martes, 2 de febrero de 2010

WITOLD GOMBROWICZ, MUSSOLINI, HITLER Y STALIN




JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ, MUSSOLINI, HITLER Y STALIN

“Después de la muerte de Pilsudski empezaron a notarse nítidamente síntomas de descomposición. Esa Polonia que contaba con poco más de diez años de existencia, no tenía aún principios, instituciones, normas de acción bien implantadas; la democracia no había penetrado por entero en la sangre de la nación. Cuando murió Pilsudski, tuvimos la impresión de que el viento acababa de arrancar la techumbre de encima de nuestras cabezas (...)”
“Por lo que recuerdo, al principio había un gran estupor. Creo que sería muy difícil explicar a la joven generación hasta qué punto estábamos sorprendidos. El tono y el contenido de lo que estaban introduciendo en Europa Hitler y Mussolini, nos pareció algo fantástico. Nosotros estábamos absolutamente seguros de que el progreso significaba la libertad individual, el respeto a la ley, la democracia, la desmilitarización, el pacifismo (...)”

“La liga de las Naciones, la cultura, el arte, la ciencia... Y he aquí que de repente comenzaron a llegarnos noticias de teorías medievales y hechos que nosotros considerábamos ya imposibles en nuestro siglo. El renacimiento del belicismo alemán, la invasión de Abisinia, la guerra de España, pero sobre todo miles de pequeños acontecimientos que demostraban que una gran parte de los europeos empezaba a ser diferente, casi exótica (...)”
“Para nosotros, en Polonia, todo eso resultaba todavía más extraño, porque nos habían mantenido alejados de las tensiones dramáticas de Europa. No nos dábamos cuenta del empuje del comunismo. El comunismo ruso nos parecía algo torpe y más bien salvaje, asiático; nos nutrían sin cesar con la creencia de que el coloso ruso seguía irguiéndose sobre pies de barro (...)”

“En Polonia la acción roja organizada, apenas se manifestaba y tampoco tuvimos conciencia suficiente de la amenaza de los movimientos revolucionarios que pesaba sobre Alemania e Italia. Vivíamos con la ilusión de que Europa era una pradera soleada, cuando en realidad era una caldera calentada por el fuego de la revolución y sometida a una presión de millares de atmósferas”
En esa caldera europea tan extraña a Polonia tres hombres se propusieron ser dioses: Mussolini, Hitler y Stalin, pero antes de hablar de ellos vamos a echarle una mirada a la relación que el hombre tiene con Dios. De los atributos omnímodos que tiene Dios –la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia– hay dos alrededor de los cuales dan vueltas tanto Sastre como Gombrowicz: la omnipotencia, la omnisciencia.

Gombrowicz piensa que el hombre quiere afirmarse en su personalidad para ganarle la batalla a los demás, para llegar a ser eminente. Él sabe que no lo sabe ni lo puede todo, pero no permite que su yo se empequeñezca, ese yo le ha sido impuesto con demasiada brutalidad y lo acompaña a todas partes adonde va y durante todo el tiempo. La complexión del pensamiento de Gombrowicz es existencialista, así que vamos a seguirle los pasos a Sartre a ver que piensa de Dios y de sus atributos.
Este filósofo admite abiertamente que el proyecto fundamental del hombre es el de convertirse en Dios. Estar en el mundo es un proyecto que el hombre tiene para poseer el mundo en su totalidad, como aquello que le falta a la existencia, para entrar en algo que lo abarca todo y que es precisamente el ideal, o el valor. Esta idea no ha sido extraída del “Mein Kampf de Hitler, donde encajaría muy bien como el sueño pangermanista de poseer y gobernar el mundo entero, sino de “El Ser y la Nada”, la obra fundamental de Sartre.

