sábado, 1 de agosto de 2009

WITOLD GOMBROWICZ Y TADEUSZ PIEPER


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBVROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y TADEUSZ PIEPER

“El café Ziemianska tenía su jerarquía; era una especie de edificio espiritual compuesto de varios pisos, donde no resultaba fácil pasar de un piso más bajo a otro superior. La planta baja estaba ocupada por unos jóvenes variopintos, debutantes aún desconocidos, generalmente sin derecho a voz, así como por otros admiradores provenientes sobre todo del medio de la pequeña intelligentsia, a quienes su falta de educación y de carácter mundano impedía participar activamente en los simposios (...)”
“Una especie de coro griego, pero mudo, importante por su misma presencia. Cuando unos cuantos de esos catadores silenciosos se acercaba a uno de los grupos y se sentaba a su mesa sin decir nada, eso significaba que allí iban a ocurrir cosas dignas de atención, ya que eran unos expertos a quienes no se les escapaba ningún valor cotizado en esa bolsa literaria (...)”

Poco a poco, en el café Ziemianska, Gombrowicz fue encontrando su lugar en el mundo, y como no hay mal que dure cien años, las cosas empezaron cambiar. Escribiendo y frecuentado los cafés consiguió un prestigio considerable. Su mesa, a la que concurría un gran número de admiradores, era testigo de sus bromas, sus gestos, sus dichos, su dialéctica, sus elevaciones líricas, sus razonamientos filosóficos y psicológicos, sus declaraciones artísticas, sus ataques arrolladores y sus provocaciones taimadas que electrizaban a sus oyentes.
“Cuando se dieron cuenta que mi mesa tenía una tendencia a prosperar, gente con cara de sentarse en la primera fila del teatro empezó enseguida a acercarle sus sillas; noche tras noche se repetía la misma escena en un silencio absoluto interrumpido sólo a veces por una tos o una risotada (...)”

“En el primer piso se encontraban sobre todo los ‘poetas del proletariado’; esta denominación abarcaba no solamente a los cantores de la clase obrera, sino aquellos que, descendientes de clases sociales inferiores, se convirtieron en adoradores de surrealismos, dadaísmos y otros ultramodernismos por el estilo, que servían para disimular sus primitivismos y oscurantismos más esenciales (...)”
“Estos ‘poetas del proletariado’ tomaban parte en discusiones pero no sin grandes dificultades ya que generalmente no tenían más que un solo caballo para montar, por ejemplo el marxismo, o la estética poética de Tadeusz Peiper, o bien el psicoanálisis, mientras todos los demás caballos de la humanidad eran para ellos totalmente desconocidos (...)”

El poeta polaco Tadeusz Peiper, uno de los principales animadores de la vanguardia literaria polaca y fundador del movimiento “Awangarda Krakowska” fue el principal introductor de la poesía ultraísta en Polonia. Peiper creía que un escritor debe parecerse a un hábil artesano, planificando cuidadosamente todo su trabajo.
Líder de la vida literaria y de la llamada “Vanguardia de Cracovia” Tadeusz Piper extendió su influencia a otras ciudades del renacido estado polaco independiente con sus mensajes de optimismo civilizador y confianza en los éxitos de la ciencia, el conocimiento y la técnica. A pesar de todo su vanguardismo tomó un camino distinto al de los skamandritas del café Ziemianaka a los que no consideraba verdaderamente innovadores.

“Es necesario reconocer, además, que en esa misma situación poco confortable se hallaba la mayoría de los que frecuentaban el café Ziemianska; la ignorancia de esos intelectuales era algo increíble: de un lío de lecturas y conceptos, de unos párrafos y fragmentos asimilados a tontas y a locas, nacía un saber fantástico y proteiforme como la nube de Falstaff (...)”
“En el piso superior estaban ya los ‘grandes nombres’, autores y artistas cuyas acciones se cotizaban aunque todavía no podían pretender la gloria. Y arriba de todo, incluso en el sentido físico de la palabra, puesto que era un piso que se hallaba en un entresuelo, elevado por encima de la muchedumbre, irradiaba su esplendor la musa de los Skamandritas”

Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus obras en la atmósfera impersonal del humo del cigarrillo, el olor de café, el entrechocar de tazas, los fragmentos de conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense. El Café Flore y el Café Pont Royal se convirtieron con el transcurso del tiempo en la Meca de la filosofía existencialista.
La atmósfera del café está tan arraigada en la mente de Sartre que incluso explica teorías metafísicas en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de la vida de café. Doscientos años antes ya decían que en París sabían como preparar esa bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos que la tomaban. Por lo menos cuando salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro veces más inteligentes que cuando entraban.

