viernes, 15 de abril de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y TODO LO DEMÁS

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y TODO LO DEMÁS



En el año del centenario de Gombrowicz me publicaron algunos escritos. Cuando le puse el punto final a “Gombrowicz y todo lo demás” empecé a buscar editores; en Polonia me lo publicaron enseguida, pero los editores argentinos consideraban que con “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” ya estaba bien, no había que insistir con Gombrowicz. Pero hagamos un poco de historia.
Hubo un tiempo en que me dedicaba a estimular a algunos hombres de letras gombrowiczidas connotados mandándoles las cartas que Gombrowicz le había escrito a Flor de Quilombo y haciendo publicar en Polonia algunas notas escritas por ellos mismos. Los resultados fueron exiguos, o para decirlo en un lenguaje culto: “parturiunt montes, nascetur ridiculus mus”.

En cierto sentido el Pato Criollo fue una excepción, se animó a escribir un prólogo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”. Después de que lo escribió las únicas razones que me decidieron a mantenerlo en el libro fueron, el prestigio indudable que tiene el escritor, y el incremento de la venta de ejemplares que imaginaba el Negroide Piquetero, habiendo sido esta suposición completamente falsa como supe después.
En la Feria del Libro del año 2004 se homenajeó el centenario del nacimiento de Gombrowicz. Participé en una mesa redonda a la que dieron en llamar “Gombrowicz, ¿escritor polaco o argentino?”, junto al Pequeño K y a la Vaca recién llegados de Polonia. Y no sólo estuve con ellos, también estuve con la Hierática, el Pato Criollo y el Negroide Piquetero.

Cuando promediaba el desarrollo de las ponencias ingresó a la sala un hombrecito vestido de negro con un moñito en el cuello. El Embajador de Polonia se inclinó ceremoniosamente, se trataba de un altísimo funcionario polaco recién llegado a la Argentina. Para quedar bien, el Embajador de Polonia le pidió a la directora de la Feria que lo anunciara.
La directora me lo pidió a mí, pero yo me negué terminantemente con una mueca de disgusto, entonces lo anunció ella. Con mi gesto de desdén cometí una torpeza que comprendí luego. El hombrecito, pero altísimo funcionario de Polonia, se acercó a nosotros cuando terminaron nuestras exposiciones y nos saludó muy efusivamente mostrándose emocionado.

El Pequeño K le preguntó entonces al hombrecito cómo era posible que lo hubieran emocionado tanto unas ponencias que se había pronunciado en español si éste era un idioma que él no comprendía en absoluto, a lo que el funcionario le contestó que se había emocionado por la emoción misma, una respuesta para la que nosotros no estábamos preparados pero que nos dejó completamente satisfechos.
Estaba discutiendo animadamente con los dos representantes del Instituto del Libro de Polonia sobre algunos aspectos del homenaje, en un momento determinado de la conversación le dije al Burócrata que si la Perdularia hubiera comprendido el español yo la hubiera conquistado. La Perdularia esperó atentamente a que le tradujeran lo que yo había dicho.

Me respondió con una risa burlona: –¿Y para qué? De veras me puso en un apuro, y como no sabía que decirle le rogué que fuera cortés, que se comportara como se había comportado la Argentina que nunca le había preguntado a España para qué la había conquistado. En un aparte del cóctel, la Hierática, el Pato Criollo, el Negroide Piquetero y yo hicimos el juramento de los mosqueteros: –Uno para todos y todos para uno.
Pero este juramento, igual que tantas otras cosas, no soportó el paso del tiempo. La mayoría de los Protoseres son empleados de sociedades anónimas que se hacen llamar editores. La carrera de estos Protoseres es tortuosa y ambigua, algunos utilizan la ley del gallinero para progresar y otros terminan siendo lectores, como le ocurrió lamentablemente al Negroide Piquetero.

El pobre Protoser cayó en la categoría de lector poco tiempo después de haber publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en Interzona, una editorial que posteriormente no pudo evitar tampoco su propia bancarrota. Con “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” ya en los estantes de las librerías llamé a la editorial del Negroide Piquetero para saber algo de cuál era el desempeño del libro.
A más de informarme sobre el desempeño del libro la Hacker me comunicó que se habían mudado y que el Negroide Piquetero quería decirme algo. Siendo la mudanza un síntoma de crecimiento o de decadencia que en sí mismo no me decía nada me quedé esperando a ver de qué quería hablarme el Negroide Piquetero. En verdad lo único que tenía para decirme es que debía cortar porque lo estaban llamando por la otra línea.

