jueves, 9 de julio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y PAUL VALÉRY


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y PAUL VALÉRY

Francia, la pintura y la poesía se constituyeron en los enemigos más encarnizados que tuvo Gombrowicz, pero también en los más familiares. Cuando regresó a Europa empezó a combatir a París declarándose amante de la Argentina, pues el amor lo hacía sentir joven. Su diatriba contra París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnuda, sin embargo, Gombrowicz era una persona mayor y también escritor, y como escritor hacía lo que podía por parecer mayor que los escritores franceses, para que no lo sorprendieran en ninguna ingenuidad. Esta disonancia le trajo más de un contratiempo pues entraban al mismo cuarto el artificio y la desnudez, una antinomia explosiva. La idea del artificio se le asoció, en una de las entrevistas que le hicieron a su llegada a París, con los perros de Pavlov, y desde ese momento la artificialidad de los parisinos se le transformó en un perro pretencioso que dejó oír su aullido en el silencio de la noche.

Es un reflejo condicionado de los franceses que, como al perro de Pavlov, no es necesario mostrarles la carne para que segreguen saliva, basta con hacer sonar la trompeta. Los franceses caen en éxtasis si se les cita un poema de Valery o se les muestra un Cézanne, lo asocian con la belleza y, entonces, segregan saliva, como el perro de Pavlov. En medio de este mundo mágico lleno de símbolos, Gombrowicz se aventura en París, un París en el que resultaba cada vez más difícil hablar. Weidlé lo tranquiliza: –Vea, Gombrowicz, en París ya no se habla, en el último banquete del jurado del Prix Goncourt se hablaba sólo de gastronomía, para no tener que hablar de arte. Cuando le manifestó a Butor su alegría porque iban a estar juntos en Berlín y podrían discutir hasta el hartazgo de la nouveau roman français, el joven escritor estalló en una carcajada, una risa hermética, como la de una lata de sardinas en el medio del Sahara.

Los parisinos se ocupan de su espíritu como los campesinos de las vacas, a las que sólo hay que limpiar, ordeñar e ir luego a vender la leche.
“París es un palacio, pero los parisinos me dan la sensación de ser sólo el servicio palaciego. En París, la ciudad de los perros que segregan saliva al son de la trompeta, tuve aventuras equívocas y perversas”
Después de una comida sabrosa y de buen vino en la cabeza, Gombrowicz vio el portal entornado de un palacio magnífico. Cuando se estaba paseando por sus salas llenas de esculturas, plafones, escudos y dorados, se le presentó una persona menuda de aspecto modesto. Supuso que era el mayordomo y le pidió que le mostrara las salas, lo que el hombre hizo muy amablemente.

Al marcharse Gombrowicz se llevó la mano al bolsillo: –Oh, no, gracias señor, soy el príncipe, aquí mi mujer la princesa, y mi hijo el marqués, y el conde, y el vizconde. Pensaba cómo huir de este mundo artificioso mirando las estatuas de París, y de pronto vio al Acteón de mármol que huía de sus propios perros después de haber visto a Diana desnuda.
“¡Qué horror! El pecado mortal de ese joven temerario, huyendo y a punto de ser devorado, no se movía en absoluto... Y seguirá siempre así, por toda la eternidad, como un arroyo fijado por el hielo. Y frente al pecado inmovilizado por la muerte, oí el aullido de Pavlov alejándose hasta los límites de París...¡Y los aullidos sordos de Pavlov siguieron oyéndose en la noche inmóvil!”

Gombrowicz fue inmisericorde con el simbolismo francés y con sus interminables metáforas, desprecio que puso a punto en la conferencia que dio contra los poetas.
“Los poetas le rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea (...)”
“Los ajedrecistas, por ejemplo, consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Valéry y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable (...)”

“Qué suerte que aquellos que discurren sobre el arte con el grandilocuente estilo de Valéry no se rebajan a semejantes confrontaciones. Quien aborda nuestra misa estética por este lado podrá descubrir con facilidad que este reino de la aparente madurez constituye justamente el más inmaduro terreno de la humanidad, donde reina el bluff, la mistificación; el esnobismo, la falsedad y la tontería. Y será muy buena gimnasia para nuestra rígida manera de pensar imaginarnos de vez en cuando al mismísimo Paul Valéry como sacerdote de la Inmadurez, un cura descalzo y con pantalón corto”
La poesía y el simbolismo francés se le asociaron inmediatamente con Victoria Ocampo cuando Gombrowicz llegó a la Argentina. A pesar de su paulatino e irresistible ascenso en Europa, Victoria Ocampo nunca se mostró sensible a la seducción que producía su inteligencia.

Hasta el mismísimo Jacques Lacan había despertado la admiración de nuestra Victoria Ocampo en los viajes que hacía a París entre las dos guerras mundiales, aunque nadie puede asegurar que su relación haya ido más allá de un apasionado flirteo, a pesar del gusto que tenía esa dama tan elegante por ir a la cama con personajes destacados.
Manuel Gálvez y Arturo Capdevilla le habían brindado a Gombrowicz una exquisita hospitalidad en los primeros meses de su llegada a la Argentina, pero la sordera de Gálvez y la falta de seriedad de Gombrowicz lo pusieron finalmente en las manos de unas jóvenes estudiantes que lo iniciaron el mundo del flirteo argentino. En esta prehistoria de sus aventuras en la Argentina el grupo de Victoria Ocampo brillaba como una estrella..

