miércoles, 2 de septiembre de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y DAVID HUME


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y DAVID HUME

?Tanto para Marx como para Kierkegaard se necesita a Hegel. A Hegel no le hicaréis el diente sin la ?Crítica de ka Razón Pura?. Ésta su vez tiene su origen en parte en Hume, en parte en Berkeley (...)?
A pesar de que el pensamiento abstracto le producía eczema, Gombrowicz se acompañó durante toda su vida de filósofos importantes. La atracción que le producía Hume estaba determinada especialmente por las reflexiones del filósofo sobre las percepciones y sobre las conexiones no causales de los hechos. Los problemas de la causalidad, del determinismo y del libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz.
?No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto aquella de que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables (...)?

?No podemos penetrar en la razón de esta conjunción. Sólo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación?
Este pensamiento de Hume nos está diciendo que en realidad no podemos decir que un acontecimiento causó al otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que un acontecimiento está correlacionado con el otro. Cuando nos parece estar viendo cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro. En consecuencia, no tenemos ninguna razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro. Esta concepción le quita toda la fuerza a la causalidad.

Bertrand Russell ha desechado también la noción de causalidad aduciendo que es un tipo de superstición. Hume sostuvo que tanto nosotros como otros animales tenemos una tendencia instintiva a creer en la causalidad debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo.
A Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del determinismo: si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, yo soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo. Pero si mi propia vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy responsable de mis acciones. Hume advirtió este conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es incompatible con el indeterminismo.

Si las acciones realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia aún para la filosofía, no están determinadas por el carácter o por la personalidad. Pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma aleatoria?
El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo lo necesita. Todas estas cuestiones Gombrowicz las pone en juego en ?Cosmos?. A pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a la razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas.

En una de las últimas entrevistas que da en 1969 François Bondy le comenta que él pareciera interesarse más en los filósofos que en los artistas. Gombrowicz recoge el guante y le contesta que, no obstante, la filosofía le sigue siendo tan extraña como la ciencia, y que estaba más interesado que nunca por el mundo de las pasiones.
?No creo en ninguna filosofía no erótica. No me fío de ningún pensamiento desexualizado. Claro que es difícil creer que la ?Lógica? de Hegel o la ?Crítica de la razón pura? de Kant hubieran podido concebirse si sus autores no se hubieran mantenido a cierta distancia del cuerpo (...)?
?Pero la conciencia pura, en cuanto se realiza, tiene que sumirse de nuevo en el cuerpo, en el sexo, en el Eros; el artista tiene que zambullir al filósofo en el embeleso, en el atractivo, en la gracia?

En su intento por volver reales las asociaciones que tiene en la conciencia, Witold, el protagonista principal de ?Cosmos?, ahorca a un gato, un acto desleal pues falsea la relación entre el ahorcamiento imaginario del gorrión y el ahorcamiento real del gato Al poner en juego intencionalmente elementos reales para configurar una idea que tiene en la conciencia, como el dedo que mete en la boca de Ludwik para entrar en contacto con todas las bocas de la historia, el joven lleva a cabo un acto desleal.
Mediante la realización de esta acción anómala perturba lo que está observando y sólo conocerá entonces el resultado de esa perturbación. En su intento de asociar lo sagrado con el placer y la perversión le mete un dedo en la boca al sacerdote para hacerlo caer en el mundo, para aislar las corrientes profundas de la forma, para que la realidad aparezca de una manera trágica y metafísica.

En el encuentro de una persona con otra hay una zona de la conducta de la que se ocupan la psicología y la antropología. Pero existe además otra esfera en la que el comportamiento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a poco y pasa de un cierto caos a una estructura en la que cada persona define en la otra una función. El conflicto entre el libre albedrío y el determinismo y el problema de la causalidad aparecen en ?Cosmos? bajo la forma de una geometría artística.
De las cuatro narraciones que integran la novelística de Gombrowicz ?Cosmos? es la más extraña de todas. La historia comienza cuando Witold se va de la casa de sus padres en Varsovia, estaba harto de toda la familia, se dispone pues a tomar unas vacaciones, a preparar un examen y a disfrutar del cambio de aire.

