domingo, 7 de junio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y JORGE RUBÉN VILELA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y JORGE RUBÉN VILELA

El último apodo de todos los que puso Gombrowicz, en su cuarto de siglo de vida en la Argentina, me lo puso a mí. A pesar de la ingenuidad poética con la que los presentaba Gombrowicz, Betelú y Marlon fueron los proveedores habituales de todos los esperpentos que circulaban entre nosotros, entonces, a pedido de Gombrowicz, inventaron un mote para mí, Goma, y quedó Goma para siempre.
“En cuanto a Gómez, recordemos que tenía veintidós años cuando en 1956 inicia su amistad en las confiterías porteñas del Rex y la Fragata con una hombre de cincuenta y dos; téngase presente que los apodos (al menos los que inventaba Gombrowicz) son destino en cápsula, y que ‘Goma’, aparte de su derivación obvia, es sustancia elástica, que fácilmente se dobla o se estira, pero que guarda tenazmente la memoria de su forma original”

Llegamos a ser más conocidos por los apodos que nos puso Gombrowicz que por nuestros propios nombres.
“Pero podría sostenerse que su obra maestra secreta fue la segunda cofradía de amigos que formó a su alrededor (...) La formación de este segundo grupo se ha vuelto un mito argentino. La elección se dio al azar, pero fue un azar riguroso. Todos rondaban los veinte años (Gombrowicz había pasado los cincuenta), todos recibieron su apodo o nombre clave, y todos fueron fieles”
Cuando el Asno y Marlon firmaron una notas que aparecieron en “Eco Contemporáneo” con sus propios nombres, Gombrowicz reacciona sarcásticamente y le escribe al Buhonero Mercachifle desde Berlín una carta que resultó premonitoria.

“(...) ‘Vilela’ y ‘Di Paola Levin’, ja, ja, ja, ¡qué pretenciosos! Los textos de Marlon y del Asno son ambos buenos, no sé cuál es mejor. El de Marlon es más lírico y tierno, el del Asno más premeditado. Los dos relatos están hechos con pedazos de los cuales unos son mejores y otros peores. Bien lo sé que describirme es una tarea dificilísima porque mis chistes no son solamente verbales, hay que dar el ambiente, la mueca, el estilo y además la magia de una perpetua transformación de la realidad cotidiana en algo artístico (lo que me caracteriza). Esto no lo lograron, pero sería demasiado pedir, quién sabe si algún día no lo logrará Goma. Pero de todos modos los dos trabajos son interesantes, tienen naturalidad y vida, hay momentos excelentes en los dos y creo que para los que no me conocen serán muy útiles (...)”

En esa nota de Marlon, que firma pretenciosamente Vilela, pues a juicio de Gombrowicz ninguno de nosotros tenía derecho a usar nuestro verdadero nombre, recuerda que en septiembre de 1962, antes de la invitación de la Fundación Ford, a Gombrowicz ya se le había agotado la Argentina.
“(...) Desde la estación Constitución hablo a la oficina donde trabaja Gómez: –Creo que Gombrowicz se va. Gómez sospecha que el Viejo ya no sabe qué hacer en la Argentina. Su soledad, a pesar de las cuatro o cinco personas que lo rodean (siempre en forma incompleta), puede llegar a ser total: –Quizá se vaya a Brasil, o a España, Barcelona quizá, me dice Gómez. Entonces, el Viejo sigue siendo el aislado habitante de la pieza de la calle Venezuela 615. Solo en Buenos Aires, solo en la Argentina (...)”

El cierre del Rex, en marzo de 1961, fue un golpe mortal para Gombrowicz, ese café había sido su verdadero hogar. Gombrowicz, al que le interesaba más la conversación que jugar al ajedrez, maniobró estratégicamente para trasladar la barra del Rex a la Fragata, pero los frutos fueron incompletos y se fueron secando con el tiempo. La cuestión es que yo quise mantener mis partidas de ajedrez.
Le propuse a Gombrowicz dos tertulias por semana en la Fragata: los martes y los jueves y, para los otros días, cuando él se aparecía en el club de ajedrez, conversaciones, sí, pero sólo después de las diez de la noche, hasta esa hora mi tiempo estaba reservado para el juego. Recuerdo que una noche Gombrowicz me pidió una excepción para esta limitación, quería anunciarme antes de las diez de la noche que la Ford Fundation lo estaba invitando a Berlín.

