miércoles, 8 de julio de 2009

GÓMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR RIMBAUD


JUAN CARLOS GÓMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR RIMBAUD

“Ferreira llegó al bar excitado y divertido; después de su infaltable y ceremonioso saludo me contó, conteniendo la risa, gran parte de una extraña novela que había encontrado enmohecida en un estante de la biblioteca. Se llamaba ‘Ferdydurke’. El libro había sido hallado sin abrir, las páginas virginalmente cerradas. Ferreyra fue su primer lector, yo el segundo, Vilela el tercero y Betelú el cuarto (...)”
“Exceptuando algunos pocos admiradores y amigos fue cuidadosamente sepultado por la casi totalidad del medio argentino y por muchas de sus grandes figuras (...) Los mismos señores que se deleitaban con las extravagancias de Rimbaud y escribían y hablaban humanitaria y comprensivamente de él, cuando se encontraron con las extravagancias de Gombrowicz olvidaron su espíritu comprensivo y humano (...)”

“Claro está, nadie les había dicho si Gombrowicz era un artista o un farsante, y sí les habían dicho que Rimbaud era un artista”
El Ingeniero Fireire, el Asno, Marlon y Flor de Quilombo fueron pues entonces los que descubrieron y desparramaron en Tandil el inmarcesible “Ferdydurke”. Esta joven comparsa de intelectuales tandilenses era admiradora de Arthur Rimbaud, una verdadera contrariedad para Gombrowicz pues ese personaje era poeta y francés. Sin embargo, existía un punto de contacto entre ellos: la modernidad. Caracterizado por su afán de destrucción y por su rebeldía, Rimbaud concibe la poesía como medio de exaltar la vida. La obligación del poeta era la de agotar todas las formas de amor, de sufrimiento y de locura para alcanzar lo desconocido.

La modernidad levanta altares a la transitoriedad y a la inmanencia como pilares de una recién inaugurada idea de belleza, y pocos artistas lograron expresar esa nueva sensibilidad como Arthur Rimbaud, tanto por lo que respecta a su obra como en su trayectoria vital.
“Hay que ser absolutamente moderno (...) Nada de cánticos: ir por delante. ¡Dura noche! ¡La sangre reseca exhala vapor sobre mi rostro, y no dejo nada detrás salvo ese horrible arbolillo!... El combate del espíritu es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la visión de la justicia es placer exclusivo de Dios”
Estudiante inquieto y burlón era, sin embargo, superdotado y brillante: A los quince años ya había ganado todo tipo de premios de redacción y compuesto originales versos y diálogos en latín.

“Nada banal germina dentro de esta cabeza. Será un genio del Mal o un genio del Bien”
Su conducta se había vuelto caótica e irreverente; había comenzado a beber y se divertía conmocionando a los burgueses locales con sus vestimentas andrajosas, sus pintadas de ‘Muera Dios’ en las iglesias y su cabello largo. De esta manera se propuso desarrollar un método para lograr la trascendencia poética y el poder visionario, a través de una larga, inmensa y racional locura de todos los sentidos.
Mantuvo una tormentosa relación sentimental con Verlaine. Durante el tiempo que estuvieron juntos, llevaron una salvaje vida disoluta de vagabundos, embriagados de ajenjo y hachís. Así escandalizaron a la elite literaria parisina, indignada en particular por el comportamiento de Rimbaud, auténtico arquetipo del enfant terrible.

Gombrowicz y Rimbaud son navegantes aventureros, pero mientras Gombrowicz sólo emprende aventuras interiores a bordo de embarcaciones imaginarias en “Aventuras” y “Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury”, Rimbaud las emprende a bordo de buques reales que lo llevan a Indonesia, a Yemen, a Abisinia, donde se transforma en un mercader cuentapropista y llega a hacer una pequeña fortuna traficando armas.
Algunos hombres de letras son un poco exagerados cuando escriben y más o menos equilibrados en la vida de todos los días. Otros, al contrario, son bastante equilibrados cuando escriben y exagerados en todo lo demás; Gombrowicz pertenece a la primera categoría de escritores, Rimbaud, en cambio, no pertenece a ninguna de las dos categorías, estaba totalmente desequilibrado.

