sábado, 19 de diciembre de 2009

WITOLD GOMBROWICZ, LA EPISTEME Y LA ESTUPIDEZ




JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ, LA EPISTEME Y LA ESTUPIDEZ


“Desde que empecé a cultivar la literatura, siempre tengo que estar destruyendo a alguien para salvarme a mí mismo. Si en “Ferdydurke” ataqué a los críticos fue en realidad para desmarcarme del sistema de la espisteme, para independizarme. Mis ataques a los poetas, a los pintores, también estaban dictados por la necesidad de apartarme, de distanciarme. Me moría de vergüenza al pensar que sería un artista como ellos, que me convertiría en un ciudadano de esa ridícula república de almas ingenuas, en un engranaje de esta terrible maquinaria, en un miembro de este clan (...)”
“¡Por nada del mundo! Pero a medida que pasan los años, mis palabras, estas palabras escritas, cada vez si distancian más de mí, están ya muy lejos, traducidas a lenguas extranjeras, en múltiples ediciones que a menudo ni he visto, en manos de comentaristas de quienes no sé nada..., ya no lo controlo (...)”

“Me he convertido en literatura y mis rebeliones son también literatura. Y la ley ‘cuanto más inteligencia, más estupidez’ se me puede aplicar perfectamente. ¿Qué hacer pues? ¿Acabar con la episteme, agarrarla por la garganta, luchar con ella como Don Quijote? ¿Una vez más?”
Gombrowicz siempre fue un holgazán, pero ya de joven se imaginaba que el pensamiento errante y libre de un holgazán era lo que más desarrollaba su inteligencia. Sin embargo, su pereza no era tan absoluta como pudiera parecer, no sabía bien cómo pero había conseguido una superioridad intelectual sobre su entorno, poco a poco se fue haciendo notar como más sensato y equilibrado que los demás, de alguna manera se sabía que su especialidad era la inteligencia y no otra cosa.

Contar estupideces constituía en la época de su juventud una de las ocupaciones que más lo absorbía pero nunca se censuró esta actividad idiota. El desorden, la confusión y la torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo.
El poema del chip, chip, me decía la chiva y la primera carta que me escribió desde Tandil fueron los ejercicios preliminares con la estupidez que Gombrowicz hizo conmigo. El poema ya tenía un cierto prestigio, lo había declamado en la conferencia que dio contra los poetas en la que uno de los viejos vates presentes, después del recitado, le revoleó un bastón y estuvo a punto de pegarle.

“Alfred Jarry, ahí están mis gustos personales y mis caprichos, incomprensibles para aquellos que no han leído mis libros. No voy a tomarme el trabajo de explicar a los que no conocen mi ‘Ferdydurke’ por qué elijo ‘Ubú rey’, escrita por un novato de diecisiete años bajo su pupitre de escolar. Un libro pueril, insolente, arrogante, impregnado de una inconsciencia genial. Lo elijo porque constituye una iniciación como no hay otra en los misterios de la Estupidez”
La estupidez era para Gombrowicz un fenómeno muy particular que tenía la característica de una calesita: él perseguía la estupidez y la estupidez lo perseguía a él. El escenario más propicio para esta persecución circular era el de las conferencias. La primera conferencia que dio en la Argentina llevaba como título “Regresión cultural en la Europa menos conocida”, la dio en el Teatro del Pueblo.

Le adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor y nata de la intelligentsia de Buenos Aires, en vista de lo cual decidió preparar un texto del más alto nivel intelectual. En esta oportunidad planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que había invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar los fundamentos de la cultura.
Leyó el texto, lo aplaudieron y muy contento volvió al palco reservado para él donde se encontró con una joven bailarina y admiradora, muy escotada y con unos collares de monedas. Cuando estaba por retirarse con la bailarina observa que alguien se sube al estrado y empieza a vociferar, lo único que puede distinguir con claridad es la palabra Polonia, la excitación y los aplausos.

