lunes, 26 de octubre de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ, NIKOLÁI GÓGOL Y FRANÇOIS RABELAIS



JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ, NIKOLÁI GÓGOL Y FRANÇOIS RABELAIS


Los géneros más pesados según la óptica de Gombrowicz eran el histórico y el aburrido, el más ligero y agradable era el que provocaba risa. La idea de la historia está relacionada con el pasado, con la causalidad, con el determinismo, con la dialéctica histórica, unas formas del pensamiento que no andaban bien con el talante de Gombrowicz. Vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuya forma más representativa fue el marxismo, intentó entonces darle una forma artística a estas transformaciones de la historia en su última obra.
Gombrowicz acostumbraba a recurrir a la desnudez del cuerpo y a la risa para debilitar el exceso de estructura de la forma humana. Empieza con el cuculeilo en “Ferdydurke” y termina justamente con los pies, es decir, con los zapatos en “Historia”, el primer bosquejo que hace de “Opereta”.

“Los literatos, criados en la problemática social, experimentan conflictos, tormentos, dudas, ignorados por completo por los escritores de antaño. Rabelais no tenía ni idea de si era histórico o suprahistórico. No pretendía cultivar la literatura absoluta ni profesar el arte puro, ni tampoco, antes lo contrario, expresar la época. En fin, no pretendía nada porque escribía lo mismo que un niño hace sus necesidades bajo un arbusto: para aliviarse (...)”
“Atacaba lo que le enfurecía; combatía lo que se le atravesaba en el camino; y escribía para deleitarse, y para deleitar a los demás; escribía lo que le dictaba la pluma. No obstante, Rabelais expresó su época y presintió la que se avecinaba y, además, creó un arte imperecedero y purísimo. Y fue así porque, expresándose a sí mismo con la mayor libertad posible, al mismo tiempo expresaba la esencia eterna de su humanidad, a sí mismo como hijo de su tiempo y a sí mismo como germen del tiempo futuro (...)”

“¿Cuándo pondremos fin a la tiranía de los fantasmas de la abstracción para ver de nuevo el mundo concreto? Yo no me pronuncio ni a favor del arte eterno ni del arte puro, sólo digo que hay que tener cuidado de que la vida no se nos transforme, bajo nuestra pluma, en política, en filosofía o en estética. Así que todo se vuelve difícil, dudoso, oscuro, enrevesado, bajo la invasión de la complicada sofística de nuestros tiempos (...)”
“Pero recobra su claridad cristalina en el momento en que comprendemos que hoy no hablamos y no escribimos de una manera nueva y particular, sino exactamente igual a lo que hemos venido haciendo desde el principio del mundo. Y no habrá concepción que sustituya el ejemplo de los grandes maestros, ni filosofía que sustituya el árbol genealógico de la literatura rica en nombres que nos llenan de orgullo (...)”

“No hay alternativa: sólo se puede escribir como Rabelais, Poe, Racine o Gogol, o no escribir. La herencia de esta gran raza, que nos ha sido transmitida, es la única ley que nos rige”
Seis años después de la legendaria traducción de “Ferdydurke” François Bondy lee esta versión argentina y escribe una nota, la primera aparecida en Europa Occidental después de la guerra.
“Se trata de las aventuras de un hombre maduro, reintegrado por la fuerza a la adolescencia y a la escuela, que se convierte en objeto de diversas empresas de infantilización y de adultización. Publicaremos próximamente algunas páginas características con la esperanza de que los amantes de Rabelais se alegrarán de descubrir a un Gombrowicz que, con una tradición eslava a lo Gogol, payasesco, desafiante e irónico, crea una obra que llega a ser hasta genial, en todo caso de una sorprendente extrañeza”

