domingo, 17 de enero de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y SUS PRIMEROS GARABATOS




JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y SUS PRIMEROS GARABATOS

Stanislaw Balinski despertó el primer interés de Gombrowicz en la literatura y los tribunales de Varsovia fueron testigos de sus primeros garabatos literarios. Este miembro de una familia aristocrática conoció a un Gombrowicz niño. Poeta, novelista y traductor, miembro del grupo Skamander, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores en París y en Londres durante la guerra, no volvió a Polonia.
Cuando tenía siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia. Witold prosiguió sus estudios en un curso particular organizado por la señora Balinski para uno de sus hijos. La casa aristocrática de la familia Balinski era por entonces uno de los centros intelectuales más importantes de Varsovia, una casa aristocrática que Gombrowicz frecuentó durante mucho tiempo.

Los primeros contactos de Gombrowicz con los hijos de los aristócratas varsovianos lo deprimieron. Se sentía torpe, y el saberse diferente de los demás lo llevó a distanciarse de su familia, de la escuela y de sí mismo. Creyendo que su mundología dejaba mucho que desear se preocupaba constantemente de los modos de comportarse en sociedad y de su falta de modales.
Gombrowicz envidiaba de los aristócratas la facilidad que tenían para imponerse y una desenvoltura en los modales que parecían innatas, así como un espíritu que, por esencial, debía dominarlo todo. En sus relaciones con los adultos se sentía paralizado por sus defectos, a menudo imaginarios, lo cual aumentaba todavía más su timidez, su torpeza y su distancia.

Este sentimiento de inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su carácter: una timidez externa ligada a una seguridad interior. Consciente de la superioridad de ciertos adultos de su entorno, evitaba las discusiones con ellos por miedo a parecer ridículo. Gombrowicz pasaba las tardes en casa de Ignacy Balinski, el padre de Stanislaw, una mansión que se consideraba ilustrada, rica en contactos con París y Londres, abierta al arte y a la literatura.
Por supuesto no tenía acceso a unos desayunos solemnes en cuyo transcurso Ignacy Balinski recibía al nuncio apostólico y a otros personajes del cuerpo diplomático. “Stanislaw Balinski se dignaba de vez en cuando a iniciar a los mocoso en las hazañas de los poetas de los grupos ‘Pikador’ y ‘Skamander’, que inauguraban su ofensiva poética. Fue mi primer contacto con la literatura (...)”

“Escuchaba con admiración aquellos rumores ceremoniosos sobre diversas locuras, excentricidades, provocaciones de Tuwin, Lechon, Slonimski y absorbía las palabras de sus primeros poemas sin entender casi nada. Creo que Stanislaw jamás habrá imaginado que este tímido y torpe joven se transformaría un buen día en el enemigo número uno del grupo ‘Skamander’ y de muchas más cosas que el propio Stanislaw apreciaba: ignoraba que estaba criando cuervos (...)”
“Pienso que, todavía hoy, le debe resultar difícil creer que el Gombrowicz de ‘Ferdydurke’ y del ‘Diario’ es el mismo dócil Gombrowicz de antaño que recibía sus revelaciones poéticas con una piedad casi religiosa”. Gombrowicz había terminado sus estudios en París y vuelto a sus vacaciones de Polonia, sólo había pisado dos veces el Instituto de Estudios Internacionales y, en realidad, los estudios nunca habían comenzado.

Para calmar la irritación que tenía el padre a raíz de su holgazanería inició sus prácticas de pasante con un juez de instrucción en los tribunales de Varsovia. En esa época escribe cuatro novelas cortas, eran los años de su práctica no rentada en los tribunales, trabajaba en el despecho de un juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases.
Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo que no podía combatir. Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a los estándares del razonamiento común.

Esta irracionalidad, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y Gombrowicz se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal. Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán.
El juez le entregaba expedientes con la investigación policial preliminar, lo distinguía con los asuntos interesantes porque sabía jugar al ajedrez. Cuando terminó las cuatro novelas cortas que había escrito ese año no se las mostró a nadie, por vergüenza. El trabajo literario le parecía un poco ridículo, ser artista era para él una falta de tacto, y las iniciativas que tomaba en ese sentido le parecían condenadas a una afectación incurable.

Se divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus prácticas de pasante como un trabajo verdadero, se sentía como un verdadero parásito. Le confesó a una joven las tribulaciones en las que se encontraba por tener una vida fácil. Ella lo escuchó con atención y le respondió que era claro que tenía una vida fácil, pero que para él su vida fácil era más difícil que lo que podía ser para otros su vida dura.
Se le estaba presentando la posibilidad de realizar una operación que tiene una gran utilidad en el arte, la transformación de los propios defectos en valor. Por el momento se dedicaba a elaborar cuentos fantásticos dejando para más adelante su ajuste de cuentas con la vida, con la suya y con la de los demás. El tribunal llegó a ser para Gombrowicz una especie de agujero por el penetraba en la miseria de la existencia.

Pero los jueces, los fiscales y los abogados, aunque mejores que los propietarios terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos también eran caricaturas. La vida miserable deformaba al proletariado, las comodidades y el ocio deformaban a los terratenientes. Pero esa intelligentsia urbana también estaba desfigurada por su modo de vivir.
Había que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la inferioridad para establecer con ella una relación creativa, pero no sabía cómo realizarlo. Gombrowicz se sintió desde muy joven como actor de una mala obra teatral, con un papel estrecho y banal, y sin ninguna posibilidad de lucirse. Es así que se fue preparando poco a poco con la conciencia de esta inferioridad esperando tiempos mejores.

Lo que sí sabía, sin ninguna duda, es que él no era culpable de nada, la culpable era la situación. A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir no estaba bien vista entre los miembros de su familia, de a poco se fue convirtiendo en un escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”. Había una paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo.
Esta paradoja despertaba la perplejidad de Gombrowicz, si sus acciones iban a influir en el futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo que ocurría en el mundo. Pero si su propia vida estaba regida por circunstancias que escapaban a su control, entonces no era responsable de sus acciones. Y esta paradoja nos lleva de la mano, porque una cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco estaba.

En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que sufría su imaginación. En un estudio realizado por una famosa psiquiatra ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes relatos de sus experiencias mentales.
Estas experiencias coincidían en muchos aspectos con las experiencias que describen los existencialistas y, especialmente, con las experiencias vividas por ciertos héroes de las novelas y del teatro de Sartre. “El menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el océano (...)”

“En consecuencia, yo seré la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad total... ¡Soy culpable de todo, absolutamente de todo! Por mi mera existencia soy culpable y complico al mundo entero en mi ignominia... ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros hombros humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no obstante verse obligada a comprometerse siempre de manera total”.
La paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos principios existencialistas del compromiso y la responsabilidad, finalmente, perdió por completo la razón. Imaginemos por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado Gombrowicz, un asunto nada improbable pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la cabeza la idea de que estaba loco.

¿Qué hubiera estado haciendo nuestro amigo?, tirando piedras al agua, seguramente. Gombrowicz no soportaba el compromiso y la responsabilidad existencialistas, los consideraba una enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga muy pesada para la naturaleza humana. La idea de una conciencia cada vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica debía conducir a la locura.
El compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos. Gombrowicz comienza entonces a tirar piedras en el agua, se presenta como un paseante pequeño burgués que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas y poderosas.

Gombrowicz es un representante ejemplar de una vida que huye del compromiso y de la responsabilidad, esas categorías que condujeron a la paciente a la locura, su metafísica intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, una metafísica que abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como abajo. De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su falta de sinceridad y a su histrionismo.
Pero hay que recordar que la literatura es escurridiza y lo obliga al escritor a rebotar con las paredes del lenguaje y del objeto. El bufón que todos llevamos dentro del alma nos habla muy claramente de las ganas que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad y de una forma menos definida.

Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa que fuere, no le permite al hombre pensar, reír y sentir libremente, puede que no alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la locura. “Los jueces de instrucción ejercían sus funciones en un edificio de la calle Nowy Zjazd, a orillas del Vístula. Mi jefe, el juez Myszkorowski, tenía asignados dos cuartos que daban a un largo pasillo atestado de presos y de policías (...)”
“En el primer cuarto, nosotros, los pasantes, teníamos tres escritorios, el otro escritorio estaba ocupado por el juez. Nuestra tarea consistía básicamente en instruir los expedientes penales dirigidos al tribunal de primera instancia. Se trataba de asuntos judiciales bastante serios, el juez me entregaba el dossier de la investigación preliminar llevada a cabo por la policía (...)”

“Durante el año y pico que trabajé en el despacho del juez tuve ocasión de tratar con un hampa de diversas clases: autores de asesinatos, crímenes políticos, eróticos, robos, estafas. Tratábamos a veces con algún loco o teníamos que asistir a autopsias, lo cual no podía ser incluido entre las cosas agradables. Pudiera parecer que de este contacto con la miseria y el crimen debería haber sacado enseñanzas de suma importancia (...)”
“Sin embargo, no fue así, sucedió lo contrario. Había constatado desde hacía tiempo que el hombre no se habitúa a nada tan rápidamente como a ese bajo fondo de la existencia, sobre todo si contacta con ellos profesionalmente, como médico o como juez. El trabajo en el tribunal no me ocupaba demasiado tiempo, en total unos dos días por semana, el resto del tiempo lo ocupaba leyendo (...)”

“Devoraba al azar una cantidad considerable de libros. Volví también a otra de mis ocupaciones abandonada hacía tiempo: escribir. Esta vez, sin embargo, ya no se trataba de obras abortadas en su propia concepción, sino de un trabajo sagaz y calculado para dar un resultado concreto. Me puse a escribir obras cortas, es decir, cuentos, con la idea de que si no salían bien esos cuentos los quemaría y empezaría de nuevo a escribir otra cosa (...)”
“A pesar de vivir en Varsovia, a pesar de mi trabajo presente de pasante, seguía siendo un muchacho de campo, un producto típico de mi universo terrateniente, pero aún así me iba introduciendo poco a poco en el mundillo artístico. En un comienzo, exceptuando a Stanislaw Balinski, en quien no confiaba demasiado en esta materia, no conocía a nadie del mundo literario (...)”

“Proseguía mi práctica de pasante, era un trabajo que me convenía, me dejaba tiempo suficiente para la literatura y, además, había adquirido tal destreza en la redacción de los protocolos que, en los momentos menos tensos de la sesión, garabateaba a escondidas mis pequeñas obras literarias”



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