Mientras estaba buscando una pensión barata en Zakopane se encuentra con su amigo Fuks que también estaba huyendo, pero no de sus padres sino de su jefe. Muy cerca de la casa en la que finalmente los jóvenes estudiantes alquilarán un cuarto aparece la primera anomalía de este relato, un acontecimiento extraño alrededor del cual Witold empieza a armar la trama de un misterio que va creciendo hasta desembocar en una verdadera tragedia.
En el medio de unas matas ven un gorrión, no era un gorrión común, era un gorrión que estaba colgado de un alambre fino enredado en la rama de un árbol, un descubrimiento a primera vista inexplicable pues no tiene sentido ahorcar a un gorrión y luego colgarlo, por lo menos no tiene un sentido racional y coherente.

Los problemas con el jefe de la oficina de Fuks y los de Witold con su padre los predisponen a exagerar el significado de algunos hechos sin importancia. Cuando llegan a la casa los atiende Katasia, una mujer cuarentona y regordeta cuya boca no es normal, y ésta es la segunda anomalía en la que pone atención Witold. La boca estirada le enroscaba el labio superior, la frialdad reptiloide de ese labio lo excitó de inmediato, era un oscuro pasadizo que conducía a un pecado carnal gelatinoso y viscoso, como si fuera una vulva.
María, la dueña de la pensión, también rechoncha, les muestra la casa y en la cama del primer cuarto que abre estaba acostada su hija sobre un colchón sin sábanas, el muslo de una de sus piernas quedaba destacado contra el elástico metálico pues el colchón se había deslizado.

Era un muslo muy atractivo que lo hace arder al instante a Witold impresionándolo tanto como el labio de la posadera. En la cena, Leon, el dueño de la posada, les comunica con un lenguaje jocoso y extravagante que él está a disposición de su esposa, que hace pequeños trabajos en la casa, les recomienda a los jóvenes que prueben la crema que prepara su esposa y asegura que los intelectos de Witold y de Fuks podrán hacer cuanta pirueta ansíen.
A su lado estaba Lena, la hija, serena como un lago. La posadera Katasia le alcanzó a Lena un cenicero cubierto con una redecilla de alambres, y aquí se dispara la tercera anomalía. La malla del cenicero enseguida se le asoció a Witold al elástico de la cama con el muslo, y el labio vulva de Katasia con la boca entreabierta de la hija; en ese momento se le despertó a Witold una pasión enfermiza.

Era la primera noche, Witold no quería dormir pero tampoco quería levantarse. Como Fuks no estaba en el cuarto se imaginó que había ido a ver al gorrión, el gorrión crecía, se volvía más importante de lo que era, ya era un personaje capaz de recibir visitas. En medio de la noche se encontró en el corredor de una casa ajena en mangas de camisa, una situación que se le asociaba con el erotismo y se le deslizaba hacia la sexualidad como el escurrimiento de la boca vulva de la posadera.
En el cielo y en el jardín Witold trazaba líneas imaginarias buscando figuras y formas, los objetos del jardín se ponían unos tras otros como los labios de Katasia tras los de Lena que, en su imaginación, estaban más unidos que en la mesa. No tenían nada en común pero existían unos en relación con los otros como en un mapa cada ciudad existe en relación con las otras.

La intensidad de las estrellas se le asoció con la intensidad del gorrión ahorcado, y el gorrión se le asoció con las bocas, pero el gorrión no se dejaba situar en el mismo mapa de las bocas, se hallaba afuera, pertenecía a otro mundo. Cuanto menos se justificaba su pertenencia a este mundo más se volvía significativo que lo observaran de esa manera. Y al día siguiente otra vez llegó la hora de la cena.
Lena estaba casada, su esposo llegó mientras comían, la hija se había transmutado totalmente por la llegada de aquel hombre que conocía los movimientos más secretos de aquellos labios. Bien formado, apuesto, inteligente y arquitecto pero, ¿qué le hacía él a ella y ella a él cuando estaban juntos? Ver a un hombre frente a la mujer que nos interesa es muy desagradable pero lo peor es que ese hombre se vuelve objeto de nuestra curiosidad.

Entonces tratamos de adivinar sus gustos ocultos a través de esa mujer aunque eso nos produzca asco. Desplegaban la ternura cortés de los matrimonios jóvenes, las búsquedas pasionales y llenas de repulsión de Witold debían limitarse a la mano de Ludwik que yacía sobre la mesa cerca de la mano de Lena, Witold se torturaba imaginado de qué manera la tocaría.
Doña Bolita, la esposa de Leon, estaba escandaliza con lo del gorrión, pensaba que era una maldad de chicos. Llegó Katasia para llevarse los platos y su boca vulvosa apareció cerca de los labios entreabiertos, suaves y limpios de Lena; Witold no quiso mirar para no influir en nada, para que el experimento resultara objetivo. Ludwik dijo que una semana atrás había visto un pollo ahorcado pero unos días después había desaparecido.

