lunes, 8 de marzo de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA MUERTE


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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ Y LA MUERTE

“Durante varios años he pasado con el señor Kaminski siete largas horas al día en la misma habitación. Era mi compañero de trabajo, un empleado como yo, y terminó por resultarme simpático. El viernes pasado me despedí de él como de costumbre, pero el lunes siguiente por la mañana no apareció por la oficina. Había desaparecido, es decir, había muerto. Muerto tan bruscamente y desaparecido tan por completo como si una mano lo hubiera llevado de entre nosotros (...)”
“Lo vi por última vez en el ataúd, donde tenía un aire de importancia. Una impresión penosa. Durante el entierro pensé que no eran vivos quienes despedían al finado, sino moribundos. En el cementerio, a aquella luminosa hora de la tarde, las caras marcadas por una cierta expresión de grave desesperación, tenían un aspecto cadavérico, igual que el cadáver del ataúd, y cada uno de los presentes cargaba consigo mismo como un saco lleno de muerte”

Este saco lleno de muerte, este “memento mori”, le resultaba exagerado a Gombrowicz, cuando le aparecía tenía la necesidad de controlarlo. La insistencia continua de la idea de la muerte sólo prueba que no somos capaces de asimilarla, pues si lo fuéramos, si en verdad sintiéramos su presencia, no podríamos dormir ni comer, sin embargo, ni siquiera nos impide ir al cine.
No nos preocupamos verdaderamente por nuestros propios pensamientos sobre la muerte, pareciera como si esa idea se pensara a sí misma, a lo Hegel, por su cuenta. “La muerte se vuelve para mí cada vez menos importante, tanto la humana como la animal. Cada vez me resulta más difícil comprender a aquellos para quienes la privación de la vida es el mayor de los castigos (...)”

“No entiendo la venganza de quien, al matar con un inesperado disparo en la nuca, se regocija como si el otro hubiera sentido algo. Me he vuelto casi indiferente a la muerte, por supuesto, no hablo de la mía”. Gombrowicz nació en Maloszyce donde vivió un año. Durante seis años vivió en Bodzechow, veintiocho en Varsovia, veinticuatro en Buenos Aires, un año en Berlín y cinco años en Vence.
Estando en Vence a Gombrowicz lo asalta la nostalgia por la Argentina, hace un resumen de su vida y de su obra, empieza a administrar su gloria desde Francia y se prepara a morir. “Pero dentro de mí sigue humeando y rugiendo aquella orilla abandonada hace dos años, allí, más allá de Gibraltar, de las Islas Canarias, al otro lado del océano, por debajo de las colinas de la costa brasileña y de las playas de Uruguay (...)”

“Desde aquí, desde Vence, la Argentina se me antoja espuma palpitante y viento oceánico. La llevo en mí como algo oscuro, vago, enigmático. Creo que nunca llegué a familiarizarme con la Argentina, siempre dudo, a veces me parece que me estaba predestinada, que estaba escrita en mi destino, y después pienso que no, que fue algo casual, venido del exterior, como el salto de una bestia en la selva, un salto de ataque”
Cuando promediaba su estada europea Gombrowicz se empezó a sentir como un rey moribundo. Después de terminada la “Opereta” no sabía qué escribir, ni siquiera en los diarios, una situación nada envidiable para un escritor. “De momento soy como el sonido de una tecla hundida, hay en mí más muerte que vida. En mi vida hay una contradicción que me arrebata de las manos el plato con la comida justo cuando la acerco a la boca”

A pesar del “memento mori” que se respira en los últimos diarios de Gombrowicz a veces aparece como un soberano mirando desde el palco real la riqueza y la gloria. “Hace más de un año que estoy instalado en Vence, a veinte kilómetros de Niza, en la falda de los Alpes Marítimos; un pueblo chic, no faltan residencias discretamente escondidas entre grupos de palmeras, detrás de muros de rosales, en la espesura de mimosas (...)”
“Desde la ventana veo algunos Rolls Royces cuyos propietarios compran leche o gambas en el mercado. Aparte de los Rolls Royces también hay Jaguars. Finalmente me he establecido en Vence. Un pisito agradable, cinco balcones, cuatro vistas, tres chimeneas. Entre los Alpes ardientes de luz, el mar que azulea en la lontananza y los antiguos callejones de este pueblo encantador, con los restos del castillo de los barones de Villenueve et de Vence”.

En el año 1958 con la crisis de asma en Tandil, en 1965 con el cianuro que nos pide desde Vence, en 1969 con los medios para liquidarse por los que le clama a dos amigos, la idea de la muerte le rondaba la cabeza. Gombrowicz no le tenía miedo a la muerte sino al dolor. Es una cuestión sobre la que resulta difícil hacer discursos porque tanto el dolor como la muerte duelen.
Desde lo primeros berridos que pegamos en el nacimiento no hay cosa que no nos vaya doliendo mientras vivimos, nos duele el cuerpo y nos duele el alma, pero el dolor de la muerte es harina de otro costal. La muerte y el dolor duelen, pero duelen de una manera distinta. No nos duele la idea del dolor, sino que nos duele el dolor mismo, pero sólo nos duele la idea de la muerte, y no la muerte misma, porque la muerte es sólo una idea.

