lunes, 14 de junio de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA POESÍA DE ENTREGUERRAS

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ Y LA POESÍA DE ENTREGUERRAS



“Voy a escribir algo sobre la poesía en verso de entreguerras, mi tiempo, y ya veré lo que de ella se salva por ser auténtico... Siento curiosidad de hasta qué punto lo que nace de mi pluma puede ser verdad... Aquellos versos eran sin duda mejores que la prosa de entonces, lo cual tiene fácil explicación. Cuanto más formalista es el arte, tanto menos depende de las presiones exteriores, del ambiente y de la época (...)”
“Lo que resultaba más difícil en la Polonia independiente era hablar, después, escribir una prosa normal, después, escribir una prosa estilizada, mientras que la cosa relativamente más fácil era escribir un verso rimado. Para poder expresarse en forma irreprochable en una conversación normal, en la prosa cotidiana, hay que ser un hombre que pueda hablar, un hombre al que las condiciones exteriores no le alteren su modo de hablar (...)”.

“Pero los poemas, incluso los célebres y los espléndidos, los puede escribir alguien atado con todas las cadenas posibles, siempre que haya aprendido la forma. Skamander y la vanguardia..., sí, recuerdo... Skamander surgió bajo el signo de la renovación, la modernización y la europeización; ellos quisieron ofrecer una poesía ya independiente, libre y desinteresadamente poética (...)”
“Era una poesía orgullosa que no servía más que a sí misma. ¡Una idea saludable! Era muy propio del momento respirar aires nuevos. Entonces, ¿por qué fue el parto de los montes? ¿Por qué todo terminó en nada...?”. En el cielo literario de los Skamandritas brillaban a gran altura cuatro poetas sobresalientes: Julian Tuwin, Antoni Slonimski, Jaroslaw Iwaszkiewicz y Jan Lechon.

“Posiblemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable. La ira que me acomete cuando pienso en un artista como Tuwim ¿no estará relacionada con el hecho de que él, a pesar de todo, era capaz de leerle a alguien un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? (...)”
“También pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista me hubiera sido más conveniente que esta certeza mía de ser socialmente un cero, un marginal”. Cuando muere Juliam Tuwim Gombrowicz escribe unas palabras en el “Diario” en las que trata de poner alguna distancia con la grandeza y la poesía de este ilustre Skamandrita.

Julian Tuwim fue uno de los máximos representantes de la literatura polaca. Desde el comienzo y durante toda su carrera escribió en forma satírica sobre temas candentes, proporcionó muchos monólogos para numerosos cabarets. Fue cofundador del grupo experimental de poetas “Skamander” y del cabaret “Picador” y trabajó como escritor o director artístico en muchos otros cabarets.
Durante la Segunda Guerra Mundial se exilió en los Estados Unidos, en 1946 regresó a Polonia. “Me imagino las esquelas que se escribieron cuando murió. Pero aquí, en privado, puedo anotar: ha muerto el más grande poeta contemporáneo. ¿El más grande? Indudablemente. ¿Grande? Hm... No nos ha iniciado en nada, no ha descubierto nada, no ha revelado ningún misterio; no ha proporcionado ninguna clave (...)”

“Pero vibraba, refulgía, deslumbraba... con la magia de la palabra poética. Semejante vibración sensual del arpa poética, que emana de un lujo verbal, constituye en el arte la más alta aspiración de los pueblos primitivos; de modo que era un poeta que no nos honraba, antes bien nos desenmascaraba. La vergüenza consiste en que de cada uno de los poemas de Tuwim podemos decir que es maravilloso (...)”
“Sin embargo, a la pregunta de qué elemento tuwimiano a aportado Tuwim a la poesía mundial, no sabemos encontrarle respuesta. Porque Tuwin, en cuanto Tuwim, o sea, como personalidad, no ha existido, es un arpa sin arpista. Me gustaría saber si las esquelas serán capaces de revelar esta verdad. Pienso que más bien se mantendrán en un sano y convencional estilo poético (...)”

“Sólo dejarán caer una pequeña lágrima por la traición de haber demorado su regreso a Polonia después de la guerra. Nuestra percepción de la poesía es, como ya se ha dicho, algo primitiva y fuertemente mecanizada, pero hemos llevado a una gran perfección nuestra manera de hablar de ella; es un hablar lleno de fiorituras, trinos y gorgoritos en un tono poético (...)”
“Es una falsa conmoción poética acompañada de un éxtasis poético igualmente falso. Este género es perfectamente adecuado para los entierros; supongo, pues, que en esta ocasión será puesto en funcionamiento. En mi opinión, la poesía polaca (¿o tal vez todas las poesías del mundo?) no dará un paso adelante hasta que no rompa con tres horribles esquemas. 1) la actitud del poeta; 2) el tono poético; 3) la forma poética. Haced lo que queráis (...)”

