sábado, 27 de febrero de 2010

WITOLD GOMBROWICZ, EL PARIENTE POBRE Y LA GRANDEZA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ, EL PARIENTE POBRE Y LA GRANDEZA


“Lechon dijo en una conferencia que dio en Nueva York para la colonia polaca, que estamos a la altura de las mejores literaturas del mundo. ‘Nuestros sabios de la escritura, ocupados generalmente en la salvaguarda del idioma polaco, no pudieron cumplir con su papel de asignarle a nuestra literatura el lugar que le correspondía entre otras, de conferir rango mundial a nuestras obras maestras (...)”
“Sólo un gran poeta, maestro de su propia lengua, podría dar a sus compatriotas una idea del nivel de nuestros poetas, situados a la altura de los más grandes del mundo, convencerlos de que nuestra poesía está hecha del mismo metal noble que la de Dante, Racine o Shakespeare’. Diríase que esta comparación que hace Lechon no es demasiado acertada, porque precisamente la materia de la que está hecha nuestra literatura es diferente (...)”

“Comparar a Mickiewicz con Dante o con Shakespeare es comparar la fruta con la confitura, un producto natural con uno elaborado, un prado, un campo y una aldea con una catedral o una ciudad, un alma idílica con un alma urbana, formada entre la gente y no por la naturaleza, imbuida del conocimiento de la especie humana. Pero me quiero referir más bien a lo anticuado del método de Lechon y al eterno carácter repetitivo de ese estilo dirigido a fortalecer los ánimos (...)”
“Es el azúcar con el que nos fortalecemos desde hace tiempo, pero nos gustaría llegar a ver el momento en el que el caballo de la nación agarre con los dientes la dulce mano de Lechon. Tal como están las cosas, Chopin y Mickiewicz sólo sirven para destacar vuestra mezquindad, porque vosotros, con ingenuidad infantil, exhibís ante las narices del extranjero a esos grandes polacos con el único fin de fortalecer vuestro debilitado sentido del valor personal y daros importancia (...)”

“Sois como un pobre que presume de que su abuela tenía un granja y viajaba a París. Pero lo más terrible es que sacrificáis la vida y la razón contemporáneas en aras de los difuntos. No me muero en absoluto de ganas de representar a ninguna cosa aparte de mi propia persona. No obstante, el mundo nos impone esas funciones representativas en contra de nuestra voluntad (...)”
“Y no es culpa mía que para aquellos argentinos yo representara a la literatura polaca contemporánea. De modo que tuve que escoger: o ratificar aquel estilo, el estilo del pariente pobre, o bien destruirlo, pero con la conciencia de que la destrucción echaría a perder todas las informaciones más o menos halagüeñas y ventajosas para nosotros. Y, sin embargo, no fue otra cosa que la dignidad nacional lo que me impidió entrar en cálculos (...)”

“Soy un hombre con un alto sentido de la dignidad personal, y un hombre así, aunque no esté vinculado a su país por los lazos de un normal patriotismo, siempre velará por la dignidad nacional aunque sólo sea porque no puede desprenderse de su nacionalidad y porque ante el mundo es polaco, de ahí que cualquier humillación a su nación también lo humilla a él personalmente ante los demás (...)”
“Y estos sentimientos, de algún modo obligados e independientes de nosotros, son cien veces más fuertes que todas las sensiblerías aprendidas y sobadas. Nada de lo que le es propio debe impresionar al hombre; de tal modo que, si nos impresiona nuestra grandeza o nuestro pasado, ésa es la prueba de que aún no los llevamos en la sangre”. Gombrowicz no estaba de acuerdo con Lechon, sólo distinguía a Shakespeare con los laureles del metal noble.

En cambio Dante era para él un inmoral y Racine no le parecía gran cosa. También tenía diferencias con Shakespeare pues para Shakespeare los sentimientos eran la materia prima de todo lo que existe y para Gombrowicz eran una afección que había que evitar en el arte y también en la vida. Gombrowicz trató a los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la rigidez de las formas puras.
Jan Lechon, uno de los principales poetas polacos del período de entreguerras cuando Polonia recuperó su independencia, tiene el curioso privilegio de ser el primer escritor mencionado en las páginas del “Diario” de Gombrowicz, y también el último. Poeta, narrador, crítico de teatro, diplomático, fue uno de los fundadores del movimiento literario “Sakamander”.

