lunes, 12 de diciembre de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y LA BIOGRAFÍA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LA BIOGRAFÍA


En el mes de noviembre próximo pasado la Vaca Sagrada estuvo en la Argentina e hizo dos declaraciones llamativas: que ésta era la última vez que venía a este país y que estaba faltando una verdadera y buena biografía de Gombrowicz. Los gombrowiczólogos polacos deben estar que trinan, vienen escribiendo sobre Gombrowicz a diestra y siniestra.
Después de haber escrito tanto deben haber completado una verdadera biografía. La Vaca Sagrada vino a Buenos Aires invitada por las embajadas de Francia y de Polonia y por la Biblioteca Nacional para promocionar su libro de testimonios “Gombrowicz en Argentina”. La declaración de que era la última vez que venía a la Argentina tiene un carácter mortuorio o despreciativo y no vale la pena detenernos en ella.

Otra cosa muy distinta es la cuestión del completamiento de la biografía. Sobre las biografías, los libros y las lecturas Gombrowicz ha escrito páginas memorables en el “Diario”. Sobre el libro de los testimonios tuve una aventura curiosa. Cuando empecé a decirle al Aceitoso que el Perverso era un depravado mal nacido, simplemente me lo prohibió, alentándome en cambio a que hablara pestes del Guitarrón.
Lo obedecí inmediatamente con la esperanza de que podría aflojarme algo respecto al Perverso. No aflojó, cómo iba a aflojar, yo no sabía que el Perverso le había publicado recientemente al Aceitoso una novela. Pues bien, el Perverso no sólo publica las obras del Aceitoso, la Hierática me está diciendo que ha preparado una nueva pócima en su celebrado aquelarre.

En junio saca del caldero la reedición de “Gombrowicz en Argentina”, restituyéndole el título original al libro de la Vaca Sagrada. El Gnomo Pimentón cuenta que Barnatán publicó “Gombrowicz íntimo”, la primera versión española y pirata de “Gombrowicz en la Argentina”, nada más que para pavonearse, para aparecer en una foto junto a Borges y a Mastronardi.
El Perverso seguramente lo hace porque es un distinguido miembro del club de gombrowiczidas. Las circunstancias fueron convirtiendo poco a poco a la Vaca Sagrada en la albacea de la gloria que con tanto cuidado había empezado a administrar su marido. Cuando lo conoció en Royaumont estaba escribiendo una tesis sobre Colette. Gombrowicz, ya tenía la salud quebrantada.

Le dijo que quería radicarse en España, en el sur de Francia o, quizás, regresar a la Argentina: –Cambie el tema de la tesis, hágala sobre mí, yo se la escribiré en dos semanas y luego nos vamos. Finalmente aprobó la tesis escribiendo sobre Colette, a pesar de los sarcasmos de Gombrowicz que le advirtió que después de los acontecimientos de mayo su tesis sería rechazada.
La Vaca Sagrada escribió “Gombrowicz en Argentina” y “Gombrowicz en Europa” para alcanzar su salud espiritual escapándole a la sombra del gran sobretodo gris de Gombrowicz que la había protegido pero que a la larga terminó por ahogarla. Ya en una entrevista que le hizo Louis Soler alcanzamos a notar como no pudo concretar ese anhelo de libertad.

La Vaca Sagrada no apareció en el primer libro y quedó completamente sometida en el segundo, siendo éste, quizás, el destino de los compañeros o compañeras de vida de los grandes artistas, el destino de sus alumnos, admiradores y discípulos. De la que sí se fue liberando poco a poco fue de la sumisión que tenía con los que testimoniaron en sus libros.
Con el tiempo adoptó una actitud que la fue convirtiendo en la sacerdotisa de un conjunto de corifeos que le rinden pleitesía, y que la convirtieron a mis ojos en la Vaca Sagrada. “Alguien me manda como obsequio desde París un paquete con importantes libros franceses, adivinando con razón que no los conozco y debería leerlos. Estoy condenado a leer únicamente los libros que me caen en las manos (...)”

“No puedo permitirme el lujo de comprarlos; me rechinan los dientes al ver a industriales y a comerciantes y a todo tipo de empresarios que se compran bibliotecas enteras con el solo propósito de adornar sus despachos. Yo, mientras ellos se atiborran de libros y de bibliotecas, no tengo acceso a obras de las que haría un uso bastante diferente (...)”
“Algún día la ilimitada idiotez del sistema, que me cierra ante las narices las puertas de los teatros, de los salones de conciertos, de las librerías, las puertas que se abren de par en par ante el dinero de los snobs, algún día esa idiotez se vengará en vosotros. Ese sistema, que relega al intelectual al último puesto, que quita a la intelligentsia la posibilidad de desarrollarse, será en el futuro adecuadamente juzgado (...)”

“Vuestros nietos os tomarán por imbéciles, claro, que a vosotros qué os importa”. En las ocasiones en las que le preguntaba a Gombrowicz si había leído tal o cual libro siempre me respondía que yo debía suponer que él había leído todo. Al llegar a la Argentina Gombrowicz ya tenía asimilados a Shakespeare, Rabelais, Montaigne, Goethe, Dostoievski, Mann...
Yo nunca lo vi comprar un libro, no tenía plata para comprarlos. A veces se lamentaba de no disponer de los más actuales para escribir sobre ellos en sus diarios, y como no era un hombre de ir a las bibliotecas leía sólo lo que le prestaban. La primera vez que vi a Gombrowicz me pareció un personaje inglés por el aspecto y por la pipa. Poco tiempo después se me empezó a parecer a Jacques Tati.

