jueves, 30 de junio de 2011

WITOLD GOMBROWICZ, LAS BOMBAS Y LOS HUEVOS

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ, LAS BOMBAS Y LOS HUEVOS



“Llegué aquí ayer a las cinco de la tarde llevando en la maleta varias decenas de páginas del bastante avanzado ‘Cosmos’. El viaje fue un desastre. Últimamente no tengo suerte con los viajes. En el tren, que ya estaba esperando en la estación Once, no hay asientos libres. Lo dejé partir y esperé el siguiente, de pie, porque los bancos estaban todos ocupados (...)”
“Mientras esperaba iba observando con inquietud la cada vez más densa afluencia de gente. Media hora más tarde llega el tren, completamente vacío, como nuevo, la multitud se anima, empuja, se introduce en los vagones; quedo atrapado en el medio del gentío, un asiento, ni soñarlo, ni siquiera voy de pie, sino suspendido. Arrancamos. Voy a la casa de Alicia y de Silvio Giangrande (...)”

“Un tren hasta Morón y desde allí un autobús hasta Hurlingham. ¿Por qué toda esa gente no es capaz de percatarse del hecho fundamental: que mientras duran las miradas y las discusiones sobre el imperialismo, la cantidad de gente no para de aumentar? ¿Qué diablo cargado de mala intención les impide a todos ellos darse cuenta de la existencia de la cantidad? (...)”
“Decid, ¿de qué os servirían unos sistemas políticos y económicos más justos y un reparto de los recursos más equitativo si mientras tanto la vecina se multiplica por doce? También el cretino le hace seis hijos a la parienta, y en el primer piso dos se convierten en ocho. Sin contar los negros, los asiáticos, los malayos, los árabes, los turcos y los chinos. Y los indios (....)”

“¿Qué son todas las discusiones vuestras sobre el imperialismo si no la palabrería de un idiota que ignora la dinámica de sus propios genitales? ¿Qué son si no el cacareo de una gallina sentada sobre la más terrible de las bombas, sus huevos? El tren se adentra poco a poco en la estación de Morón y, extraído de esa prensa humana, me alejo en el espacio. Me dirijo a la plaza de Morón (...)”
“Cada vez que vuelvo aquí, voy en peregrinación a la plaza para echar una mirada a mi remoto pasado del año mil novecientos cuarenta y dos. Pero ya no existe la pizzería donde solía tener conversaciones con los contertulios. Tampoco existe el café donde jugué una memorable partida de ajedrez bailando boogie-woogie con el campeón de Morón (...)”

“Los dos bailábamos y bailando nos acercábamos al tablero de ajedrez para cada nuevo movimiento. En la estación de autobuses me pongo en la cola. ¡Qué abundancia! Me siento millonario otra vez, todo se me multiplica por miles y por millones. El autobús se detiene. Es aquí donde tengo que apearme. Me apeo. Estoy en la carretera con mi pequeña maleta... ¿Quién no conoce esto? (...)”
“La carretera es larga, los coches pasan con un silbido, me alejo por un camino de tierra, vientecillo, árboles, distancia, silencio... El aburrimiento de la naturaleza que enseña los dientes tontamente como un perro. La vaca de mi destino rumia. Los espacios están escaqueados”. Este viaje Gombrowicz lo hace en el año 1961, una época signada por la ciencia:

Su lectura del ‘Panorama de las ideas contemporáneas’ de Gaëtan Picon, la diatriba contra los científicos, el encuentro en el café la Fragata con Ernest Mach... Es también el año en que Gombrowicz empieza a escribir “Cosmos”, una obra nacida de sus relaciones especiales con la ciencia. La ciencia ordena el caos reduciendo las grandes cantidades a pequeñas fórmulas.
Gombrowicz intenta ordenar el caos de otra manera, aunque también para él la cantidad es la representante del caos. Entre los recuerdos de sus miserias argentinas, incluidos los días que pasó entre rejas, el que permanecía en Gombrowicz como un símbolo misterioso era el de Morón. A Morón lo convirtió también en un enigma en las noches del café Rex con una oración que recitaba en forma maniática.