En medio del grupo de escritores rusos que en el siglo XIX hicieron destacar la literatura de su país, Nikolái Gogol, maestro del retrato y el humor más sarcástico, es el que más se destaca por haber iniciado la literatura realista en su país. Dostoievsky dijo que a través de su cuento “El capote” había nacido toda una generación de escritores rusos, y así fue como en realidad sucedió.
“Las almas muertas” de Gogol es considerada como su mejor trabajo y una de las mayores novelas de la literatura universal. En su estructura, “Las almas muertas” es semejante al Don Quijote de Cervantes. Sin embargo, su extraordinaria vena humorística se deriva de una concepción única, extremadamente sardónica: el consejero colegial Chichikov, un aventurero ambicioso, astuto y falto de escrúpulos, va de un lugar a otro comprando, robando y estafando para conseguir los títulos de propiedad de los sirvientes que aparecen en los censos anteriores pero que han muerto recientemente, por lo cual se les llamaba 'almas muertas'.

Con estas propiedades como aval, planea conseguir un crédito para comprar una propiedad con 'almas vivas'. Los viajes de Chichikov ofrecen una ocasión perfecta al autor para llevar a cabo profundas reflexiones sobre la degradante y sofocante influencia de la servidumbre, tanto para el siervo como para el amo: “Necesito tener hombres a mi servicio pero no poseo las tierras ni el capital necesarios para mantenerlos”.
Con caídas y subidas sucesivas en donde lo irregular de su conducta tiende a permitir el soborno y la estafa misma, Chichikov se da cuenta de que una entidad bancaria puede otorgar una cantidad de dinero por cada siervo que uno posea. Chichikov pretende comprarle durante su viaje a varios terratenientes por un precio bajísimo los nombres de los siervos fallecidos, así llamados las almas muertas.

Durante su labor Chichikov se encuentra con varios terratenientes que representan el nivel más bajo y la degradación misma que llega a poseer la sociedad feudal Rusa, en donde se representa con un genial sentido del humor las bajezas y conductas reprochables de la sociedad humana.
Nikolái Gogol desnuda con su implacable sátira la triste y deplorable condición que se cierne sobre la Rusia zarista y predice el desmoronamiento total del sistema tras su irremediable descenso. El humor sardónico de “Las almas muertas” más el desmoronamiento estrepitoso del mundo feudal de los terratenientes en el que se desenvuelve su acción es el parentesco que encuentra François Bondy entre esta novela y “Ferdydurke”.

“Ferdydurke” termina cuando la fraternización con el peón del amigo de Kowalski va descomponiendo poco a poco las formas del señorío a pesar de los esfuerzos que hace el tío por encontrarle alguna analogía a esa aparente perversión sexual con la conducta del príncipe Severino a quien también le gustaba de vez en cuando. Después de que el peón rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le da al señor en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa señorial mientras el protagonista intenta raptar a su prima de un modo maduro y noble.
El deseo de Polilla de entrar en contacto con un peón de la casa de campo de los tíos de Kowalski empieza a descomponer el estilo de los terratenientes. El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus raíces en un fondo plebeyo, y era de la plebe de donde obtenía sus jugos.

Vivían un sistema según el cual la mano del amo quedaba al nivel del rostro del criado, y el pie del señor llegaba justamente hasta el medio del cuerpo del campesino. Se trataba de un ley eterna, un canon, un orden. Después de que Kowalski le da un sopapo en la cara a Quique y el peón le da otro a Polilla a su pedido, se empiezan a producir acontecimientos irregulares que provocan la confusión de los roles.
Kowalski descubre que el verdadero misterio del caserón campestre de la nobleza rural es la servidumbre. El comportamiento de los tíos quería distinguirse por contraposición al de la servidumbre, estaba concebido premeditadamente contra la servidumbre para conservar el hábito señorial. El orgulloso señorío racial del tío crecía directamente del subsuelo plebeyo.

Sólo a través de la servidumbre se puede comprender la médula misma de la nobleza rural. El hecho perverso de que el sirvientito pegara con su mano en la cara de Polilla, un huesped de señores y un señor, tenía que provocar consecuencias también perversas. La inmadurez se derramó por todas partes. Cedieron las ventanas, el pueblo se impuso y empezó a penetrar lentamente, la oscuridad se pobló con partes de cuerpo campesinales.
El pueblo, animado por la excepcional inmadurez de lo que estaba ocurriendo, perdió el respeto y también deseó la fra... ternización. Gombrowicz se convierte finalmente, a través de su obra, en un arquetipo al que terminan reverenciando los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, la saciedad y el hambre. Manuel Gálvez pone de relieve en una carta que le escribe a Gombrowicz cuando se publica “Ferdydurke” su parecido con Rabelais.