Y cuando lo conocí un poco más todavía, leí “Ferdydurke”. Gombrowicz fue el primer hombre de letras al que conocí personalmente; de este encuentro y de la lectura de “Ferdydurke” saqué la conclusión de que no existía ninguna diferencia entre el escritor y sus escritos. Cuando conocí a otros escritores me di cuenta de que este canon no era aplicable en forma uniforme.
Funcionaba más o menos bien con el finado Pterodáctilo, pero no funcionaba para nada con el Pato Criollo, para poner dos ejemplos solamente. Pero si Gombrowicz es tan parecido a sus obras, si es tan contradictorio como lo son los protagonistas de sus novelas, de sus cuentos y de sus piezas de teatro, entonces estamos frente a un verdadero problema.

A medida que Gombrowicz fue adquiriendo seguridad para definir sus problemas formuló una ley de carácter universal: “cuanto más inteligencia, mayor estupidez”, una estupidez que va a la par de la inteligencia y que crece con ella. La estupidez del refinamiento del lenguaje que produce fatiga y distracción de modo que la comprensión es reemplazada por los malentendidos.
Y también la estupidez que produce la erudición pues la gente no ha encontrado un lenguaje que le permita expresar su ignorancia; no le está permitido no saber o saber más o menos. La forma de transmitir el pensamiento ha cambiado muy poco desde los tiempos de Gutenberg y una gran cantidad de palabras y de libros está llegando al sol, pero el sol es inalcanzable.

Gombrowicz pone de manifiesto que cuanto más tiende nuestro espíritu a través de los siglos a liberarse de la estupidez y a dominarla, más parece pegarse la estupidez a la condición humana. El esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez humana está, por lo tanto, en una contradicción flagrante con la organización interna del género humano.
“Cuando abandoné Berlín, en mayo de 1964, me instalé en Royaumont, a treinta kilómetros de París. Una abadía del siglo XIII, donde san Luis servía a los monjes y donde, al parecer, gobernó a Francia durante un tiempo; un gótico poderoso, de base cuadrada, de cuatro pisos, murallas, galerías, arcos, rosetones, columnas, un parque tranquilo con canales y estanques de agua verde y podrida (...)”

“El edificio está medio vacío, (refectorios ‘con eco’, salas con las losas sepulcrales venerables e inscripciones en latín) y medio habitado, ya que las celdas de los monjes de la primera planta, entre ellas aquella en la que había vivido el rey san Luis, han sido habilitadas para intelectuales y artistas que vienen de París. Yo seguía enfermo con una enfermedad extraña (...)”
“En principio era una convalecencia después de la estancia en un hospital de Berlín, pero no acababa de mejorar, sentía que un secreto venenoso anidaba aún en mí, me encontraba mal, paseaba debilitado bajo los castaños, llegaba perezosamente al camino, al pequeño puente, me sentaba en una piedra, contemplaba la dulce Francia que se desplegaba ante mí como si fuera de seda (...)”

“Pequeños bosques, prados, colinas por donde pasaban las líneas de alta tensión fijadas en torres de acero, transparentes y dispuestas rítmicamente. Miraba todo aquello desanimado, con el alma desganada de un perro que aparta el morro del plato lleno, y, poco a poco, dirigía mis pasos de vuelta a casa, me adentraba en el espesor de los muros, en el gótico de las bóvedas (...)”
“Por la mañana, al afeitarme, con la toalla en el cuello, veía desde la ventana a gente deambulando por el parque: un profesor que arrastraba su tumbona hacia un lugar apartado, dos damas muy distinguidas con sombrillas, un pintor contemplando el canal, un estudiante en el césped rodeado de libros. Cada pocos días irrumpían en esta tranquilidad grupos de habla extranjera (...)”

“Sesenta biólogos, cuarenta etnólogos, diecisiete parapsicólogos (los veía desde la ventana), ya que Royaumont es un importante centro científico y cultural donde se celebran congresos internacionales, conferencias, conciertos y seminarios. Al principio pensé que me sentiría bien en ese lugar, prefería esto al aburrimiento de un hotel. No podía vivir en París (...)”
“París se ha convertido en un Apocalipsis automovilístico aullante, rugiente, acelerado y hediondo, me alegraba de tener aquí combinados un verdor delicioso con el Café de Flor y la Sorbona, e incluso con Japón y Australia”. Nuestro destino anda golpeando puertas por el mundo hasta que finalmente entra por una. Es inútil preguntarse por qué entró por ésa y no por aquella otra puerta.

Si esta pregunta tuviera alguna respuesta no hubiese sido entonces el destino el que la golpeaba. El destino golpeó dos veces la puerta de Gombrowicz: en un café de Varsovia en el que un colega escritor le despierta las ganas de viajar a la Argentina, y en la vieja abadía de Royaumont donde pierde su condición de célibe y cancela su regreso a la Argentina.
El abandono de la Argentina, el encuentro con Berlín, la ciudad en la que se había planificado la ruina de Polonia, y la enfermedad lo pusieron a Gombrowicz fuera de concurso. Royaumont es una transición, en la vieja abadía Gombrowicz recupera hasta cierto punto el dominio y la alegría que había perdido en un hospital de Berlín en el que estuvo internado dos meses.