Le dio el nombre a este movimiento literario y pronunció el discurso de apertura en la primera reunión del grupo celebrando la independencia de Polonia. Agregado cultural en la embajada de París entre 1930 y 1939, cuando estalló la guerra se fue a Brasil y más tarde se estableció en New York, donde, en el mismo año que conocí a Gombrowicz, saltó desde el duodécimo piso del Hotel Hudson.
Gombrowicz pronunciaba con picardía la palabra Lechon, pues el nombre del poeta se nos asociaba en el café Rex con el cerdo mamón o con el aspecto de un joven obeso. Son bastante conocidas las diferencias que Gombrowicz mantenía con Jan Lechon: la del caballo de la nación, la del cambio de opinión y la de los judíos. Jan Lechon era un miembro distinguidísimo del grupo de los Skamandritas.

Gombrowicz se despide de Jan Lechon en las últimas páginas del “Diario”, con una crítica al poeta que también es una crítica que le hace a Polonia. “El ‘Diario’ de Lechon que he vuelto a examinar con más detenimiento es sorprendente y vergonzoso. ¿Cómo surgió esta mezcla, una mezcla que constituye la originalidad de este diario, esta amalgama de arte, sensibilidad excepcional, perspicacia con ignorancia, incultura, estrechez de miras, obcecación? (...)”
“Un lenguaje por lo general exquisito en el que son expresados unos juicios sutiles sobre la literatura, el arte y a menudo sobre los hombres, aunque con este mismo lenguaje Lechon manifiesta también toda su terrible limitación, insoportablemente polaca. Desde el punto de vista intelectual, este diario es como un traje de 1939 que sacamos del armario oliendo a naftalina (...)”

“Lechon no tenía ningún acceso ni al hombre ni al mundo contemporáneos, se perdía en la cultura, no tenía ni idea del pensamiento contemporáneo ni de nada que le permitiera enfocar y ordenar el mundo actual. Caos. Tinieblas. Abismos y brumas. Pasiones y conflictos realmente epidérmicos. Los años pasados en París se deslizaron sobre él como la lluvia sobre un tejado (...)”
“Y cuando la Historia echó definitivamente a Lechon de Polonia, se ahogó en el vasto mundo igual que cualquier terrateniente expulsado de sus propiedades. ¿Cómo esta caverna con olor a rancio a llegado a instalarse en nuestro espíritu? ¿Acaso la ceguera que nos impide ver el mundo, la ingenuidad, la ignorancia son consecuencia de la pérdida de independencia? (...)”

“Pero es que Polonia en tiempo de los Sajones era sin duda alguna el país más estúpido de Europa, y en la época de los Jaguellón los polacos estaban también a la cola de las naciones civilizadas. ¿Por qué, entonces? ¿Cuál fue la razón? ¿La falta de grandes ciudades, la rusticidad polaca? ¿La indiscutible primacía espiritual del señor párroco en las ciudades de Polonia? Sí, pero esto probablemente no es lo más importante (...)”
“Lo más importante es tal vez la forma, esa pesadez de la forma de Europa que, cincelada con finura como la había cincelado Grecia, pasa por las planicies polacas para convertirse en las toscas inmensidades de Rusia, de Asia. ¡Ser un país de transición no es nada fácil! Como el provincianismo se manifiesta en la manía de utilizar títulos pomposos, Lechon se ha convertido en el ‘Altissimo Poeta’”

Cada persona elige una palabra que considera la más importante, la palabra que eligió Gombrowicz fue grandeza. Si bien es cierto que este detalle no basta para reconstruir una personalidad, el caso de Gombrowicz es muy llamativo. Grandeza es una palabra que nos hace pensar en la nobleza, en la majestad y en la dignidad de lo grande. La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor.
La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera. En los diarios Gombrowicz adopta respecto a la grandeza la postura clásica, la romántica, y también la negación de la existencia de toda posible grandeza.

En los diarios, la actitud de Gombrowicz respecto a la grandeza, es vacilante, pero vuelve a ella en forma reiterada, en cambio, en todo lo demás, es decir, en sus novelas, en sus piezas de teatro y en sus cuentos, podemos decir que, por lo menos en relación a los protagonistas, la grandeza no aparece nunca. Esta ausencia absoluta de grandeza no se debe a la casualidad, es el producto de una actitud completamente deliberada.
Ningún protagonista de la obra artística de Gombrowicz es grande, ninguno tiene nobleza, valentía, ni siquiera dignidad y, sin embargo, la obra artística de Gombrowicz pone en el centro de la creación la humanidad del hombre, y son la nobleza y la dignidad las inspiradoras de sus escritos. En los diarios Gombrowicz trata a los hombres sin demasiada consideración y en forma dominante.