“Tratad de salir de esto por puertas o por ventanas, me da igual; pero mientras estéis adentro, nada os salvará”. Cada persona elige una palabra que considera la más importante entre todas las demás, la palabra que eligió Gombrowicz fue grandeza. Si bien es cierto que este detalle no basta para reconstruir una personalidad, el caso de Gombrowicz es muy llamativo.
Grandeza es una palabra que nos hace pensar en la nobleza, en la majestad y en la dignidad de lo grande, por lo tanto vamos a hacer una breve incursión panorámica sobre su obra y sobre el mismo Gombrowicz a ver si encontramos algo parecido al significado de esta palabra. La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor.

La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera. Puesta en claro la diferencia que existe entre la grandeza clásica y la romántica, hay que hacer una la salvedad respecto a los hombres grandes.
Los hombres grandes, llamémoslos así, no son clásicos o románticos al cien por ciento sino que poseen ambas posturas en proporciones diferentes, vamos a ver qué podemos decir de la grandeza de Gombrowicz y de su obra. En los diarios Gombrowicz adopta respecto a la grandeza la postura clásica, la romántica, y también la negación de la existencia de toda posible grandeza.

El crecimiento de su yo y la divulgación de ese crecimiento le empiezan a resultar degradantes, le perturban cada vez más su relación con el mundo, a pesar de que la grandeza es el registro más infalible del valor del arte y el laurel más anhelado por la gente madura. En un momento determinado hace un cálculo de las armas que podría contabilizar para construir su propia grandeza.
Debía tratarla como un producto no premeditado y obligatorio derivado de la propia actividad de la forma. Decide hacerse el autobombo en sus diarios, pero el convencionalismo que le impide al autor florearse con este tipo de jactancias funcionó y los lectores empezaron a aburrirse. En los diarios, la actitud de Gombrowicz respecto a la grandeza, es vacilante.

Sin embargo vuelve a ella en forma reiterada en todo lo demás, es decir, en sus novelas, en sus piezas de teatro y en sus cuentos, podemos decir que, por lo menos en relación a los protagonistas, la grandeza no aparece nunca, lo que aparece más bien es una falta absoluta de grandeza. Hice un recorrido a vuelo de pájaro por la obra de Gombrowicz y ninguno de sus personajes tiene algo que se acerque ni siquiera un poco a algo parecido a la grandeza.
Ningún protagonista de la obra artística de Gombrowicz es grande, ninguno tiene nobleza, valentía, ni siquiera dignidad y, sin embargo, la obra artística de Gombrowicz pone en el centro de la creación la humanidad del hombre, y son la nobleza y la dignidad las inspiradoras de sus escritos. En los diarios Gombrowicz trata a los hombres sin demasiada consideración y en forma dominante.

Está acosado por la dimensión del mundo y por la misión que él mismo se impuso para comprenderlo; al final del cuento termina quejándose de la grandeza de un Gombrowicz que él mismo había creado con sus propias manos. El sol del universo gombrowiczida sigue siendo “Ferdydurke”, sería útil pues conocer el origen de este universo que despierta tantas inspiraciones entre los miembros del club.
“Después de haber acabado mi comedia ‘Ivona, princesa de Borgoña’ que, si bien había sido publicada en ‘Skamander’, no tenía ninguna probabilidad de llegar al escenario en razón de su modernidad, me puse a trabajar sobre una novela que jamás soñé que llegaría a titularse ‘Ferdydurke’. Empecé a escribirla en un estado de ánimo extraño, como de desdoblamiento (...)”

“Se arremolinaban en mí ambiciones, rencores dolorosos, me sentía irritado y vengativo, así como deseoso de probar mis posibilidades, pero al mismo tiempo, mi sentido común que por suerte nunca me abandonaba, me dictaba que no debía medir mis fuerzas por mis intenciones, sino más bien mis intenciones por mis fuerzas. Comencé pues el esbozo de algo que yo concebía como una simple sátira (...)”
“Quería sobresalir por mi humor y tal vez, ése era mi sueño, igualar a Antoni Slonimski, cuyo sentido del humor admiraba. Éstas eran mis perspectivas al escribir las primeras treinta o cuarenta páginas. Pero algunas escenas me salieron más fuertes... o tal vez más estrafalarias... la sátira se inclinaba hacia lo grotesco, a lo desenfrenado hasta más no poder, hacia lo enloquecido e insólito y eso nada tenía que ver con el humor de Slonimski (...)”

