viernes, 7 de agosto de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y JÓSEF STALIN

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y JÓSEF STALIN


“La diferencia entre nosotros y Europa occidental en cuanto se refiere a ese proceso de liberación creciente de las costumbres, consistía probablemente en que en aquellos países que proporcionaban un sentido de mayor seguridad, se procedía de forma más racional, más reflexiva, mientras en Polonia era todo mucho más oscuro, intuitivo, dramático (...)”
“Los jóvenes ingleses leían a Wells, criticaban los conceptos antiguos en nombre de una nueva visión del mundo, científica, atea, que reconocía el derecho de la mujer al amor libre; en Polonia la transformación se producía por sí misma, ya que hasta los mocosos captaban de alguna manera, fuera de la retórica oficial, los indicios secretos de la tragedia que se avecinaba (...)”

“Boy Zelenski proporcionaba una base racional a sólo unos cuantos, bien pocos, mientras el resto adoptaba las nuevas costumbres, no por razones determinadas ni porque estuvieran bajo la influencia de las teorías estalinistas o hitlerianas, sino más bien por miedo a Stalin y a Hitler”
Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos. Gombrowicz tenía la sensación de que Berlín y Moscú, igual que lady Macbeth, se lavaban las manos sin cesar. El diablo y el mal son socios desde que Dios creó el mundo, una sociedad que preocupaba mucho a Gombrowicz.

Su adolescencia estuvo marcada por la guerra y por los acontecimientos de 1920, cuando el ejército bolchevique invadió Polonia, llegando hasta Varsovia. El recuerdo del paso de los ejércitos, los incendios, los campos asolados por la guerra, están presentes en “El diario de Stefan Czarniecki”.
“En la época de la Primera Guerra Mundial, creo que el frente pasó cuatro veces por nuestra casa, avance, retroceso, avance, retroceso, el fragor lejano y luego cada vez más próximo el cañón, los incendios, los ejércitos que se retiran, los ejércitos que avanzan, el tiroteo, los cadáveres junto al estanque, y también los prolongados altos de los destacamentos rusos, austríacos y alemanes. Nosotros, los muchachos, nos la pasábamos en grande recogiendo cartuchos, bayonetas, cinturones, cargadores. El excitante olor de la brutalidad lo invadía todo (...)”

La Primera Guerra Mundial despertó en Gombrowicz una nostalgia incurable por Occidente. Seguía con vehemencia los cambios en el frente y marcaba solemnemente sobre un mapa cada pueblecito tomado como si de eso dependiera el resultado de la guerra. Al otro lado de aquel frente estaba la Europa que le despertaba la nostalgia, mientras los rusos y los alemanes eran para él una realidad de segunda categoría.
En el año 1918 esa barrera se rompió y Occidente comenzó a infiltrarse en Polonia poco a poco, un cambio que significó tanto para Gombrowicz como la recuperación de la independencia. De la terrible experiencia de la guerra guardó especialmente el miedo, un miedo al que se le agregó otro miedo aún más terrible y doloroso: el pavor al servicio militar.

“(...) Ese año de 1920 era un ser distinto a los otros, aislado, viviendo al margen de la sociedad (...) y sucedió así porque no supe cumplir mis deberes con la nación en el momento que una terrible amenaza se cernía sobre nuestra joven independencia (...)”
El valor de la patria se le transformó a Gombrowicz. cuando los rusos llegaron a las puertas de Varsovia y fueron detenidos por el ejército polaco al comando del mariscal Pilsudski en el año 1920.
Los jóvenes se alistaban como voluntarios y sus colegas se paseaban en uniforme por las calles, pero Gombrowicz permaneció en su casa. Esa ruptura con el grupo y con la nación surgió en el año memorable de la batalla de Varsovia, y lo obligó a buscar su propia senda y a vivir por su cuenta.

