jueves, 30 de septiembre de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA PLAZOLETA DE VENCE

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LA PLAZOLETA DE VENCE


Gombrowicz nació en Maloszyce donde vivió un año. Durante seis años vivió en Bodzechow, veintiocho en Varsovia, veinticuatro en Buenos Aires, un año en Berlín y cinco años en Vence. Estando en Vence a Gombrowicz lo asalta la nostalgia por la Argentina, hace un resumen de su vida y de su obra, empieza a administrar su gloria desde Francia y se prepara a morir.
“Finalmente me he establecido en Vence. Un pisito agradable, cinco balcones, cuatro vistas, tres chimeneas. Entre los Alpes ardientes de luz, el mar que azulea en la lontananza y los antiguos callejones de este pueblo encantador, con los restos del castillo de los barones de Villenueve et de Vence”. Cuando promediaba su estada europea en Vence Gombrowicz se empezó a sentir como un rey moribundo.

Después de terminada la “Opereta” no sabía qué escribir, ni siquiera en los diarios, una situación nada envidiable para un escritor. “De momento soy como el sonido de una tecla del piano hundida, hay en mí más muerte que vida. En mi vida hubo siempre una contradicción que me arrebata violentamente de las manos el plato con la comida justo cuando la acerco a la boca”.
A pesar del “memento mori” que se respira en los últimos diarios de Gombrowicz a veces se aparece como un soberano mirando desde el palco real la riqueza y la gloria. “Hace más de un año que estoy instalado en Vence, a veinte kilómetros de Niza, en la falda de los Alpes Marítimos; un pueblo chic, no faltan residencias discretamente escondidas entre grupos de palmeras, detrás de muros de rosales, en la espesura de mimosas (...)”

“Desde la ventana veo algunos Rolls Royces cuyos propietarios compran leche o gambas en el mercado. Aparte de los Rolls Royces también hay Jaguars”. En los primeros cruces literarios que Gombrowicz tiene en Vence aparece Sandauer. “Frente a mí, en la mesa, el ensayo ‘Gombrowicz, el hombre y el escritor’ de Sandauer. Desde hacía siete años no me llegaba desde Polonia más que silencio “
Las relaciones de Sandauer con Gombrowicz eran ambiguas. Sandauer tenía las manos atadas en la Polonia Popular, además quizás estuviera tomando revancha de lo que Gombrowicz había escrito en los diarios sobre él. Lo había caracterizado como una especie de escarabajo solitario que seguía su propio camino, un mastodonte, un monje, un hipopótamo, un excéntrico, un inquisidor, un mártir, un cocodrilo... un sociólogo.

“En una literatura patriótica y moralizante como la polaca, Gombrowicz representa un fenómeno excepcional. Basta con recorrer cualquiera de sus libros para convencerse de que, en el lugar del patriotismo, lo que aquí domina es el egotismo, que el único imperativo de esta obra es la fidelidad hacia sí mismo”. Esta crítica de Sandauer va acompañada de reflexiones sobre la homosexualidad y sobre el fascismo de Gombrowicz.
“Apuesto a que estos recuerdos de Berlín caerán las manos de gacetilleros, a que la política bailará a su alrededor una danza negra, a que yo, artista, seré entregado al articulista, yo, hombre, me convertiré en pasto de redactores, en blanco de los ataques de publicistas, seré bocado de nacionalismos, capitalismos, comunismos y el diablo sabrá qué más, me convertiré en víctima de ideologías perfectas para tirarlas a la basura”

Pero no solamente había caído en las manos de gacetilleros, también había caído en las manos de Sandauer, que después de los siete años de silencio que le venían de Polonia desde la época del deshielo, escribe sobre su fascismo y sus perversiones sexuales. Las confidencias que hace Gombrowicz sobre su homosexualidad son confesiones a medias, porque no siempre había sido homosexual.
Por otra parte, a su juicio, casi no había hombre que no hubiera experimentado esa tentación. “¿Qué puede saber ese cactus de Sandauer, me pregunto, sobre el Eros, pervertido o no? Para él el mundo erótico siempre será una habitación aparte, cerrada con llave, que no se comunica con otras habitaciones de la vivienda humana. La sociología, sí, la psicología..., éstas son las habitaciones donde se siente como en su casa (...)”

“Pero el erotismo es para él una monomanía. Algunos verán en mi mitología del ‘Joven’ la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una observación: ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible por completo ante la belleza del muchacho? Y aún más: ¿cabe decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre naciente, no es otra cosa que extravío? (...)”
“Y si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable?”. Las fábulas volátiles de los artistas son consistentes sólo cuando nos revelan alguna realidad, la que fuere, y la pregunta que nos debiéramos hacer sobre las perversiones eróticas de Gombrowicz es si ellas han llevado al descubrimiento de alguna verdad.