Tenía conversaciones estrafalarias e inconcebibles en el comedor de la abadía de Royaumont destinado a los residentes habituales y a los miembros del círculo. Presidía la mesa un anciano muy distinguido, experto en quesos y un gran devorador de ensaladas. El señor d’Hormon era sordo como una tapia, lo que no le impedía llevar la conversación con la cordialidad típica de los franceses.
–Ah, es usted escritor polaco, perfecto, ¿me podría decir a cuál de los escritores franceses contemporáneos aprecia usted más?. Gombrowicz decide provocar al señor d’Hormon: –¡A Sartre!; –¿A quién? ¿A Sartre? Sartre no es mi amigo para nada. ¿Y no le gusta Racine?; –¡Oh, no!; –¿Cómo que no?; –¡Pues no me parece gran cosa!; –¿Qué? ¿Perdone? ¿Qué ha dicho ese señor? ¿Qué no le parece gran cosa? Pero, perdóneme mi amigo, usted exagera.

No sólo con el señor d’Hormon sostenía diálogos de sordo, también los sostenía con las damas intelectuales: –¿Usted comparte las opiniones que tiene Simone de Beauvoir sobre la mujer contemporánea?; –No del todo, yo tengo una opinión más bien parecida a la del emperador Guillermo: ‘K.K.K’, o sea, ‘Kinder, Küche, Kirche’, es decir, ‘hijos, cocina, iglesia’; –¿Qué, qué?, ¿usted está hablando en serio?; –Sí, estoy hablando en serio.
Estas locuras arrogantes de Gombrowicz seducían a los estudiantes: –¡Lo adoro, Gombrowicz, usted tiene el don de convertir a las personas en idiotas! La falta de humor propia de un organismo sufriente, y los recovecos de ese edificio medieval eran un poco lúgubres. Alemania y Francia, Polonia y la Argentina. Después de haberse sumergido un año en Alemania miraba a los franceses con curiosidad.

“Los europeos lanzados a las costas de América del Sur como tristes náufragos, conchas o algas que perdían fuerza..., aquí están en sus propias naciones, como frutos en el árbol, llenos de savia. Polonia y Argentina, los dos tigres míticos de mi historia, dos olas que pasan sobre mí y me asolan con su terrible insistencia, pues eso ya no existe, fue”. La enfermedad lo golpeaba duramente, le rondaban por la cabeza ideas tristes.
Pensaba que había entrado en la fase final de la vida en la que sólo se vive de lo que ya está muerto. Las obras y las cosas terminadas lo hacían sentir vivo tan sólo para los que lo visitaban en Royaumont, pero él se sentía muerto y petrificado... aunque algunas veces recuperaba su condición de polemista. “Yo el travieso, yo el fantasmagórico, yo el bromista, yo el torturado, yo viviendo, yo agonizando (...)”

“Me atormentaba no haber sido todavía capaz de emprender nada más personal e innovador con respecto a Europa, a la que visitaba después de una cuarto de siglo de mis aventuras en la Argentina, yo el extranjero, yo el argentino, yo el polaco que regresaba. Me daba vergüenza pensar en los países que volvía a ver de un modo ya establecido, mil veces hablado, banalizado (...)”
“Que si la técnica, la ciencia y el aumento del nivel de vida, que si la motorización, la socialización y la libertad de costumbres... ¿No seré capaz de nada mejor? ¿Qué clase de Colón soy? Me parecía casi ridículo que esa enormidad en la historia, Europa, en lugar de deslumbrarme con su novedad después de los años de no verla, años de pampa, se me convirtiera en un montón de lugares comunes de lo más trillado (...)”

“Lo peor es que la verdad sobre ella no me interesaba en absoluto. Yo quiero devolverle el frescor y refrescarme con su contacto. ¡Y todo para que el tiempo se vuelva rejuvenecedor en lugar de hacernos envejecer a mí y a ella! Por eso debo concebir un pensamiento aún no pensado, destinado a servir no a la verdad, ¡sino a mí! Egoísmo. El artista es la subordinación de la verdad a la propia vida, es el uso de la verdad con fines personales”
En la abadía de Royaumont se sentía amenazado por las etiquetas de noble polaco y de emigrante. De estos marbetes y de su comportamiento altivo un crítico literario, alemán judío, sacó la conclusión, y la puso en conocimiento del jurado que iba a otorgar el premio Formentor, de que Gombrowicz era antisemita y de que estaba escribiendo un libro plagado de estas alusiones.

“Oh, dejemos que esta asociación de mi persona con una terminología ya demasiado trillada engendre unos monstruos que acaben devorándose entre ellos. Lo peor es que la prensa francesa, en ocasión de mi llegada a París, se dedicó a subrayar mi aspecto de conde y mis maneras aristocráticas, mientras la prensa italiana me calificaba de gentilhuomo polacco. ¿Protestar? ¿Qué conseguiría protestando? (...)”
“Sé perfectamente que todo esto me desacredita a los ojos de la vanguardia, de los estudiantes, de la izquierda, casi como si yo fuera el autor de “Quo vadis”; y sin embargo, es la izquierda y no la derecha la que constituye el terreno natural de mi expansión. Desgraciadamente se repite la vieja historia de los tiempos en que la derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda yo era un anacronismo insoportable (...)”