“Existe un cura en Buenos Aires que nunca ha estado en Morón”. Algunos pensaban que era una extravagancia de Gombrowicz y otros creían que esa frase encerraba un misterio. Gombrowicz fue a parar a Morón cuando el dueño del hotel de la calle Tacuarí donde vivía lo empezó a zamarrear para que le pagase los seis meses de alquiler que le debía.
Una noche, mientras su vecino de pensión le pasaba las valijas por la ventana, se largó sigilosamente. Ya en un café, después de la huida del hotel y con las valijas a cuestas, meditaba en su triste destino: –¿Usted aquí? En forma providencial se le acercó Taworski, un periodista polaco: –Mire, ahora tengo unos socios capitalistas, y hemos alquilado un chalet.

Un lindo chalet en los alrededores de Buenos Aires, en Morón, para montar un taller de tejidos. Gombrowicz se fue entonces a vivir a Morón. El chalet era grande y lindo pero estaba casi vacío, Gombrowicz dormía en el suelo acostado sobre un montón de diarios, además de estas penurias, todos los días de noche recibían la visita de unos borrachos agresivos ex socios de Taworski con los que tenía algunas deudas importantes.
Los borrachos se robaban las pocas cosas que quedaban en esa casa semivacía. “Y aquellas visitas nocturnas, crueles y alcohólicas, así como nuestra impotencia para defendernos, tomaron para mí, una vez más, el aspecto de un símbolo tan patético como misterioso”. Gombrowicz pasaba miserias a lo grande, como si estuviera de vacaciones en un balneario de moda.

Gombrowicz se presentaba siempre por encima de las circunstancias y poniéndole buena cara al mal tiempo. “En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al billar y al ajedrez. Me bebía un litro de leche diario y me comía mi pan sentado en el suelo, sobre el pasto del chalet, mientras contemplaba la calle (...)”
“En la pizzería, un mozo al que le caía simpático, me daba un sandwich por veinte centavos, pero con una feta de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec. Y, en eso, he aquí que el suplemento literario de ‘La Nación’, un periódico muy popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada (...)”

“La gente empezó a darme muestras de una gran consideración”. Gombrowicz escribe en los diarios que era su propia catástrofe la que lo sostenía en ese caos, así como la catástrofe de Polonia y la catástrofe de Europa. Sin embargo había algo más, él era capaz de reírse a pesar de todas las desgracias, tirando de las barbas de Dios y tocándole la cola al diablo.
Cuando al final de su vida le preguntan si la holgura europea no le había llegado un poco tarde, Gombrowicz se acuerda de los polacos y de nosotros. “Evidentemente, para mí es un poco triste porque no sólo la edad, sino también la enfermedad, me impiden gozar de todas estas cosas. Pero yo he tenido siempre la sensación de que el arte no puede dar dividendos (...)”

“Un artista que se siente, ante todo, creador de una forma profunda o personal, no puede pretender además unos ingresos; por algo así más bien hay que pagar. Hay un arte por el cual se es pagado, y otro arte por el cual hay que pagar. Y se paga con la salud, con las comodidades, con la posición social. Naturalmente, no sé si soy un artista importante o no, pero de todas formas, en ese sentido, mi vida ha sido más bien ascética”.
Pasó seis meses en ese chalet que gradualmente era desvalijado pues Taworski, con una sentencia de prisión en suspenso, no se atrevía a protestar. Cuidaba a Gombrowicz como si fuera un hijo. Vivían casi exclusivamente a base de carne ahumada y de choclo, una comida que cocinaba Taworski una vez por semana. La vida de Gombrowicz en ese época no era nada fácil.

Sin embargo al mismo tiempo que en las fronteras de la miseria también actuaba en otro plano, en un nivel más elevado. Yo pasé algunas tardes en la “Piedra amorosa”, así se llamaba la casa que tenían los Giangrande en una quinta de Hurlingham. Alicia y Silvio eran buenos, cordiales y lo querían a Gombrowicz. En esa quinta en vez de disfrutar tuve que padecer el primer encuentro con los Giangrande.
Esto ocurrió gracias una broma que me gastó Gombrowicz. Desde muy joven la admiración había constituido para Gombrowicz un problema muy especial. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero por aquí entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros. Si alguien le preguntaba por qué renqueaba a veces respondía que lo hacía para compensar algún desbalance de la propia exposición.

