martes, 26 de mayo de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y HONORÉ DE BALZAC

honore-de-balzac.jpg

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y HONORÉ DE BALZAC

Existen obras gigantescas por las dimensiones que alcanzan siendo la de Aristóteles, la de Hegel y la de Balzac casos paradigmáticos. Sin embargo, el mero tamaño de un trabajo no salva a nadie de los comentarios maliciosos.
En efecto, las opiniones sobre la calidad del pensamiento de Hegel, por ejemplo, están bastante divididas. Schopenhauer decía que era un charlatán; Stuart Mill era más drástico que Mill, clamaba a los cuatro vientos que el que se sentaba a conversar con Hegel se quedaba sin cerebro; el Asiriobabilónico Metafísico, bromeando con su amigo Dandy, chapuceaba que Hegel no sabía nada de nada y que era un bruto; y más recientemente un historiador de la filosofía dijo que el sistema de Hegel era tan imponente como el de Aristóteles y que no comprendía cómo había sido tan estúpido.

Algunos hombres de letras franceses y hasta el mismísimo Napoleón estaban deslumbrados con la aristocracia polaca, al punto que Honoré de Balzac se enamoró perdidamente de Evelina Hanska, una condesa polaca que se casó con el escritor el mismo año de su muerte.
“No habría sido de extrañar que yo escogiera a los Potocki y a los Radziwill como habían hecho Proust y Balzac. Pero, por otra parte, ya había notado ciertas pequeñas porquerías, que me dieron que pensar a mis catorce años... Por ejemplo... el hurgarse en la nariz. Sí, hurgarse en la nariz. Me percaté que la aristocracia practicaba este deporte con placer.. También reparé en que el hurgarse la nariz de mis muchachos campesinos era de algún modo inocente (...)”

“No producía ningún disgusto, mientras el mismo acto cometido por la mano de un Potocki o un Wielopolski resultaban ser terriblemente desagradable y repugnante. Ese inmenso descubrimiento empezó a orientarme hacia la izquierda. Pero a la vez me invadía una oleada de snobismo que perturbó durante largo tiempo mi desarrollo”
También es cierto que muchos polacos estaban deslumbrados con los franceses, pero éste no era el caso de Gombrowicz. La primera educación que tuvo Gombrowicz se la proporcionaron la madre y las institutrices francesas, y es posiblemente entonces cuando se le empieza a formar su doppelgänger francés, un ectoplasma en el que, como en el “Retrato de Dorian Gray”, va colocando el paso del tiempo, la pérdida de la juventud y la aparición de la vejez.

Éste es el origen de su fobia parisina, sabía que esta ciudad tocaba su parte más sensible, la edad, el problema de la edad, y su conflicto con París se debía a que era una ciudad que pasaba de los cuarenta.
Estas ponzoñas se le removieron cuando se fue de la Argentina y volvió a Europa. Recuerda entonces en el diario a sus institutrices francesas que en la infancia lo habían adiestrado en el idioma y la urbanidad y con las que empezó a rechazar a la lengua francesa y a París.
Emprende la conquista de esa ciudad declarándose antiparisino y lanzando un desafío similar al del personaje de Balzac: “Si voy allí, es en efecto para conquistar (...) en París tendré que ser enemigo de París”.

Treinta y siete años antes había emprendido su peregrinación a Francia, un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable.
Como polaco, como representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París. En París vio a Polonia desde afuera, desde el extranjero. Crecía en él un espíritu de resistencia frente a la propaganda y las inclinaciones patrióticas de los polacos que vivían en París e incitaban a pregonar a Polonia en el extranjero.

Pero en aquellos años no se sentía capaz de tomar una postura clara con respecto a la nación, cosa que ocurrió cuando se puso a escribir el “Transatlántico”. Las cosas empezaron a complicarse, no estudiaba, no pasaba los exámenes, ni se asomaba por el Instituto de Altos Estudios Internacionales. “Ni en París harán de un asno maíz”, decía el padre cuando le preguntaban por los progresos de Gombrowicz.
Su estada en París, y luego en las playas francesas, en los Pirineos orientales, era como un agujero negro, no recordaba casi nada. Suponía que algo corrupto había en ese período francés, no era normal que se le apareciera oculto como tras una cortina. Y otra vez la locura, presumía que en esa época estaba un poco trastornado, que la madre le había transmitido ciertas propensiones hereditarias. Mucho tiempo después, cerca de la muerte, el doppelgänger francés recuperaba la juventud y Gombrowicz se volvía viejo.

Uno de los colegas y amigo de Gombrowicz, Zbigniew Unilowski, era considerado en el medio literario de Polonia como el Balzac polaco por su empecinado realismo, cosa que lo ponía en la vereda de enfrente a la de Gombrowicz.
“En el período en que Unilowski apareció en el campo de la literatura, las tendencias progresistas se vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación de la literatura de la vida. Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo por desgracia una gran influencia sobre sus contemporáneos con sus escritos dominados por el infantilismo y el subconsciente. En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa (puesto que 'Ferdydurke' no significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles (...)”