“Pero de alguna manera veo en ello mi misión histórica. Ah, entrar en París con una desenvoltura ingenua, como un conservador iconoclasta, un terrateniente vanguardista, un izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas, un sármata argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico, un maduro inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente sincero, sinceramente artificial. Eso os hará bien... ¡y a mí también!”
Gombrowicz prefería la diversión a la seriedad, así que seguía obteniendo material satírico de sus conversaciones con el señor d’Hormon: –En su Renán está oculto Bergson; –Sí, es cierto, porque a la mónada hay que abordarla desde esta perspectiva, créame, he pensado mucho en ello, y además Demócrito...; –Desconfío de Teócrito; –¿Qué? ¿Heráclito? Sí, sí, hasta cierto punto comparto sus sentimientos, pero los horizontes heraclitianos...

“Nos escuchaban con devoción, en un silencio profundo, la mesa entera estaba suspendida de nuestros labios, hasta que finalmente el anciano me dio una palmadita en el hombro: –Somos del mismo piso”. En la vieja abadía de Royaumont el destino golpea otra vez la puerta de Gombrowicz, le da la última llave para que encuentre su camino. “En Royaumont, cerca de París, pasé tres meses (...)”
“Después huí del otoño, primero a la Messuguier, en la proximidades de Cannes. Alquilé la habitación donde antaño había vivido Gide. Mi senda sigue por fin la huella de los hombres que conozco bien desde hace años, como si los alcanzara físicamente post mortem, y siento en mí una voz que dice: estabas desterrado”. Al bibliotecario de Royaumont le plantea una cuestión extraña.

Le pregunta si el gobierno estaba tomando medidas para afrontar la llegada inminente del desbordamiento total, cuando las bibliotecas hagan estallar las ciudades, cuando haya que entregarle no sólo los edificios, sino barrios enteros, cuando los libros y las obras de arte acumulados inunden los campos y los bosques desbordándose de las ciudades llenas hasta reventar.
No había que olvidar que, al mismo tiempo que la cantidad se convierte en calidad, la calidad también se transforma en cantidad. Esta preocupación que le manifiesta al bibliotecario de Royaumont, le venía de tiempo atrás, antes de empezar a escribir los diarios, era una verdadera obsesión de Gombrowicz. No es tan fácil saber a qué atenerse sobre los hombres de letras y los libros leyendo a Gombrowicz.

Tal como presenta las cosas, pareciera de que tienen valor y de que no tienen valor al mismo tiempo. Por más que Gombrowicz se rompa la cabeza, la escritura, también la suya, es una forma, y la forma, por más que el artista se disfrace de murciélago, de rata, de topo o de mimosa, no puede abarcar los intríngulis que nos presenta la existencia, impenetrable para la forma como un grano de maíz.
La relación que tenía Gombrowicz con los libros, con los bibliotecarios y con las bibliotecas no era del todo clara. Mientras Sastre termina tratando a los libros como si fueran productos, Gombrowicz comienza a relacionarse con ellos en forma despectiva. Sartre, que durante gran parte de su vida aspiraba al reconocimiento de la posteridad, llegando a los sesenta años nos dice que se había engañado hasta los huesos.

Que había dudado de todo, pero no había dudado de haber sido el elegido de la duda, por lo que se había convertido en un dogmático, y que se había transformado en una máquina de hacer libros. Gombrowicz tenía la sospecha que la gente en realidad leía mucho menos de lo que decía que leía. En algunas ocasiones Gombrowicz nos manifestaba que el contacto directo con los libros le producía eczema.
Por esta razón le resultaba más placentero dedicarlos que acarrearlos o leerlos. “Se acercaba el bachillerato. Mi situación era un tanto embarazosa porque desde hacía unos cuantos años casi no había abierto mis manuales, y me dedicaba en las clases durante horas enteras a practicar mi firma, cada vez más sofisticada, con rúbrica o sin ella, aprobando los cursos de pura chiripa (...)”

“En el cuarto curso el director me había retado porque yo no llevaba libros a la escuela, simplemente una pequeña agenda para tomar apuntes. En respuesta contraté a un mensajero –se encontraban entonces en las esquinas de las calles– que entró detrás de mí en el edificio de la escuela cargando con mi mochila llena de libros”. La relación entre los libros y la erudición cae bajo la lupa de Gombrowicz.
“¿Por qué nadie se atreve a poner de manifiesto la falsa erudición científica y filosófica de los literatos que, depravados por la ciencia, trabajan con enciclopedias? Porque se descubriría que fingen ser más cultos de lo que son”. Gombrowicz, tanto como Sócrates, le tenía una cierta desconfianza a la palabra escrita. Esta desconfianza, sin embargo, no era tan drástica como podría suponerse.

La primera obra literaria de su vida fue la monografía “illustrissimae familiae Gombrovici”. Gombrowicz conservó esta obra en estado de manuscrito, y aunque no contenía nada de especial pues los Gombrowicz eran tan solo miembros de una pequeña nobleza, se pavoneaba con cada detalle referente a los bienes, funciones y vínculos familiares, y disfrutaba de esta manía.
“Yo era, como ya he dicho, de origen noble, terrateniente, y ésa es una herencia poderosa y trágica. La primera obra que escribí, a los dieciocho años, era la historia de mi familia elaborada a partir de nuestros documentos, que abarcaban cuatro siglos de bienestar en Zemaitija. Un terrateniente, da igual que sea un noble polaco o un granjero americano, siempre tendrá una actitud de desconfianza hacia la cultura (...)”