Acto seguido sube otra persona, pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a chillar. Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su conferencia hubiera despertado tanta animación. Pero, de repente, los miembros de la Legación de Polonia abandonan la sala, parece que algo andaba mal, se había producido un escándalo.
Resulta que la conferencia fue aprovechada por los comunistas allí presentes para atacar a Polonia. La elite intelectual presente en la conferencia era medio comunistoide y no exactamente la flor y nata de la intelligentsia de Buenos Aires, de modo que su ataque a la Polonia fascista no se distinguió precisamente por su buen gusto, y se dijeron tonterías, como por ejemplo que en Polonia no existía la literatura y que el único escritor polaco era Bruno Jasienski.

Al día siguiente Gombrowicz fue a la Legación donde lo recibieron en forma fría, como si fuera un traidor. En vano les explicó que el director del teatro, el señor Leónidas Barletta, no le había informado que era costumbre en el Teatro del Pueblo seguir las conferencias con un debate y que, por otra parte, no podía considerar como comunista a ese señor pues él mismo se hacía pasar por un ciudadano honrado, ilustrado, progresista, adversario de los imperialistas y amigo del pueblo.
Pero lo peor fue lo de la bailarina: su colorete, sus polvos, su escote pronunciado y el collar de monedas lo hicieron aparecer como un cínico en un momento dramático. Hasta la prensa polaca de Estados Unidos se puso verde. Hubiese soportado todo ese torbellino demencial de sospechas y acusaciones si no hubiera sido por el presidente de la Unión de los Polacos en la Argentina.

Ese señor había escrito un artículo que le hizo perder el escaso contacto que le quedaba con la realidad. En efecto, a pesar de todo el escándalo que se había armado sólo le recriminó que en la conferencia no hubiera hecho la más mínima mención acerca de la enseñanza que se impartía en Polonia. Una de las intervenciones de Gombrowicz en la que la estupidez rayó a una gran altura tuvo lugar en Berlín.
Walter Höllerer, un profesor muy renombrado, director de la revista “Akzente”, lo invitó a un coloquio para que leyera en alemán un fragmento de “Ferdydurke”. “Pero mi pronunciación es terrible, profesor, ni yo ni los oyentes entenderemos nada; –No importa, es un acto de cortesía que tenemos con usted, el señor Hölzer leerá algunos de sus poemas y después se abrirá el debate”

Höllerer –una especie de Victoria Ocampo según nos decía Gombrowicz en sus cartas– le inspiraba confianza, tanto como profesor como por su talante de estudiante, algo que se le hacía evidente cuando escuchaba su risa jocosa y juvenil. Gombrowicz esperaba que esa jovialidad risueña lo liberara justamente de ese compromiso con los estudiantes de la universidad.
Pero el alemán que el profesor llevaba adentro lo obligó a representar su papel y se dispuso a abrir la sesión. Lo presenta a Gombrowicz en la sala de conferencias y lo invita a leer la página del libro: “Perdón, señor Höllerer, pero no la voy a leer. Otros participantes empiezan la lectura de sus poemas. Höllerer hablaba como profesor y sólo como profesor, dentro de los límites de la función (...)”

“Barlevi hablaba en calidad de polaco, de futurista varsoviano de antes de la guerra y de pintor que estaba preparando una exposición, y también de invitado de Höllerer. Hölzer, hablaba en calidad de poeta... Völker, como joven literato (...)”
Gombrowicz se sintió debilitado, tenía que defenderse y ponerse a la altura, decidió por lo tanto dar señales de vida y pidió la palabra para chapurrear su alemán. Su balbuceo hueco se volvió enseguida inconcebible, ensartaba palabras al azar con el único propósito de seguir hablando, pero, increíblemente, los estudiantes lo estaban escuchando con atención, no sabía cómo seguir. Entonces se dirigió a Barlevi, el poeta futurista varsoviano, al que podía hincar el diente como compatriota y como pintor, y en un tono apasionado le empezó a hacer unos reproches incomprensibles, hasta que Barlevi no pudo resistir más y se durmió.