Ésta es otra de las técnicas que utilizan los Protoseres hijos de Gutemberg: la de darse importancia. Pero yo había llamado para saber cuántos ejemplares de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” se habían vendido en un semestre. Y ésta es la cuestión, si los libros de los otros autores tenían en promedio un desempeño semejante al del mío, entonces, la mudanza que hicieron tenía un solo significado.
La mudanza del Centro a Palermo era un síntoma indudable de la decadencia de la editorial y la bancarrota debía estar próxima. “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” es un libro bueno, tiene una jerarquía que no es producto de mi imaginación. ¿Y entonces, a quién puedo echarle la culpa?, ¿a los lectores hispanohablantes que no lo quieren leer?

¿Y qué editor en su sano juicio, conociendo la perfomance de este libro, va a querer publicar “Gombrowicz, y todo lo demás”? Si el Negroide Piquetero hubiera sabido de antemano los ejemplares que se iban a vender es seguro que no hubiera publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”. Era preciso ocultar esta información y buscar un editor que apreciara el nivel de mis escritos.
Para el caso de que la historia de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, a la que el Alfajor en su oportunidad calificó de exquisita, hubiera empezado de una manera más clara quizás su destino no hubiera sido tan aciago, pero miremos con atención algunos de los acontecimientos oscuros que precedieron a su puesta en los estantes de las librerías.

Sin que esté tomándome la mano ninguna sombra interior que pese sobre mi alma con un sentimiento de culpa por alguna mala acción que hubiera cometido injustamente, debo hacer una declaración para hacerle justicia a un hombre de letras que no vaciló en ponerse de mi parte en los momentos decisivos. En efecto, el Pato Criollo jugó un papel importantísimo.
En la publicación de “Cartas a un amigo argentino” y de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, actuó en el primer caso sobre la Hierática de Emecé y en el segundo caso sobre el Negroide Piquetero de Interzona con un gran éxito. La verdad es que el Pato Criollo estuvo presente con su ciencia infusa y sus poderes mágicos en las dos únicas ocasiones en las que los editores de papeles en la Argentina se ocuparon de mí.

Mis aventuras con el Negroide Piquetero empezaron en el café Tortoni de una manera amable, con el paso del tiempo entraron en crisis, y finalmente tuve que hacer las paces con él el día que presentamos “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Cuando descubrí que era un vago mentiroso e irresponsable decidí tomarme revancha.
Hablé directamente con uno de los dueños de la editorial Interzona utilizando cierta información bastante escabrosa que me había suministrado el Perverso, su anterior editor, en carácter de venganza –le tenía mucha rabia, no solamente a él sino también a su pareja, Guadalupe Salomón apodada la Mejillona–, y el Negroide Piquetero empezó a temblar como una hoja.

Aproveché el estado de terror a lo desconocido que se había apoderado de él, muy característico de las personas inseguras, un pánico que le malograba la naturalidad del comportamiento, y entonces lo invité a sentarse a mi lado en la mesa de ceremonias de la embajada, cosa que hizo sin chistar. Luego, mientras los otros presentadores hablaban y hablaban sin parar, lo empecé a sobar.
Comencé con el hombro derecho, después bajé un poco y lo masajeé en las costillas y terminé sobándolo en la rodilla izquierda, finalicé mi tarea derritiéndolo, estaba tan contento como un perro, quedamos mucho más amigos que antes de la pelea. Pero esta reconciliación duró poco tiempo. El aspecto este gombrowiczidas es muy ilustrativo de la forma en la que me lo habían presentado.

El Pato Criollo me había informado que el Negroide Piquetero resultó elegido el sex symbol de la poesía en un congreso realizado por las poetisas más señaladas de nuestro medio, y él estaba muy orgulloso de este nombramiento. El contacto con los editores siempre me pone al rojo vivo un conflicto entre el subjetivismo y el objetivismo que ni siquiera el pensamiento de Gombrowicz puede apaciguar.
“El desgarramiento más profundo del hombre, su herida sangrante, es justamente esto: subjetivismo u objetivismo. Es lo fundamental. Lo desesperante. La relación del sujeto con el objeto, es decir, de la conciencia con el objeto de la conciencia, es el punto de partida del pensamiento filosófico. Imaginemos que el mundo se reduce a un único objeto (...)”