“Su alejamiento de las grandes aglomeraciones lo vuelve impermeable a los conflictos y a los productos interhumanos. Y tendrá una naturaleza de señor. Exigirá que la cultura sea para él y no él para la cultura; todo aquello que sea humilde servicio, entrega y sacrificio le resultará sospechoso. ¿Quién, de aquellos señores polacos que se hacían traer antaño los cuadros de Italia, habría tenido la idea de postrarse ante una obra maestra?”
“Ninguno. Trataban de una manera señorial tanto a las obras como a los maestros. Yo, aunque traidor y escarnecedor de mi esfera, pertenecía a ella a pesar de todo, muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor depravación de la nobleza, el siglo XVIII. Yo, que tenía un pie en el bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro en el intelecto y en la literatura de vanguardia, estaba entre dos mundos (...)”

“Pero estar entre es también un buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte por encima de ellos”. El camino que siguen los grandes escritores después de muertos está compuesto de una mezcla de asuntos cuyas proporciones varían a medida que pasa el tiempo.
Los ingredientes de esa mezcla son la propia obra del hombre de letras, los testimonios de los que lo conocieron, una gran variedad de documentos, los escritos de los que escriben sobre el muerto y las biografías. A medida que pasan los años estos compuestos van perdiendo actividad, como víctimas de una entropía, esa función termodinámica que en el lenguaje de la ciencia es la parte no utilizable de la energía en un sistema cerrado.

Esa entropía los degrada, excepción hecha de los documentos que vendrían a ser a la literatura lo que al mundo físico es el calor. La física predice la muerte térmica del universo, pues el calor no puede devolverle a las otras formas de energía en la misma cantidad lo que recibe de ellas, y la literatura predice la muerte literaria de un autor cuando no quedan de él más que los documentos y las enciclopedias.
El héroe de la primera novela de Sartre, “La Náusea”, es un intelectual francés desilusionado. No tiene familia, ni amigos, ni trabajo a no ser la tarea que él mismo se ha impuesto de escribir una biografía de un aventurero del siglo XVIII, Monsieur de Robellon. Al promediar el libro, Roquentín, después de reunir una gran cantidad de documentos, abandona su intento de escribir la vida de Monsieur de Robellon.

Puesto que no puede recobrar su propio pasado, que sólo se le presenta en forma de imágenes desconectadas, se da cuenta que es claramente fútil tratar de revivir el pasado de otra persona. Esta imposibilidad manifiesta de recuperar el tiempo perdido abre un signo de interrogación sobre los libros, un agujero por el que se mete Gombrowicz en la búsqueda de sus cometidos.
La curiosidad que tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al caos, al desorden y a la falta de nombre.

Pero ni de sus antecedentes familiares ni de sus lecturas podemos deducir la naturaleza de Gombrowicz. A los hombres, tanto se desempeñen en la actividad de escribir como en la de leer, se le van desarrollando unos meandros intrincados parecidos a los que tienen las orejas. Schopenhauer decía que hay hombres que piensan observado el mundo, y otros que necesitan leer un libro para pensar.
Los griegos leían bastante poco, había mucho menos gente de la que hay ahora, y a muy pocos de la poca gente que había se le ocurría escribir. Escribían sólo cuando le venían cosas importantes a la cabeza, no como ocurre ahora, además Gutenberg aún no había aparecido. En un principio los griegos tenían tan solo el problema de pensar, poco a poco se le fueron agregando los de escribir y los de leer.

Por esta razón el mundo de ellos fue al comienzo más simple y originario, el nuestro en cambio se ha vuelto más complejo y mediado. Se puede escribir sin pensar, se puede leer sin pensar, pero no se puede pensar sin pensar, algo así observa el protagonista de una de las novelas de Gombrowicz cuando entra a una biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados en el suelo.
Una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo. Obras preciosas escritas por los máximos genios de la literatura, se mordían y devaluaban porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte.






lunes, 28 de noviembre de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARTAS A UN AMIGO ARGENTINO

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARTAS A UN AMIGO ARGENTINO


Existen algunas casualidades un tanto llamativas. Que Gombrowicz se haya encontrado con Czeslaw Straszewicz en un café de Varsovia unos días antes de la partida del Chrobry, y que a Hitler y a Stalin se les haya ocurrido firmar el pacto de no agresión justo en el momento en que Gombrowicz desembarcaba en Buenos Aires, pueden se tomados como hechos casuales y llamativos.
Pero que Gombrowicz se haya quedado un cuarto de siglo en la Argentina tiene más olor a causalidad que a casualidad. El programa de Gombrowicz sobre el espíritu de contradicción tuvo frutos extraños en la Argentina, despertó la atención de la juventud y una ostensible indiferencia de la intellegentsia. En el año 1960 Gombrowicz figuraba en la lista de los grandes maestros internacionales de la literatura.

Aún vivía en Buenos Aires, acababa de ser traducido al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega indiferencia argentina. “Pero, hablando seriamente, ¿qué aspecto tendré yo si París me sorprende en uno de esos momentos de debilidad como un admirador? ¡No, debo ser siempre difícil, difícil! Y sobre todo debo ser igual a como era en la Argentina (...)”
“Oh, la, la, si yo cambiara esa modalidad no sería más que un pequeño detalle bajo la influencia de París, ése sería el efecto. No, así como yo era con Flor en el Rex, así debo ser ahora, ¡tengo que estampar mi sello en la cúpula de los Inválidos o en las torres de Notre-Dame tal como era con Flor en la Argentina. ¡Con Flor o también con la vieja Polonia aristocrática!”