“Decidí mantener toda la obra en este espíritu, volví a comenzarla desde el principio y de este modo, poco a poco, empezó a nacer un cierto estilo que iba a absorber mis sufrimientos y rebeliones más esenciales. Menciono estos detalles porque en la mayoría de los casos sucede así: ‘elevando’ el texto al nivel de los fragmentos más logrados, se crea la forma de la literatura”
Estos detalles son descriptos en los diarios por Gombrowicz como una ultra actividad de la forma que se desarrolla por sí misma en el acto de la creación literaria. Antoni Slonimski, poeta, dramaturgo, publicista, crítico teatral, uno de los fundadores del grupo “Skamander”, autor de unas famosas crónicas semanales, es pues también el origen del universo gombrowiczida.

“Solonimski. Éste sí que nos salió bien, por fin había un escritor de verdad, plenamente realizado. Los versos de Slonimski no me seducían en absoluto, para mí su poesía eclosionaba en la prosa, en sus crónicas: allí es donde se largaba contra todo y contra todos y donde se divertía, era un maestro en organizar comedias de las que él mismo era protagonista (...)”
“Yo afirmo que con él se educó una generación; no necesariamente hay que ser un dios para tener adeptos. Pero lo que considero importante y curioso es que la prosa de Slonimski, probablemente la única prosa eficaz de la Polonia independiente, consistía en arrastrar las alturas hacia abajo, hacia el terreno del sentido común y del pensamiento realista. Su fuerza consistía en pinchar globos, pero eso no requiere mucha fuerza”

El sentido del humor que Gombrowicz admiraba en Slonimski fue apagándose poco a poco con el paso del tiempo a medida que Europa se encaminaba inexorablemente al desastre de la segunda guerra mundial. En el año 1947 Slonimski escribe un poema: “Elegía por los pequeños pueblos judíos de Polonia” en el que no queda ni el más mínimo rastro de su sentido del humor
“Han desaparecido esos pequeños pueblos/ Donde el viento unía los cánticos bíblicos/ Con las tonadas polacas y el lamento eslavo/ Han desaparecido esos pequeños pueblos/ Donde el zapatero era poeta, el relojero un filósofo/ Y el peluquero un trovador”. Jaroslaw Iwaszkiewicz, amigo de Gombrowicz, escritor y creador de la revista “Twórczosc”, después de una comida que había tenido con Paul Valery se lamentaba por no haber tomado notas.

Escribió en su diario lo que habían comido, y ninguna otra cosa. Años más tarde se quejaba porque no se acordaba de nada de lo que habían hablado durante esas dos horas. Yo no anoté nada de lo que hablé con Gombrowicz en los cafés durante ocho años, pero no me quejo. Tadeusz Breza, un buen amigo de Gombrowicz, lo asistió en asuntos diplomáticos y de mundología, pero también lo ayudó en cuestiones literarias.
Como Gombrowicz andaba buscando un editor para sus cuentos, Tadeusz lo invitó entonces a un desayuno con Jaroslaw Iwaszkiewicz, uno de los miembros más célebres del grupo Skamander, y con Grydzewski, el redactor de Wiadomosci Literackie, una publicación que era el centro de la revolución cultural que llevaban adelante los Skamandritas.

Esta revolución, junto a otras revoluciones de la postguerra, transformaba poco a poco los gustos y las costumbres polacos. “Hoy me unen a Iwaszkiewicz relaciones amistosas, y es difícil olvidar que él fue el primer lector de ‘El casamiento’, y que su reacción entusiasta me dio ánimos cuando me encontraba casi hundido en aquel desierto argentino... eso es una cosa, y otra cosa es que aquel desayuno no resultó logrado”
Iwaszkiewicz sostenía en ese desayuno una conversación con Breza limitada al juego de palabras y a las bromas: –¿Qué son estos papelotes?; –Eso... nada... son míos. Eran los textos mecanografiados de los cuentos de Gombrowicz a los que Iwaszkiewicz trataba con aire vulgar y en forma desconsiderada. Este encuentro terminó por helarlo completamente y le quitó las ganas de acercarse a los Skamandritas.

Gombrowicz finalmente venció la resistencia inicial que le había interpuesto Iwaszkiewicz, y lo convirtió en un admirador. “Por mi parte, yo admiraba su talento, sobre todo después de haber leído ‘Ferdydurke’. Durante la guerra, esa novela se convirtió en la lectura favorita de mis hijas, las ferdydurkistas, que fundaron el Círculo de Auténtica Inteligencia y nombraron a Gombrowicz su presidente honorario (...)”
“Inventaron también una especie de culto con el ritual apropiado. Cuando después de la guerra, me nombraron director de Nowiny Literackie, le escribí a Gombrowicz en Buenos Aires, pidiéndole que colaborara. Me mandó ‘Carta a los ferdydurkistas’, publicada en el número seis de la revista. Gombrowicz me prometió también otros textos, pero no pasamos de ahí (...)”

