domingo, 31 de mayo de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y LUIS GREGORICH

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LUIS GREGORICH

“En 1962 yo dirigía la redacción del ‘Diccionario de la Literatura Universal’ cuyos originales se preparaban integramente en Buenos Aires. Le pedí a Gombrowicz su colaboración para la parte polaca. No quería redactar los textos, sólo los supervisaba. Sé que había una ficha sobre ‘Ferdydurke’ escrita por Luis Gregorich, el secretario de redacción del diccionario. Gombrowicz trabajó con nosotros de 1962 a abril de 1963, cuando dejó la Argentina. En realidad no trabajaba nada, venía sobre todo a charlar. Cobró tres mil pesos, pero hay que multiplicarlos al menos por cinco”
Gombrowicz entra entonces en el mundo de los diccionarios de la mano de Luis Gregorich, pero Gombrowicz, tanto como Sócrates, le tenía una cierta desconfianza a la palabra escrita, y mucho más si se trataba de documentos o de diccionarios.

Esta desconfianza, sin embargo, no era tan drástica como podría suponerse, al punto que la primera obra literaria de su vida fue la monografía “illustrissimae familiae Gombrovici”. La conservó en estado de manuscrito, y aunque no contenía nada de especial pues los Gombrowicz eran tan solo miembros de una pequeña nobleza, se pavoneaba con cada detalle referente a los bienes, funciones y vínculos familiares, y disfrutaba de esta manía.
“Yo era, como ya he dicho, de origen noble, terrateniente, y ésa es una herencia poderosa y trágica. La primera obra que escribí, a los dieciocho años, era la historia de mi familia elaborada a partir de nuestros documentos, que abarcaban cuatro siglos de bienestar en Zemaitija (...)”

“Un terrateniente, da igual que sea un noble polaco o un granjero americano, siempre tendrá una actitud de desconfianza hacia la cultura, puesto que su alejamiento de las grandes aglomeraciones lo vuelve impermeable a los conflictos y a los productos interhumanos. Y tendrá una naturaleza de señor. Exigirá que la cultura sea para él y no él para la cultura; todo aquello que sea humilde servicio, entrega y sacrificio le resultará sospechoso. ¿Quién, de aquellos señores polacos que se hacían traer antaño los cuadros de Italia, habría tenido la idea de postrarse ante una obra maestra que había colgado de la pared? Ninguno. Trataban de una manera señorial tanto a las obras como a los maestros. Pues bien, yo, aunque traidor y escarnecedor de mi esfera, pertenecía a ella a pesar de todo, y como seguramente ya he dicho, muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor depravación de la nobleza, el siglo XVIII (...)”

“Yo, que tenía un pie en el bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro en el intelecto y el la literatura de vanguardia, estaba entre dos mundos. Pero estar entre es también un buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte por encima de ellos”
El camino que siguen los grandes escritores después de muertos está compuesto de una mezcla de asuntos cuyas proporciones varían a medida que pasa el tiempo. Los ingredientes de esa mezcla son la propia obra del hombre de letras, los testimonios de los que lo conocieron, una gran variedad de documentos, los escritos de los que escriben sobre el muerto y los diccionarios.

A medida que pasan los años estos compuestos van perdiendo actividad, como víctimas de una entropía –esa función termodinámica que en el lenguaje de la ciencia es la parte no utilizable de la energía en un sistema cerrado– que los degrada, excepción hecha de los documentos que vendrían a ser a la literatura lo que al mundo físico es el calor, algo así como si la bibliofilia fuera una necrofilia..
Así como la física predice la muerte térmica del universo, pues el calor no puede devolverle a las otras formas de energía en la misma cantidad lo que recibe de ellas, la literatura podría predecir la muerte literaria de un autor cuando no quedan de él más que los documentos y las enciclopedias. El héroe de la primera novela de Sartre, “La Náusea”, es un intelectual francés desilusionado.

No tiene familia, ni amigos, ni trabajo a no ser la tarea que él mismo se ha impuesto de escribir una biografía de un aventurero del siglo XVIII, Monsieur de Robellon. Al promediar el libro, Roquentín, después de reunir una gran cantidad de documentos, abandona su intento de escribir la vida de Monsieur de Robellon.
Puesto que no puede recobrar su propio pasado –que sólo se le presenta en forma de imágenes desconectadas– se da cuenta que es claramente fútil tratar de revivir el pasado de otra persona.
“¿Por qué nadie se atreve a poner de manifiesto la falsa erudición científica y filosófica de los literatos que, depravados por la ciencia, trabajan con enciclopedias? Porque se descubriría que fingen ser más cultos de lo que son”

La relación que tenía Gombrowicz con los libros, con los bibliotecarios y con las bibliotecas no era del todo clara. Mientras Sastre termina tratando a los libros como si fueran sólo productos, Gombrowicz comienza a relacionarse con ellos desde un principio en forma despectiva. Y llega el momento en el que Gombrowicz les da el golpe final a los libros, a los bibliotecarios y a las bibliotecas.
Al bibliotecario de Royaumont le pregunta si el gobierno estaba tomando las medidas preventivas adecuadas para controlar un fenómeno catastrófico. El gobierno debía afrontar la llegada inminente del desbordamiento total, cuando las bibliotecas hicieran estallar las ciudades, cuando hubiera que entregarles no sólo los edificios, sino barrios enteros.

Cuando los libros y las obras de arte acumulados inundaran los campos y los bosques desbordándose de las ciudades llenas hasta reventar. La cantidad se iba convirtiendo rápidamente en calidad al mismo tiempo que la calidad se transformaba con la misma rapidez en cantidad, un fenómeno de velocidad creciente que anunciaba el Apocalipsis final.
Gregorich no compartía en absoluto la desconfianza que Gombrowicz tenía por la palabra escrita y terminó de redactar el gigantesco trabajo del “Diccionario de la Literatura Universal’. Del mismo modo que lo había hecho su jefe, Roger Pla, Gregorich también tuvo para Gombrowicz palabras amables en el testimonio que le dio a la Vaca Sagrada.

“Un hombre cansado, escéptico, nada generoso con la estupidez ajena, que no parecía confiar en el reconocimiento público de su obra y que, a través de simples miradas, medias palabras y observaciones triviales, dejaba percibir un resplandor interior, una inteligencia acerada que ninguna penuria había conseguido borrar. Eso es: creo que fue uno de los seres más agudos e inteligentes que conocí, aunque jamás sostuve con él una conversación importante”


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