sábado, 30 de mayo de 2009

WITOLD GOMBROWICZ Y ROGER PLA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y ROGER PLA


“Y eso me recuerda a Pla en la Diagonal Norte haciéndome reproches llenos de cólera a causa de los elementos de estúpido sentimentalismo de mi discurso. Pero yo, aún dándole la razón de todo corazón, es decir, sufriendo con él, sabía hasta que punto era inevitable. Vivimos períodos en que nuestra personalidad se desdobla. Entonces una mitad de nosotros mismos se burla de la otra, pues el objetivo y la vía que la vida ha escogido son diferentes”
Roger Pla conoce a Gombrowicz en la época de su prehistoria argentina, el año en el que le roban el reloj de oro, el año en el que vive en un conventillo de la calle Corrientes, el año en el que los Furstemberg organizan una colecta para que no se muera de hambre.

Roger Pla participó activamente en la guerra que estalló en la Argentina cuando se publicó “Ferdydurke”.
“La más ambivalente de las críticas resulta la que hizo Roger Pla en la revista ‘Expresión’. Muestra buen conocimiento y le dedica un largo estudio a las cuestiones filosóficas del libro –a veces reconocemos ecos de las charlas con Gombrowicz en esas explicaciones–, pero no se deja llevar por el entusiasmo; se queja por la falta de elementos constructivos en la novela, el personaje de Gombrowicz existe entre ruinas, cuando le convendría tener alguna forma. El nihilismo del libro, afirma Pla, ‘deja insatisfecho al lector, y digámoslo francamente, lo deja divertido, pero fastidiado’. Sin embargo, es la crítica que provoca una gran impresión por la longitud del texto, y además por su ímpetu interpretativo”

Roger Pla también participó activamente en la batalla que libró Gombrowicz en la conferencia que dio contra los poetas.
“(...) la gente, en su mayoría jóvenes, empezaron a hacerle preguntas a Gombrowicz; él respondía con vivacidad. Todos estaban muy animados. Alguien se levantó y empezó a insultar. Algunos chiflaban. Gombrowicz estaba en su salsa, se sentía muy bien, adoraba el clima polémico (...)”
“Cuando empezó a hablar se hizo silencio. Gombrowicz entonces sacó del bolsillo un reloj y declaró: –Sé que entre el público hay por lo menos unos veinte poetas... Les doy un minuto para la réplica. Se levantó Córdova Iturburu, y tras él muchos más pidieron hablar (...)”

“Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz se declaró rey de los poetas. El marido de Wally Zenner, radical de Forja, tembló de indignación y estuvo a punto de proceder (...)”
“Los amigos del conferenciante estaban desorientados por el ataque a la poesía, no era de esperar que este artista pudiera atacar el arte en tal forma, no sabían que un artista, con una sinceridad que lindaba casi con la ingenuidad, podía decir que el arte lo aburre. La charla provocó muchas protestas, de Adolfo de Obieta, de Graziella Peyrou y de Roger Pla”
Gombrowicz anotó en sus apuntes: “(...) más bien un fracaso (...) Adolfo criticó fuertemente la charla (...) Graziella y Pla muy críticos (...) A la última charla, el jueves 4 de septiembre, asistieron quince personas (=22.50 pesos) (...) Liquidación”

Los poetas, sus partidarios y sus acólitos representaban para Gombrowicz la típica conciencia adaptada, son unos obsesos que aprovechan para alimentar su pasión artificial cierto estado de cosas artificial que tiene un origen histórico.
“En una pequeña mesa, unos diez poetas gritan enzarzados en una discusión acalorada. Pero este café tiene una acústica fatal y además a esta hora está lleno de gente, no se oye nada. Así que dije: '¿No sería mejor cambiar de café?', pero mis palabras se perdieron en el tumulto general. De modo que les grité otra vez, y otra más, y seguí gritándoles a los oídos de mis vecinos, hasta que por fin me di cuenta de que ellos probablemente estaban gritando lo mismo que yo, pero nadie oía a nadie. Gente extraña los poetas. Se reúnen cada semana en un local pero no llegan a ponerse de acuerdo para cambiar de sitio”

Fue quizás este absurdo el que le tomó la mano para escribir el ensayo “Contra los poetas”, en el que les propone un cambio de actitud, de tono y de forma, so pena de quedarse sin salvación. Halina Nowinska nos dice sin embargo que una tarde Gombrowicz le había recitado de memoria y en ruso las primera estrofas de “Eugenio Oneguin”. Y Roger Pla recuerda que una noche, a las dos de la mañana, se le puso a recitar versos en polaco en un banco de la Plaza Congreso; para Pla era música, después escribió que aunque se burlaba de los poetas, él mismo era un poeta. Arrillaga, un comunista español, me presentó a Gombrowicz en el año 1956, en el café Rex: –Aquí tiene usted un gran jugador de ajedrez y a un escritor polaco; –Escritor no, poeta, con permiso le voy a recitar mi último poema: –Chip, chip, me decía la chiva/ mientras yo imitaba al viejo rico/ Oh rey de Inglaterra viva/ El nombre de tu esposa Federico.

