaba de otras vidas, lo empequeñecía, limitaba, hacía imposible cualquier contacto creativo con gente de otra clase. ¡Tantas vidas a las que no tenían acceso! ¡Y yo tampoco!”. En la misma época en la que Gombrowicz mantuvo ese diálogo con Adam Wazyk sobre el comunismo, había escrito “El diario de Stefan Czarniecki”

En este cuento Gombrowicz liquida el problema del comunismo de una manera curiosa. Cuando terminó la guerra y volvió a casa con aquella risa sonándole aún en los oídos, Stefan, el protagonista del cuento, comprobó que todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho escombros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista.
Stefan entendía el comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales. Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y repartida entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones.

Que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado fuera causal del castigo con la cárcel. Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma incomprensible.
Tan incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos intelectuales. Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una villanía.

“Tal es el secreto personal que opongo al gran misterio de la existencia. ¿Qué queréis?... cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con un niño o a un anciano amable, pierdo la tranquilidad”. Pasó el tiempo, mucho tiempo, y Gombrowicz volvió a encontrarse con Adam Wazyk en Europa. “En los polacos que vienen de Polonia se observan las contradicciones de siempre (...)”
“‘El comunismo nos sofoca, frena el desarrollo, el país está en la miseria, no hay libertad de expresión’. E inmediatamente después: ‘¡Pero tenemos nuestra literatura, la reconstrucción de Varsovia, nuestras bicicletas y motocicletas, nuestros sellos de Correos, unos de los más bellos del mundo, nuestro ballet...!’. O lo uno o lo otro. O la literatura está sofocada o es ‘grande’. ¡Qué es este pudor que nos impide reconocer lo qué somos! ¡Siempre esta manía de nuestro aplomo! De poner buena cara al mal tiempo”



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