Se sintió humillado y a la vez en rebeldía, todas esas aventuras lo impulsaron a la anarquía, al cinismo y se puso en contra de la patria por la presión que ejercía sobre los individuos. Aunque estaba lejos todavía de dominar intelectualmente estos difíciles problemas empezó a comprender que en Polonia el precio de la vida humana era bajo.
“Tenía miedo de Polonia (...) La única razón de mi zozobra era indudablemente el que sintiera que pertenecíamos a Oriente, que éramos Europa oriental y no occidental, sí, ni el catolicismo, ni nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde abajo... toda nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un abrigo campesino”

Mientras Gombrowicz padecía todas estas tribulaciones respecto a Polonia Jósef Stalin consolidaba su poder absoluto. Desde 1928 impulsó una política izquierdista denominada de “clase contra clase”, que provocó un conflicto frontal con la socialdemocracia europea, lo que facilitó el ascenso de Hitler al poder. Algunos jerarcas de la Komintern llegaron a celebrar el ascenso de Hitler a la cancillería como la muestra de que el capitalismo había llegado a su estadio final según las predicciones de Marx y estaba maduro para derrumbarse.
La evidencia del error se fue haciendo tan grande que finalmente, en el año 1935, Stalin giró hacia una nueva política exterior para acercarse a las democracias occidentales y tratar de frenar el expansionismo nazi, una nueva dirección política que tuvo su mayor manifestación en los frentes populares en Francia y en España.

La política de apaciguamiento y su desarrollo posterior, el pacto de Munich, precipitaron un cambio radical en la política soviética. Era un cambio en el que Stalin había venido pensando bastante tiempo antes, la búsqueda de un acuerdo con Hitler. Esta política marcó un nuevo rumbo que desembocó en el pacto de no agresión germano-soviético.
La consecuencia inmediata de este pacto fue que en septiembre de 1939, Hitler, tras repartirse las influencias en la Europa oriental con Stalin, se lanzara a la invasión de Polonia. El enfrentamiento entre el nacionalsocialismo y el comunismo soviético había sido simplemente pospuesto. El pacto de no agresión que Stalin firmó con Hitler en 1939 no impidió la invasión alemana de 1941.

Stalin participó en las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, en las que se organizó el reparto del mundo en dos bloques ideológicos. Stalin ha pasado de ser considerado un mito del socialismo internacional a estar incluido en la nómina de dictadores irracionales del siglo XX. No en vano se conoce como estalinismo al régimen político caracterizado por el rígido autoritarismo comunista.
El pacto de no agresión que firmaron Hitler y Stalin tuvo una consecuencia inesperada para Gombrowicz: se quedó un cuarto de siglo en la Argentina.
“(...) Cuando llegamos a Buenos Aires la situación internacional parecía distenderse. Pero al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un cañonazo (...)”

“¡Era la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas alemanas caían sobre Varsovia. Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewski. Al enterarse de la declaración de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a Polonia). Straszewski y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina”
El fin de la guerra no supuso una liberación para los polacos, fue tan sólo la sustitución de los verdugos de Hitler por los verdugos de Stalin. Si por su situación geográfica y por su historia Polonia se veía condenada a estar eternamente desgarrada entonces había que cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad. En la relación de los polacos con el mundo había algo malo y alterado, como artista Gombrowicz se sentía un poco responsable de esa fatídica leyenda polaca con la que había que terminar de una manera u otra.

A pesar de que estaban encerrados en una maraña de quimeras y de fraseología los polacos se hallaban al mismo tiempo muy cerca de la realidad cruda, esa realidad que rompe los huesos. Gombrowicz creía en el poder purificador de la realidad, pero no de una realidad polaca, sino de una realidad más fundamental, la realidad humana, sencillamente.
“En Polonia mi situación depende de lo que se le antoje al gobierno: Durante el régimen stalinista fui proscripto y la prensa en general no se atrevía ni a mencionar mi nombre. En 1947, con el advenimiento de Gomulka al poder, se permitió la edición de casi todos mis libros, pero poco después fui puesto nuevamente en el Index. Creo que se dieron cuenta de que habían cometido un error considerándome un pájaro raro cuyos complicados cantos eran inofensivos (...)”