De la contradicción entre la juventud inferior y la intelligentsia despreciativa surge un amor extraño.“Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede remediar, cada vez menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un día por Buenos Aires, porque experimento una curiosidad casi enfermiza; es realmente extraño que no me atraiga en absoluto Polonia, en cambio, con Argentina no puedo romper”
Gombrowicz le daba a la correspondencia una importancia especial relacionada con el carácter mismo de la literatura. Las cartas que me escribió desde Europa han recorrido un camino sinuoso y contradictorio. En el año 1993 la revista L’Infini de Philippe Sollers publicó trece de las cuarenta cartas que Gombrowicz me había escrito desde Europa.

Un cuarto de siglo antes Gombrowicz le había mandado al Hasídico unas líneas sobre Sollers. “Me he limitado a echarle un vistazo a Sollers, sólo por curiosidad, pues me hallo en pleno galope. Su Sollers es muy venenoso, aunque usted lo haga objeto de sus alabanzas, innecesarias en mi opinión, y el capítulo dedicado a mí parece algo que recorre el espacio como un bólido, diría yo, arrebatado, rugiente y como furioso”
Philippe Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la indiferencia. Omnipresente en la escena literaria francesa desde hace cincuenta años, sus enemigos apuntan un dedo acusador contra ese Judas hacedor y demoledor de destinos, frívolo, superficial y esnob. François Mauriac bendijo su primera novela, pero también lo promovió el poeta comunista Louis Aragon.

“Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos y envidias de todo tipo”. La carrera literaria de Gombrowicz, contrario sensu, fue desdeñada por el Vaticano y por el Kremlin, especialmente por el contenido de algunos pasajes de su “Diario”, donde ni le iglesia ni el comunismo quedan muy bien parados.
Yo vengo sometiendo a los editores, a los escritores y a los embajadores a lo que podríamos llamar las ordalías de los tiempos modernos para poder explicar los cambios, mutaciones y metamorfosis que sufren mis relaciones con ellos con el transcurso del tiempo. Una característica común que tienen estos juicios de Dios es que los acusados son sometidos a pruebas invasivas pero extra corporales.

Con este procedimiento me propongo encontrar la causa de esos cambios, mutaciones y transformaciones. La repetición de este fenómeno se ha convertido para mí en un objeto decisivo. La historia de las cartas que me escribió Gombrowicz desde Europa me recordó por su carácter obsesivo a una noche del café Rex. Estábamos dialogando sobre un problema que tenía cierta importancia.
De repente yo tomé la palabra y empecé a hablar apasionadamente de una cuestión que carecía por completo de interés: –Gómez, no veo por qué usted habla con tanto entusiasmo de un asunto insignificante; –Vea, Gombrowicz, si hablara sin entusiasmo nadie me escucharía. Gombrowicz no era muy entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente con temas laterales.

Se ponía a esperar, por ejemplo, la primera cosa que se le aparecería en la ventana de un café por la que estaba mirando. Pero mientras yo trataba de despertar la atención de los demás con el entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría que tiene para sacarle jugo a las piedras. Las transformaciones que sufren mis relaciones con algunos gombrowiczidas son extrañas.
Tienen un cierto parecido con las mutaciones que observa Gombrowicz sobre la mano de un mozo del café Querandí, una mano que pasa de una inocencia absoluta a una posesión diabólica. La transformación que sufrió mi relación con Philippe Sollers tiene algo de esta locura. No creo que haya habido presentación más rimbombante de libros que la que le hicieron a “Cartas a un amigo argentino”.

Esta presentación se la hicieron en el Centro Cultural de España. Lo presentaron el finado Pterodáctilo, que además había escrito el prólogo, y el Buey Corneta en una celebración a la que asistió tout Buenos Aires. Resultó ser un acontecimiento tan importante que entusiasmó al Bucanero, tanto que me invitó a un encuentro en la Casa de América de España.
Lamentablemente para mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto si también lo invitaba al Pterodáctilo. Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Íñigo no pudo soportar.

Eróstrato era un pastor del Éfeso que, queriendo hacerse célebre, incendió el templo de Diana, una de las siete maravillas de la antigüedad. Gombrowicz tenía una intención parecida a la del griego, pero en vez de incendiar templos se dedicó a desmontar todas las posiciones de la cultura para hacerse escuchar. Y tanto se hizo escuchar que aún las cartas privadas que nos escribió dieron la vuelta al mundo.
La de la homosexualidad y la inmundicia es inolvidable, pero no sólo ésa. En el año del centenario de Gombrowicz el diario “Clarín” publicó, en el suplemento literario, “Cartas Memorables”: de Jorge Luis Borges a Estela Canto; de Franz Kafka a Milena; de Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez; de Cristóbal Colón a su Alteza el Rey de España; de Hannah Arendt a Mary MacCarthy; de Charles Baudelaire a su madre.

Las más rutilantes de estas cartas son la de Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez y la de Charles Baudelaire a su madre. Vamos a transcribir un fragmento de la de Baudelaire. “Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos de matarnos mutuamente (...)”
“Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a causa de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable”. En cuanto a la que Gombrowicz me escribió a mí podría decirse que es todo lo contrario de lo que Baudelaire le escribió a la madre.