Otras veces respondía que renqueaba porque le dolía mucho una pierna, y que era una verdadera lástima que la belleza de la pintura calmara mucho menos que una aspirina. Cuando Gombrowicz me presentó las esculturas metálicas de Silvio, el esposo de Alicia, me tendió una celada. Hizo todo lo posible para que yo no me pusiera en pose de admirador.
Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. Yo no supe a qué atenerme pues las esculturas no se diferenciaban gran cosa de esos artefactos, pero tenía mis sospechas. “A veces venía a tomar el té con su amigo Gómez. Me acuerdo un día en el que quiso oír unos discos. “Escuchaba religiosamente la música con Gómez (...)”

“En un momento dado, salí al jardín. Todavía era invierno y encontré una gran flor de magnolia que acababa de abrirse. Entré para decirle que viniera a ver lo bella que era. Witold me respondió sin moverse: –Le creo, Alicia. Y siguió escuchando la música”. Antes del viaje que hice con Gombrowicz a Piriápolis pasa unas vacaciones en la quinta de Alicia y Silvio Giangrande.
Llevaba en la valija varias decenas de páginas de “Cosmos”. Los intentos que hizo Alicia para ayudar a Gombrowicz, igual que tantos otros intentos, fueron vanos. A pesar de todos los infortunios que había padecido no ponía ninguna voluntad por aceptarlos. Lo zamarreaban en las pensiones cuando intentaba escaparse sin pagar, a veces llegaba desfallecido a la casa de algún polaco para que le dieran de comer.

Dormía sobre papeles de diario en una casa de Morón, recorría los suburbios para que los cadáveres le dieran de almorzar. El hambre, el frío y las chinches no le faltaron en los primeros años de vida en la Argentina. Grandes árboles, una casa blanca de una sola planta, y unos perros negros y greñudos que demostraban su afecto saltando sobre los invitados. Silvio había sido capitán de la marina de guerra italiana, y hablaba poco.
“Uno llega a un lugar, toma té, conversa, después abre la valija, dispone las cosas en la habitación de los invitados... ¿No es uno de los temas centrales de mi vida? Escuchar nuevos susurros, respirar aire extraño, penetrar en un sistema desconocido de sonidos, olores, luces”. Gombrowicz había ido a Hurlingham a descansar y a encontrarse consigo mismo para seguir con “Cosmos”.

Alicia era pintora y Silvio escultor, se habían convertido poco a poco en una pareja de plásticos. “Al hablar con ellos, su dedicación al arte en esa quinta y ese proyecto suyo tan mimado, me ha parecido próximo a la bancarrota; en lo que decían no había alegría, sino más bien amargura, decepción, en fin, esas muestras de desencanto con que ahora me encuentro continuamente en el mundo de la pintura”
En las artes plásticas se ha impuesto una manera de ver y de recrear que hace que una persona del todo mediocre pueda llegar a crear una obra nada mala. Gombrowicz estaba complacido con la decadencia de ese arte impuro que siempre había estado ligado al instinto de posesión y al comercio, más que al placer estético. Poco a poco se fue dando cuenta que Helena, la sirvienta de la casa, no se comportaba de modo normal.

Era aplicada y amable, pero... Alicia le cuenta que es paranoica, que el diagnóstico se lo había hecho el psiquiatra. “A veces tiene ataques, y me hace escenas, pero después se le pasa. Lo peor es que, como dice el médico, es peligrosa, en el momento menos pensado puede tener una crisis de verdad y agarrar un cuchillo... ¿Y no tenéis miedo de estar con ella? Cio pasa mucho tiempo fuera de casa y usted está sola (...)”
“¿Y qué podemos hacer? ¿Despedirla? ¿Quién empleará a una loca? ¿Y su hija? ¿Qué hacer con la niña? ¿Enviar a Helena al hospital? No está lo bastante loca, sería inhumano encerrar en un manicomio a una persona como ella... Además los manicomios están repletos, son un verdadero infierno”. Había dos asuntos que Gombrowicz distinguía muy especialmente en sus rituales.