“En una nación sometida a una modalidad espiritual muy simple como Polonia, crece la necesidad de lo difícil, del sendero que se aparta y busca su propia salida. La aparición de mis libros dio oportunidad para una descarga violenta de un espíritu demasiado amansado. Mi modo de escribir privado, personal, por ser apolítico, resultó bastante perjudicial para la política (...)”
La presión contra la patria va creciendo en Gombrowicz hasta que se manda la blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”. Pasados diez años de escritas estas páginas en las que maldice a Polonia, pone en el diario que en ese barco, en “Transatlántico”, había regresado a su patria y se había convertido en un ciudadano. La patria, como a Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación de su espíritu polaco.

Y la patria lo llama nuevamente cuando se va de la Argentina y lo sorprende diciendo que no se había desnacionalizado, que seguía siendo tan polaco como el primer día.. “¡Volved, compatriotas, marchad, marchad, marchad a vuestra nación! ¡Marchad a vuestra santísima y tal vez también maldita nación! (...)”
“¡Volved a ese santo monstruo oscuro y baboso que está reventando desde hace siglos sin poder acabar por fin de reventar! ¡Volved a ese santo engendro vuestro, maldito por la naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y que, sin embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os deje ni vivir ni reventar y os mantenga siempre entre le ser y la nada! !Marchar a esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! (...)”

“¡Volved a vuestra demente, a vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita aberración para que con sus saltos y sus locuras os torture, os atormente, os inunde de sangre, os ensordezca con sus gritos y rugidos, os martirice con su suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras mujeres, hasta la muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la agonía de su demencia os enloquezca, os peturbe!”
No hay obra más cerca del derrumbe que “Transatlántico”. La literatura tiene paredes en las que rebota como si fuera una pelota, con el lenguaje y con el objeto. Las montañas de sufrimientos, el horror y el vacío son objetos que la literatura no debe abordar por la vía directa. Pero la guerra era el objeto de “Transatlántico” y Gombrowicz tenía que hacerlo desaparecer.

En las cumbres no hay nada, nieve, hielo y rocas, en cambio hay mucho por ver en el propio jardín. Las montañas de sufrimiento, el horror, el vacío, son objetos que la literatura no debe abordar por la vía directa, sólo nos podemos aproximar a ellos a través del mundo entero y de la naturaleza humana en sus aspectos más fundamentales. La inobservancia de estos límites llevaron al fracaso a los escritores, pues los objetos no fueron alcanzados. Al fracaso le sucedió un sentimiento de culpa, y cuando se sintieron ruines cayeron en la frivolidad.
“Cuando te acercas con la pluma en la mano a las montañas de sufrimientos de millones de seres, te invade el miedo, el respeto, el horror, la pluma te tiembla en la mano, y tus labios no son capaces de emitir más que un gemido”

Pero ni con los gemidos ni con el vacío se hace literatura. La actitud honesta es no esforzarse en vivir algo que no se puede vivir, es preguntarse por qué esas vivencias nos resultan inaccesibles. Los polacos no han experimentado la guerra. Han experimentado únicamente el hecho de que la guerra no se puede experimentar, experimentar plenamente, agotarla como experiencia.
Sartre dice que durante la ocupación alemana la elección que cada uno hizo de su vida fue una elección auténtica, porque fue hecha cara a cara con la muerte, a pesar de que los agonizantes y los vivos no hablaban el mismo lenguaje y poco podían hacer para comunicarse los unos con los otros. El problema del doble lenguaje es un rasgo que Gombrowicz tiene en común con los existencialistas, en la forma del pensamiento y en el carácter de la literatura.



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