Leon tarareaba su tiru-liru-lá, fabricaba bolitas con migas de pan y las acomodaba en hilera sobre el mantel para observarlas. Lena era maestra de idiomas y llevaba dos meses de casada, la posadera era sobrina de doña Bolita y había que operarla y coserla nuevamente para arreglarle la boca. Leon tomaba sal con la punta del cuchillo y la depositaba sobre una bolita mientras pedía más rábanos y crema.
Fueron varios días de retazos de todo. Una noche los ojos de Witold tropezaron con un clavo de la pared, del clavo pasó al armario y del armario al techo donde había una raya que parecía una flecha. Era una flecha. Cansado de mirar, Witold miró finalmente una botella que tenía un corcho en el cuello y descansó en el corcho hasta que todos se fueron a dormir.

En la cena la flecha no era más ni menos importante que las demás cosas pero cuando el joven se pone a narrar la historia de sus vacaciones a sí mismo extrae de la propia historia la configuración del futuro poniendo a la flecha en primer plano. La conclusión que saca es que no podemos entrar en contacto con nada en el momento de su nacimiento, y que si hubiéramos salido del caos nunca entraríamos en contacto con él.
Es una reflexión análoga a la que Gombrowicz hace sobre la inmadurez, la inmadurez desaparece cuando intentamos definirla y darle forma. Katasia los despertaba con el desayuno, la impropiedad de su boca vulva se le prolongaba a Witold, ese momento le quedaba grabado durante el día entero manteniéndole viva la asociación bucal en la que se había enredado con tanta obstinación.

Mirando el techo del cuarto los dos amigos ven una flecha que el día anterior no estaba ahí. Esa flecha se les asocia con la del comedor y ambos deducen que les está indicando una determinada dirección. Mientras tanto Witold sueña con la mano de Lena, en la noche anterior le había parecido que al posar su mirada sobre esa mano la mano había temblado.
Estaba agotado, quizás, si no hubieran tenido tantos problemas con los padres y con el jefe, no le hubieran dado tanta importancia a los detalles pequeños, pero, una cosa trae la otra. Decidieron investigar a dónde apuntaba la flecha del cuarto con la seguridad de que si al salir alguien los espiaba desde la casa, ése sería el que había entrado al cuarto para grabar en el techo la línea que formaba la flecha.

Con alguna dificultad y muchos trabajos siguieron la dirección y encontraron la cuarta anomalía de la historia contra uno de los muros del jardín: un palito de dos centímetros de longitud colgaba de un hilo blanco del mismo tamaño, el palito quedó intensificado de inmediato por el gorrión. Era difícil dejar de pensar que alguien por medio de esa flecha no los hubiera dirigido hacia el palito colgado para que lo asociaran con el gorrión.
Algo parecía unir resbalosamente a todos esos elementos que deseaban ordenarse de acuerdo a una idea, pero, ¿qué idea? Witold hubiera aceptado a todas esas asociaciones como una simple casualidad si no fuera por la anomalía de la boca de Katasia que se le juntaba con el palito y el gorrión, una cueva oscura y absorbente, una boca vulva muy atractiva pues tras ella se asomaba la boca entreabierta de Lena.

Leon contaba que en el banco donde trabajaba se llevaba muy mal con la secretaria del presidente, que esa arpía lo acusaba de escupir en el cesto de basura. Esta historia del dueño de la posada nos hace recordar a una historia parecida de Gombrowicz en el Banco Polaco que tenía ese mismo problema con Helena Zawadzka, la secretaria de Juliusz Nowinski.
Tiru-liru-lá, treinta y siete años de vida matrimonial, la mano de la hija, relajada, pequeña, color café y cálidamente helada, unida por la muñeca a otras blancuras del brazo que el joven no miraba y, otra vez, una contracción perezosa de los dedos, ¿tenía algo que ver esa contracción con Witold? Cuando había terminado la cena Fuks pide un hilo y un palito para usarlo como compás.