Dios es el ser que posee el mundo, un proyecto que de igual modo tienen los hombres porque también quieren poseerlo, pero este proyecto fundamental, así como el proyecto del amor, caen en el vacío. Los polacos sufrieron en carne propia el ejercicio de la voluntad divina y creadora de Hitler y de Stalin que querían ser Dios, y Gombrowicz sintió la manifestación pública de ese poder antes de que se adueñara del mundo, en un viaje que hace a Italia.
“Voy a contar alguna que otra cosa sobre mi viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa, si descontamos un vistazo que eché un año más tarde a las orillas de Francia en Boulogne y a una Inglaterra envuelta en las brumas del canal de la Mancha”. Gombrowicz se había entregado al vagabundeo, el gran esfuerzo que le había demando “Ferdydurke” había quedado a sus espaldas.

En ese año el jurado de “Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937, Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron a Boy-Zelenski. “No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura polaca para siempre. Descansaba”. El aire de Roma, el clima limpio, transparente, latino, contrastaba con las brumas de Polonia, ese aire tenía para Gombrowicz un perfume particular.
“Y, sin embargo, en este aire y sobre el fondo de un paisaje tan noble, también se dejaba sentir algo turbio y monstruoso, como una pesadilla. Los diarios alababan ruidosamente el eje Berlín-Roma, por todas partes olía a chantaje y a traición, para mí el complot de Italia con Alemania era la traición a Europa en la calle, en los discursos de Mussolini, en las canciones de los fascistas y hasta en los juegos bélicos de los niños delante de villa Borghese”

Gombrowicz se da cuenta de que los italianos están desorientados. La duda que flotaba en el aire era la de saber cuál era la verdadera naturaleza de Mussolini, a lo mejor el Duce era un hombre providencial y un caudillo infalible, quizá le había sido impuesta la misión histórica de liquidar el mundo latino, siempre tan equilibrado. “Qué difícil resultaba definir algo en la bruma de aquella época, todos esperaban el veredicto de la Historia (...)”
“Pero la Historia no tenía prisa, no se sabía quién mentía, quién faroleaba, quién era honesto, los contornos estaban borrosos, los límites diluidos”. Abrumado por esa Roma fascista Gombrowicz se va a Venecia. Conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra.

Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.
“Esa semana, pasada en Venecia, me resultó difícil, emponzoñada por algún elemento salvaje que se infiltraba en la tranquilidad del Renacimiento y del gótico. Regresaba a Polonia de un humor siniestro. Anochecía, el tren corría en dirección hacia Viena, pero yo tenía la impresión de que me llevaba a las tinieblas, los ojos dejaban de distinguir las formas, en espacios desconocidos aparecían unas pequeñas luces, una presión rítmica y balanceante hacia este espacio se convertía en una sensación apocalíptica (...)”

“De repente me di cuenta de que no era el único que tenía miedo. Alrededor de mí, en el compartimento, en el pasillo, todos tenían miedo. Las caras estaban tensas, se intercambiaban observaciones, comentarios... ¿De qué se trataba? Era evidente que algo había pasado. Pero no quise preguntar. Cuando llegamos a los suburbios de Viena, vi grupos de gente con antorchas, victoreando (...)”
“Los gritos ‘¡Heil Hitler!’ llegaban a nuestros oídos. La ciudad enloquecía. Comprendí: era el Anschluss. Hitler estaba entrando en Viena”. No hay hombre que pueda creerse Dios si los demás no lo ayudan, y los alemanes lo ayudaron tanto a Hitler que sobrepasó los límites de Alemania, sin embargo como el hombre es una pasión fracasada no llegó a ser Dios. Los alemanes les tiene confianza a sus ingenieros, a sus generales y a sus pensadores, los obreros alemanes confían en la elite y la elite en los obreros.