Sin embargo, está acosado por la dimensión del mundo y por la misión que él mismo se impuso para comprenderlo; al final de la historia Gombrowicz termina quejándose de la grandeza de un Gombrowicz que él mismo había creado con sus propias manos. Gombrowicz anduvo buscando durante toda su vida una manera de pasar de la inferioridad a la superioridad con un movimiento de ida y vuelta.
Quería conservar por separado las propiedades que tienen cada uno de estos estadios, una aspiración a la totalidad y a la universalidad característica de la cultura de su tiempo. La persona de Gombrowicz reconoció al Gombrowicz de la obra como un ser distinto, al Gombrowicz que existía desde afuera. Siente que el rasgo más distintivo de este doble respecto a los demás es la importancia que le había dado a su persona.

Esta función de agrandamiento del yo no le podía ser indiferente a la naturaleza, así que supuso que su suerte después de la muerte debería ser distinta a la de los otros. El yo inferior no tenía por qué gustarle a nadie, más que a él mismo, pero el otro yo se reconocía como superior cuando entraba en contacto con el yo inferior. Mientras estas dos personas miraban al doble, el doble también las miraba despertando de un sueño erótico y humorístico.
En la tercera actualización de su inmadurez que hace en la Argentina conoce a los jóvenes de Tandil, entonces escribe en los diarios páginas en las que el centro de la importancia es ocupado por la desfachatez y la ligereza de la adolescencia. Pero tres años después aparece una de sus reiteradas inversiones copernicanas y cambia el centro, ahora lo ocupa la responsabilidad y el peso de la madurez.

“En aquel entonces yo estaba con toda mi alma del lado de la evolución que iba destruyendo todos esos cultos y veneraciones, que para mí eran simplemente tontos y quitaban a los polacos su audacia y su libertad. Hoy en día, después de haber pasado veinte años en América donde la gente no hace caso a los esplendores del otro, tanto si se trata de un millonario, un dignatario, un artista o un científico, siento de una manera diferente”
“En la Argentina un chiquillo de diez años se dirigiría a Einstein con el mismo desparpajo con el que se dirige a sus compañeros, empiezo a veces a añorar aquellas vergüenzas de otro tiempo, los antiguos rubores y toda aquella torpeza fruto de la admiración. Naturalmente es agradable sentirse seguro de sí mismo y cómodo con todo el mundo, no dejarse impresionar, no interesarse demasiado por nadie, dedicarse a asuntos personales (...)”

“Y, sin embargo, se produjo una especie de empobrecimiento cuando el hombre dejó de sentir en el otro un secreto magnífico e inaccesible y desaparecieron las tensiones entre los diferentes mundos”. Gombrowicz ha expresado en más de una oportunidad que no luchaba contra la falsedad que tenía dentro de sí mismo, sino que se limitaba a revelarla en el momento que se le aparecía.
Pero no sabemos si la falsedad le aparece cuando se pone de parte de la desfachatez de los jóvenes de Tandil o del secreto magnífico e inaccesible del hombre de antes. “Por supuesto no pretendo aseverar que los polacos no tengamos méritos, ni tampoco que no haya que revelarlos, me refiero a la forma en que se hace, que demuestra precisamente ese terrible complejo de inferioridad nuestro y nuestra falta de dignidad e incluso de sentido del humor (...)”

“Tengo la costumbre desde hace siete años de anotar en mi diario de escritor todo lo que me ha molestado o consternado. Fijaos que frente a Dios los polacos se comportan en la iglesia de manera normal y correcta mientras delante de Polonia se sienten perdidos, es algo a lo que todavía no se han acostumbrado. Yo quisiera que los polacos adorasen a Polonia de forma menos ingenua, menos provinciana, que no se traicionasen tanto con el sentimiento de inferioridad que los devora cuando están en el extranjero”
Gombrowicz estaba hasta la coronilla con la pleitesía que le rendían los polacos a sus héroes, lamentablemente a los días de pisar Buenos Aires se encuentra otra vez con ellos, es decir, se los encuentra el Gombrowicz de “Transatlántico”, y se los encuentra justamente en ese lugar del que había que huir como del tedio, se los encuentra en la embajada. Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies del embajador.

Le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona. El embajador le pidió que escribiera artículos para celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese servicio le podía pagar setenta y cinco pesos mensuales. Era necesario ensalzar a la patria en momentos tan difíciles.
Pero Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza, entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó que la embajada le había rendido homenaje y que lo iba a presentar a los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz.


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