Los pedía nada más que para hacerle saber al bromista, si es que existía, que habían descubierto la flecha en el techo y el palito colgado del hilo.. Entre el pájaro y el palito Witold se sintió en medio de dos polos, y la reunión de los que estaban sentados a la mesa se le presentó como una función particular de aquella relación, una extravagancia que le abría las puertas a la otra extravagancia, a la de las bocas.
Katasia le pasó el cenicero a Lena. Witold sintió inmediatamente el impacto de la asociación de los labios fríos y deformes con aquellos otros puros, y de la redecilla metálica del cenicero con el muslo de Lena, la combinación se le debilitaba e intensificaba a cada momento y lo conducía a contradicciones sobre la verdadera naturaleza de la hija: virginidad perversa, timidez brutal, boca entrecerrada y abiertísima, vergüenza impúdica, fuego helado, embriaguez sobria.

El pedazo de corcho pegado a la botella hacía lo posible por destacarse y pasar a primer plano. Fuks seguía investigando y descubrió una vara cerca del palito, la vara señalaba el cuarto de Katasia, aprovecharían el domingo para escudriñar en el cuarto de la posadera.
En la cena el yerno lo desafía al suegro para que resuelva un problema de combinaciones matemáticas, parecía que las combinaciones de Ludwik estaban en relación con las combinaciones que lo desvelaban a Witold pues no lograba saber si no era él mismo el autor de las combinaciones que se combinaban a su alrededor. Se empezó a imaginar que Lena, en cuerpo y alma, tendía hacia él, tensa en un deseo íntimo, secreto.

En el cuarto de Katasia encontraron una fotografía suya con la boca sencilla y pura, era una respetable señora que se había herido el labio superior en un accidente automovilístico, los jóvenes no eran entonces más que un par de lunáticos. Witold vio desde el cuarto de Katasia la ventana iluminada de Lena y corrió hacia allá, quería verla en la intimidad de su cuarto.
Subió a la rama de un árbol y vio que Ludwik le estaba enseñando una tetera, quedó aniquilado, la tetera era algo que estaba fuera del mundo, ella estaba sentada en una silla con una toalla de baño sobre los hombros y él, de pie, le enseñaba una tetera que tenía entre las manos. Se quitó la toalla, estaba sin blusa, Witold vio la desnudez de sus pechos y brazos, Lena empezó a quitarse las medias.

Ahora sabría como era: degenerada, perversa, sucia, untuosa, sensual, casta, tierna, pura, fiel, fresca, graciosa o coqueta. Ya mostraba los muslos. Ludwik apoyó la tetera en un anaquel y apagó la luz, Witold nunca sabría cómo era. Bajó del árbol y observó que en la balaustrada estaba echado el gato de Lena, lo agarró por el cuello y empezó a ahorcarlo con todas las fuerzas, el gato quedó muerto.
Tenía que esconderlo, recordó que en el muro del jardín había un gancho, ató una cuerda al cuello del gato y lo colgó; colgaba como el gorrión y el palito. Entró a su cuarto y cayó dormido. Se estaba abriendo paso hacia la hija ahorcando a su gato, Katasia decía que era una canallada y Lena se había puesto más bella por la vergüenza, servía para el amor, pero para nada más, por eso se avergonzaba del gato.

Sabía que todo lo que se refería a ella debía tener un sentido amoroso y aunque no sabía quién se ocultaba detrás de esa maldad se avergonzaba del gato porque era suyo y se refería a ella. Pero su gato era también del que acababa de ahorcarlo. El gato lo había llevado a Witold del anverso al reverso de la medalla, hacia el círculo donde se producían los misterios, hacia el mundo de los jeroglíficos, le daban ganas de reírse viéndolo a Fuks buscando alguna pista.
Cuando salieron del cuarto de Katasia doña Bolita clavaba algo con fuertes golpes de martillo en un tronco del zaguán. Lena les explicaba a los jóvenes que la madre tenía momentos de crisis y tomaba lo que fuera para desahogarse, y los golpes que habían seguido a los de la madre los había dado ella para hacerla entrar en razón.

Leon empezó a insinuar que Bolita había matado al gato, Witold sabía que no, pero María o el mismo Leon podrían haberlo matado. Doña Bolita dice que para esa maldad que le hicieron a su hija sólo existe una explicación pasional, y deja flotando en el aire la sospecha de que podría haberlo hecho alguno de los dos jóvenes. Fuks acusa el golpe y comenta que el día de su llegada el gorrión ya apestaba bastante.
Witold no sabía si deseaba acariciar a Lena, o torturarla, humillarla, o adorarla. Si deseaba porquerías o deleites celestiales, revolcarse con ella o pasarle fraternalmente el brazo sobre los hombros. Ella pesaba en su conciencia, se le parecía a una sonámbula arrastrando la desesperación como una larga cabellera. Pocos días después emprendieron una excursión a las montañas.