En su rituales más señalados distinguía frecuentemente el placer que le proporcionaba la comida y el miedo a ser asesinado. Comía con buen apetito, de una manera disciplinada y ceremoniosa y se negaba sistemáticamente a compartir su habitación con nadie por temor a que lo estrangularan. Esta aprensión la usó como argumento para escaparse de algunas casas después de haber pasado unos días de vacaciones en ellas.
No existe manía de Gombrowicz de la vida de todos los días que no aparezca en sus creaciones. El asesinato toma las formas de la antropofagia en el cuerpo de un niño al que unos aristócratas varsovianos se manducan en un almuerzo, de la estrangulación de animales y de personas y, en fin, de todo tipo de muertes como en las obras de Shakespeare.

Mientras toma una decisión sobre qué hacer con la locura de la sirvienta sigue meditando en aquella casa; a su juicio el hombre nunca se ha planteado suficientemente el problema de la cantidad. No es lo mismo ser un hombre entre mil millones que entre doscientos mil. No es lo mismo ser un hombre de la época de Demócrito que un hombre de la época de Brahms.
“Vive en nosotros la conciencia del hombre único del tiempo de Adán. Nuestra filosofía actual es la filosofía de los Adanes. Nuestro arte es el arte de los Adanes”. La expresión debería estar separada entre la fase ascendente de la juventud y la fase descendente de la vejez. La expresión también debería identificar a qué cantidad de hombres expresa, a uno a un millón.

La épica, la sociología y la psicología a veces expresan al rebaño humano, pero desde el exterior, como a cualquier otro rebaño. No es suficiente que Homero o Zola se ocupen de la masa ni que Marx la analice, esas voces deberían tener algo que nos permita saber si pertenecen a un mundo de miles o de millones, deberían estar saturadas de la cantidad hasta la médula.
Estas reflexiones sobre la cantidad las hace a propósito de la sirvienta Helena, si él no se apiada de ella quién se va a apiadar. Pero no es la piedad de una sola persona, también la piedad se ha multiplicado, sólo en Buenos Aires debe haber en ese momento una cien mil almas apiadándose de alguien. Y la piedad en grandes cantidades le produce risa, una risa tan particular y tan tremendamente humana.

Quiere comprobar si este problema es real, pero no tiene tiempo, debe escaparse de Hurlingham, que otros centenares de miles de cabezas se ocupen de esto, él tenía miedo de ser asesinado. “Me levanto. Salgo. Anochece, y desde el camino se ve, levantándose en el horizonte, una niebla blanquecina, eléctrica, casi imperceptible, pero molesta, confusa, como venida de la irrealidad (...)”
“Un hecho terrible que me agobia... y me aplasta...”. Después de ese viaje a Hurlingham en el que Gombrowicz es asaltado por la cantidad, “Cosmos” empieza a galopar. En agosto de 1963 Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido en febrero de ese mismo año al enterarse que la Fundación Ford lo invitaba a pasar un año en Berlín.

En mayo, recién llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades para terminarlo. En septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas que le resultaban muy difíciles y que no le aparecía claro el título, dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación. En octubre nos confiesa que la obra lo había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla.
El final era bravísimo y ensayaba nuevos métodos y concepciones. En diciembre nos cuenta que le faltaban tres páginas para terminar “Cosmos” pero que no sabía como hacerlo y que a lo mejor lo dejaba sin terminar. En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había terminado. A Gombrowicz no le gustaba dar datos sobre su obra y mucho menos cuando la estaba escribiendo.

