sábado, 11 de julio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y EDUARDO BERTI


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y EDUARDO BERTI

“A veces me pregunto qué hubiera pasado si la seriedad con la que me toman en Europa me hubiera sido demostrada allá, en la Argentina. Creo que hubiera sido un factor negativo, porque mi literatura tenía que formarse en la soledad”
Si los argentinos lo hubieran tratado con más seriedad su literatura hubiera sido peor, pero no hubiese padecido el hambre ni el frío ni las chinches que lo persiguieron en la primera época de la Argentina, su vida hubiera sido mejor. Sin embargo, entre la vida y la obra Gombrowicz no se cansaba de decir que se quedaba con la vida. Hay en estas palabras de Gombrowicz un poco de mala fe. La mala fe es una mentira que uno se hace a sí mismo, un hombre de mala fe sabe la verdad pero se la disimula, al proceder de mala fe es a la vez engañador y engañado, huye de la verdad en mala fe, pero no puede ignorar que está huyendo.

La sinceridad es un ideal contradictorio que el hombre no puede alcanzar. Al estar dividido en un sujeto y un objeto, el hombre no puede coincidir consigo mismo, y por lo tanto es necesariamente incapaz de una completa sinceridad. Sólo las cosas y Dios coinciden consigo mismo, pero las cosas no pueden ser sinceras porque no tienen conciencia y Dios no nos da demasiados datos, sólo se deja ver algunas veces a los que creen en él.
Gombrowicz reprocha a los argentinos no haberle reconocido su importancia y su seriedad, yo creo que hay en este reproche un poco de mala fe. A pesar de que para el año 63’, año en que se va de la Argentina, ya empezaba a ser conocido en Europa, razón por la que la Fundación Ford le da una beca, por acá, salvo sus amigos íntimos, nadie le creía nada.

Un poco por la costumbre que tenemos los argentinos de no reconocer el mérito ajeno, y mucho menos la jerarquía, y otro poco porque Gombrowicz no daba la impresión de ser una persona muy seria que digamos, la cosa es que este genio polaco estuvo rodeado siempre de una atmósfera de irrealidad.
“Este exiliado perpetuo, involuntario, acaso exiliado de todas las ideas y de todas las estéticas convencionales, tiene en la Argentina el destino de los que no se mandan la parte. Reverenciado por casi toda la generación posborgeana, desde Ricardo Piglia, pasando por Germán García y Fogwill hasta Juan José Saer, y tantos más, sus libros casi no se encuentran en ninguna librería, y ‘La Nación’ lo recuerda en una nota de Odille Barón sobre todo porque pasaba hambre, donde el muerto de hambre ya es un Mito y una dietética Leyenda, que inadvertidamente previene a quien no pacte con nuestras módicas leyendas nacionales, de su lugar en el mundo”

Se podría decir que esta parte de la historia que cuenta el Asno, Gombrowicz no la conocía, pero sí la presentía.
“(...) mi fama quedará, por decirlo así, en suspenso muchos años todavía... pero a pesar de todo se va a consolidar de modo místico, diría, e imperceptible (...)”
Gombrowicz no necesitaba del hambre ni de la indiferencia argentinas para escribir la obra que escribió, y si Borges y Victoria Ocampo lo hubieran aceptado, y si algún millonario hubiera sido su mecenas, su obra no hubiera sido demasiado diferente. El presintió que en la Argentina lo estaba esperando para reverenciarlo el Vate Marxista, el Gnomo Pimentón, el Hombre Unidimensional, el Filósofo Payador y tantos más, como dice el Asno, lo que hace Gombrowicz en las palabras iniciales es entonces una reflexión de mala fe.

Un tarde el Pterodáctilo me dijo en su casa de Santos Lugares que su obra hubiese sido peor si no estuviera casado con Matilde. A mí me resulta llamativo que los escritores se traten a sí mismos como vacas lecheras, buscando las condiciones en las que se los puede ordeñar mejor para obtener una mayor cantidad de leche.
Como se puede ver, la vida y la obra de Gombrowicz tienen un formato especial, un formato que ha puesto en aprietos la perfomance de las escritores argentinos. Cuando hablo de la performance de los escritores argentinos me refiero exclusivamente al desempeño que tienen en el asunto Gombrowicz. La primera sensación que uno tiene leyendo los escritos sobre Gombrowicz es que nos encontramos en un campo literario en el cual las ideas se ponen al servicio de las palabras.