Es útil no perder de vista esta característica de Gombrowicz, ni tampoco olvidar la preferencia que tenía por mirar antes que por pensar. Como, por otra parte, tenía la costumbre de anotar todo lo que le molestaba o lo consternaba, no es tan difícil seguir los pasos que da cuando se mete con las tres pertenencias fundamentales que tiene el hombre: la transcendencia, la tierra y la especie.
A penas cumplidos los veinte años se despacha con unos comentarios que dejan de una pieza a las pertenencias fundamentales. En efecto, escribe que cada vez que tropieza con un sentimiento misterioso, sea la virtud o la familia, la fe o la patria, siente la necesidad de cometer una villanía. De esta manera empieza a recorrer el largo camino de las ironías, de las provocaciones y de las blasfemias.

“Tenía miedo en Polonia (...) La única razón de mi zozobra era indudablemente el que sintiera que pertenecíamos a Oriente, que éramos Europa oriental y no occidental, sí, ni el catolicismo, ni nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde abajo... toda nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un abrigo campesino”
En el medio de este mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero esa aspiración de modernismo de la obra se le va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz.

Milan Kundera contabiliza algunos elementos de “Ferdydurke” que están relacionados con la familia y con la modernidad.
“La familia está dominada por la hija, una colegiala moderna. A la chica le encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando un señor llega de visita, se limita a mirarlo y, mientras se mete entre los dientes una llave inglesa que sostenía en la mano derecha, le alarga la mano izquierda con total desenvoltura. También su madre es moderna; es miembro del comité para la protección de los recién nacidos; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de costumbres; ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el retrete, del que sale más altiva de lo que ha entrado; a medida que envejece, la modernidad se vuelve para ella indispensable como único sustituto de la juventud. ¿Y su padre? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y a su mujer”

La idea de Kundera es que Gombrowicz captó en “Ferdydurke” el giro fundamental que se produce en el siglo XX. Hasta entonces la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo. En el pasado el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, de repente la historia se empezó a mover bajo sus pies como una cinta transportadora sobre la que también viajaba el statu quo. Por fin se podía ser a la vez conformista y progresista, equilibrado y rebelde. El sillón de la historia empieza a ser empujado hacia delante por todo el mundo.
“Los colegiales modernos, sus madres, sus padres, así como todos los luchadores contra la pena de muerte y todos los miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno es auténticamente moderno. Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna”

Gombrowicz era un terrateniente de origen noble, una herencia poderosa para los polacos, la historia de una familia que había tenido cuatro siglos de bienestar. Los terratenientes, no importa cuál sea su origen, tendrán siempre, a juicio de Gombrowicz, una actitud de desconfianza hacia la cultura, y una naturaleza de señor.
“Pues bien, yo, aunque traidor y escarnecedor de mi ‘esfera’, pertenezco a pesar de todo a ella (...) muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor depravación de la nobleza, el siglo XVIII (...) Pero no solamente era eso. Yo, que tenía un pie en el bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro en el intelecto y la literatura de vanguardia, estaba entre dos mundos. Pero estar ‘entre’ es también un buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte ‘por encima’ de ellos”

Gombrowicz estaba pues, según la manera de pensar de Kundera, establecido en una modernidad antimoderna, y era por esa razón un ilustre heredero de Rimbaud, y según la mirada del mismo Gombrowicz, seguía teniendo algo del perfume de esa flor pegada a la piel de cordero del abrigo de un campesino polaco. Por otro lado Gombrowicz no estaba dispuesto a someterse a la costumbre cartesiana que tienen los franceses de encasillar a todo el mundo.
Estaba almorzando en un local muy distinguido a orillas del Sena conversando animadamente con gente del ambiente literario: –¡Quién es ese escritor; –Es un escritor eminente; –Sí, eminente, pero ¿quién es?; –Viene del surrealismo y se pasó al objetivismo; –Muy bien, objetivismo, pero ¿quién es?; –Pertenece al grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de Melpomène, pero ¿quién es?; –Una combinación de géneros: el argot con una metafísica de elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece bien, pero ¿quién es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St. Eustache..., y tú cómo te consideras; –Yo no soy escritor, ni miembro de nada, ni metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre, independiente, vivo...; –Ah, sí, eres existencialista.

Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que les traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento crucial: se empieza a bajar los pantalones.
“(...) cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé solo. El restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían huido... Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que pasaba...., y me quedé así, hecho un tonto, con una pernera puesta y la otra en la mano”


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