“Si no hubiese nadie para tomar conciencia de la existencia de ese objeto, éste no existiría. La conciencia está más allá de todo, es definitiva, soy consciente de mis pensamientos, de mi cuerpo, de mis impresiones, de mis sensaciones, y por eso, para mí, todo esto existe. Ya en su mismo inicio, en Platón y en Aristóteles, el pensamiento se divide en pensamiento subjetivo y objetivo (...)”
“Aristóteles, a través de Santo Tomás de Aquino, llega a nuestro tiempo. Platón llega a través de San Agustín y de Descartes. Y también a través de la deslumbrante explosión de la crítica de Kant y de la línea del idealismo alemán que se origina en ella, a través de Fichte, Schelling, Hegel. Y a través de la fenomenología husserliana y el existencialismo llega a una gran eclosión superior a la de sus inicios (...)”

“¿Queréis encontrar también subjetivismo y objetivismo en las mismas artes plásticas? Mirad. ¿No es el renacimiento objetivismo y el barroco subjetivismo? Y en la música, Beethoven, ¿no es acaso subjetivo y mientras Bach es objetivo? ¡Qué grandes hombres no se pronunciaron a favor del subjetivismo! Se pronunciaron pensadores como Montaigne o Nietzsche (...)”
“Y si quisierais ver hasta qué punto este desdoblamiento sigue sangrando, leed las dramáticas páginas de “El ser y la nada” que Sartre dedica a una cuestión realmente insólita: ¿existen otros aparte de mí?”. El que pone a punto el subjetivismo de la percepción es un inglés. George Berkeley, el obispo irlandés, con una audacia extraordinaria, plantea el problema de la existencia de una manera increíble.

“Existo yo y lo que yo percibo, pero más allá de lo que yo percibo no existe nada de nada”. Visiblemente, hay aquí un terrible juego de palabras, porque la mente humana espontánea y naturalmente es realista. Pone primero la existencia en sí y por sí de las cosas, y luego su percepción por nosotros. Pero Berkeley afirma sin embargo que la tesis natural es la suya.
Ser es precisamente ser tocado con las manos, ser visto con los ojos y ser oído con los oídos. El subjetivismo de la percepción de Berkeley tiene un parentesco con la actitud fundamental de Gombrowicz: el agrandamiento del yo. La importancia que le da a su yo en el “Diario” es continua y no tiene altibajos, su yo no podía crecer ni siquiera un milímetro más por la forma que le da a este género literario desde la primera página.

Lunes. Yo; martes. Yo; miércoles. Yo; jueves. Yo. Una actitud tan drástica como la de Berkeley y la de Gombrowicz sólo la podemos encontrar en Fichte que concibe el yo como la realidad anterior a la división entre sujeto y objeto. Es una realidad que se pone a sí misma y, con ello, pone también a su opuesto, es decir, a lo que no es yo, pone al no-yo.
Si el mundo existe como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división entre sujeto y objeto, no son asuntos que le hayan quitado demasiado el sueño a Gombrowicz, pero sí se lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el carácter originario de su yo. El yo es una idea poderosa porque es el origen de todas las cosas, y también por la grandeza que puede alcanzar ese yo en la forma de una personalidad.

A Gombrowicz le reprochaban que se pusiera a discutir con cualquier persona, pero a él le gustaba aporrearse con el primero que se le cruzaba. De esta manera, según su idea, se disipa la superioridad artificial del escritor, desaparece la distancia que lo protege de los lectores. En cambio se manifiesta con crueldad la superioridad esencial y la inferioridad real.
El juicio del inferior hiere y duele, y no es verdad que a los escritores no les importe en absoluto. “Seguramente sería mucho más interesante que yo me tomara este combate más en serio, pero de todas maneras el hecho de que haya desafiado a la señora Báska Szubska para que reconozca su inferioridad respecto a mi superioridad tiene su importancia (...)”