“Después me mandó ‘El casamiento’, pero no pude colocarlo en ningún sitio. Nadie lo quiso publicar”. Gombrowicz tenía confianza en el olfato literario de Iwaszkiewicz y le pedía consejos para ver cómo podía resolver la historia de terror que había introducido en esa novela policial que hoy conocemos con el nombre de “Los hechizados”, no sabía cómo terminarla.
Gombrowicz pronunciaba con picardía la palabra Lechon, pues el nombre del poeta se nos asociaba en el café Rex con el cerdo mamón o con el aspecto de un joven obeso. Son bastante conocidas las diferencias que Gombrowicz mantenía con Jan Lechon: a la del caballo de la nación y a la del cambio de opinión le daba especial importancia. Jan Lechon era un miembro distinguidísimo del grupo de los Skamandritas.

Las diferencias que mantenía Gombrowicz con Lechon respecto al caballo de la nación surgieron a propósito de una conferencia que dio el Skamandrita en Nueva York para la colonia polaca. “Nuestros sabios de la escritura, ocupados generalmente en la salvaguarda del idioma polaco, no pudieron cumplir con su papel de asignarle a nuestra literatura el lugar que le correspondía entre las otras (...)”
“Estos sabios no pudieron conferir rango mundial a nuestras grandes obras maestras. Sólo un gran poeta, un maestro de la lengua, podría dar a sus compatriotas una idea acerca del nivel de nuestros poetas, situados a la altura de los más grandes del mundo, convencerles de que nuestra poesía está hecha del mismo metal noble que la de Dante, Racine y Shakespeare”

A Gombrowicz le pareció que Lechon quería hacerse pasar por ese gran poeta y maestro de la lengua que daría a sus compatriotas la idea del nivel universal de la poesía polaca. “Pero me gustaría llegar a ver el momento en que el caballo de la nación agarre con los dientes la dulce mano de los Lechon”. Las diferencias que Gombrowicz mantenía con Lechon respecto al cambio de opinión tienen que ver con la lectura de libros.
Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es hasta cierto punto cierta. Mis cavilaciones actuales andan dando vueltas alrededor de la verdadera naturaleza de los escritores.

Frente a los escritores hay que tomar precauciones especiales, no tanto por su condición de seres ambiciosos, irritables y absortos en su propia grandeza, sino por otra razón. En efecto, cuando el hombre desempeña actividades relacionadas con el arte de escribir se vuelve muy peligroso porque se le pone en la cabeza que algún editor lo tiene que publicar y que algunos lectores lo tienen que leer.
Por lo demás, son mansos, la gran mayoría de ellos no son hombres de acción y hasta pueden resultar simpáticos. Mis aventuras con los hombres de letras siguen en general un curso descendente, empiezan con un gran entusiasmo pero no resisten el paso del tiempo. Después de mi reciente mudanza complicada y trabajosa el Revólver a la Orden y el Pequeño K se están empeñando en mandarme sus últimos libros a mi nueva casa.

En dos momentos distintos y no muy lejanos entre sí, Jan Lechon, escribía sobre Gombrowicz cosas contradictorias. Que era loco, sórdido y hediondo, y poco tiempo después, que su obra era excelente y que le producía mucho placer. ¿Por qué cambió de opinión? Gombrowicz descubre que cambió de opinión porque nunca la había tenido. ¿Y por qué nunca la había tenido?
Porque no había leído a Gombrowicz, o porque lo había leído así nomás, echándole un vistazo, que es lo mismo que había hecho Gombrowicz con los poemas de Jan Lechon. De este modo concluye que ésta es la razón por la que existe una mayor orientación en las lecturas que hacen los estudiantes obligados a leer, que en muchos literatos profesionales que hablan con maestría de textos que no conocen.

Los escritores polacos no le habían proporcionado a Polonia ninguna transformación excitante, expresiva y definida, una transformación que los hubiese acercado a la Europa que miraban. El grupo Skamander estaba constituido por jóvenes agradables pero sin peso, y en la otra vereda la vanguardia pergeñaba panfletos grandiosos y revolucionarios concebidos por cabezas provincianas y desesperadas.
Polonia se había convertido en un país que soñaba ponerse a la altura de París, entonces, Gombrowicz rompió las relaciones con la gente de su país y con lo que creaban. Se dispuso a vivir su propia vida, fuera la que fuese, y a ver con sus propios ojos. Pasó el tiempo y siempre mantuvo una distancia prudencial. Gombrowicz no se sentaba a la mesa de los Skamandritas en los café legendarios de Ziemianska, de Ips y de Zodiak.

Gombrowicz actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba. “Oiga, dicen que es usted quien reina en el Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros. Efectivamente, no los admitía, era profeta y payaso, pero sólo entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores (...)”
“A los otros, los honorables, con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, a quienes no podía imponer mi estilo, prefería no tratarlos. Me aburrían y sabía que yo también los aburría. Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa”


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