La caída del telón sobre este enorme salón del Rex en el que se jugaba al ajedrez y al billar nos complicó la vida, especialmente a Gombrowicz que sólo pudo retener en la Fragata a tres o cuatro contertulios. Y ese inagotable venero de jóvenes del viejo salón de la calle Corrientes con el que Gombrowicz reemplazaba a los que se iban de su mesa, cerró con el Rex.
La cosa es que cuando Gombrowicz se fue de la Argentina para Berlín existía una tensión afectiva latente en nuestra relación que casi explota con el segundo Piriápolis frustrado. Los últimos días que pasó entre nosotros fueron confusos e interminables, en medio del vacío y de una gran tristeza también me iba apareciendo algo extraño, parecido a un alivio.

“Marlon era entre esos jóvenes que conocí en Tandil, posiblemente el más chiflado. Después comprobé con asombro que su chifladura sabía escribir”
Junto a Flor de Quilombo y el Asno, Marlon formaba el trío más famoso de Tandil, pero el propio Marlon se definía a sí mismo como el tercero excluido, y no le faltaba razón. Gombrowicz lo excluyó en el puerto de Buenos Aires cuando lo obligó a entregarle a Madame du Plastique la invitación para subir al Federico Costa, la pobre mujer se la había olvidado en casa.
Y la Vaca Sagrada también lo excluyó del elenco de testimonios que había tomado en la Argentina para escribir “Gombrowicz en Argentina”, el testimonio de Marlon no figura en este libro. En las cartas que Gombrowicz les escribe a los jóvenes de Tandil, Marlon aparece siempre como el más golpeado, pero lo distingue con afecto cuando a Marlon se le ocurre llamarlo Toldo.

“(...) Qué boludez es la de ese Marlon pelotudo, pero será posible que al Quilombo nuestro lo llame Mariano... y por qué no Mariano Betelú, así como lo estila el pobre de Magariños que aún al Asno lo denomina Jorge Di Paola. ¿No querés, Marlon, rendirte a la gracia de estos nombres por mí creados y lo único que sabes es repetir ‘el Rana’ hasta el cansancio cuando quieres llamar al Asno? (...) Marlon, Asnito y Flor de Quilombo: qué tal, Bianchotti, qué tal ese conocedor del archidrama y buzo de sus profundidades, qué tal las vacaciones con el triste Tirri en Bahía Blanca, supongo que tuvo la bondad de decirle verdades bastante crueles. Che, Marlon, pero resulta increíble, no puedes escribir ni siquiera una carta, si parecería que eres como aquel Papa que treinta años estuvo sentado sobre su trono y por fin emitió la Bula Non Possumus. Y, por favor, dímelo ¿por qué eres tan boludo? (...)”

“Marlon, ¿te recuerdas qué bien comiste en el ‘Sorrento’? 1) Langostinos 2) dulce de crema 3) mayonesa de aves 4) sopa de fideos 5) suprema de pollo. Tuve que pagar como 40 nacionales. Quilombo, ya sabes que la loca publica en ‘Swiat’ tu obra y que tus caricaturas fueron aceptadas por Preuves (...)”
“Como el Príncipe Bastardo forma parte del Comité de Redacción, la noticia es muy cierta, pero tú sabes: la vida muy perra. Saludos para Njemela y para Tati que son bastante bien y en general mando saludos. No me llames Vito, Quilombo, más me gusta Toldo (lo inventó Marlon).(...)”
A pesar del maltrato fingido y afectuoso que recibe de Gombrowicz Marlon lo trata con admiración en el testimonio que escribe para “Eco Contemporáneo”..

“Desde hace tres tardes está con nosotros aquí en Tandil, en la mesa del café, un tipo que no tiene nada que ver con nada: se llama Witold Gombrowicz y es polaco (...) No le perdonan que entrara a la exposición de nuestro amigo Pereyra rengueando con una mueca de dolor y apoyado en el hombro de Flor, y que a la media hora se olvidara del papel y se paseara alegremente entre los invitados y los cuadros: –Viejo, ¿no estarás reblandecido?; –Nadie lo sabe, Marlon, ni yo que soy Gombrowicz (...) ¿Sabían los que estuvieron en aquellos tus gestos absurdos, tus parodias, tus falsificaciones a la forma, qué es lo que realmente hacías? ¿Sabían que aquel Gombrowicz, en una tarde de septiembre en el Querandí contando mágicamente a dos lindas lolitas cómo había ganado, bailando el chachachá, catorce simultáneas de ajedrez, era este Gombrowicz que hoy se va en el Federico Costa, y que ellas asistían a uno de los experimentos más inquietantes, más profundos y más novedosos de toda la literatura? (...)”


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