jueves, 2 de julio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y VLADIMIR NABOKOV


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y VLADIMIR NABOKOV

Los hombres eminentes cuando pasan los cincuenta años suelen ir poniéndose chochos. Sartre, que durante gran parte de su vida aspiraba al reconocimiento de la posteridad, llegando a los sesenta nos dice que se había engañado hasta los huesos, que había dudado de todo, pero no había dudado de haber sido él mismo, el elegido de la duda, por lo que se había convertido en un dogmático, y por la que se había transformado en una máquina de hacer libros.
“Todos los rasgos del niño, desgastados, borrados, humillados, arrinconados, dejados en silencio, han quedado en el quincuagenario. La mayor parte del tiempo se achatan en la sombra, acechan; en el primer instante de inatención levantan la cabeza y entran en la luz del día con cualquier disfraz”

Cuando Gombrowicz se entera de que se Sartre se había manifestado de esta manera en “Les Mots”, me hace algunos comentarios.
“¿Acaso sabe que en su libro último “Les Mots” ese asno ha confesado que todo su existencialismo es una asnada? Ya ve, Goma: su situación está arruinada, su prestigio intelectual aniquilado, todos se ríen y dicen: –¡Qué gomadas dice el pobre Goma!”
Ya sabemos que la chochera es una pérdida del juicio, un debilitamiento de las facultades mentales, un estado que regresa al hombre al tiempo de su niñez, y también sabemos que el amor hace chochear con frecuencia a las personas mayores. En los escritos de Gombrowicz hay tres cosas que nunca faltan: la sexualidad, el humor y los sueños.

Estos componentes pesan de una manera diferente en cada una de sus obras, los sueños y la sexualidad tienen poca importancia en Ivona porque Gombrowicz aún no había definido con fuerza su combate con la forma, batalla que libra en todos los frentes en su obra siguiente, “Fedydurke”. Podemos afirmar que entre su primera y su última obra la sexualidad sigue una línea ascendente, el humor una descendente y los sueños una constante.
Esta configuración de los componentes nos inclina a pensar que Gombrowicz se fue convirtiendo poco a poco en un viejo verde. La chochera de Gombrowicz tiene, por esta razón, unas manifestaciones más conspicuas que las de Sartre. En “Yo y mi doble”, relata unos sueños de vejete que había tenido con su bienamada de la juventud.

Cuando miraba al presente, en cambio, contabilizaba unas mejillas sin frescura, un vejete antipoético y rígido que no podía inspirar poemas y al que ya nadie admiraría. La nostalgia de su propia belleza desvanecida lo agitaba cada vez más. Le quedaba el trabajo, sí, un buen puesto para meterle miedo a las muchachas que ya no languidecían por él. O tener un hijo y vivir por y en él una vida plena repitiendo el canto eterno de la juventud, de la felicidad y de la belleza.
O sacrificar la vida por un ideal para adquirir una segunda belleza y convertirse de nuevo en objeto de nostalgia. Su cabeza hervía, se aparecía ante sí mismo con el aspecto de un egocéntrico y de un narciso sucio, sintió que la juventud se burlaba de él y lo despreciaba como a un miserable egoísta y que las alumnas del liceo ya no verían nunca en él ningún atractivo sexual.

En su último aliento argentino Gombrowicz también chochea, aunque con cierta dignidad y un tono conmovedor.
“Un día salgo a las siete y media de la mañana para hacer once gestiones urgentes y veo en la escalera a una chica, una belleza de dieciocho años, novia de uno de mis estudiantes (Flor de Quilombo), llamada por él La Valija porque, como decía, se caminaba con ella como con una valija (...)”
“La Valija solloza, le caen las lágrimas, me declara su amor: –No sólo yo –dice–, todas mis amigas han estado o están enamoradas de ti, Witoldo, ¡ninguna se ha salvado! De modo que una semana antes de partir me enteraba de todos esos enamoramientos candorosos (...)”

“Resultaba divertido, pero tampoco tanto como pudiera parecer; ese ridículo triunfo en el momento de la despedida me produjo un temblor frío: ¿esas chiquillas también estaban dispuestas, pues, a colaborar conmigo en mi drama? En cuántas ocasiones me ha sorprendido y atemorizado la reacción extremadamente violenta de la juventud ante mis sufrimientos relacionados con ella; es algo que yo percibo como una generosidad dolorosa e impotente, como una mano tendida amistosamente, pero que ya no puede alcanzarme...”
A Gombrowicz le gustaba representar el papel de viejo verde reblandecido persiguiendo a las muchachas como un fauno detrás de las campesinas en el bosque. Unas pocas semanas antes de partir para Berlín nos escribe desde Piriápolis.

“Nada de ascensores, ahora viejo, hay una Lolita de nueve años que me tiene loco, ni te puedes imaginar, ando así que casi estallo, hay que ver cómo me persigue, se enamoró locamente, ya te voy a contar. Fuera de eso no sé si me aburro o no”
En el año 1955 Vladimir Nabokov había actualizado la atracción malsana que ejercen las nínfulas sobre los hombres maduros con su "Lolita". Gombrowicz no tenía una buena opinión sobre la persona de Vladimir a quien consideraba un don nadie pero sí la tenía sobre su primo hermano Nicolás.
“Ayer estaba cenando con el príncipe Nabokov, primo hermano de ‘Lolita’ –ocurre que es una excelente familia , lo que yo no sabía. El príncipe vive en un imponente palacio, es consejero cultural de Berlín y es él quien me invitó junto con Jelenski (los dos muy amigos) (...)”

