miércoles, 5 de agosto de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y KAROL SZYMANOWSKI


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y KAROL SZYMANOWSKI


“Aparte de los pilsudskistas, de las esferas gubernamentales y políticas, frecuentaban la casa de Nalkowska representantes del mundo de la literatura y del arte, por ejemplo, Karol Szymanowski, a quien desgraciadamente no le había agradado en absoluto mi pequeño volumen de cuentos (...)”
Cuando Gombrowicz quería sensualizar, erotizar o sexualizar alguna situación en la vida real o en la literaria recurría a los mitológicos runrunes del “templo poco claro” o del “ligeramente dudoso”, por ejemplo, pero cuando quería enfatizar sus propias tendencias homoeróticas era infaltable la referencia que hacía al músico polaco, “el inolvidable Karol, el Rey de los Putos”, aunque esta última expresión la manejaba más privadamente. Szymanowski lo quería a Gombrowicz y le daba plata cuando se la pedía.

Karol Szymanowski, el músico más importante de Polonia del siglo XX también era escritor. Su novela “Efebos”, traducida al ruso por el mismo Szymanowski, le fue regalada de su propia mano a Boris Kochno, su amante de quince años: “En ‘Efebos’ expresé mucho, quizás todo lo que tengo que decir en esta materia, materia que es para mí muy importante y hermosa”
Szymanowski tuvo influencias de Richard Strauss, Alexander Scriabin y del impresionismo de Claude Debussy y Maurice Ravel, también de Frédéric Chopin y de la música folclórica polaca: “Szymanowski no adoptó ninguna alternativa a la organización tonal... las tensiones armónicas, las distensiones y el fraseo melódico tienen claros orígenes en procedimientos tonales, pero... un marco de base tonal está casi o totalmente disuelto”

La homosexualidad de Karol Szymanowski era galante y mundana, del tipo de la de nuestro Manuel Mujica Láinez, la de Gombrowicz en cambio era dramática y metafísica. Si dispusiéramos de un poder sobrenatural que nos permitiera sintetizar en una sola palabra el paso de Gombrowicz por la Argentina debiéramos elegir la palabra Retiro.
Así como Gombrowicz utilizó el culo para empezar a desestructurar todos los disfraces con los que se nos aparece la forma, al cigarrillo para destruir a la pintura en todas sus manifestaciones, a la mano para comprender la naturaleza de los alemanes cuando estuvo en Berlín, utilizó a Retiro para comprender su relación especial con la Argentina y su homosexualidad.

Tan importante era Retiro para él que cuando tuvo en sus manos el primer ejemplar de la versión argentina de “Ferdydurke” hizo una peregrinación a Retiro y le ofrendó su obra más querida a la Torre de los Ingleses. Retiro se le convirtió en un recuerdo cruel y patético, en un representante de su propia catástrofe, la catástrofe de Polonia y la catástrofe de Europa.
“El secreto de Retiro, un secreto realmente demoníaco, consistía en que allí nada podía llegar a la plenitud de su expresión, todo tenía que estar por debajo de su nivel, y de alguna manera en su fase inicial, inacabado, inmerso en la inferioridad..., y, sin embargo, aquello era precisamente la vida viva y digna de admiración, la encarnación más alta de las cosas accesibles para nosotros (...)”

“Podría decir que buscaba al mismo tiempo la juventud propia y la ajena. La ajena, porque aquella juventud en uniforme de marinero o de soldado, la juventud de aquellos corrientísimos muchachos de Retiro, era inaccesible para mí; la identidad del sexo y la falta de atracción sexual excluían cualquier posibilidad de unión y posesión (...)”
“Algunos verán en mi mitología del joven la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, lo admito, es posible. No obstante, deseo hacer una pequeña observación ¿es del todo seguro que el hombre que parezca más hombre permanece insensible por completo ante la belleza y la juventud del muchacho? Y todavía más, ¿es posible decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre renaciente, no es otra cosa que extravío? (...)”