“Esta polémica, me permito observar modestamente, es única en la historia de la literatura”. La polémica que mantiene con la señora Báska Szubska le da la ocasión de hacer algunas reflexiones sobre el subjetivismo. El hombre sólo puede ver el mundo con sus propios ojos y pensar con su propia razón, de modo que debe considerar que su juicio siempre es el mejor juicio posible.
Aún si reconociera la superioridad de las ideas de Einstein, pongamos por caso, y siempre que no sea un experto en la materia, sólo lo haría en el carácter de que es él mismo el que le da crédito a los especialistas que opinan así, y también en este caso su juicio sería el superior. El hecho de hacernos el centro del mundo choca de manera evidente con el objetivismo que reconoce mundos y puntos de vista ajenos.

“El tormento de los que para hundirme a mí se han lanzado en ayuda de Báska viene justamente de esto; porque, mirándolo objetivamente, es difícil suponer que todos los que me alaban sean cretinos; pero, por otro lado, como no es posible ver con ojos ajenos, desde esta perspectiva, todos mis alabadores son cretinos junto conmigo. Una contradicción realmente flagrante”
La contradicción entre el subjetivismo y el objetivismo es fundamental. La relación entre el sujeto y objeto, es decir, entre la conciencia y el objeto de la conciencia, es el punto de partida del pensamiento filosófico moderno. A juicio de Gombrowicz, Platón y Aristóteles debutan con el pensamiento subjetivo y objetivo. El pensamiento objetivo llega hasta nuestros días a caballo del marxismo y del catolicismo.

“Pero el catolicismo es una metafísica basada en la fe y, paradójicamente, es una convicción subjetiva de que el mundo objetivo existe”. Es Sartre el que se pregunta si existen los otros aparte de uno mismo. Es una cuestión realmente insólita porque la existencia de los otros es la más evidente y la más tangible de las realidades. Pero para Sartre la existencia del otro es inaceptable.
El hombre es una conciencia pura; si admitiera que el otro es también una conciencia, esa conciencia lo convertiría en objeto, y Sartre no está dispuesto a eso. Gombrowicz tiene la costumbre de liquidar las relaciones de Sartre con el marxismo de una manera rápida, pero en cuanto a la subjetividad y a la objetividad se refiere el asunto no es tan sencillo. “Crítica de la razón dialéctica” es una obra abstracta y difícil de leer.

Sartre intenta clarificar en esta obra las relaciones entre el existencialismo y el marxismo. La cuestión es que en este libro designa al marxismo como la filosofía insuperable de nuestro tiempo, y que lo seguirá siendo hasta que la situación histórica y económica que expresa haya sido superada. Pero si el marxismo es la filosofía de nuestro tiempo, ¿cuál es, entonces, la razón de ser del existencialismo de Sartre?
Para los filósofos comunistas el existencialismo representa la decadencia burguesa en un escape de lo real, en el aislamiento del individuo, en la afirmación de la autonomía absoluta del ego y en la superioridad de ese ego sobre mundo. Sartre, en cambio, está convencido de que el marxismo ofrece la única interpretación válida de la historia, pero que su existencialismo es el único camino que conduce a la realidad concreta.

Sobre esta base le hace al comunismo una acusación. “Hay dos maneras de caer en el idealismo: una consiste en disolver lo real en la subjetividad; la otra, en negar toda subjetividad real en beneficio de la objetividad”. Ambos se acusan de idealismo, pero Sartre acepta sin restricciones el materialismo, es decir, que el modo de producción de la vida material domina el desarrollo de la vida social, política e intelectual.
El salto del reino de la necesidad a un reino de la libertad, que Marx y Engels anunciaron como un ideal futuro, marcará, según Sartre, el fin del marxismo y el principio de una filosofía de la libertad. Pero este futuro está lejano y, mientras tanto, el marxismo, para no degenerar en una antropología inhumana, debe ser complementado por el existencialismo sartriano, que le proporciona su fundamento subjetivo, humano y existencial.