Sonaron los aplausos, los estudiantes se levantaron y Höllerer dio por terminada la reunión. Sin embargo, la medalla de oro de estas celebraciones paroxísticas que Gombrowicz realizaba con la estupidez, se la lleva la conferencia que dio con un nombre que se hizo famoso y dio la vuelta al mundo: “Contra los poetas”.
Es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. A parte de la alteración que se produjo en el público presente y del bastonazo que le quiso pegar un viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la prensa. Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que le había puesto a la poesía fueran a ser enriquecidos por los periodistas.

Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien hecho, no se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos, su idea era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico. La conferencia la dio en la librería Fray Mocho y resultó muy agitada, pero las palabras que pronunció fueron tan convincentes que el presidente del Banco Polaco se entusiasmó con su elocuencia y le dio trabajo.
La gente, en su mayoría jóvenes, empezaron a hacerle preguntas a Gombrowicz; él respondía con vivacidad. Todos estaban muy animados. Alguien se levantó y empezó a insultar. Algunos chiflaban. Gombrowicz estaba en su salsa, se sentía muy bien, adoraba el clima polémico. Cuando empezó a hablar se hizo silencio. Gombrowicz sacó del bolsillo un papel y un reloj y leyó: “Chip, chip, me decía la chiva/ mientras yo imitaba al viejo rico/ Oh rey de Inglaterra viva/ El nombre de tu esposa Federico”.

Hizo una pausa y declaró: –Sé que entre el público hay por lo menos unos veinte poetas. Les doy un minuto para la réplica. Se levantó Córdova Iturburu, y tras él muchos más pidieron hablar. Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz se declaró entonces el rey de los poetas. El marido de Wally Zenner, radical de Forja, tembló de indignación y estuvo a punto de proceder.
Los amigos de Gombrowicz estaban desorientados por el ataque que había llevado contra la poesía, no era de esperar que un artista como él pudiera atacar el arte en tal forma, no sabían que un artista, con una sinceridad que lindaba casi con la ingenuidad, podía decir que el arte lo aburre. La charla provocó muchas protestas, de Adolfo de Obieta, de Graziella Peyrou y de Roger Pla.

Gombrowicz anotó en sus apuntes: “Más bien un fracaso. Adolfo atacó fuertemente la charla. Graziella y Pla muy críticos. A la última charla, el jueves 4 de septiembre, asistieron quince personas (igual a 22,50 pesos) (...) Liquidación”. Finalmente Gombrowicz hace entrar en franco combate a la estupidez con la episteme enunciando la ley de cuanto más inteligencia, más estupidez.
“Resulta curioso que, mientras todo nuestro esfuerzo espiritual a lo largo de los siglos ha estado dirigido a liberarnos de la estupidez, a superarla, en el mismo seno de la humanidad la estupidez parece coexistir con la razón. La composición de la humanidad asegura a la estupidez un papel nada desdeñable. La humanidad se compone de hombres, mujeres, jóvenes y niños, y este hecho ya nos conduce a una oscilación constante entre el desarrollo y la falta de desarrollo, la estupidez renace en cada generación (...)”

“¿No es ella necesaria para la vida? ¿Acaso sin ella la mujer querría parir? ¿Serían posibles el orden, la disciplina, el trabajo mecánico? ¿Podrían funcionar los trenes, las minas, las oficinas, las fábricas sin este lubrificante en todos sus engranajes? ¿Sería soportable la muerte sin esta ligereza, sin esta frivolidad bobalicona? ¿La condición humana? El esfuerzo de la episteme para purificarse de la estupidez no encuentra confirmación en la organización interior del género humano, donde más bien debería hablarse de un reparto de papeles: unos deben expresar la conciencia superior, otros la conciencia inferior (...)”
“¡No, Kant! Tu Crítica, aunque sumamente rigurosa y profunda, escrita con el máximo esfuerzo, no es suficiente. ¡Coge un hacha! ¡Coge un hacha, te digo, sal con ella y da hachazos a diestra y siniestra, a los niños y a las mujeres, a los jóvenes y a los obreros, a todos, sí, a todos, a todos...! ¡La erradicación de la estupidez no puede hacerse sólo sobre el papel! ¡Matar! ¿Eh...? Pero ¿qué estoy diciendo?”


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