“Admirador. Músico bastante conocido, con varias obras estrenadas, persona muy iniciada en París, amigo de Camus, de Maritain etc. Estaba pasmado con mis conocimientos de música”
Vladimir Nabokov, escritor estadounidense de origen ruso, es considerado como una de las principales figuras de la literatura universal. Nacido en San Petersburgo en el seno de una familia de la aristocracia, su novela sobre ajedrez, “La defensa de Luzin”, lo consagró como uno de los principales valores de la joven generación de escritores emigrados de Rusia a causa de la revolución bolchevique. Su fama literaria fue discreta hasta la publicación en París de Lolita en el año 1955, obra que supuso su consagración como escritor.

Esta asombrosa novela narra la intensa y obsesiva relación de un hombre maduro con una adolescente precoz, y puede considerarse como un estudio del amor y el deseo sexual. Nabokov es famoso por sus argumentos complejos, sus inteligentes juegos de palabras y su uso de la aliteración. Su territorio exclusivo es la tragicomedia compleja, en la que el tiempo y el espacio se condensan o se expanden, y las metáforas y los símiles se entremezclan en un juego incesante: “Aunque camino siempre al borde de la parodia, tiene que haber, por otra parte, un abismo de seriedad”. Sus conferencias sobre literatura revelan también sus controvertidas ideas sobre el arte. Creía firmemente que las novelas no deberían buscar lo didáctico y que los lectores deberían buscar no solo empatizar con los personajes sino una apreciación estética a través de la atención a los detalles de estilo y estructura.

Detestaba las ideas habituales sobre la novela; al hablar sobre el Ulises de Joyce, por ejemplo, insistía a sus alumnos en que tuviesen a mano un mapa de Dublín para seguir las peripecias de los personajes, antes que hablarles sobre la compleja historia irlandesa que muchos críticos creen ver como esencial para comprender la novela. Sus detractores le reprochan el ser un esteta y su sobreatención al lenguaje y al detalle antes que al desarrollo del carácter de los personajes.
En 1955, el año en que apareció la “Lolita” de Vladimir Nabokov, Gombrowicz renuncia al Banco Polaco y escribe en los diarios unas palabras memorables sobre las hijas de su amigo Wladyslaw Jankowski, el estanciero de Necochea en cuya casa pasó algunas temporadas.

“Marisa, quince años, distinguida y romántica (...) se sumerge continuamente en las luminosas brumas de la belleza, el amor y el arte (...) Andrea, doce años, una chiquilla avispada, brillante y perspicaz, me gusta reír con ella, se ha especializado en robarme la pipa. Lena, catorce años. Con ella he iniciado un ligero flirteo que consiste en intercambiar miradas (...)”
“Rubias. ¡Qué bellas son! (...) y miento, miento, porque es lo que me exige su imaginación, estoy impregnado de mentira hasta la médula. Les cuento mis batallas en la última guerra”
Hay dos lolitas de Gombrowicz que se hicieron famosas, la lolita Crisamor de Tandil, y la lolita Lolaluca de Buenos Aires.

Gombrowicz le pedía a Flor de Quilombo que le mostrara las cartas de las novias para hacer estudios psicológicos sobre el estilo y la forma, se detenía especialmente en las de Crisamor: –Pero, ¿no te das cuenta que son cartas de amor?, está mortalmente enamorada de vos. Es muy joven. Sé responsable. Presta atención, puede suicidarse.
La madre de Crisamor lo veía a Quilombo con desconfianza pero su hija no le obedecía. Un día Gombrowicz, con la complicidad de Flor de Quilombo, se decide y le escribe una carta a Crismaor: –Crisamor de mi corazón...
La madre descubrió la carta, se lo cuenta a un hermano y el tío de Crisamor le dice al padre de Mariano: –¿Quién es ese hombre tan raro que trastorna la cabeza de tu hijo y molesta a mi sobrina?

Se estaba haciendo la fama de un corruptor de la juventud. Para colmo, un polaco de Tandil había leído “Transatlántico”: –¿No sabés con qué degenerado anda tu hijo? Crisamor parecía salida de “Ferdydurke”, le escribía a Gombrowicz cartas alocadas y magníficas. Su humor de prima donna, con gorjeos auténticos, pescaba al vuelo el tono de las idas y vueltas de los jóvenes comediantes de Tandil.
La otra lolita, Lolaluca, lo veía a Gombrowicz cuando llegaba con Marlon al café Querandí: –Sos un viejo vanidoso, además sos muy egoísta y también egocéntrico... La lolita Lolaluca se hizo famosa por una foto que aparece en todos los libros de testimonios en la que Gombrowicz se arroja sobre ella en un sofá con la actitud desembozada de un viejo verde violador.

Es muy difícil encontrar en la obra de Gombrowicz menciones directas a los órganos y a las funciones sexuales pero desbordan en referencias indirectas, echaba mano a esta estrategia para que la atracción y la excitación se hicieran presentes con más intensidad. Gombrowicz sexualiza el pensamiento y las ideas para que la conciencia se realice en un cuerpo erotizado que cautive y atraiga.
Las partes del cuerpo funcionan independientemente de la actividad psíquica con una estructura diferente. La popularidad de las indagaciones de Sastre sobre la mirada y de Freud sobre la participación de la sexualidad en la conducta humana facilitaron la comprensión de su obra un tanto hermética, a pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a ambos.



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