martes, 20 de octubre de 2009

WITOLD GOMBROWICZ Y WLADYSLAW REYMONT



JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y WLADYSLAW REYMONT

Jerzy, hermano de Gombrowicz, y su esposa Aleksandra se habían establecido en Wsola. Gombrowicz se toma unas vacaciones en esa casa de campo, lo había invadido un sentimiento de que algo no iba como debía, sintió la necesidad de justificarse de alguna manera, así que empezó a escribir una novela sobre el personaje de un contable. Una tarde se animó y les leyó un fragmento al hermano y a la cuñada que habían ido a visitarlo.
Jerzy exclamó que era un horror, que tenía que tirarlo al canasto porque daba asco, que en el futuro se ocupara de otra cosa, mientras Aleksandra suspiraba que era una pena que no se hubiera dedicado a la caza. Gombrowicz quemó la obra, esta primera prueba le indicaba que en la soledad de esa casa empezaban a manifestarse las ponzoñas que lo atormentaban desde hacía tiempo.

En el mismo año que Gombrowicz quemaba en Wsola su primera novela, Wladyslaw Reymont recibía en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. Este ilustre escritor polaco indagó en la historia y el mundo rural de su país. “Los campesinos”, dividida en cuatro partes que llevaban los nombres de las estaciones del año, fue la novela por la que le otorgaron el premio Nobel de Literatura.
Estos laureles los consiguió a pesar de que Stefan Zeromski era considerado un candidato superior a él, pero el hecho de que este escritor polaco fuera profundamente germanófobo le impidió ser galardonado. Obtuvo un gran éxito con “La tierra prometida”, ambiciosa novela en torno a la aparición de un gran centro industrial en una pequeña localidad y a las consecuencias de tal fenómeno.

Por esta historia desfila toda una galería de personajes, desde los grandes industriales hasta los obreros, en la que fustiga particularmente a los nuevos ricos y en la que manifiesta algunas opiniones antisemitas. Su gran obra, sin embargo, es “Los campesinos”, una tetralogía de inspiración naturalista.
En esta novela ensalza la vida primitiva y vinculada a la tierra de las gentes del campo, sometidas al curso cíclico de las estaciones del año, que determinan su comportamiento y también su carácter. En ella, el autor pone el acento en los contrastes sociales entre terratenientes y campesinos, con particular atención a la dependencia de los factores económicos, al tiempo que glorifica el patriotismo y la presencia abrumadora de la naturaleza.

Reymont formó parte del movimiento de la “Joven Polonia”, un grupo de escritores y artistas neorrománticos que pretendía despertar la expresión del pensamiento y los sentimientos en las artes polacas. Cuando Gombrowicz se va de Polonia en 1939 y llega a la Argentina deja de escribir, recién empieza otra vez a dar señales de vida en 1948 cuando publica una pieza de teatro a la que llama “El casamiento”.
Hacia el año 1930 había empezado a frecuentar los cafés literarios y seguía escribiendo novelas cortas. Decide permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de los abogados locales que en su gran mayoría pertenecían al Partido Nacional, una agrupación política de derecha. Los partidarios de esa agrupación se escandalizaban por las relaciones que tenía Gombrowicz con centros de izquierda y, particularmente, por las que tenía con Wiadomosci Literackie. Desde ese mismo momento renunció a la continuación de su carrera jurídica.

“Era una época en la que estaba en mala disposición con el arte. Me saturaba de Schopenhaher y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya obra ese contraste tiene un aspecto más doloroso. El arte era para mí el fruto de la enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas, por así decirlo, no me gustaban, personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción (...)”
“Estas fobias, a mi edad, eran apasionadas, yo tenía entonces veinticinco años, que es cuando todavía no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me atraía por su libertad y su resplandor, pero me repudiaba física y moralmente”
Después de que Gombrowicz recibiera el Premio Internacional de Literatura, empezó a golpear a los polacos a la derecha y a la izquierda sin privarse de los insultos y del menosprecio.

“¡Oh, literatura polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo, el presumido, el renegado, el traidor, el megalómano deposito a tus pies este laurel internacional, el más sagrado desde los tiempos de Sienkiewicz y de Reymont!”
Especialmente atormentaba a los polacos londinenses de la revista “Wiadomosci”, a los que trataba como a un nido de víboras.
“¡Lo veis palurdos! (...) Qué fácil es permanecer con los Copérnicos. Resulta más difícil adoptar una actitud inteligente y honesta ante los valores vivos de la nación”
Los amigos le reprochaban que se pusiera a discutir con cualquiera, pero a él le gustaba aporrearse con el primero que se le cruzaba. De esta manera, pensaba Gombrowicz, se disipa la superioridad artificial del escritor, desaparece la distancia que lo protege de los lectores, y se manifiesta con crueldad la superioridad esencial y la inferioridad real.