“Yo le estoy suplicando, Goma, desde que dejé las costa sudamericanas que no me mande certificadas. Bueno, su última, además de ser certificada expres, es la más estúpida que hasta la fecha recibí. 1º ¿Acaso no sabe que Ferdy ha sido editada en Italia hace 4 años? 2º Se imagina, tontamente, que no he recibido su penúltima con la carta yugoslava y ¡da la casualidad que la recibí! (...)”
“3º No venga haciendo líos con Arnesto cuyo prefacio me resulta lleno de brillos y hechizos, además de ser muy talentoso como todo lo que escribe él. Va a ver, Goma, que terminará por sembrar entre nosotros desconfianza y recelo, ya verá, la gente lo repite todo, no sea pavo 4º Como si fuera poco Vd., en vez de mandarme noticias, trata, según parece, en 5 carillas de enseñarme la filosofía de Sartre (...)”

“¡Jua, jua, jua! Lo de que el dolor o el placer cobran valor dentro de la perspectiva del existente, de su mundo, de su situación, de su finalidad, de su futuro, de su proyecto, esto lo sabe cualquier niño. Lo que no saben algunos adultos recién iniciados es que en Sartre (como en todo cartesianismo) el ser se funda en la conciencia, es decir, que si Vd. es consciente de este vaso, el vaso es (aunque no procuraría ni placer, ni dolor) (...)”
“Esto es lo que yo condeno, tarado, pues lo sé hondamente que la existencia no es una relación suelta, tranquila, sino una relación convulsa –y no una libertad (igual en que sentido) sino una tensión. Todas las estupideces de Sartre provienen del hecho que se relacionó con el dolor con una tranquilidad doctoral típica de los cartesianos. No comprendió ni el cuerpo, ni el dolor (...)”

“Por lo tanto le sugiero Goma amistosamente que les diga a todos los amigos que lo considero a Vd. bastante tarado. Salú”. Gombrowicz, cuando se refiere a su vida personal e íntima, casi siempre recurre a fórmulas, anécdotas o generalidades poéticas, evitando casi siempre los detalles. Otra cosa ocurrió en sus cartas a los amigos cercanos, especialmente en los últimos años cuando le escribía a sus amigos argentinos.
En ellas se manifestaba más libremente y sin tantas restricciones, pero esta indecente confesión tardía sonó como una broma. Si bien es cierto que el contenido de las cartas que me escribió Gombrowicz es entonces más o menos conocido, no son tan conocidos los originales de esas cartas, y es aquí donde interviene el Gran Ortiba www.elortiba.org en una publicación que se ha puesto a disposición de Gombrowicz.

En esta versión digital, sin limitación alguna, es donde aparecen escaneadas en su versión digital. Este conjunto de cartas forman una correspondencia que empezó en 1957, un año después de haberlo conocido, y termina a comienzos del 1965 por razones qué sólo Dios conoce y que yo intento explicar en “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que se ocupa largamente de este intercambio epistolar.
Las razones que nos llevaron a la separación fueron muy distintas. Yo temía en verdad que nuestra relación cayera en el aburrimiento, me sentía amenazado por la posibilidad de que el nivel y la frecuencia de nuestra correspondencia decayeran, no le tenía confianza al arma que me había quedado entre las manos para combatir estas amenazas: la palabra escrita.

Mi última carta fue un tanto desagradable, pero muy fácilmente podía haberla salvado con una más cordial, no lo quise hacer, desde que decidió no volver me fui enredando cada vez más con el presentimiento de la decadencia, y me quedé quieto, ahí. La separación se fue convirtiendo para mí, poco a poco, en una espada con la que le pude cortar las cabezas a esa Hidra que me amenazaba desde el horizonte.
Gombrowicz, en aquellos tiempos, estaba muy ocupado con la administración de su gloria y con sus enfermedades, me hizo un verónica, como hacen los toreros cuando dejan pasar de largo al toro, y me respondió con el silencio. Mientras yo me debatía con mis dudas y con mis especulaciones metafísicas de segundo grado, Gombrowicz se colocó en un plano mundano.

Finalmente se vio obligado a considerar mi actitud como la de una persona de modales descuidados. Todavía caminamos en el plano de las cartas escaneadas, nos falta todavía un paso máspara llegar a las cartas originales. El porqué un original vale más que una copia es una cuestión bastante intrincada. En el caso de la pintura el asunto es para Gombrowicz bastante claro pues le encuentra un parecido con las joyas.
Las joyas son pequeños guijarros cuyo efecto estético es casi nulo, sin embargo, se han gastado millones para tenerlas. La prueba de que esos cristales no representan la belleza es que un diamante artificial, absolutamente idéntico al diamante auténtico, sólo vale unos céntimos. Esto mismo pasa con las copias de los cuadros, el original puede valer una fortuna, en cambio la duplicación no vale nada.

De esta manera se fue formando un mercado de cuadros, como también se había formado uno de joyas y metales preciosos. Aunque a mí no me resulta del todo clara cuál sea la diferencia entre el valor de una carta manuscrita y su versión en letras de molde, quizás podríamos hacer una excepción. Esto ocurre cuando el editor, como en el caso de “Cartas a un amigo argentino”, mete la mano y modifica palabras.
No lo hace con mala voluntad, lo hace para hacer más comprensible el texto. Sea como fuere hay que admitir que existe un mercado para los originales de las cartas de los hombres de letras eminentes. La historia de estas cartas es increíble, la viuda nunca quiso que yo las publicara. Cuando Emecé publicó “Cartas a un amigo argentino” casi le hace un juicio a la editorial.