“Como no me conformo con tocarme la oreja derecha cuando lo vea, ahí va mi opinión sobre ‘Ferdydurke’. No he leído en mi vida libro más original ni más raro. No se parece tanto a Rabelais, salvo en la invención de palabras. Pero pertenece a una corta familia de libros muy raros, entre los que yo colocaría, además de la obra de Rabelais, el drama ‘Le roi Bombance’ de Marinetti, varios libros futuristas, dadaístas y ultraístas y algo de Ramón Gómez de la Serna (...)”
“Si ‘Ferdydurke’ no es una obra genial, está muy cerca de serlo. Tiene usted una imaginación formidable y un poderoso sentido dramático. Sobre lo segundo, le diré que muchas escenas me han apasionado por su dramatismo, a pesar de tratarse de asuntos en cierto modo absurdos, como me apasionaron escenas realistas o sentimentales, escritas por verdaderos maestros (...)”

François Rabelais, hombre de letras, sacerdote, médico y humanista escribió Gargantúa y Pantagruel para hacer reír a sus enfermos y Gombrowicz consagra a la risa como un canon de orden superior. El recurso a los gigantes le permite a Rabelais trastocar la percepción normal de la realidad de una manera hilarante pero también sabia que nos conduce a un humanismo.
Rabelais es sin duda un crítico de la naturaleza humana a través de la exageración de sus características y de su lenguaje escatológico lleno de inmundicias, secreciones y referencias explícitas a los órganos sexuales, condimentadas siempre con un explosivo sentido del humor, un estilo que nos hace recordar al del Quijote de Cervantes. Los gigantes son cómicos pero también simbolizan el ideal humano del Renacimiento, con ellos Rabelais intenta conciliar la cultura humanística erudita y la tradición popular.

Sus intenciones últimas resultan, sin embargo, bastante enigmáticas. En el “Aviso al lector” del Gargantúa, dice querer ante todo hacer reír. Después, en el “Prólogo”, mediante una comparación que hace con los Silenos de Sócrates, sugiere una intención seria y un sentido profundo oculto tras el aspecto grotesco y fantástico. Pero en la segunda mitad del prólogo critica a los comentaristas que buscan sentidos ocultos en las obras.
En conclusión, Rabelais quiere dejar perplejo al lector y busca la ambigüedad para perturbarlo. Este talante de burla, risa y humanismo de Rabelais es el mismo que Gombrowicz despliega en “Ferdydurke”. Rabelais agotó la alegría de vivir, el disfrute franco y sin barreras de las gracias de la vida terrenal. Tuvo una especial destreza para inventar términos nuevos y enriquecer el idioma francés.

Se burló de las supersticiones y del oscurantismo. Le otorgó más importancia a las exigencias de la vida material que a las promesas inciertas de una vida espiritual, pese a que era un sacerdote. El cuerpo humano, con sus excrecencias y solicitudes, ocupa un lugar central en su obra. La filosofía de Gargantúa es simple: “Las horas se han hecho para el hombre y no el hombre para las horas”.
A veces recuerda al Quijote por la aparatosidad incongruente. “Gargantúa y Pantagruel” ha quedado como un hito de la literatura universal que contribuyó a despejar oscuridades, confusiones e ignorancias usando uno de los más poderosos recursos que tiene el hombre: la risa. La creación no puede tener un programa para ahogar el miedo de no ser aceptado; este miedo no nos conduce a ninguna a parte, el escritor no se libera de la soledad con unos tirajes más o menos grandes; sólo aquél que logra separarse de la gente y existe como un ser singular le puede poner algún límite a la soledad.



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