jueves, 4 de marzo de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y LA IGUALDAD

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ Y LA IGUALDAD


“No es verdad que somos todos iguales y que cada uno puede analizar lo que sea. Simone Weil ha caído en los engranajes de estas mentes menos experimentadas, de estas almas probablemente menos maduras, que torpemente se han puesto a rumiar un fenómeno que los supera en mucho. Han hablado con modestia y sin pretensiones, pero ninguno de ellos ha tenido el valor de admitir que no ha entendido y que en el fondo no tenía derecho de hablar de Weil (...)”
“Lo más curioso del caso es que ellos, siendo personalmente inferiores a Simone Weil, la han tratado con superioridad, desde las alturas de esa sabiduría colectiva que los hacía superiores. Se sentían poseedores de la Verdad. Si en esa reunión hubiese aparecido Sócrates, lo hubieran tratado como a un estudiantillo. Es precisamente este mecanismo el que le permite a un hombre inferior evitar una confrontación personal con otro superior, un mecanismo que me parece inmoral (...)”

“Nunca he sido partidario de un laicismo demasiado llano, y la guerra y la postguerra no me han cambiado mucho en este sentido, al contrario, más bien me han afianzado en mi deseo de un mundo más elástico, de perspectivas más profundas. Si puedo convivir con el catolicismo es porque cada vez me importan menos las ideas, mientras que pongo todo el énfasis en la postura que adopta el hombre ante la idea (...)”
“La idea es y será siempre un biombo detrás del cual ocurren otras cosas más importantes. Yo casi no presto atención al contenido de las palabras, sino que escucho cómo son pronunciadas; y lo único que exijo del hombre es que no se deje atontar por sus propias sabidurías, que su concepción del mundo no lo prive de su sentido común natural, que su doctrina no lo despoje de su humanidad, que su sistema no le confiera rigidez y lo convierta en una máquina, que su filosofía no lo vuelva obtuso (...)”

“Estoy leyendo ‘La pésanteaur et la grâce’, de Simone Weil. Es de lectura obligada, tengo que escribir sobre este libro para un semanario argentino. ¡Y me encuentro con esta mujer en una casa vacía, en un momento en que me resulta tan difícil huir de mí mismo! Me marcho pasado mañana de este Jocaral donde me ha asaltado Simone Weil. El viento amainó y por la tarde vagué por las playas, pero por la noche estalló la tormenta”
La ciencia es un sistema general construido para estudiar los caracteres similares de los fenómenos y sus relaciones, siendo algunos de sus productos de una gran utilidad. Ninguna persona en su sano juicio puede prescindir de ellos pero hay que tratar de que no se conviertan en un alimento único. La ciencia es, entonces, un conocimiento verificable, racional y útil, mientras que el arte es un orden gratuito que busca la distracción y el goce estético.

Aunque pudiera parecer lo contrario, los objetos detrás de los cuales van la ciencia y el arte a veces se manifiestan como deseos simultáneos y vehementes en una misma cabeza. Los milagros son fenómenos sorprendentes de la naturaleza contra los que la ciencia se rompe la cabeza mientras el arte suele tener con ellos una actitud ambivalente. Uno de los lugares preferidos por Gombrowicz para hacer milagros diabólicos era el Jocaral de Mar del Plata, una casa de su amigo Odiniek.
Mar del Plata era una de las cinco cosas de la Argentina que lo habían impresionado vivamente a Gombrowicz por sus dimensiones descomunales, era entonces un lugar propicio para los milagros diabólicos. “Yo miro esta mesa y me fijo en una de mis manos apoyada sobre ella (...)”

“Si me fijo sólo una vez no pasa nada. Pero si vuelvo a la mano y la miro otra vez, entonces me voy a preguntar por qué la mano se ha convertido en un objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a mirarla una tercera y una cuarta vez, la mano se convierte en un objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante (...)”
“Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras”. La relación que Gombrowicz tenía con los sentimientos lo predispuso desde joven a realizar experimentos, los experimentos que hace con las manos son memorables. Hace más de medio siglo, en la Nochebuena del 56, Gombrowicz pasaba unas vacaciones en el Jocaral, una quinta del barrio Los Troncos en Mar del Plata.

Las lluvias, la agitación y el ruido de las hojas de los árboles lo obligaban a encerrarse en casa y también en sí mismo, y de esos experimentos nocturnos que hacía resultaba el miedo, tenía miedo que se le apareciera algo. “Algo anormal, ya que mi monstruosidad va creciendo, mis relaciones con la naturaleza son malas, flojas, y este aflojamiento me hace vulnerable a todo. No me refiero al diablo, sino a cualquier cosa. No sé si me explico (...)”
“Si la mesa dejara de ser una mesa transformándose en... No necesariamente en algo diabólico. El diablo es sólo una de las posibilidades, fuera de la naturaleza está el infinito. La casa crujía, los postigos golpeaban. Quise encender la luz: imposible, los cables estaban cortados. Un aguacero. Me quedé sentado a oscuras en medio de los resplandores. Me levanté, di unos pasos por la habitación y de pronto extendí la mano, no sé por qué, quizás porque tenía miedo (...)”