Tampoco le gustaba dar detalles sobre su vida privada, basta recordar la infinidad de versiones que nos dio acerca del origen de la palabra “Ferdydurke” y de las variantes incalculables que utilizó para explicarnos por qué se había bajado del barco y no había regresado a Polonia. Por esta razón es que no nos informaba qué parte de la historia no tenía resuelta cuando le faltaban cuarenta páginas para terminar la obra.
Sin embargo por esa cantidad de páginas faltantes yo calculo que todavía no había decidido hacerlo masturbar a Leon en la montaña, ahorcar a Ludwik con su propio cinturón ni desencadenar el diluvio final que se parece bastante a dejar sin terminar la historia. Pero no hay que extrañarse de sus historias sin terminar, las cuatro novelas de Gombrowicz terminan en huidas.

En “Ferdydurke”, huye con la prima; en “Transatlántico”, con el bumbam; en “Pornografía”, con la sonrisa de los jóvenes; y en “Cosmos”, con el diluvio y el pollo relleno. Si bien la masturbación de Leon, el ahorcamiento de Ludwik y el diluvio son elementos verdaderamente dramáticos del final de “Cosmos” todavía podemos imaginarnos que Gombrowicz podía haberlos cambiado por otros.
Sin embargo, hay un momento de las obras en el que ya han aparecido las escenas claves, las metáforas fundamentales y los símbolos que apuntan en una dirección determinada y no se pueden cambiar por otros. Del caos inicial, por una acumulación de forma, se pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes que el proceso de control ya no puede eliminar, y de lo ya creado se creará el resto.

Ese momento es para “Cosmos” la integración del sistema con las dos bocas y los tres elementos colgantes: el gorrión el palito y el gato. Los lectores están habituados a las formas literarias tradicionales que han sido probadas muchas veces a lo largo del tiempo. En “Ferdydurke” Gombrowicz utiliza el estilo del cuento filosófico a la manera volteriana. En “Transatlántico”, el del relato antiguo y estereotipado.
En “Pornografía”, el de la novela rural polaca; y en “Cosmos”, el de la novela policial. Parodia estos estilos, utiliza las formas antiguas y legibles para salirse de ellas y juntarlas con las concepciones modernas del mundo. El género policial es el que tiene más relaciones con la lógica, es decir, con la filosofía, y también con la ciencia, especialmente con la matemática

A pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a la razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe.
La realidad va introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad. Este viaje que acabamos de hacer por la reproducción, las bombas, los huevos, la dinámica de los genitales, la cantidad y la locura lo hicimos por caminos argentinos, en trenes, en autobuses, en casas, en cafés, en pensiones, en quintas argentinos.

Debe haber algo que quedó allá en Polonia e hizo posible en parte todo esto. “Me pareció como alguien distinto de mis compañeros escolares. Tenía venillas azules sobre las sienes, frente alta y blanca, ojos de un marrón claro y cabellos rubios. Nariz recta, labios rojos, levemente entreabiertos. Aparte de sus orejas algo grandes, hubiera podido parecer una niña (...)”
“No pronunciaba las ‘r’, por lo que experimenté hacia él una especie de fraternidad en la deficiencia. No fundaba grandes esperanzas en “Ferdydurke”, una novela que concebía más como un arreglo de cuentos que como el ‘opus magnum’ que lo haría entrar en el Panteón”. Este aspecto de deficiencia que menciona Tadeusz Kepinski contrasta con el casi de suficiencia de Tadeusz Breza.

“Era en 1930. Me hallaba en Zakopane. Me alojé en una pensión que se llamaba ‘Mirabela’. No se bebía en ‘Mirabela’. Nos bastaba la juventud. Reíamos, nos divertíamos, teníamos crisis de una risa loca. ¡Todos! Con la excepción de un raro joven Witold Gombrowicz. Amable, pero bastante rígido. No compartía nuestras discusiones. No jugaba a los naipes (...)”
“Nosotros llevábamos ropas de ski, Gombrowicz iba vestido de cazador: botitas, knickers, sombrerito con una pluma. Lo veíamos a menudo en el hall, tratando de ganarles al ajedrez a los mejores jugadores de Zakopane. No sonreía nunca, pero no parecía siniestro. Sus labios quedaban fijos en una especie de mueca distinguida y más bien artificial (...)”