Mientras el sistema gorrión, palito, gato, bocas, mano estaba todavía en vigencia en la posada, una corriente de aire nuevo entró en escena. A la familia y a los estudiantes los iban a acompañar dos matrimonios de recién casados amigos de Lena. Leon les comentaba que iban al encuentro de un panorama maravilloso que había descubierto hacía veintisiete años.
El padre buceaba en el pasado y Witold en los enigmas del presente con la misma intensidad, una coincidencia que aparecía como una réplica del mundo que había quedado en la posada. De aquel paseo extraordinario Leon había traído una vara, y otra vez un eco, el eco de la vara que les había señalado el cuarto de la posadera. La casa había quedado al cuidado de Katasia.

En una pensión del camino recogieron a una de las parejas, Lulo y Lula, que comenzaron a lulear a todo pulmón y convirtieron a la reunión en algo más vivo, hasta Lena y Ludwik sucumbieron al lulear de lo Lulos. Encontraron a un sacerdote sentado en una piedra al lado del camino, algo fuera del mundo, como la tetera de allá, y otro eco más.
Los secretos de las bocas y del ahorcamiento del gato eran sólo de Witold, pertenecían entonces a los dos círculos, el interior y el exterior. El sacerdote provenía del exterior, era superfluo y absurdo. La irritación que le producía a Witold era tan violenta y peligrosa como la que le había producido el gato. ¡Cuidado, señor cura!, un loco anda suelto. Una réplica más del mundo de la posada.

Los Lulos se excitaron cuando vieron a los Tolos, la otra pareja. Tolo era capitán, un caballero hasta la médula, la Tola pertenecía a ese género de mujeres que no desean ser admiradas porque consideran que eso no les corresponde, una extraña soledad carnal. El Tolo bebía con la frente bien alta para dar a entender que nadie tenía derecho a poner en duda su amor.
Los Lulos, con el aire más inocente del mundo, observaban lo que ocurría como un par de tigres sedientos de sangre. El eco, ellos permanecían ahí pero como eco de las cosas de allá. Tiru-liru.lá, la eterna cantinela de Leon que de repente exclama: ¡Berg!, mientras le explica a doña Bolita que no era nada, que era un viejo cuento de judíos que algún día le iba a contar.

Witold se encontró repentinamente a cinco pasos de Lena, ella le habla con tono lulesco y él le pregunta dónde está ese panorama tan bello del que les habla el padre. No era ella, ella se había quedado allá, en la casa, ni tampoco Witold estaba ahí, por eso la presencia de ellos era cien veces más importante, eran símbolos de ellos mismos. Cuando volvió la cabeza Lena ya no estaba.
Leon sentado en un tronco le cuenta a Witold que había trabajado treinta y dos años y que las historias del gorrión y el palito eran para él fruslerías, que lo importante era la fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg. De aquí en adelante Leon utiliza la raíz berg, a la que conjuga y declina de varias maneras diferentes, para referirse especialmente a los órganos y a las funciones sexuales.

Witold quiere escaparse pero Leon no lo deja, le cuenta que la esposa no sabe que el juega en la mesa con el berg, que berguea con el bemberg. Le ruega a Witold que se quede, que le va a contar algo que le iba a interesar pues lo veía como un buen bembergador, que lo había admitido en su casa porque estaba bembergando con el berg a su hija Lena, a escondidas.
Que sabía que le gustaría embergarse bajo las faldas de Lena a pesar de su matrimonio, como el amanberg número uno, y que no le dijera una palabra a nadie porque en caso contrario se vería obligado a echarlo de casa. Acto seguido le comunica que no los había arrastrado hasta ese sitio para ver un panorama sino para celebrar un aniversario de algo que había ocurrido hacía veintisiete años; el placer más intenso que había tenido en su vida, el placer que le había dado una sirvienta.