“Entonces cesó el temporal. La lluvia, el viento, los truenos, el fulgor: todo acabó. Silencio. Entiéndase bien: la tempestad no se extinguió de un modo natural, sino que fue interrumpida. Yo, por supuesto, no estaba tan loco como para creer que fuera mi gesto lo que había detenido la tempestad. Pero, por curiosidad, volví a extender la mano en aquella habitación envuelta ahora en las tinieblas (...)”
“¿Y qué?: viento, lluvia, truenos, ¡todo empezó de nuevo! No me atreví a extender la mano por tercera vez, y mi mano ha quedado hasta hoy ‘sin extender’, manchada por esta vergüenza. Al fin y al cabo, lo que sé de mi naturaleza y de la naturaleza del mundo es incompleto, es como si no supiera nada”. Gombrowicz fue construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad. Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte de escribir mientras se burlaba de la patria, de la política y de la familia.

Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía la pena ir a alguna parte, quería conquistar. Simone de Beauvoir nos recuerda en el comienzo de “¿Para qué la acción?” una conversación entre Pirro y Cineas; –Primero vamos a someter a Grecia; –¿Y después?; –Ganaremos África; –¿Y después de África?; –Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia menor, Arabia; –¿Y después?; –Iremos a las Indias; –¿Y después de las Indias?; –¡Ah, después descansaré!; –¿Por qué no descansas entonces antes de partir?
Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales. El rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía el proyecto de Pirro en una empresa ilógica. Gombrowicz no deseaba descansar y aunque quería conquistar no sabía lo que quería conquistar.

Este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria. La ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus diarios de personalidades sobresalientes utiliza dos procedimientos contrapuestos.
En uno, primero las golpea y después las levanta del suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las elogia y después las noquea. Si la ocupación con la personalidad se le prolonga mucho tiempo reitera el procedimiento, es el caso típico de Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que el deseo de ser el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.

Simone Weil fue víctima de esos dos procedimientos contrapuestos en la oportunidad en que Gombrowicz hace algunas reflexiones sobre el catolicismo. A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo.
El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos. En un principio contrapone el catolicismo superficial de Sienkiewicz al trágico y profundo catolicismo de Simone Weil con el que se podía encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura contemporánea.

Pero, posteriormente, se aleja de Weil y se acerca otra vez a Sienkiewicz porque, según dice, se había vuelto partidario de la mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la nariz. Simone Weil, una judía conversa, ingresó a la Ecole Normale Superiore y se graduó en las carreras de filosofía y de literatura clásica.
Investigadora de la doctrina marxista, sus preocupaciones más señaladas eran la cuestión social, la pureza y la verdad. Sus ejercitaciones en la praxis del trabajo fabril y una procesión católica que presenció en Portugal la llevaron a decir: “Tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo con ellos”.

Participó de la Guerra Civil Española en las columnas anarquistas, y de la guerra le quedó el horror de la brutalidad y del desprecio de la verdad. El cristianismo ocupó un lugar preponderante en sus pensamientos, Camus y Eliot le profesaban una enorme admiración por su lucidez, honetidad intelectual y desnudez espiritual. Murió muy joven, a los treinta y cuatro años.
“Siempre me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan distintos de los míos. No conozco ninguna grandeza, absolutamente ninguna. Soy un paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes o hasta el Himalaya. A cada instante mi pluma toca causas supremas y poderosas, pero si he llegado hasta ellas, ha sido jugueteando...; al vagabundear como un muchacho me he topado frívolamente con ellas (...)”

“Una existencia heroica, como la Simone Weil, me parece de otro planeta. Es el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, ella la asume plenamente, es la antítesis de mi deserción. Simone Weil y yo, uno no podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos”. Gombrowicz se estaba enfrentando con la grandeza de una mujer que supo liberar de su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia sobrehumana.
¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad común y corriente se aburre con lo profundo y lo sublime y, por cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y la filosofía. ¿Qué es Weil entonces?, una histérica que fastidia y aburre, una egoísta cuya personalidad inflada y agresiva no sabe ver a los demás, ni es capaz de verse a sí misma con ojos ajenos.

“¿Es la carpa metafísica de Simone Weil, cocinada en su propia salsa, la que debo vivir como una experiencia profunda? Yo exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una grandeza tan irresistible arriba como abajo. Es una necesidad que me fue inculcada por el universalismo de mi tiempo, que quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se contenta con la aristocracia”


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