“Perdieron guerras colosales, pero tuvieron en jaque al mundo entero y, antes de ser aplastados, sus líderes los llevaron de victoria en victoria. Pese a todo, están acostumbrados a las victorias: en la fábrica, en la guerra y en solucionar cualquier tipo de problemas... Hitler fue también, y sobre todo, una cuestión de confianza. Como los alemanes no pudieron creer que lo que estaba ocurriendo fuera tan groseramente simple, tuvieron que presumir que era genial... pero (...)”
“¿Quién podría asegurarme que el pie derecho de ese señor de cierta edad no había aplastado en aquel tiempo la garganta de alguien hasta verlo morir?... Tenía la sensación de que Berlín, igual que lady Macbeth, se lavaba las manos sin cesar. Ah, el exotismo alemán, su hermetismo, su propia sustancia imposible de expresar, ese control sobre sí mismos rayano en la locura, esa humanidad que es preludio de una humanidad futura, desconocida (...)”

“Y su funcionalidad, gracias a la cual cinco alemanes de lo más normales se convierten en algo imprevisible. ¡Producción! ¡Técnica! ¡Ciencia! Si Hitler se convirtió en la maldición de aquella generación, con qué facilidad la ciencia podría convertirse en una catástrofe para la juventud alemana de hoy. La ciencia, reuniéndolos en la abstracción, en la técnica, podría hacer de ellos cualquier cosa”
Las sonrisas que los alemanes le dispensaban a Gombrowicz no podían borrar la enorme agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdonar. Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada uno de los polacos sobrevivientes, a pesar de todo la condena y el desprecio no eran los métodos que había que utilizar para vencerlo.

Despotricar continuamente contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede vencer en uno mismo. Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos.
Gombrowicz tenía la sensación de que Berlín y Moscú eran el diablo y el mal, y el diablo y el mal son socios desde que Dios creó el mundo, una sociedad que preocupaba mucho a Gombrowicz. Mientras Gombrowicz padecía todas estas tribulaciones respecto a Polonia Jósef Stalin consolidaba su poder absoluto. Desde 1928 impulsó una política izquierdista denominada de “clase contra clase”.

Esta política provocó un conflicto frontal con la socialdemocracia europea, lo que facilitó el ascenso de Hitler al poder. Algunos jerarcas de la Komintern llegaron a celebrar el ascenso de Hitler a la cancillería como la muestra de que el sistema capitalista había llegado a su estadio final según las predicciones que había hecho Marx y ya estaba maduro para derrumbarse.
La evidencia del error se fue haciendo tan grande que finalmente, en el año 1935, Stalin giró hacia una nueva política exterior para acercarse a las democracias occidentales y tratar de frenar el expansionismo nazi, una nueva dirección política que tuvo su mayor manifestación en los frentes populares en Francia y en España. La política de apaciguamiento y su desarrollo posterior, el pacto de Munich, precipitaron un cambio radical en la política soviética.

Era un cambio en el que Stalin había venido pensando bastante tiempo antes, la búsqueda de un acuerdo con Hitler. Esta política marcó un nuevo rumbo que desembocó en el pacto de no agresión germano-soviético. La consecuencia inmediata de este pacto fue que en septiembre de 1939, Hitler, tras repartirse las influencias en la Europa oriental con Stalin, se lanzara a la invasión de Polonia.
El enfrentamiento entre el nacionalsocialismo y el comunismo soviético había sido simplemente pospuesto por un tiempo. El pacto de no agresión que Stalin firmó con Hitler en 1939 no impidió la invasión alemana de 1941. Stalin participó en las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, en las que se organizó el reparto del mundo en dos bloques ideológicos.

Stalin ha pasado de ser considerado un mito del socialismo internacional a estar incluido en la nómina de dictadores irracionales del siglo XX. No en vano se conoce como estalinismo al régimen político caracterizado por el rígido autoritarismo comunista. El pacto de no agresión que firmaron Hitler y Stalin tuvo una consecuencia inesperada para Gombrowicz: se quedó un cuarto de siglo en la Argentina.
“Cuando llegamos a Buenos Aires la situación internacional parecía distenderse. Pero al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un cañonazo. ¡Era la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas alemanas caían sobre Varsovia. Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewski (...)”