“Frecuentar un café puede convertirse en un vicio, igual que el del vodka. Para un verdadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada significa sencillamente sentirse enfermo. En poco tiempo llegué a ser tan maniático que renuncié a todas las demás ocupaciones de las tardes, como el teatro, el cine y la vida mundana (...)”
“Mi actitud en el café Ziemianska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma ni apresurar nerviosamente mi carrera de escritor (...) Supongo que la cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferidos por mí en el Ziemianska debería alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo, a través de todas esas locuras, se trasparentaba mi natural sentido común y esa lucidez y ese realismo que siempre ha estado alerta en mí”

En las vísperas de la primera guerra mundial, cuando Europa estaba arrastrada por la vanguardia, el proletariado, el surrealismo, el social realismo, el ocaso de la burguesía y del feudalismo, Gombrowicz maniobraba en una mesa del café Ziemianska con su abolengo: –Mi abuela es prima de los Borbones españoles. Realizaba también actos de servidumbre, por ejemplo, le alcanzaba el azúcar a un poeta de clase social alta, y no al mejor poeta que era de familia pobre.
Apoyaba la opinión de otro porque era de una familia de terratenientes: –La poesía es muy importante pero ante todo te aconsejo que no seas provinciano. Aparecían algunas protestas: –No, señores, el arte es un fenómeno esencialmente heráldico. Y así durante meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo.

Los otros chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya decía que su abuelo era terrateniente, otro, que la hermana de su abuela era del campo, otro más empezaba a dibujar su blasón en la servilleta.
“¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un bosque de árboles genealógicos y nosotros a su sombra. Una tarde me dijo el poeta Broniewski: –¿Qué está haciendo usted? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado contagiar de heráldica hasta a los mismísimos comunistas! (...)”
“Y aquí, en la Argentina, estoy privado hasta de una café literario, de un grupito de amigos artistas en cuyo seno puede acogerse en las ciudades de Europa cualquier bohemio, innovador o vanguardista (...)”

“Yo me veía en el café Rex con mi amigo Eisler, a quien conseguía sacarle algunas monedas ganándole al ajedrez (...) Hubo un tiempo más animado cuando emprendía la audaz tarea de traducir....(...)”
El Café Flore y el Café Pont Royal fueron para Sartre lo mismo que lo fueron el Ziemianska y el Rex para Gombrowicz, donde cada uno llenaba, o trataba de llenar, sus alforjas vacías.
Gombrowicz no se sentaba a la mesa los skamandritas en el café Ziemianska, él actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba: –Oiga, dicen que es usted quien reina en el café Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros.

“Efectivamente, era así, no los admitía, yo era profeta, charlatán y payaso, pero sólo lo era entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores..., a los otros, a los honorables, a los pretenciosos, a los skamandritas con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, una tontería, a quienes no podía imponerle mi estilo, prefería no tratarlos; ellos me aburrían a mí y sabía que yo también los aburría a ellos (...)”
“Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa”

Los cafés vendrían a ser algo así como la Palas Atenea de los griegos, entonces, Gombrowicz, nada más que para llevar la contraria, prepara las armas y empieza a cañonear a los cafés. Según su parecer algunos escritores son terriblemente charlatanes. Sus libros son como su prensa literaria, y su prensa literaria como sus cafés, todo revienta de charlatanería. Las obras de estos autores no nacen del silencio, se escriben en los cafés, tienen el rasgo particular de la sociabilidad, una característica de las personas que no tienen su propio hogar espiritual. Es estos cafés todas las voces tiene más o menos la misma intensidad y el mismo color.
“Tiempo atrás, antes de la guerra, yo era, para la heroica izquierda polaca, un lamentable literato de café..., pero hoy las opiniones y los papeles han cambiado un poco”

El hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín podado a la francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos. Los que escriben en los cafés tienen los límites de su personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas. No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un solitario, les falta la angustia metafísica nacida del silencio, el método y la disciplina de los laboratorios científicos. Cada uno de ellos acaba allí donde comienza su vecino; muy cerca.
Algunos se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo; por lo que se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés. Un verdadero círculo vicioso. Hay un solo remedio, partir espiritualmente sin moverse del sitio. Para cultivar el arte los hombres de letras deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del arte más alto para encontrar en su naturaleza la propia naturaleza.

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