“Contra los poetas” es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. A parte de la alteración que se produjo en el público presente y del bastonazo que le quiso pegar el viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la prensa.
Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que le había puesto a la poesía en la conferencia que había dado fueran a ser enriquecidos por los periodistas. Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien hecho, no se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos, su idea era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico.

El discurso al que se refiere Gombrowicz en su paseo con Roger Pla por la avenida Diagonal Norte lo había dado en la casa de Antonio Berni, una charla sobre el por qué y el cómo Europa había sentido el deseo del salvajismo, y cómo esta inclinación enfermiza del espíritu europeo podía aprovecharse para la revisión de la cultura demasiado alejada de sus propias bases.
Eran los tiempos de su prehistoria argentina, debería correr todavía mucha agua bajo el puente para que Cecilia Benedit de Debenedetti, “esa dama que había resultado ser un báculo de virtudes y un calor de encantos, a pesar de la neurastenia que la perseguía”, le abriera paso a la resurrección de Gombrowicz apoyando la edición argentina de “Ferdydurke”.

Dos meses después del derrumbe que había sufrido en la casa de Berni, se anima a dar otra conferencia. Decidió rehabilitarse de su fracaso anterior e insistió con el tema: “Regresión cultural en la Europa menos conocida”, la dio en el Teatro del Pueblo. Le adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor y nata de la intelligentsia de Buenos Aires, en vista de lo cual decidió preparar un texto del más alto nivel intelectual. Otra vez planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que había invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar los fundamentos de la cultura. Leyó el texto, lo aplaudieron y muy contento volvió al palco reservado para él donde se encontró con una joven bailarina y admiradora, muy escotada y con unos collares de monedas.

Cuando estaba por retirarse con la bailarina observa que alguien se sube al estrado y empieza a vociferar, lo único que puede distinguir con claridad es la palabra Polonia, la excitación y los aplausos. Acto seguido sube otra persona, pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a chillar. Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su conferencia hubiera despertado tanta animación. Pero, de repente, los miembros de la Legación de Polonia abandonan la sala, parece que algo andaba mal. Un escándalo, resulta que la conferencia fue aprovechada por los comunistas allí presentes para atacar a Polonia. La elite intelectual argentina era medio comunistoide y no exactamente la flor y nata de la intelligentsia argentina, de modo que su ataque a la Polonia fascista no se distinguió precisamente por su buen gusto.

Al día siguiente Gombrowicz fue a la legación donde lo recibieron en forma fría, como si fuera un traidor. En vano les explicó que el director del teatro, el señor Leónidas Barletta, no le había informado que era costumbre en el Teatro del Pueblo seguir las conferencias con un debate y que, por otra parte, no podía considerar como comunista a ese señor pues él mismo se hacía pasar por un ciudadano honrado, ilustrado, progresista, adversario de los imperialistas y amigo del pueblo. Pero lo peor fue lo de la bailarina: su colorete, sus polvos, su escote pronunciado y el collar de monedas lo hicieron aparecer como un cínico en un momento dramático. Hasta la prensa polaca de Estados Unidos se puso verde. Hubiese soportado todo ese torbellino demencial de sospechas y acusaciones si no hubiera sido por el presidente de la Unión de los Polacos en la Argentina.

Ese señor había escrito un artículo que le hizo perder el escaso contacto que le quedaba con la realidad. En efecto, a pesar de todo el escándalo que se había armado sólo le recriminó que en la conferencia no hubiera hecho la más mínima mención acerca de la enseñanza que se impartía en Polonia.
Roger Pla tiene palabras muy amables para referirse a Gombrowicz en el testimonio que le da a La Vaca Sagrada.
“Lo que resultaba atractivo de él –aparte de su inteligencia y su modo de expresarse– era su original personalidad. No era un héroe físico, sino un héroe mental (...) En él se percibía una individualidad fuera de serie y, además, –¿por qué no decirlo?– que era un genio. A mi parecer, es uno de los más grandes entre los últimos individualistas, probablemente sin posible sucesor”





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