El dolor se presenta desnudo, la muerte vestida de distintas maneras, vamos a ver entonces que vueltas daba Gombrowicz alrededor de las parcas. Según lo apunta él mismo en los diarios, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi despreocupado, un Gombrowicz veinteañero no estuvo muy lejos del suicidio, unos pasajes de su juventud en los que debió estar muy desesperado.
Con el tiempo, esta angustia de la existencia se le fue radicando poco a poco en los pulmones, en sus dificultades para respirar, en las crisis de asma. Entonces volvió a la idea del suicidio. Sin embargo, en su jerarquía de sufrimientos, el dolor se había puesto por encima de la muerte. Las transacciones históricas entre el dolor y la muerte fueron cambiando en el transcurso de los siglos junto a la actitud del hombre frente a la naturaleza.

Finalmente esta actitud desembocó en una relación más insegura y confusa con ella que la que tenía en la época de nuestros abuelos. Si bien es cierto que la muerte es una idea incomprensible, por eso la idea de la vida para la muerte del existencialismo es falsa, y todos los signos que existen en la tierra y el cielo nos obligan a vivir, Gombrowicz le da algunas vueltas en los diarios a la idea de la muerte.
Estas consideraciones las hace a pesar también de las reflexiones que ya habían hecho los griegos hace dos mil años sobre este asunto: si estoy yo no está la muerte, y si está la muerte no estoy yo. Sin la muerte la humanidad no hubiera filosofado, para negarla, para disipar el miedo que despierta o para asimilar su horror. Los griegos y los romanos aprendieron a escamotearla con frases cortas.

La muerte no existe para nosotros, y cuando aparece, no existimos nosotros; después de la muerte no hay nada, ni siquiera la muerte. A Gombrowicz le parece que los hombres cometen una canallada promulgando leyes que le impiden morir a quienes han elegido la muerte. Los obligan a vivir nada más que por mezquindad, para evitar los inconvenientes que trae la muerte.
El chantaje contenido en la obstaculización de la muerte atenta contra la más valiosa de las libertades humanas. Estamos condenados a vivir, pero si la vida nos pisotea y nos denigra con la crueldad de una bestia salvaje, disponemos de un instrumento maravilloso para zafar: podemos privarnos de nuestra vida. Aunque no elegimos venir al mundo, debiéramos tener al menos el derecho de marcharnos, siendo éste el fundamento de la libertad y de la dignidad personal, porque vivir dignamente quiere decir vivir voluntariamente.

Este derecho fundamental del hombre, que debiera figurara en la constitución y en las leyes, ha sufrido una confiscación paulatina e imperceptible. La organización social dispone las cosas de tal manera que morir resulta difícil, a pesar de los recursos de la técnica actual que podrían proporcionarnos una muerte muy dulce. La afirmación ciega de la vida del otro pone al descubierto la insensibilidad del que nos impide morir.
Esta afirmación ciega tiene mucho que ver con el hecho de que el dolor y la agonía todavía no lo alcanzaron, una estúpida frivolidad con la que se impide morir al que sufre. La organización social debería restringir el campo de acción del dolor dándole lugar a la eutanasia. Todas las consideraciones que se oponen a esta determinación son dogmáticas y teóricas, se despliegan como la cola de un pavo real, lejos de la muerte.

Lo más lejos posible. El 18 de noviembre de 1968 tiene un infarto del miocardio, se siente morir, les pide a los amigos veneno o una pistola para acabar con su vida. Finalmente se interesa por una ocurrencia que tiene el Hasídico y prepara un curso de filosofía que les va a dictar al que le dio la idea y a la Vaca Sagrada. Lo empieza a dar el 27 de abril pero debe interrumpirlo el 25 de mayo, a dos meses de su fallecimiento.
Cuando se pude mover un poco escribe en los diarios sobre los médicos. “Después de cuatro semanas, empiezo ahora a poder sentarme en la cama. Un infarto del miocardio y varias crisis muy dolorosas. Mi médico jura que no quedarán secuelas. Por supuesto, es un embustero profesional, como todos los médicos. Pero el hombre es para sí mismo una sorpresa inacabable porque yo, aunque con miedo de morirme y ese taladro que me desgarraba el pecho, tenía reparos en despertar a Rita y llamar al médico a una hora tan temprana (...)”

“Finalmente vino, me puso una inyección y, cuando el dolor remitió, a Rita y a mí nos dio una ataque de alegría, de pronto nos invadió un humor excelente, reíamos y decíamos tonterías, y el médico nos miraba como a dos mentecatos. No me he muerto, y sin embargo algo en mí ha sido tocado por la muerte, todo aquello de antes de la enfermedad es como si estuviera detrás de un muro. Ha surgido una nueva dificultad entre yo y el pasado”
En el año l969, un poco antes de morir, le grabaron una película en Vence, la ciudad en la que vivió los últimos cinco años, una larga entrevista para una emisión de televisión. Este film registra a Gombrowicz en el cine, los que lo conocimos volvemos a ver sus juegos con el utensilio de la pipa y su manera de cargarla, la forma rítmica de contabilizar los argumentos con los dedos y el balanceo corporal, el gesto amargo, sarcástico, distante y, muy especialmente, su asma, la enfermedad que se lo lleva de este mundo.

Con el curso de filosofía íntimo que dictó durante un mes, a dos meses de su muerte, y esta última entrevista, Gombrowicz enfrentó el fin. A este mosquetero impenitente no le alcanzó la vida para rebelarse contra el dolor, un proyecto teatral que lo tenía como tema y que tuvo que abandonar después del infarto del 68’, aunque el dolor siempre fue su copiloto. Para nosotros, sus amigos y discípulos, esta película tiene un significado muy especial; sobre el fondo de una conversación que mantiene con tres interlocutores franceses aparecen como relámpagos lejanos de una tormenta argentina unos asuntos de Gombrowicz a los que siempre volvía y que actúan como registros de su personalidad profunda.



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