Si no fuera así no vale la pena romperse la cabeza, sería un caso para ser tratado por la medicina. Para Gombrowicz el hombre joven debe convertirse en un ídolo del hombre realizado que envejece. El dominio orgulloso del mayor sobre el menor sirve para borrar una realidad, la realidad de que el hombre en declive sólo puede tener un vínculo con la vida a través del joven, ese ser que asciende, porque la vida misma es ascendente.
La naturaleza insuficiente y ligera del joven es un factor clave para la comprensión del hombre y del mundo adultos, existe una cooperación tácita de edades y de fases de desarrollo en la que se producen cortocircuitos de encantamientos y violencias, gracias a la cual el adulto no es únicamente adulto. Estas afirmaciones son las que determinan la naturaleza del experimento que lleva a cabo Gombrowicz en “Pornografía”.

Pero, para cierta especie de críticos, la acción de esta novela es un fábula arbitraria y mágica que ocurre simplemente por orden de Fryderyk, un personaje sobrenatural y casi divino, que vendría a ser algo así como el alter ego de Gombrowicz. Las naturalezas no eróticas como la de Sandauer tienen dificultades para penetrar en un mundo erótico como el de Gombrowicz.
Además, las obras de Gombrowicz son difíciles, sin embargo, la estupidez de los críticos debiera tener un límite, el límite de no escarbar en las perversiones de Gombrowicz sin la capacidad de descubrir a qué consecuencias llevan. El fascismo de Gombrowicz, en cambio, es irreal, de vez en cuando aparece como un reflejo de su crítica al comunismo y al provincialismo polaco que lo había atormentado desde su más tierna juventud.

Fue precisamente “Pornografía” la obra que golpeó las puertas de Vence para poner al descubierto una impostura sobre la que Gombrowicz escribe en los diarios. A principios de mayo de 1965 no abrigaba ninguna esperanza de conseguir los diez mil dólares del Premio Internacional de Editores. Pero al cuarto día de las deliberaciones una periodista italiana que lo entrevistaba le dijo que en el jurado habían empezado a hablar de “Pornografía”.
El libro se destacaba entre unas cuantas decenas de obras que estaban en discusión. Quedaron como finalistas Gombrowicz y Saul Bellow, un norteamericano que diez años después recibió el Nobel de Literatura. Los diez mil dólares del premio le despertaron el apetito y le quitaron el sueño, pero por un conjunto de circunstancia adversas perdió por un voto, y los dólares se le esfumaron.

El español Ferrater, que en principio estaba de su parte, decidió proponer en la primera votación a un latinoamericano para hacerle propaganda; el nombre de “Pornografía” también lo perjudicó pues el jurado había premiado unos días atrás una obra algo escabrosa, y no quiso premiar en forma contigua más de lo mismo; y la presidenta del jurado, la señora McCarthy, no había sido capaz de leer más de cincuenta páginas de la novela.
Mary McCarthy era una novelista y ensayista estadounidense sobresaliente. Su obra, en conjunto, se destacaba por una mezcla rica y precisa de ficción y autobiografía. Pasado el tiempo, a juicio de muchos, se ha convertido en una de las más grandes escritoras e intelectuales estadounidenses del siglo XX. Sin embargo, y a raíz de los comentarios que la McCarthy había hecho sobre “Pornografía”, Gombrowicz se convierte en abogado.

Empieza a meditar en cómo podía llevar a ese jurado a los tribunales. Las bases legales de la acción judicial se podían sustentar en el hecho de que el premio, el más importante después del Nobel, debía otorgarse al mejor libro y sólo desde el punto de vista artístico, ése era el único criterio que debía tenerse en cuenta. “Compréndanme bien, por favor: nosotros, los artistas, conocemos perfectamente bien lo efímero de nuestras empresas (...)”
“Por supuesto que emborronar el papel con historias imaginarias no es una ocupación seria. Qué vergüenza sentía en los primeros años de escribir, cómo me ruborizaba cuando alguien me sorprendía in fraganti. Si un ingeniero, un médico, un oficial, un piloto, un obrero son gente seria de entrada, un artista no consigue realizarse seriamente más que después de muchos años de esfuerzos y contrariedades (...)”

“A mí la ascensión me había ocupado treinta años de esfuerzo, miseria y humillación. ¿Quién? ¿Qué demonio? ¡Diez mil dólares! ¡Que tú codicias! ¡Que han penetrado en ti hasta la médula! ¿Diez mil? ¡Pero si es una suma del todo ridícula! ¡Si al menos fuera un millón! ¡Cincuenta millones! No diez mil, ésa es la suma que gana un financiero estándar en una transacción que no pasa de mediocre”
Gombrowicz no dice esto para despreciar a los premios, sino para poder presentarse a ellos sin menoscabo de su propia vida interior y también para mostrar qué hirientes pueden ser estas canalladas que cometen los jurados. Después del Formentor, que recibe dos años después multiplicado por dos pues lo habían aumentado a veinte mil dólares, a Gombrowicz se le despierta otra vez el apetito y quiere más, quiere el Premio Nobel.