Que en su vida un tanto mediocre había paladeado pocos bocadillos, que estaba muy vigilado, pero que había aprendido que una mano puede excitar a la otra, para qué buscar entonces otra si uno tiene dos, que si uno se las ingenia puede encontrar un mundo ilimitado de diversiones en el propio cuerpo.
Esa noche harían la peregrinación, con devoción, la devoción es necesaria porque sin ella no existiría el placer. Le pidió a Witold que lo dejara solo para purificarse y prepararse para el ceremonial del placer, para el festejo del Gran Espasmo con aquella sirvienta. Witold pensaba que en las montañas se iba a liberar de todas las asociaciones y combinaciones que lo torturaban allá abajo, en la posada, pero cae en una trampa mucho peor.

Cuando lo deja a Leon se pone a decidir si pasa entre una piedra y un hormiguero o entre el hormiguero y una raíz, y se queda inmóvil con la misma inmovilidad del sistema gorrión-palito-gato. Doña Bolita se queja del descaro de Lula que se tira lances con Tolo, y de Lulo que la consiente, sin darse cuenta que lo que hacen los Lulos es todo contra la Tola.
Durante el paseo Lena emanaba tal seducción que Witold prefirió no mirarla. Mientras comían Fuks se agachó para recoger una caja de fósforos que se le había caído debajo de la mesa y vio como Tola restregaba su pierna contra la de Lulo, por eso los Lulos se vengaban de ella. Witold tenía miedo de que las manos se le empezaran a mover otra vez y lo volvieran a oprimir como con el gato.

Estaba seguro de que si en la casa de Leon no se hubieran aburrido tanto no hubiera pasado nada, el tedio tiene poderes más terribles que el miedo. Ludwik no estaba con ellos. Witold pensaba cómo podía hacer para definir una historia que acumulaba y disociaba constantemente sus elementos. El sacerdote y la Tola habían tomado demasiado y vomitaban fuera de la casa, pero esas bocas vomitivas no sabían nada de las bocas que Witold llevaba ocultas.
Caminaba por un sendero y de repente vio entre los árboles a un hombre colgado, la última réplica, el último eco que le llegaba del mundo de la posada. Era Ludwik colgado con su propio cinturón, un cadáver absurdo que se convertía en un cadáver lógico por la formación del sistema gorrión-palito-gato-Luwik colgados.

Decidió no informar a nadie, que las cosas siguieran su curso, se alejaba pero lo asaltaron las bocas de Katasia, de Lena, del sacerdote, de Tola y la de sí mismo pues se le había empezado a mover, entonces, su mirada se dirigió a la boca del cadáver, tenía que provocar al cadáver. No le podía encontrar razón a la muerte de Ludwik, quizás se había ahorcado porque Lena se acostaba con el padre, no podía saber nada y empezó a tener miedo.
Sin saber bien lo que hacía levantó la mano y le metió un dedo en la boca al cadáver que después sacó y limpió con el pañuelo. Witold caminaba hacia la casa, las bocas se habían unido a los colgantes, por fin había logrado esa unión, en ese momento tuvo la satisfacción del deber cumplido.

Ahora resultaba necesario colgar también a Lena porque él se había convertido en el representante del colgamiento, y cada uno quiere ser quien es. En la colina de enfrente marchaban bajo la dirección de Leon, iluminados por las luces de las linternas se daban ánimo con canciones y bromas; Lena estaba entre ellos. No le iba a ser difícil llevarla aparte, eran ya dos enamorados, si deseaba matarla es que ella también lo amaba, podía ahorcarla y después colgarla.
La colgaría como había colgado al gato, podía también no colgarla, pero, ¿cómo se puede desilusionar a alguien de esa manera? Witold estaba a unos cuantos pasos del sacerdote, le dio un fuerte empujón que lo hizo trastabillar, se le movían las manos como se le habían movido en la balaustrada con el gato; le abrió la boca y le metió un dedo que después sacó y limpió con el pañuelo.

Witold tenía la extraña sensación de haber traído al sacerdote desde el mundo sagrado al mundo real. Mientras tanto Leon se excitaba recordando a aquella mujerzuela, jadeaba, celebraba su propia inmundicia. Pero nadie se iba, gimió lujuriosamente y finalmente exclamó: ¡Berg!, bembergado con el berg. Los había llevado a la montaña para masturbarse.
De repente la lluvia, un diluvio: ?En conclusión: escalofríos, reumas, fiebres, Lena enfermó de anginas, fue necesario llevar un taxi de Zakopane, enfermedades, médicos, en fin, todo cambió y yo volví a Varsovia, mis padres, el conflicto permanente con mi padre, y otras historias, problemas, dificultades, complicaciones. Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno?


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