domingo, 9 de agosto de 2009

GOMBROWICZIDAS WITOLD GOMBROWICZ Y JACK LONDON


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y JACK LONDON


Fue en esos dancigs varsovianos donde conocí a Zbigniew Unilowski. Sucedió justo después de la publicación de mi primer libro, cuando estaba escribiendo “Ferdydurke”: –Gombrowicz, ¿para qué va a estar con esa gente? ¡Venga a mi mesa! (...) Había sido camarero en un gran restaurante, allí se fijó en él Karol Szymanowski y lo ayudó a publicar su primer libro (...)”
“Me hacía pensar en Jack London. Había similitudes en su manera de mirar el mundo, en su estilo, en su inteligencia. Unilowski compensaba las lagunas de su educación y de sus lecturas con su realismo, espontaneidad, temperamento y humor; tenía algo de americano, más de una vez pensé que Chicago hubiera sido para él un terreno más apropiado que Varsovia”

Para saber algo más de en qué pueden parecerse Zbigniew Unilowski a Jack London vamos a recordar que el estadounidense combina en su obra el más profundo realismo con los sentimientos humanitarios y el pesimismo. Viajó a Alaska, empujado por la corriente de la fiebre del oro, antes había sido marino, pescador, e incluso contrabandista.
De ideas socialistas y siempre del lado de los trabajadores, London fue militante comunista e incluso agitador político. Pero, autodidacta como era, las lecturas de Nietzsche le llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y las adversidades. Esta contradicción entre el individuo y la colectividad está presente en toda su obra.

Su tesis general es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, que sólo los fuertes consiguen sobreponerse a los infortunios de la vida y que serán estos seres los que pongan los cimientos para formar una sociedad más justa. De lo que no hay duda es de que no hubo nada capaz de salvar a Jack London de sí mismo, alcoholizado, víctima de los delirios del borracho, puso fin a sus días en su lujoso rancho.
Las similitudes entre Unilowski y London de las que habla Gombrowicz son precisamente las que los diferenciaba de ellos. Mientras Gombrowicz pasaba unas vacaciones sin un término definido en la Argentina, los polacos no se ponían de acuerdo sobre si era un escritor apegado a las antiguallas del pasado, a la clase terrateniente y a la genealogía o si, en cambio, en tanto que amoral y ahistórico, era un escritor vanguardista.

En “Veinte años de vida” de Zbigniew Unilowski el prologuista intenta ubicar a Gombrowicz en el panorama de la literatura polaca de ese tiempo.
“En el período en que Unilowski apareció en el campo de la literatura, las tendencias progresistas se vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación de la literatura de la vida (...)”
“Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo por desgracia una gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por el infantilismo y el subconsciente (...) En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa (puesto que 'Ferdydurke' no significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles (...)”

“Unilowski deseaba mostrar el desarrollo y la maduración de un niño en un mundo severo y malo. Gombrowicz, todo lo contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida y las cuestiones sociales a la época de la niñez, a la esfera de los reflejos subconscientes. Unilowski era un escritor que iba justamente en la dirección opuesta a Gombrowicz y sus adeptos (...)”
Los modales en la Polonia del joven Gombrowicz habían llegado a un punto extremo. Cuentan que en esa época un caballero, después de haber entrado a un baño público, se dio cuenta de que no tenía papel. Trepó el tabique que lo separaba del baño contiguo: –Permítame que me presente. Soy el señor X. ¿Puede darme un trozo de papel? El otro caballero trepó también la pared: –Encantado. Soy el señor Y. Aquí tiene papel. Lamentablemente, la pobreza polaca también tenía características extremas.

“Lo que sí saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a comprender: en Occidente no existía el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término. Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres, otra clase. Unas criadas descalzas como las veíamos en Varsovia era algo inconcebible en París”
Con esta mezcla contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a dos de los artistas de origen proletario más importantes de Polonia. Él no estaba acostumbrado a tipos como Rudnicki o Unilowski, eminentes en ciertos aspectos y en otros completamente incultos.