Dice Sartre que la comprensión de la existencia se presenta como el fundamento humano de la antropología marxista. A partir del día en que la investigación marxista tome la dimensión humana como fundamento del saber antropológico, el existencialismo no tendrá ya razón de ser. “A los ignorantes, para quienes la filosofía es un cúmulo de desatinos, me permito llamar su atención (...)”
“Sobre una contradicción análoga a la del subjetivismo y el objetivismo es que los físicos se rompen la cabeza”. Gombrowicz tiene la costumbre de volver dramáticas las contradicciones entre los corpúsculos y las ondas, pero el asunto no es tan trágico, todo depende del aparato con el que se observe el fenómeno. Tampoco es cierta la creencia de que la física es tan solo un conocimiento objetivo.

Sir Arthur Eddington, el inglés que tuvo la ocurrencia de contar el número de partículas que tiene el universo, dice algo muy instructivo al respecto. “Una cosa es, para la mente humana, obtener, estudiando los fenómenos naturales, las leyes que la mente misma ha colocado ahí, y puede ser otra cosa mucho más difícil encontrar leyes sobre las que no se tiene ningún control (...)”
“Hasta es posible que las leyes que no tiene su origen en la mente sean irracionales, y puede ser que no podamos nunca llegar a formularlas”. Y llevado por las alas del subjetivismo Gombrowicz se refiere seguidamente a la intencionalidad de la conciencia, pues la conciencia es siempre conciencia de algo, y entre la conciencia y ese algo hay siempre una contradicción que nos impide aprehender la esencia de lo humano.

“Así se presenta a grandes rasgos el problema del subjetivismo, que para muchas cabezas huecas no es más que una contemplación egoísta del propio ombligo y un conjunto de turbiedades”. La batalla contra el marxismo es la batalla entre el subjetivismo y el objetivismo, puesto que el marxismo quiere ser una ciencia, piensa Gombrowicz. Pero ni la ciencia es tan objetiva, ni el marxismo es tan científico.
Después de Kant el objetivismo recibió una paliza terrible, y todavía no ha logrado recuperarse. Una cosa en la que sí están de acuerdo Gombrowicz y Sartre es en el desprecio a la ciencia, aunque ambos la desprecian de distinta manera. Es extraño que siendo Gombrowicz un partidario absoluto del yo, es decir, del subjetivismo, haya sido también un partidario acérrimo de la realidad, es decir, del objetivismo.

El yo es el mejor representante del subjetivismo y la historia es la mejor representante del objetivismo. Si bien el camino del pensamiento va del realismo al idealismo, Gombrowicz sigue el camino inverso; del subjetivismo extremo del que parte en “El bailarín del abogado Kraykowski”, su primer obra, termina en “Opereta”, una obra en la que aparece la historia como representante del objetivismo.
Reconfortado por el peso que Gombrowicz le da al subjetivismo en su batalla con el objetivismo, continué la búsqueda de un editor para “Gombrowicz y todo lo demás” puesto que con el Negroide Piquetero había fracasado. En la relación desagradable que tengo con los editores, representantes del objetivismo, a mí me conviene tomar partido por mí, representante del subjetivismo.

Después de haber confundido el año del centenario de Silvina Ocampo con el año del centenario de Gombrowicz, la Hierática de Emecé quedó muy apenada y se puso a mi disposición: –¿Por qué no le ofrecés “Gombrowicz, y todo lo demás” a la Vázquez, la editora de la Fundación Victoria Ocampo?; –¿Te parece?; –Sí, le gustaba Gombrowicz. Y bueno, qué le hace una mancha más al tigre, y hablé con la Abeja Reina.
Mientras ella me decía que nunca le había gustado Gombrowicz pero que tenía interés en leer “Gombrowicz y todo lo demás” me acordé de algo. “Qué me dice, Gombrowicz, Jorge Luis Borges se casa con una tal María Esther Vázquez, una escritora del grupo ‘Sur’ bastante conocida. Esta mujer tiene una historia trágica. Hace unos años rompió con su novio (...)”

“El hombre, atormentado, quiso reconquistarla y le propuso un encuentro que la Vázquez aceptó. Mientras tomaban un café ella le explicó que la relación amorosa estaba terminada, entonces, ese Werther moderno, sacó una pistola, se disparó un tiro en la sien, y cayó muerto sobre la Vázquez, así que la pobre ya está acostumbrada a que le caigan muertos encima”
Es el pasaje de una carta que le había escrito a Gombrowicz en el año 1964. Mis cartas no están publicadas en la Argentina pero sí están publicadas en Polonia, así que quedé muy preocupado por saber qué me iba a responder la Abeja Reina, a ver si algún buey corneta no le pasaba el cuento, mucho más preocupado de lo que había quedado con otros editores.