La primacía que tienen la semántica y la ilación en el decurso de los movimientos cognoscitivos de estos seres compelidos a escribir sobre Gombrowicz, a veces hasta contra su propia voluntad, nos coloca en un mundo de características borgianas. Para cortar por lo sano e ir directamente al grano tenemos que decir que en Gombrowicz las cosas ocurren exactamente al revés, mejor expresado, las palabras se ponen al servicio de las ideas y, en el límite, el significado de las palabras no tiene importancia, o importa poco. Si bien es cierto que el discurso de los hombres de letras hispanohablantes no es tan homogéneo como podríamos creer pues se mueve en un rango que va desde la más declarada logomaquia del Orate Blaguer a la hermenéutica un tanto sofocante del Vate Marxista, en muy pocas ocasiones estos jinetes gombrowiczidas que sujetan con fuerza las riendas del caballo de las palabras se montan en el caballo de las ideas de Gombrowicz.

Podríamos decir que el polaco los convierte en unos seres incompletos pues sólo comprenden la parte de Gombrowicz que está en ellos, pero esta parte de Gombrowicz es la más pequeña. Para ponerlo de otra manera, no utilizamos bien el tiempo cuando salimos a cazar jabalíes con una red o cuando nos vamos de pesca con una escopeta.
A pesar de la desconsideración que han tenido todos los escritores argentinos que se negaron a participar en el homenaje que se le hizo a Gombrowicz en la Feria del libro el año de su centenario, lo siguen usando como se puede usar un traje comprado en una buena tienda, poniendo en evidencia una de las características más sobresalientes del ambiente en el que tienen lugar las actividades relacionadas con la escritura: la mezquindad.

Pero no es un reproche el que quiero hacerles a estos hombres de letras, de esta mezquindad ya se cobra venganza el mismo Gombrowicz que por tomar su nombre en vano se les muere en la boca. Para ahondar un poco en los ‘tantos más’ del que habla el Asno me puse a buscar entre los planetas menores y me encontré con algunas reflexiones bastante personales.
Un colega del Gnomo Pimentón que se ocupa de Gombrowicz es Luis Gusmán, y como buen psicoanalista que es no deja de destilar veneno.
“Gombrowicz parecía soñar con cierto fantasma de la libertad, con lo cual ciertas posiciones que adoptaba respecto a ciertos temas, colocaban inexorablemente al interlocutor en el lugar del moralista (...)”

“Lo cierto es que como cualquier humano construyó su propia máscara, pero también como cualquier humano no pudo escapar a las leyes de la forma de la conciencia que él mismo describió. Con los años, suele ocurrir que la obra y la mitología de todo gran escritor se superpone y a veces entra en franca contradicción. En el caso de Witold Gombrowicz la mixtificación del personaje se confunde y se desplaza a su literatura. Es posible que este delicado equilibrio termine sobrevalorando injustamente alguno de ambos términos”
Uno de los comentarios más atinados que encontré entre los planetas menores gombrowiczidas que giran alrededor de Gombrowicz lo hace Blas Matamoro, un muy distinguido miembro del club.

“El exilio desdobla a Gombrowicz en un par de patrias imaginarias: el mito del cuerpo joven en la Argentina y el mito de la palabra inmarcesible en Polonia. Polonia es una palabra que pierde su actualidad para Gombrowicz debido a la distancia y a que se refugia en la evocación culterana del barroco polaco llamado ‘sarmata’, una suerte de nacionalismo recalcitrante, que define a Polonia como un espacio cerrado a las seducciones de la modernidad europea. Algo así como la Argentina de los nacionalistas argentinos. La síntesis de ambas vertientes míticas es Trasatlántico, visión caricatural de ciertos aspectos de la vida argentina: la riqueza comercial de la calle Florida, los bailes populares, la estancia de la oligarquía ganadera, el preciosismo de los salones eruditos y la vida polaca en la emigración con la hipertrofia ceremonial y falsamente caballeresca de su diplomacia contada en la clave neobarroca del gaweda, relato popular del siglo XIX (...)”

“Hay, de otra parte, una especie de sociología impresionista o psicología social de los argentinos, que Gombrowicz practica en la tradición de los visitantes atentos o profesionales, que conocieron la Argentina de la belle époque, así como los filósofos viajeros que pontificaron sobre el ser nacional argentino. En el centro, dos obras, la una silenciada por Gombrowicz de Ezequiel Martínez Estrada, la otra recordada en la amistad de Bernardo Canal Feijóo”
Finalmente me encontré con un caso que resulta de muy difícil clasificación: el de Eduardo Berti. Mientras leía con atención ‘Una semblanza’ y ‘Postergar la muerte’, dos textos que juntos reúnen aproximadamente mil setecientas palabras, me dispuse a subrayar algunos párrafos como lo había hecho con Luis Gusmán y Blas Matamoro, pero no pude. Me encontré con una particularidad extraña que no tienen los textos de los autores que menciona el Asno ni los que yo encontré como resultado de mi búsqueda: Eduardo Berti no dice nada.




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