viernes, 29 de mayo de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y EL CASTILLO DE WAWEL

Castillo Real de Wawel.jpg

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y EL CASTILLO DE WAWEL

Después de contarnos una historia de vacaciones lejos de su casa familiar, llena de misterios, de asesinatos, de masturbaciones, de locuras y de un amor enfermizo, termina la narración en medio de una lluvia torrencial caída milagrosamente del cielo, y la cierra comiendo pollo relleno con sus padres.
No podía consagrar por mucho tiempo ninguna situación dramática, tampoco podía presentarse a los lectores como un hombre trágico, y las bromas no eran solamente literarias, ocupaban también un lugar destacado en su vida corriente.
Gombrowicz pertenecía a esa clase de personas a las que no le gusta moverse demasiado. Fue por primera vez a Cracovia cuando ya tenía el manuscrito de “Ferdydurke” casi terminado.

Tenía una vaga necesidad de confrontarse en Wawel con el pasado polaco debido a la congoja que le producían el rearme de Alemania y la angustia de Europa. En Wawel se encuentra el Castillo Real donde se coronaban los reyes polacos y la catedral con el panteón nacional, sepulcro de reyes, héroes y grandes vates de la época del romanticismo, es el lugar histórico más importante de Polonia.
Pero Gombrowicz no estaba haciendo un peregrinaje a esa ciudad legendaria en la que vivía un dragón en una cueva situada al pie de la colina, sino una visita de control. Ya sabemos que no tenía una buena predisposición para la admiración, vimos con qué prudencia despectiva se había comportado en París, reconocía la belleza noble de Wawel pero...

Entró al castillo y comenzó esa peregrinación eterna de una sala a otra, siempre igual en todos los castillos y en todos los museos. Un cicerone trataba de explicarles a dos industriales belgas en un francés defectuoso el origen de los tapices de Arras. Como Gombrowicz había soplado algunas palabras el cicerone le pidió ayuda, pero enseguida le entraron las dudas: –¿Por qué dijo usted un hermoso tapiz de Arras y no la obra maestra?; –Quieren saber si los tapices son belgas; –¡Dígales que Bélgica no existía en aquella época! Gombrowicz traducía pero su compatriota estaba cada vez menos satisfecho: –¿Qué son esas risitas?; –Estábamos bromeando porque este techo les hace recordar a no sé qué tablas de planificación de la empresa en la que trabajan; –Le agradezco su ayuda pero, basta, veo que usted no es una persona seria.

La veneración polaca por Wawel funcionaba más o menos bien entre polacos, pero cuando había extranjeros se tornaba vergonzosa, hasta cómica se podría decir, pues se tropezaba a cada instante con los italianos que la habían construido, pintado y esculpido, todo ese esplendor demostraba que casi mil años atrás las artes plásticas polacas estaban en pañales. ¿De qué presumir entonces? Gombrowicz sintió la obligación de comportarse como un ciudadano del mundo y controlar esa admiración polaca por Wawel, pero como su actitud respecto a Polonia todavía no estaba elaborada se descargó burlándose y provocando a ese lugar sagrado en un folletín que inmediatamente fue atacado por los nacionalistas. No era para menos, estaba comparando su peregrinación con la que había hecho Zeromski cuarenta años atrás, a la que el vate romántico había descripto en sus diarios como el minuto maravilloso de la vida sólo equiparable al de la primera comunión.

Para combatir la sacralidad de la belleza de Wawel con un ojo italiano Gombrowicz se vale de un recurso extraño. En el comienzo de sus diarios hay dos cosas que llaman la atención: los cuatro yo que mete en la primera página y una frase de los diarios del yerno de Mussolini que mete en la segunda.
“Cracovia. Estatuas y palacios que a ellos le parecen magníficos y que para nosotros, los italianos, no tienen mayor valor. Galeazzo Ciano”
Y ya que Gombrowicz no había ido a Wawel en santa peregrinación sino para efectuar una visita control es oportuno recordar que la función más importante de la policía es el control, y sobre la policía, el control y la homosexualidad Gombrowicz escribe una página memorable en los diarios.

“La confección de estos recuerdos ha estado influida por el hecho de que la policía de Buenos Aires ha llevado a cabo una gran purga en el Corydonismo local. Han sido arrestadas centenares de personas (...)”
“¿Pero qué puede hacer la policía contra una enfermedad? ¿Es capaz de arrestar un cáncer? ¿O multar el tifus? Sería mejor, pues, descubrir al sutil bacilo de la enfermedad que sofocar los síntomas. Pero, ¿quién está enfermo? ¿Acaso sólo los enfermos? ¿O también los sanos? (...)”
“No comparto la estrechez mental que no ve en ello más que un degeneración sexual. Degeneración, sí, pero que tiene su origen en el hecho de que las cuestiones de la edad y de la belleza no son suficientemente transparentes y libres en la gente normal. Es una de nuestras debilidades e impotencias más graves (...)”

“¿No sentís que en este campo también vuestra salud se vuelve histérica? Estáis encorsetados, amordazados: sois incapaces de confesar (...)”
“Por eso quiero hablar. Pero tengo que puntualizar algo sobre lo que estoy diciendo: nada de esto es categórico.. Todo es hipotético... Todo depende –¿por qué iba a ocultarlo?– del efecto que vaya a producir (...)”
“Es el rasgo que caracteriza a toda mi producción literaria. Intento diferentes papeles. Adopto diferentes posturas. Doy a mis experiencias diferentes sentidos, y si uno de estos sentidos es aceptado por la gente, me establezco en él (...)”
“Es lo que hay de juvenil en mí. Placet experiri, como solía decir Castorp. Pero supongo que es la única manera de imponer la idea de que el sentido de una vida, de una actividad, se determina entre un hombre y los demás (...)”

“No sólo yo me doy un sentido. También lo hacen los demás. Del encuentro de estas dos interpretaciones surge un tercer sentido, aquel que me define”
Gombrowicz estaba preocupado porque su prontuario en la Policía Federal estaba un poco sucio con estas cosas del Corydonismo, así que le pidió ayuda al Esperpento a ver si conocía a alguien que se lo pudiese limpiar.
Ya se sabe que los argentinos somos medio fanfarrones al momento de hablar de las medidas: cuando se habla de longitud, la más larga del mundo la tenemos nosotros por la calle Rivadavia; cuando se habla de anchura, la ancha del mundo la tenemos nosotros por la avenida 9 de Julio; y cuando se habla de la policía, la mejor del mundo la tenemos nosotros por la Policía Federal.

El Esperpento concertó una reunión con un comisario que era miembro de su familia en un café cercano al Departamento Central de la Policía Federal. Las cosa iban más o menos bien hasta que Gombrowicz, para hacerse el simpático, empezó a canturrear en voz baja: –La mejor del mundo... la mejor del mundo...
El comisario le contó después al Esperpento que Gombrowicz le había parecido una persona poco seria, así que no había hecho nada por él.


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