Pero la Abeja Reina me atendió con una gran cordialidad, sin embargo, al poco tiempo de hablar con ella descubrí cómo yo, casi sin darme cuenta, empezaba a ocuparme más de lo que la Abeja Reina hacía con sus cosas que de lo que ella hacía con mi libro. Me contó que la Fundación Victoria Ocampo estaba poniendo en “El Coliseo” una ópera que hacía doscientos años había bajado del escenario.
También me contó que le habían hecho un reportaje en “Nova”, entonces me di cuenta que no podía hablar con ella de “Gombrowicz, y todo lo demás” porque no lo había leído. Y aquí me apareció con una claridad meridiana una forma adicional del rechazo, a las cuatro formas que ya tenía contabilizadas, una forma con una estructura similar a la de la contratransferencia.

En efecto, empecé a tener reacciones inconscientes frente a la Abeja Reina que me hacían sentir culpable de no conocer sus asuntos con la debida extensión y profundidad. Es una modalidad muy usada por el Perverso que provoca con sus transferencias este tipo de reacciones. Llegado a este punto decidí alejarme de la Abeja Reina pues no dispongo de las técnicas para llevar adelante una relación de esta clase.
Cuando ya pensaba en dirigirme a otro Protoser con el libro bajo del brazo ocurrió algo inesperado, la Abeja Reina me comunicó que había leído el libro, que le había resultado interesante y que lo pensaba incluir en la selección de libros publicables en el programa del año próximo. Pero llegados a este punto, en forma inesperada, el hombre de los pies ligeros se me cruzó en el camino.

Zenón de Eléa es el representante más conspicuo de las paradojas de la naturaleza dialéctica del movimiento. El movimiento era para ese griego insigne, que llegó a perturbar el pensamiento de Bertrand Russell, una apariencia de los sentidos y por ese motivo la razón no podía dar cuenta de él. La paradoja de Aquiles, el hombre de los pies ligeros, y la tortuga es inmortal.
Si Aquiles disputa una carrera con la tortuga y le da ventaja en la salida no la podrá alcanzar pues en el tiempo que le demanda llegar donde estaba ella en el momento de la partida la tortuga algo caminó. Este análisis se repite para la segunda posición de los contendientes y aunque los tiempos y los recorridos se van acortando a medida que ambos avanzan el razonamiento se puede repetir en forma infinita.

Zenón concluye de esta manera que Aquiles no la alcanza nunca a la tortuga. En este trajín interminable que tengo con los editores identifiqué cinco procedimientos con los que los editores le han cortado el paso a “Gombrowicz, y todo lo demás” lo que me ha permitido desarrollar una tipología de estos Protoseres que no admite otras variantes; eso pensaba yo, la Abeja Reina me demostró lo contrario.
Para entender bien lo que me sucedió en este caso con “Gombrowicz, y todo lo demás” vamos a suponer que yo soy Aquiles y la Abeja Reina es la tortuga. La primera distancia que tuve que recorrer fue la de la lectura, pero cuando ella lo terminó de leer ya no estaba en el punto de partida, se hallaba ocupada en la puesta de una ópera que hacía doscientos años no subía a escena.

Recorrí la segunda distancia para alcanzar el punto del fin de la ópera y tampoco la encontré en esta segunda posición, se aproximaban las fiestas de fin de año y ya despuntaba el verano. Recorrí la tercera distancia para llegar al punto en el que las vacaciones llegaban a su fin y otra vez no la encontré, la Abeja Reina estaba preparando el tercer volumen de Victoria Ocampo y la Feria del Libro.
Entonces caí en ese estado hipomaniacal en el que de vez en cuando caen los genios y en medio de destellos brillantes que me venían de la inteligencia descubrí que estaba en presencia de una modalidad de la paradoja de Aquiles y la tortuga y que no iba a alcanzar nunca a la Abeja Reina, había algo en su talante que me lo había estado diciendo desde el principio, un talante que parece detenido en aquel tiempo en el que el Asiriobabilónico Metafísico le propuso matrimonio.




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