Las tradiciones de la generación anterior de literatos gentlemen, compuesta por unos señores educados y pulidos, estaba aún muy arraigada en Gombrowicz.
“Casi no frecuentaba lugares nocturnos. El alcohol no me llamaba demasiado la atención, el baile tampoco, y los frecuentadores de los diversos dancings, tanto los hombres como las mujeres, me parecían poco interesantes (...)”
“Esa vida dorada sobre el fondo de la miseria varsoviana era demasiado chocante, más de una vez percibí un sentimiento de odio en los ojos de los obreros que reparaban el pavimento en la madrugada, cuando nosotros vestidos con nuestros abrigos de pieles salíamos de los locales y llamábamos a unos taxis (...) En realidad estos personajes estaban en ocasiones en las últimas y les faltaba dinero para cubrir los gastos más indispensables (...)”

“También pasaba a veces que cuanta más fortuna tenía uno, tantas más penas.. Mi miserable ingreso de intelectual me permitía salir al extranjero cuando me daba la gana, mientras que mis diversos tíos, grandes terratenientes, no podían moverse de su sitio vigilando sus impuestos y pagos, y corriendo detrás de los préstamos (...) En cuanto a mí, las veces que asomé la nariz por allí, fue siempre en compañía de artistas que eran excepcionalmente lentos en pagar (...)”
A Zbigniew Unilowski, un novelista reportero proveniente de una familia muy humilde, Gombrowicz lo había conocido en un dáncing varsoviano. En esa época se lo veía a Unilowski como el mayor escritor polaco del futuro, y hasta el mismo mariscal Pilsudski lo admiraba.

Aunque Gombrowicz lo apreciaba como persona y como artista no tenían gran cosa en común, estaba frente a un proletario que había ascendido en la escala social gracias a su talento e inteligencia. Desde muy joven había entrado a un ambiente totalmente diferente, nada fácil para alguien que debía comenzar por aprender todas esas conversaciones, esas formas, esas finuras.
Si no se entendían era más bien por diferencia de caracteres y no de cultura y educación. Gombrowicz era un hombre de café, le gustaba contar frivolidades durante horas enteras sentado a una mesa entregado a diversos juegos psicológicos. Unilowski necesitaba del alcohol, de las luces filtradas, del jazz y de los camareros serviciales, de ese modo sentía que había ascendido a un escalón superior.

Había sido camarero y contaba una historia que Gombrowicz nos repetía en el café Rex. La historia de que el esfuerzo mental de un camarero era infinitamente más grande que el de un escritor; tenía que recordar los pedidos de cinco mesas sin equivocarse ni confundirse, corriendo con platos, botellas, jugos, salsas y ensaladas, y a la noche durante horas interminables de insomnio quedarse desvelado recordando las voces de los pedidos.
Gombrowicz tenía una gran confianza en su inteligencia y en su gusto y por eso le dio a leer el manuscrito de “Ferdydurke”, a pesar de todo lo que él sentía que los separaba que no era precisamente su condición social. Unilowski le dijo que le había robado la novela que le hubiera gustado escribir.

Sin embargo, lo seguía considerando un perfecto burgués, un filisteo que por un curioso azar era también poeta y tenía aventuras extrañas como el señor Pickwick. Lo definía como a un Pickwick, pero Gombrowicz no era así.
“Temo mucho haber sido la causa de su muerte. Yo tenía una gripe ligera, estaba en casa aburriéndome... Lo llamé para que viniera a casa. Vino, se contagió, la gripe desembocó en una encefalitis y murió. Tal vez no se hubiera contagiado de mí, tal vez la encefalitis se hubiera producido por otras causas, sin embargo no puedo quitarme de encima la sospecha de que si no me hubiera visitado aquel día seguiría viviendo (...) Sí, era un talento, un hombre valiente, lúcido, capaz y sensato, aunque quizás todavía lejos de superar sus enormes problemas. Lo estimaba mucho, pero nunca estuve de acuerdo con quienes lo consideraban un gran escritor, un especie de Balzac polaco”

Este Jack London me trajo a la cabeza una idea a la que no soy del todo ajeno y que no es tan descabellada como pudiera parecer. Bernard Shaw recuerda el caso de un amigo suyo que después de haber leído “Colmillo Blanco” de Jack London, estaba seguro de que era material y espiritualmente imposible escribir algo mejor, tanto que había interrumpido todas sus lecturas. No leyó más. En un principio Shaw se ríe de él, pero luego reconoce que, al final de cuentas, todos leemos buscando un libro así, que acabe con las expectativas de encontrar algo digno de ser leído, que anule la curiosidad. Un libro maestro.



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