“Y si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable? ¿No parecen ocurrir las cosas como si el hombre, seducido para siempre por el joven y a él sometido, procurase refugiarse en los brazos de una mujer porque ésta representa para él, a fin de cuentas, una juventud? Hay mucha exageración en todo ello, pero también una pequeña parte de verdad”
¿Qué extraña inspiración me llevó a acusar a Gombrowicz de homosexual si yo sabía que era homosexual? Y no solamente lo sabía yo, nadie podía dejar de saberlo porque, aunque tenía vergüenza de ser homosexual, tanto en el diario, como en la vida corriente, como en todo lugar y forma en que pudiera dejar señales, no se cansaba de declarar que era homosexual.

Yo creo que en este caso me perdieron los detalles. Las encargadas de la casa de Venezuela 615, donde Gombrowicz vivió dieciocho años, desde l945 a l963, eran unas mujeres muy chismosas. Elsa Schultze y su hija Irmgard, al principio, cuando iba a retirar la correspondencia de Gombrowicz, me hablaban muy bien de él, yo siempre estaba con el oído muy atento a la espera de alguna noticia truculenta.
También yo soy medio chismoso, pero nada, me lo presentaban como a un caballero de modales muy cuidados. Sea porque se acostumbraron a verme y me perdieron el miedo, sea porque se dieron cuenta de que yo estaba esperando de ellas otros relatos, o sea por lo que fuere, la cuestión es que poco a poco me empezaron a hablar de los escándalos, de los marineros y de... los detalles.

Una cosa era para mí pensar en un homosexual abstracto y otra muy distinta en casi verlo acostado con un marinero, tan crudas y vívidas era las imágenes que surgían de los relatos de las alemanas, las putas conventilleras y atorrantas, como las llama Gombrowicz. Y el cotejo de un homosexual abstracto y un Gombrowicz encamado con la marinería me llevó a la ruina, se apoderó de mí un estado de confusión moral increíble que me tomó la mano y me escribió la carta.
Es probable también que yo haya buscado echar leña al fuego azuzándolo a Quilombo para que me mostrara la carta en la que Gombrowicz habla de su sodomía, la cuestión es que caí en un pozo de aire y nada en el mundo pudo detener la caída, ni siquiera el tiempo que tenía para reflexionar mientras escribía la carta.

“La confección de estos recuerdos ha estado influida por el hecho de que la policía de Buenos Aires ha llevado a cabo una gran purga contra los homosexuales. Han sido arrestadas centenares de personas. ¿Pero qué puede hacer la policía contra una enfermedad? ¿Es capaz de arrestar un cáncer? ¿O multar el tifus? Sería mejor, pues, descubrir al sutil bacilo de la enfermedad que sofocar los síntomas. Pero, ¿quién está enfermo? ¿Acaso sólo los enfermos? ¿O también los sanos? No comparto la estrechez mental que no ve en ello más que un degeneración sexual. Degeneración, sí, pero que tiene su origen en el hecho de que las cuestiones de la edad y de la belleza no son suficientemente transparentes y libres en la gente normal. Es una de nuestras debilidades e impotencias más graves. ¿No sentís que en este campo también vuestra salud se vuelve histérica? Estáis encorsetados, amordazados: sois incapaces de confesar”

Esta forma dramática y metafísica de la homosexualidad de Gombrowicz contrasta con la galante y ligera de Manuel Mujica Láinez a la cual se refiere el Asiriobabilónico Metafísico en un relato que le hace al Dandy.
“Durante la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez venía de su asiento a nuestra parte de la mesa. El propósito de estos viajes, que Mujica no ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo emocionaba. 'Se parece a Belgrano', exclamó Mujica Láinez. '¿Usted, Manucho, admira a Belgrano?', preguntó Wally Zenner. '¿Cómo no voy a admirarlo? –replicó–: con esos muslos y con esas caderas' (...)”



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