martes, 12 de mayo de 2009

GOMBROWICZIDAS : LOS ITALIANOS

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GOMBROWICZIDAS

LOS ITALIANOS

Juan Carlos Gómez (junacagomz@yahoo.com.ar)


En uno de sus cuentos Gombrowicz pone en boca del protagonista un comentario curioso pero esclarecedor. Stefan leía mucho y trataba de comprender el significado de las cosas, se daba ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos; los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los italianos... bel canto. Ésta era la razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos que no causaban repulsión.


Mucho tiempo después Gombrowicz tuvo la oportunidad de poner a prueba esta opinión estándar que tenían los polacos sobre el bel canto de los italianos, una ocasión a la que hace referencia en "Recuerdos de Polonia".


En el año 1938 viajando de Roma a Venecia Gombrowicz conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra. Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.

Pero Gombrowicz despreciaba este sentimiento de omnipotencia que tenían los italianos así que le hizo un desplante a la mismísima basílica de San Pedro.


El desplante, mejor dicho, se lo hizo a un compatriota pintor con el que se encontró en Roma y que la estaba mirando: –¿Ya ha visitado la basílica?; –No, todas las iglesias son parecidas por dentro; –¿Así que ha elegido la displicencia y el desdén?; –Sí, en efecto, eso es lo que he elegido, además, me da demasiada pereza quitarme el sombrero para entrar en una iglesia; –Pues entonces, entre con el sombrero puesto; –No es mala idea, entraré cubierto.

Gombrowicz tenía un sentimiento muy marcado sobre la inferioridad de Polonia y también sobre la inferioridad del Sur y de la gente de tez morena.

"Tenía miedo de Polonia (...) La única razón de mi zozobra era indudablemente el que sintiera que pertenecíamos a Oriente, que éramos Europa oriental y no occidental, sí, ni el catolicismo, ni nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde abajo... toda nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un abrigo campesino"


Pero en Francia tuvo una aparición milagrosa. Se le apareció a lo lejos la superficie inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se levantara un telón. Lo que no habían podido las catedrales y los museos de París lo lograba ese camino vertiginoso que apuntaba al mar. Comprendió el Sur, Francia, Italia, Roma... todo eso se le apareció por primera vez en forma hermosa justamente a él, que hasta entonces había considerado a la gente de tez morena como un tipo humano inferior. La blancura de las piedras, el noble gris ceniza de los plátanos, el azul al frente, la nitidez de las líneas y la plenitud de la forma. Toda la cultura francesa, que hasta entonces le había parecido burguesa y repugnante, se le apareció como algo elemental y salvaje. Nunca más sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza refulgente, un deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje increíble y milagroso que hizo más tarde a la Argentina.


Y fue un italiano el que le confirmó las ideas que tenía sobre la inmadurez. Cuando Gombrowicz llegó a París el 23 de abril de 1963 y se hospedó en el Hôtel de l’Opéra tuvo un colapso metafísico. En una pared de la habitación colgaba la reproducción de un óleo de Miguel Ángel con un fragmento de la bóveda de la Sixtina en el que Dios, en la forma de un potente anciano, se acerca a Adán para darle vida
"¿A quién elegir? ¿A Dios o a Adán? ¿Prefieres los veinte o los sesenta? (...) Al contemplar a Dios y a Adán meditaba en que las obras más ilustres del espíritu, del intelecto y de la técnica pueden resultar insatisfactorias por el sólo hecho de ser la expresión de una edad humana que es incapaz de infundir amor o éxtasis..., tendré entonces que rechazarlas en cierto grado, a pesar de mi propio reconocimiento, en aras de una razón más apasionada relacionada con la belleza de la humanidad. Y cometiendo un pequeño sacrilegio rechacé a Dios en el cuadro de Miguel Ángel para tomar partido a favor de Adán"

Gombrowicz y los italianos en algunas ocasiones se me han aparecido mezclados, una de las más sobresalientes mezclas fue la del Cagamármoles.

El Cagamármoles se estaba convirtiendo en un representante del infantilismo, una especialización que hizo desembocar en "Inmadurez. La enfermedad de nuestro tiempo", un libro que dio la vuelta al mundo. Sea por la inmadurez, sea porque igual que Gombrowicz estaba subyugado por la filosofía, la cuestión es que el Cagamármoles se convirtió en el campeón de los gombrowiczidas italianos.
Estaba convencido de que entre las numerosas enfermedades del siglo XX, la inmadurez se había extendido velozmente como un virus hasta convertirse, en la segunda mitad del siglo, en un auténtico fenómeno de masas.


Una actitud que tiene sus orígenes en una cultura que, fuertemente influida por la religión del Hijo (el cristianismo), ha impuesto a la cultura occidental una visión de la infancia como bien, inocencia, belleza y felicidad. El psicoanálisis y Peter Pan, a principios del siglo pasado, pusieron en entredicho esta visión, junto con la crisis de la figura del Padre. La inmadurez es entonces para el Cagamármoles la causa de la decadencia del mundo occidental y del nacimiento de los totalitarismos.

A mí se me había formado la idea de que una persona tan lúcida como el Cagamármoles me iba a ayudar a publicar las cartas que me había escrito Gombrowicz en Feltrinelli venciendo la resistencia de la Vaca Sagrada, pero en vez de ayudarla a realizar una empresa tan noble la ayudó a cometer un desatino.

Gombrowicz se fue a la tumba sin saber que se publicarían dos libros con unos textos suyos que no habían visto la luz del día mientras vivió: "Curso de filosofía en seis horas y cuarto" e "Historia". Se publicaron después con la santa bendición de la Vaca Sagrada, pero llamar textos de Gombrowicz a los apuntes que sacó en el curso de filosofía y que Gombrowicz no tuvo ocasión de revisar es una temeridad.
Para escribir este engendro mortuorio se puso a las órdenes canónicas de la Vaca Sagrada el doctor profesor honoris causa lameculos llamado el Cagamármoles, y allá fue este mamotreto indigerible.
Como Gombrowicz no era filósofo ni profesor de filosofía no disponía del automatismo que da la memoria mediante el cual podemos repetir cosas que dijimos antes una y mil veces sin pensar en lo que estamos diciendo ahora.

Gombrowicz dio ese curso para olvidarse de la idea del suicidio, no disponía pues de la imaginación y de la conciencia agudísimas con las que de vez en cuando enfrentaba estos desafíos.
El Cagamármoles prologó las ediciones italianas de este libro, así que debe haber quedado con la cabeza descansada.

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