“Antes de cruzar las espadas con la Suma Sacerdotisa del culto inmaduro de la Madurez, Victoria Ocampo, que nos sea permitido tributarle un cortés saludo. Victoria Ocampo es inteligente y tiene personalidad. ¡Viva Victoria Ocampo! Empero, esta poderosa Dama Mundana, esta alma violenta y apasionada, bañada en ignotas e infinitas soberbias, en indescriptibles y sangrientos lujos del Medioevo Sudamericano, por un indescifrable Misterio de su iglesia interna se convierte en una niña temblorosa cuando se encuentra con lo que ella misma llama “Valéry y Francia”. ¡Muera Vitoria Ocampo! Vedla como se esquiva, se aniquila, se inmaduriza frente a Valéry (...) Pero chiquilla, aunque no fueses Victoria sino la más humilde y más inmadura de las hermosas hijas de esta tierra, no te conviene arrodillarte (...) Ni América es tan inmadura ni Europa es tan madura (...)”

“Una dama ya entrada en años y aristócrata, que nadaba en millones largos y que con su tenacidad entusiasta había conseguido hacerse amiga de Paul Valéry, invitar a su casa a Tagore y Keyserling, tomar el té con Bernard Shaw y hacer buenas migas con Strawinski (...) Un escritor francés de renombre había caído ante ella de rodillas gritando que no se levantaría hasta recibir el dinero suficiente para fundar una ‘revue’ literaria: –¿qué iba hacer con un hombre arrodillado y que no quería levantarse? Tuve que dárselo”
Victoria Ocampo era una distinguida dama argentina que había convertido a su hermosa mansión de San Isidro en un verdadero centro cultural para el desarrollo de la vida literaria.

Descubrió y apoyó con entusiasmo a muchos escritores que fueron importantes, algo que no es tan fácil de explicar debió ocurrir entonces entre Victoria Ocampo y Gombrowicz, pues esta mujer eminente estaban acostumbradas a tratar con locos y con toda la variedad de trastornos que tiene el género humano.
Gombrowicz rechazó a Victoria Ocampo por ser un señora artificial y europeizante, una dama aristocrática apoyada en muchos millones que acostumbraba a hospedar en su hermosa mansión de San Isidro a las más grandes celebridades europeas, y sobre la que se hacía la pregunta de en qué medida habían influido en esas majestuosas amistades los millones de la señora Ocampo y en qué medida lo habían hecho sus indudables calidades y su talento personal.

A pesar de que Paul Valéry no quiso disfrazarse de sacerdote de la inmadurez vistiéndose de cura con el pantalón corto y los pies descalzos como proponía Gombrowicz, se lucía con el poeta en Tandil dando explicaciones sobre “Ferdydurke”.
La obra poética de Paul Valéry, fuertemente influenciada por Stéphane Mallarmé, es una de las piedras angulares de la poesía pura, de fuerte contenido intelectual y esteticista: “Todo poema que no tenga la precisión de la prosa no vale nada”.
Su obra presenta un conflicto entre la contemplación y la acción que debe resolverse artísticamente para captar el sentido de la vida. Valéry está considerado como uno de los más grandes escritores filosóficos modernos en verso y prosa. Era un hombre escéptico y tolerante, que despreciaba las ideas irracionales y la inspiración poética, y creía en la superioridad moral y práctica del trabajo, la conciencia y la razón.

Para Valéry la poesía era la más hermosa de las técnicas creativas. En sus versos articulaba ideas abstractas mediante imágenes simbólicas y ritmos sutiles. Los temas de su obra son a menudo antitéticos: las emociones frente al intelecto, el universo y el hombre, el ser y el no ser, o la naturaleza del genio y el proceso creativo. En sus escritos en prosa analiza el arte, la cultura, la política y las capacidades de la mente humana en un estilo aforístico.
La condensación de su pensamiento, unido al denso simbolismo y las abundantes alusiones, hacen que el significado de la obra de Valéry resulte a veces oscuro. Uno de los jóvenes de Tandil pone en claro la verdadera relación que tenía Gombrowicz con Paul Valéry.

El ingeniero Juan Carlos Ferreyra tiene algunas particularidades que lo distinguen del resto de los miembros del club gombrowiczidas: leyó “Ferdydurke” antes de que Gombrowicz llegara a Tandil; alquiló la pieza de Venezuela cuando Gombrowicz se fue a Berlín; y recibió uno de los motes más extraños de nuestro glosario de apodos: Ingeniero Fireire.
El Ingeniero Fireire se vengó del desprecio que Gombrowicz sentía por su profesión recurriendo a un procedimiento simple: no lo admiró ni quiso ser uno de sus discípulos.
“¿No es acaso sospechosa una persona que, tras componer una obra literaria, tiene que explicarla una y otra vez? Recurrió al apoyo de Kierkegaard y de Schopenhauer, dos nombres fuertes de la filosofía; al de Paul Valéry, como respaldo literario; al de Martin Buber, como apoyo y garantía general de seriedad. Parecía obtener una especie de lúgubre diversión en estos despliegues que embarullaban completamente a sus oyentes”


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