“Algunos de nosotros nos burlábamos de su modo de caminar. Llevaba la cabeza delicadamente hacia atrás, girándola lentamente de izquierda a derecha como si husmeara algo. Hanka Bal decía que parecía oler los ramilletes que llevaban tras él”. El modo de ver a Gombrowicz de Bruno Schulze era en cambio esplendoroso y mucho más que suficiente.
“Estos últimos días están marcados por la lectura del libro de Gombrowicz. Me hizo una impresión fulminante, estremecedora. Inútil tratar de ponerlo en una u otra categoría. Es una obra de gran envergadura, llena de nuevas perspectivas. Una verdadera revelación. Aquí se revela el grosero mecanismo de nuestros ideales, fundados en las figuras de la metáfora y una imitación vulgar de formas lingüísticas (...)”

“Gombrowicz es el maestro de esa maquinaria psíquica, ridícula y caricaturesca, que sabe llevar a cortocircuitos violentos, a explosiones magníficas en una rara condensación grotesca”. Después de la publicación de su primera obra, “Memorias del tiempo de la inmadurez”, Gombrowicz supo que tenía que pasarle por encima a la crítica literaria.
“Tengo que fabricar el Gombrowicz pensador y el Gombrowicz genio, el Gombrowicz demonólogo de la cultura y muchos otros Gombrowicz indispensables”. Witold Gombrowicz escribió “El diario privado de Jerónimo Humildad, una historia de un escritor rechazado por la crítica y los editores en 1934, el año siguiente a la publicación de “Memorias del tiempo de la inmadurez”, su primer libro.

“Declaro, a título preventivo y ante cualquier evento, que soy un grafómano y que escribo por puro placer, por manía, así como una vaca muge. Y que en adelante se me puede acusar de eso. Ahora, sobre un terrible león me sentaré sin miedo y un dragón gigante cabalgaré. Y si lo que acabo de decir no fuera suficiente, si empujado por una vieja y mala costumbre, alguien viniera a importunarme (...)”
“Importunarme hablándome de misión, de conveniencia, etc., yo respondería simplemente: –la zanahoria– y en esta preciosa palabra pongo toda la dicha de haberme liberado del terror, toda la alegría de haber recuperado mi equilibrio, de no experimentar más, por fin, ni miedo ni vergüenza, toda la dulzura de la libertad y el placer de la creación (...)”

“¡Sed bienvenidas, mediocridad, maneras incultas, chatas, banales –hasta triviales– sí, sed bienvenidas!”. Pero en su carrera para escandalizar a los críticos por la mirada mediocre con la que habían observado “Memorias del tiempo de la Inmadurez”, va más allá y escribe “El Pozo”, un cuento de tres páginas. “La vodka hace mucho daño a los lactantes.”
El bebé era una criatura cuya fisiología no entraba en el universo de un dandy de los años treinta. “Blikle”, el nombre del protagonista, recuerda la confitería más famosa de la ciudad, el café Blikle, que Witold Gombrowicz eligió, probablemente, como un guiño a la cursilería ambiente que rodeaba, en su tiempo, la venida al mundo de un bebé, la incompatibilidad del amamantamiento con el mundo burgués snob.

La concepción del niño como causa del alejamiento de las ocupaciones viriles. No hay ningún pozo en el texto. En el título, podemos ver, precisamente, una alusión al infanticidio que cometían las madres campesinas en esa época, que se libraban de sus bebés arrojándolos a un pozo: ”Me vino al mundo un niño; –¡Ja, ja, ja! se rieron las jovencitas a carcajadas. ¡Trajo al mundo un niño! (...)”
“¡Mentira! gritó, no soy yo quien lo trajo el mundo, ¡es mi mujer quien lo trajo al mundo!; –¡Ja, ja, ja! rugieron las muchachas, ¡su mujer trajo al mundo un niño!; –¡Callaos! Bramó, no es mi mujer quien lo trajo al mundo, es el niño quien le vino al mundo!; –¡Ja, ja, ja! Las muchachas se revolcaban por el piso, ¡un niño le vino al mundo a su mujer! (...)”

“Blikle con niño, ja, ja, ja, Blikle con niño! y, de la risa, estallaron todas como un solo hombre”




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