“Unilowski deseaba mostrar el desarrollo y la maduración de un niño en un mundo severo y malo. Gombrowicz, deseaba todo lo contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida, las cuestiones sociales, a la época de la niñez, a la esfera de los reflejos subconscientes... Unilowski era un escritor que iba en la dirección opuesta a Gombrowicz y sus adeptos (...)”
El realismo de Balzac le ponía los pelos de punta a Gombrowicz al punto de referirse a él de una manera desconsiderada. La gordura es uno de los síntomas conspicuos de la fealdad, una sola cucharadita de grasa rancia de Balzac bastaba para volver indigesta toda su personalidad, sin embargo, había que ser indulgentes con su persona porque era un genio.

“Las mujeres que se acostaban con su genial gordura debieron saber algo de esa indulgencia, puesto que para meterse en la cama con el genio tuvieron que vencer en ellas más de una aversión (...) Es más fácil llegar a odiar a alguien por hurgarse la nariz que llegar a amarlo por haber compuesto una sinfonía”
No resulta tan fácil deducir la calidad de una obra de la contextura corporal del autor, pero Gombrowicz la deducía. Yo a veces me pongo a deducir la calidad de “Sobre héroes y tumbas”, y otras veces de “El tilo”, de los cuerpos del Pterodáctilo y del Pato Criollo respectivamente, pero no me sale nada. Entonces hago experimentos más cruciales aún, cruzo las obras con los cuerpos de los autores, pero tampoco en este caso me sale nada.

Honoré de Balzac fue el novelista francés más importante de la primera mitad del siglo XIX, y el principal representante, junto con Flaubert, de la llamada novela realista.
Trabajador infatigable, elaboró una obra monumental, la “Comedia humana”, ciclo coherente de varias decenas de novelas cuyo objetivo es describir de modo casi exhaustivo a la sociedad francesa de su tiempo.
Balzac creía que, así como los diferentes entornos y la herencia producen diversas especies de animales, las presiones sociales generan diferencias entre los seres humanos. Se propuso de este modo describir cada una de lo que llamaba “especies humanas”. La obra incluiría novelas, divididas en tres grupos principales: Estudios de costumbres, Estudios filosóficos y Estudios analíticos.

El primer grupo, que abarca la mayor parte de su obra escrita, se subdivide a su vez en seis escenas: privadas, provinciales, parisinas, militares, políticas y campesinas. Convierte en sublime la mediocridad de la vida, sacando a la luz las partes más sombrías de la sociedad. Confiere al usurero, la cortesana y el dandy la grandeza de héroes épicos.
El extremado realismo de Balzac pone su atención en las prosaicas exigencias de la vida cotidiana. Lejos de llevar vidas idealizadas, sus personajes permanecen obsesivamente atrapados en un mundo materialista de transacciones comerciales y crisis financieras. En la mayoría de los casos este tipo de asuntos constituyen el núcleo de su existencia, siendo la avaricia uno de sus temas predilectos.

Gombrowicz elige un camino completamente distinto al de Balzac. Los lectores de su obra no estaban acostumbrados a que se metieran en las narraciones con tantos grados de libertad, pero Gombrowicz sintió la necesidad de ponerle distancia al realismo, recurrió entonces a las transformaciones que, sin embargo, tienen una fuerte sujeción a la realidad.
Toda la actividad de Gombrowicz, literaria y existencial, se convirtió en un retirada del objeto hacia sí mismo, un objeto que se le volvía agresivo cuando lo esgrimían, en tal que objeto, los propios artistas. Someterse al objeto así nomás sin oponerle resistencia es una ingenuidad que tiene como destino el fracaso pues la realidad no se deja pescar tan fácilmente.

La deshumanización que el mismo Gombrowicz practica, especialmente en “Cosmos”, está acompañada siempre por una energía de signo contrario que impide que la realidad se desmorone y se ahogue en un formalismo irreal. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos.
Y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad. En “Cosmos” Gombrowicz descompone el mundo en elementos de la forma, pero también recrea la reacción del hombre frente a ese proceso de descomposición, de modo que es de nuevo el hombre y no la forma quien se halla en el centro de la obra.

Existen gombrowiczidas a los que les encanta ver a Gombrowicz como a un hombre que jugaba y espiaba las cosas a distancia. A esos gombrowiczidas que ponen el acento en su talante de jugador hay que decirles que Gombrowicz era un enemigo implacable de las quimeras y un defensor acérrimo de la realidad, aunque siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo, pues el realismo es una manera pesada e ingenua de ver la realidad.
También es cierto que Gombrowicz sabía que algunos de sus lectores veían en él a un jugador y le gustaba hacer determinados negocios con ellos.
“Pero tengo que puntualizar algo sobre lo que estoy diciendo: nada de esto es categórico. Todo es hipotético... Todo depende –¿por qué iba a ocultarlo?– del efecto que vaya a producir (...)”

“Es el rasgo que caracteriza a toda mi producción literaria. Intento diferentes papeles. Adopto diferentes posturas. Doy a mis experiencias diferentes sentidos, y si uno de estos sentidos es aceptado por la gente, me establezco en él.
Es lo que hay de juvenil en mí. Placet experiri, como solía decir Castorp. Pero supongo que es la única manera de imponer la idea de que el sentido de una vida, de una actividad, se determina entre un hombre y los demás. No sólo yo me doy un sentido. También lo hacen los demás. Del encuentro de estas dos interpretaciones surge un tercer sentido, aquel que me define”



"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada