sábado, 15 de agosto de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y LA RATA


JUAN CARLOS GOMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LA RATA

“Durante varios años he pasado con el señor Kaminski siete largas horas al día en la misma habitación. Era mi compañero de trabajo, un empleado como yo, y terminó por resultarme simpático... El viernes pasado me despedí de él como de costumbre, pero el lunes siguiente por la mañana no apareció por la oficina. Había desaparecido, es decir, había muerto (...)”
“(...) Muerto tan bruscamente y desaparecido tan por completo como si una mano lo hubiera llevado de entre nosotros. Lo vi por última vez en el ataúd, donde tenía un aire de importancia. Una impresión penosa”
Gombrowicz tiene las ideas más o menos claras respecto al dolor y al envejecimiento, pero no las tiene tan claras respecto a la muerte.

“Durante el entierro pensé que no eran vivos quienes despedían al finado, sino moribundos. En el cementerio, a aquella luminosa hora de la tarde, las caras marcadas por una cierta expresión de grave desesperación, tenían un aspecto cadavérico, igual que el cadáver del ataúd, y cada uno de los presentes cargaba consigo mismo como un saco lleno de muerte”
Pero este saco lleno de muerte, este “memento mori”, le resultaba exagerado a Gombrowicz, cuando le aparecía tenía la necesidad de controlarlo. La insistencia continua de la idea de la muerte sólo prueba que no somos capaces de asimilarla, pues si lo fuéramos, si en verdad sintiéramos su presencia, no podríamos dormir ni comer, sin embargo, ni siquiera nos impide ir al cine.

No nos preocupamos verdaderamente por nuestros propios pensamientos sobre la muerte, pareciera como si esa idea se pensara a sí misma, a lo Hegel, por su cuenta.
“La muerte se vuelve para mí cada vez menos importante, tanto la humana como la animal. Cada vez me resulta más difícil comprender a aquellos para quienes la privación de la vida es el mayor de los castigos. No entiendo la venganza de quien, al matar con un inesperado disparo en la nuca, se regocija como si el otro hubiera sentido algo. Me he vuelto casi indiferente a la muerte (no hablo de la mía)”
Uno de los propósitos deliberados que tenía Gombrowicz era el de desvincular la conducta humana de la voluntad y del determinismo psíquico. A la voluntad la trasponía con el automatismo y al determinismo psíquico con partes del cuerpo.

Algunas de sus narraciones nos ponen en camino de ver cuánto de automatismo tienen. En “La rata”, una historia escabrosa de extroversión e introversión, Gombrowicz saca a la superficie con ligereza e indiferencia el aspecto automático que tiene la muerte. “La rata” es uno de los relatos cortos que Gombrowicz escribió en 1937, el año de la publicación de “Ferdydurke”, su obra fundamental.
“Ferdydurke” resultó ser un fenómeno conmocionante que unió al talento literario de Gombrowicz una forma novelesca revolucionaria que sacó a la superficie un descubrimiento fundamental. De los fondos de una gigantesca cloaca provienen la substancia y el alimento para el desarrollo de todos los valores y de toda la cultura. El complejo de formas de segundo orden encadenado a nuestra inmadurez está incorporado a nuestra vida como un viejo hábito.

La envoltura de las formas maduras y convencionales le rinde homenaje a los valores elevados y sublimados mientras nuestra vida esencial se desarrolla en una esfera familiar y sucia, con ligereza y libre de sanciones. Su energía emocional es cien veces más pujante que la de aquella otra en la que se tejen las telas de las convenciones, prospera en una esfera detestable y vergonzante en la que prospera una vida exuberante y lujuriosa.
Gombrowicz pone en entredicho la posición aislada y privilegiada atribuida a los fenómenos psíquicos destruyendo de esta manera el mito de su divinización, y pone al descubierto una genealogía zoológica escabrosa y poco reluciente que repudia toda vanidad.

Descubre una naturaleza común entre las esferas de la cultura y de las subculturas y vislumbra en la región de la inmadurez el modelo y el prototipo del valor en general, y en el mecanismo de su funcionamiento la llave para la comprensión de la maquinaria de la cultura. En el salón que da a la calle todo obedece a lo que es conveniente, pero en la cocina de atrás de la casa de nuestro yo se practica la economía de la peor de todas las conductas.
Gombrowicz domina esta maquinaria psíquica ridícula y caricaturesca al punto de llevarla a una zona de cortocircuitos violentos y de explosiones magníficas que condensan en forma grotesca. Éstas son algunas de las reflexiones que hizo Bruno Schulz sobre “Ferdydurke” en 1938, durante la conferencia que pronunció en la Unión de Escritores.

Comunicó a todos los artistas allí presentes que acababa de levantarse un sol que hacía palidecer a todas las estrellas. “La rata” es coetánea de esta obra fundamental e ilustra todos los fermentos del alma de Gombrowicz, su talante de demonólogo de la forma y su carácter de demiurgo de la inmadurez a los que apunta con tanta inteligencia y genio. Cuando le preguntaron a Gombrowicz sobre el significado de “La rata” respondió que era una historia escabrosa de extroversión e introversión.
Un malhechor llamado Huligan asolaba con sus fechorías una comarca de Polonia. Tenía un carácter exuberante y no admitía restricciones de ninguna especie. Odiaba a los ladrones de carteras y de cosas pequeñas, si tenía que elegir entre pellizcar a alguien o despacharlo al otro mundo con un golpe violento, lo liquidaba y seguía caminando y cantando a pleno pulmón.

Nadie podía atribuirle un asesinato vil o hecho a traición, todos sus asesinatos tenían un aspecto noble y los realizaba al son de una tonada: –Ay, María, María, Mariíta mía. Amaba a María más que a nadie en el mundo, la amaba con amplios gestos, entre bailes, saltos y vodka en abundancia. No concebía el silencio ni la falta de lenguaje tan común en los hombres de nuestro tiempo.
A veces le pesaba la nostalgia, entonces toda la comarca escuchaba sus lamentos sonoros y lánguidos. Los perros aullaban dentro de los corrales y su aullido contagiaba a los hombres mientras el bandido cantaba: –Ay, María, vida mía. Poco a poco se convirtió en una leyenda y se compusieron canciones en su honor con el estribillo: –Ay, ay, ay, vida mía. En una villa solitaria vivía un soltero encallecido que había sido juez y detestaba la fantasía exuberante de la región.

Se quejaba en secreto a las autoridades locales por la tolerancia que tenían con sus asesinatos y sus escándalos a pleno día, pero la policía se mostraba impotente porque la población lo protegía. Además sólo mataba a unas pocas personas y a la gente le gustaba presenciar sus asesinatos. Mientras el comisario conversaba con el ex juez volaba por los aires un cadáver y llegaba a sus oídos un grito magnífico, como si miles de bisontes hollaran los campos sembrados y los prados.
La conversación que mantuvo el juez jubilado con el comisario no lo satisfizo y se propuso detenerlo él mismo con sus propias manos y encerrarlo en una jaula para limitar su naturaleza exuberante. Le ordenó a su mayordomo que se colocara debajo de un árbol en la colina y lo encadenó a su tronco.

Excavó con sus manos un hoyo en el que puso una trampa de hierro y regresó a su casa. Llegó la noche y el juez miraba a la colina desde un balcón. Hulingan se encaminó hacia el sirviente a grandes zancadas para despedazarlo a la luz de la luna pero cayó en la trampa, el juez llega a la carrera y con mucho trabajo lo transporta al sótano de su vieja casa.
En los días siguientes el jubilado se regocijaba de tener en el sótano al bandido amordazado para evitar que aullara y provocara escándalos. Durante meses enteros reinó en la comarca un gran silencio. Huligan soportaba las vejaciones del juez en silencio, y su silencio crecía, crecía y se agigantaba en las tinieblas, digno de sus hazañas más gloriosas.

Con la meticulosidad de un ratón de biblioteca el viejo buscaba el punto flaco del bandido para transformarlo en un ser de naturaleza estrecha, tan estrecha como la de él. Cuando le quitaba la mordaza para darle de comer Huligan estallaba en aullidos y de esa manera la población de las aldeas se daba cuenta de que estaba vivo. El juez seguía buscando el punto de menor resistencia y finalmente lo encontró.
En una ocasión una rata entró en la celda y en ese momento el malhechor se contrajo. El juez le quitó la mordaza pero Huligan permaneció en silencio, el asco y el miedo lo paralizaron. Cuando la rata se acercó a sus pies, sujetos al cepo, se rió nerviosamente. No se había conmovido ante los tormentos a que lo sometía el juez pero le tenía miedo a una rata, matar a una rata con sus propias manos se le aparecía como una acción inaccesible.

El viejo jubilado y ex juez se convirtió finalmente en el amo de Huligan, y a partir de entonces, sin la menor piedad, le propinaba rata. Pasaron los años y el mayordomo, hastiado de todas las tareas que tenía que realizar para maltratar a Huligan, empezó a maldecir a la rata, al amo, a la casa y al bandido. La tensión iba creciendo, crecía y crecía.
Una noche la rata rompió la cuerda que la tenía sujeta, el sirviente bajó la cabeza y la persiguió, el juez también la persiguió con la cabeza baja, ambos habían perdido los estribos y se envistieron. Se oyó un estruendo enorme en el sótano y los cerebros del juez y del criado volaron por el aire. Después de once años Huligan se halló libre. Lo obsesionaba un pensamiento, se preguntaba qué habría ocurrido con la rata, pero la rata no aparecía.

Había conocido demasiado bien el aspecto horroroso de la rata al punto de que su sola ausencia era más importante para él que los sonidos más dulces de la naturaleza y que todas las brisas del mundo. El oído agudísimo del bandido era empleado casi exclusivamente para captar el rumor más ligero semejante al que hace una rata, pero la rata no aparecía.
Era increíble que el roedor, durante tantos años unido a la persona de Huligan por relaciones tan estrechas y espantosamente profundas, hubiera podido separarse de él, desaparecer y renunciar a él de buenas a primeras. La rata no aparecía. Pasaba el tiempo y un día la vio, la rata deslumbrada por la luz buscaba refugio, y las cavidades de la ropa y el cuerpo de Huligan eran los escondites más a mano que tenía la rata.

Huligan empezó a correr seguro que detrás de él galopaba la rata, estaba confundido y sin darse cuenta se metió en la cabaña de María, la muchacha dormía con la boca abierta. De pronto apareció la rata y empezó a remolonear cerca de las faldas de María. El bandido había descubierto la madriguera y hacía maniobras silenciosas para que el roedor se metiera en ella, pero, repentinamente, algo atrajo a la rata hacia la rodilla derecha de la joven, y Huligan se quedó paralizado.
El terror que le produjo el contacto de la rata con María hizo que el bandido aullara. Aulló como en el pasado para despertar al mundo entero, y se lanzó aullando contra la rata, ya no tenía miedo, la atacó de frente, tenía la convicción de que estaba acorralada, pero ocurrió algo terrible.

La rata, ciega de terror, sintió la necesidad de meterse en un agujero, se dirigió rápidamente a la boca de María y saltó dentro de la cavidad abierta de la muchacha dormida. María, semidormida, se despertó sorprendida, cerró las mandíbulas mecánicamente pero de manera implacable y puso fin a la máquina del horror: la rata terminó con la cabeza guillotinada.
Un mordisco en el cuello consumó la muerte de la rata. La rata dejó de existir. Huligan tuvo que enfrentase a la espantosa muerte de la rata en la adorable cavidad oral de su amada María. Y con esa visión en los ojos desapareció: “Da un paso y otro paso y otro paso, pero lo sigue aquella rata muerta. Paso tras paso, paso tras paso, y en la boca de María sigue la rata muerta”



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