El juicio del inferior hiere y duele como el juicio del superior, y no es verdad que a los escritores no les importe en absoluto. Este conflicto entre el superior y el inferior también puede ser resuelto a la manera sartriana. Es Sartre el que se pregunta si existen los otros aparte de uno mismo.
Es una cuestión realmente insólita porque la existencia de los otros es la más evidente y la más tangible de las realidades, pero para Sartre la existencia del otro es inaceptable. Y en esto poco importa su marxismo, pues el hombre es una conciencia pura; si Sartre admitiera que el otro es también una conciencia, esa conciencia lo convertiría en objeto.
“A los ignorantes, para quienes la filosofía es un cúmulo de desatinos, porque no entienden nada, me permito llamar su atención (...)”

“Es sobre una contradicción análoga a la de la superioridad y la inferioridad que los físicos modernos se rompen la cabeza (la teoría ondulatoria y corpuscular de la luz, la concepción dual del electrón, el continuum de Einstein y la teoría de la radiación discontinua de Planck)”
Gombrowicz tiene la costumbre de volver dramáticas las contradicciones entre los corpúsculos y las ondas, pero el asunto no es tan trágico, todo depende del aparato con el que se observe el fenómeno. Tampoco es cierta la creencia de que la física es tan solo un conocimiento objetivo. Una cosa es, para la mente humana, obtener, estudiando los fenómenos naturales, las leyes que la mente misma ha colocado ahí, y puede ser otra cosa mucho más difícil encontrar leyes sobre las que no se tiene ningún control.

Y hasta es posible que las leyes que no tiene su origen en la mente sean irracionales, y puede ser que no podamos nunca llegar a formularlas. Llevado por las alas del subjetivismo Gombrowicz se refiere seguidamente a la intencionalidad de la conciencia, pues la conciencia es siempre conciencia de algo, y entre la conciencia y ese algo hay siempre una contradicción que nos impide aprehender la esencia de lo humano.
“Así se presenta a grandes rasgos el problema del subjetivismo, que para muchas cabezas huecas no es más que una contemplación egoísta del propio ombligo y un conjunto de turbiedades (...) Me sentía raro al entregar un ejemplar de ‘Memorias del tiempo de la inmadurez’, fresco, recién sacado del horno, a mi respetable familia. Supongo que si hubiera entrado a formar parte de un ballet y me hubiese puesto a saltar medio desnudo delante del público, mi familia no se hubiera sentido más incómoda”

Resultó así que el primer escollo que tuvo que vencer fue el de su familia. Desde que empezó a cultivar la literatura, siempre tuvo que destruir a alguien para salvarse a sí mismo.
En “Ferdydurke” atacó a los críticos para salirse de ese sistema, para independizarse. Los ataques de Gombrowicz a los poetas y a los pintores también estaban dictados por la necesidad de apartarse.
Con esta mezcla de naturalezas, la de su familia y la de la literatura, se moría de vergüenza cuando pensaba que algún día sería un artista como ellos, que se convertiría en un ciudadano de esa ridícula república de almas ingenuas, en un engranaje de esa terrible maquinaria, en un miembro de ese clan. Por nada del mundo quería sentirse perteneciendo a ese al gremio.

Con vergüenza o sin vergüenza, el desplumado, maltratado, presumido, renegado, traidor y megalómano de Gombrowicz, depositó a los pies de la literatura polaca el laurel de un premio internacional, como antes lo habían hecho Sienkiewicz y Reymont. Sin embargo ya diez años antes Gombrowicz se había puesto en camino para perder esa vergüenza que lo atormentaba. Gombrowicz tenía la costumbre de preguntarse cuál era el quid de una obra, si la obra podía responder a las preguntas de qué se está hablando y en qué consistía la cosa. Si no encontraba ese quid lo asaltaban sensaciones parecidas a unas que había tenido navegando por el río Paraná.
“Una mañana, al alba, no era ni de día ni de noche, sólo había brumas y movimiento del agua omnipresente, susurrante; a veces aparecía sobre estos torbellinos un objeto determinado –una tabla o una rama–, pero nada resultaba de ello, pues también estaba inmerso en ese poderoso movimiento que hacía perder los sentidos”

El quid de las obras de algunos autores es su vida personal, pero no siempre es así. Gombrowicz creía que aunque su vida se hubiera desarrollado de otra manera sus libros no hubieran cambiado demasiado. Le agradece a Dios por haberlo sacado de Polonia y lanzado al continente americano en medio de gente que le hablaba en una lengua extraña, en la soledad y en la frescura del anonimato, en un país más rico en vacas que en arte que, con el hielo de la indiferencia, le permitía conservar su orgullo.
También le da las gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”. En los primeros tiempos, cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le hubiese caído la armadura. Pero después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos.

Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde penetraba otras existencias, una zona que a menudo le resultaba hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Pero, ¿es su vida o una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios? Amordazado en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles.
A tal punto eran difíciles que en el mismo corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas. La superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en la emigración se podría medir por el hecho de que el mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía penetrar en sus cerebros.

Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que por eso su yo sea egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.


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