“Mientras bailaba con ‘Cosmos’ sobre las aguas interminables del Atlántico, no tenía el menor presentimiento de que por esta novela obtendría, cuatro años después, el Premio Internacional de Literatura. Los premios no eran mi fuerte, iba a cumplir los sesenta años y aún no había recibido ninguno, me había acostumbrado a la idea de que los premios y yo no nos llevábamos bien (...)”
“Sabía que el aspecto dramático de ‘Cosmos’ no podía ser captado plenamente de inmediato, tenía que transcurrir cierto tiempo pues se trataba de un libro austero en el que le daba poco lugar a la diversión. Antaño, un Tolstoi o un Balzac podían escribir prácticamente para todo el mundo, una facilidad de la que no disponen los escritores contemporáneos (...)”

“No disponen de esta facilidad por la razón de que ya no tenemos un universo común, existe una docena de universos diferentes que se disputan nuestros lectores. ¿Cómo dar con un lenguaje que sea comprendido a la vez por un católico conservador, un existencialista ateo, un realista socialista, o un lector cuya conciencia haya sido socavada por Husserl, o por Freud o cuya sensibilidad se haya desarrollado en contacto con el surrealismo? (...)”
“Realidades diferentes, diferentes maneras de ver, de sentir; en los confines de esos horizontes diversos se libera toda la diversidad de nuestros temperamentos, la época de una lectura normal ha quedado atrás. ‘Cosmos’ es capaz de angustiarme, y hasta de asustarme, porque a lo largo de mi vida me he forjado una sensibilidad especial hacia la forma, y, verdaderamente, el hecho de tener cinco dedos y no treinta por ejemplo, me da miedo (...)”

“Para mí no existe nada más fantástico que estar aquí, y ahora, y el ser tal, definido, concreto, éste y no otro. ‘Cosmos’ tiene como tema la formación misma de su propia historia, es decir, la formación de la realidad. En esta novela se muestra cómo una determinada realidad trata de surgir de nuestras asociaciones, de manera indolente, con todos sus torpezas..., en una jungla de equívocos, de interpretaciones erróneas (...)”
“Y a cada instante la desmañada construcción se pierde en el caos. ‘Cosmos’ es una novela que se crea a sí misma, a medida que se escribe”. El determinismo y las series, son construcciones fundamentales de la física y de la matemática. Estas construcciones juegan un papel importante en el desarrollo de “Cosmos”. A pesar de que el pensamiento abstracto le producía eczema, Gombrowicz se acompañó durante toda su vida con los filósofos.

La atracción que le producía el empirismo inglés respecto al racionalismo continental estaba determinada especialmente por las reflexiones sobre las percepciones y sobre las conexiones no causales de los hechos. Los problemas de la causalidad, del determinismo y del libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz. “No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto aquella de que ciertos objetos siempre han coincidido (...)”
“Si bien en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables, no podemos penetrar en la razón de la conjunción. Sólo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación”. Este pensamiento nos está diciendo que en realidad no podemos decir que un acontecimiento causó al otro acontecimiento.

Todo lo que sabemos con seguridad es que un acontecimiento está correlacionado con el otro. Cuando vemos cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro. En consecuencia, no tenemos ninguna razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro.
Esta concepción le quita toda la fuerza a la causalidad. A Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del determinismo. Si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, yo soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo. Pero si mi propia vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy responsable de mis acciones.

El empirismo inglés advirtió este conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es incompatible con el indeterminismo. Si las acciones realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia para la filosofía humana, no están determinadas por el carácter o la personalidad.
Pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma aleatoria? El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo lo necesita.

Todas estas cuestiones Gombrowicz las pone en juego en “Cosmos”. A pesar de la desconfianza que le tenía a la razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas. En el año 1967 Gombrowicz recibe finalmente el Premio Internacional de Literatura por su “Cosmos”. El crítico francés Michel Mohrt defiende la candidatura de Gombrowicz en su magnífica intervención en la sesión del jurado.
“En la creación de este escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no sé, tal vez es homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo caso tiene algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a escondidas a orgías al estilo del rey Ubú”. Esta perspicaz interpretación de Gombrowicz, de acuerdo con el mejor estilo francés, fue pregonada con bombos y platillos por la radio y la prensa internacional.

En consecuencia, los jóvenes que se reunían en la plazoleta de Vence al verlo pasar hacían comentarios por lo bajo sobre el viejo bastardo, impotente y homosexual que organizaba orgías. Y puesto que la delegación sueca lo había apoyado en ese jurado por su condición de escritor humanista, algunos informes de prensa llevaban un título rimado: ¿Humanista u onanista?



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