“Al enterarse de la declaración de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a Polonia). Straszewski y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina”. Gombrowicz vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo.
Las posturas políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.

Benito Mussolini, Adolf Hitler y Józef Stalin quisieron ser dioses utilizando dos de los cuatro atributos omnímodos que tiene Dios: la omnipotencia y la omnisciencia, recurriendo el poder militar y una ideología. De entre los tres dictadores el que pudo prescindir finalmente de la ideología una vez que el régimen llegó a su apogeo fue Hitler, poniendo al descubierto el funcionamiento de la forma, el gran descubrimiento de Gombrowicz.
La tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y que el secreto del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro y aplastar-lo, tanto que el otro sea una persona o una nación; ese paso más frente al que los demás exclaman: –No lo doy.

Quiso que una vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su capacidad de vivir, y quiso también alcanzar la he-roicidad luchando contra su propio miedo. Se prohibió la debilidad y se cortó la retirada, una estrategia absolutamente contraria a las tácticas de Gombrowicz. Es muy útil descomponer el ascenso de la forma desde la persona hasta la historia, siguiendo el camino de Hitler.
Primero se unió a un conjunto pequeño de indivi-duos y se hizo líder de ese grupo reducido a partir de sus cualidades personales, y en esta primera fase del proceso la idea era el instru-mento para conseguir el sometimiento del otro. Hasta aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban situados en un terreno humano, po-dían renunciar. Aquí empieza a aparecer un factor decisivo.

El aumen-to de la cantidad cambia la dimensión, se hace inaccesible para un so-lo individuo. La forma demasiado pesada y maciza empezaba a vivir su propia vida. Un poco de fe en cada obediente se multiplicó por la can-tidad y se convirtió en una carga de fe peligrosa, porque cada uno de ellos ya no podía saber cómo reaccionarían los demás, a los que no co-nocía, si se le ocurriera decir: –Renuncio.
Hitler, reforzado por la cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no había nada en su naturale-za privada ni en la de los otros que les impidiera tomar la palabra, y decir: –Paso. La forma creció por su propia ley general y transfirió a una esfera superior la acción de la conciencia individual: Hitler fue dejando de actuar con su propia energía y utilizó la fuerza de la ma-sa, superior a la suya propia.

El grado de excitación entre el líder y sus subordinados creció en audacia y alcanzó tal estado de ebullición que el conjunto se volvió terrible y superó la capacidad de cada uno de sus miembros. En este continuo ascenso de la forma, el terror se a-poderó de todos, también del jefe, que entró en una dimensión extrahuma-na; ya nadie podía retroceder, porque sus conductas habían sido trans-feridas de la región humana a la interhumana.
Gombrowicz introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su mundo. Hitler finge ser más valiente de lo que es para forzar a los demás en esta carrera enloquecida del crecimiento de la forma, pero de este artifi-cio nació una realidad que produjo hechos. Las masas no pudieron sen-tir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada.

Los alemanes no pudieron resistir la aplastante vo-luntad de su jefe. El jefe se vuelve grande con una grandeza verdaderamente extraña cuyo rasgo más característico es que se estaba creando desde el exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con pensamientos y sentimien-tos simples estaba en manos del Gran Hitler, que se le imponía desde afuera.
Una vez que estas transformaciones entraron en la esfera inter-humana, la idea ya no funcionó, porque no era necesaria, era una aparien-cia detrás de la cual el hombre se posesionó del hombre. Una mano blan-da que no hacía tanto tiempo tomaba un pincel para hacer trazos sobre una tela se convirtió en una maza con la que se golpeó a la historia. Gombrowicz se tomó un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa.

“Veinticuatro años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos, alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al día... Los auténticos argentinos decían con naturalidad ‘qué porquería de país’, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia sofocante de los nacionalismos”


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