Finalmente se conformó con prohibirle que vendiera el libro fuera de la Argentina. No le autorizó a Lisowski su publicación en Twórczosc. Cansado de la actitud de la viuda decidí donar las cartas. Se las ofrecí a la Biblioteca Nacional de Polonia y al Museo de Literatura Adam Mickiewicz. La única condición que les puse fue la de que las exhibieran también en versión polaca.
Cuando me enteré que ésta era una condición que sólo podía cumplirse con la autorización de la viuda supe que esa puerta estaba cerrada. Pasó el tiempo. Hace un año, aproximadamente, me puse en contacto con Tomasz Tyczynski, director del Museo Gombrowicz de Wsola, le ofrecí en venta las cartas de Gombrowicz y nos pusimos de acuerdo enseguida.
A medida que pasaba el tiempo mis nervios se ponían tensos. Cuando Tyczynski me dijo en una de sus cartas que el conjunto de las cartas de Gombrowicz pesaba menos que el conjunto de los dólares, a mí se me ocurrió apodarlo Arquímedes, pues sólo por la aplicación del principio de Arquímides el podía hacer esta deducción pues esas cartas nunca las había tenido en sus manos.

En efecto el principio asegura que los cuerpos pierden, cuando se los sumerge en un fluido, un peso igual al peso del volumen del fluido que desalojan. Sea como fuere mi intranquilidad crecía todos los días. A esta altura de las negociaciones ya había entrado en contacto con Edyta Kwiatkowska (Madame de Lespinnase), Agregada Cultural de la Embajada de Polonia en Buenos Aires.
Con Anna Szczepanek (Madame Curie), museóloga del Museo Adam Mickiewicz, y con Dominika Switkowska (George Sand), museóloga del Museo Gombrowicz Wsola. Dudaba si dirigirme a ellos para contarles mis últimas tribulaciones. Ocurre que a medida que nos acercamos al 21 de noviembre, el día de nuestro encuentro en mi casa, tenía pesadillas cuyo verdadero significado no lograba descifrar.

En una de ellas, mientras departíamos cordialmente en mi escritorio sobre la importancia del significado de la repatriación de las cartas de Gombrowicz un artefacto infernal estalló sobre la mesa mientras volaban por los aires las cartas, que a juicio de Arquímedes pesan menos que los dólares, y los dólares. Las cartas caían al suelo hechas trizas mientras los dólares caían al suelo conservando su integridad.
George Sand, Madame Curie y yo tomados por el pánico corrimos por el jardín hacia el fondo donde unas habitaciones se habían transformado en una caballeriza. George Sand y Madame Curie montaron unos caballos briosos y salieron galopando de la casa perdiéndose por las calles de José C. Paz. Aterrorizado y muy apesadumbrado volví al escritorio para escribir un gombrowiczida y relatar los infaustos acontecimientos.

Allí me encontré con Madame de Lespinnase recogiendo rápidamente los últimos dólares caídos en el suelo mientras presurosa los metía en una valija; se despidió de mí y desapareció. Las pesadillas no cesaban, a medida que se hacía más próximo el momento de nuestro encuentro los sueños sobre Gombrowicz se me volvían más indescifrables.
Las recientes invitaciones que me habían hecho los Embajadores de Polonia y Francia a un cóctel al que no podré asistir por mis problemas de salud aumentaron mi actividad onírica hasta lo indecible. En sueños se me aparecía un pájaro cuya verdadera naturaleza no alcanzaba a precisar, pero es seguro que estaba actuando sobre mí la presencia de las cartas y los dólares que fueron también el motivo de mi pesadilla anterior.

Eran sueños confusos, como lo suelen ser los sueños; me atreví entonces a consultar al doctor Cesar Rodríguez-Moroy Porcel, un terapeuta de gran renombre entre los hombres de letras, a ver si con su ayuda los podíamos precisar. Después de un par de sesiones tuve un sueño en el apareció un pájaro que se posaba con suavidad sobre la mesa donde conversaba con George Sand, Madame Curie y Madame de Lespinnase.
Antes de que atináramos a realizar algún movimiento defensivo El Pájaro Tabernil se empezó a devorar rápidamente todas las cartas y los dólares, a digerirlos y a eliminarlos posteriormente sobre la misma mesa. Quizás en el aspecto de ese pájaro esté develado todo el misterio de mis pesadillas. Y llegó el día del encuentro. Madamme de Lespinnase cuidando a la perfección la armonía del grupo.

Después de intercambiarnos algunos regalos George Sand tomó la batuta y se dispuso a reportearme con una filmadora muy bonita y un micrófono impresionante. Anhelaba, como la novia de Chopin con el músico, sacar de mí las mejores ideas y las más brillantes palabras, pero las cosas no ocurrieron así. Para controlar el dolor de mi nervio ciático y mi estado de alteración nerviosa yo había tomado un Tramadol, un analgésico opiáceo.
Brillaba en mí la exaltación pero no la inteligencia, de modo que por no poder hacer mejor cosa me puse a engullir a dos manos unos exquisitos emparedados que mi esposa Élida había servido, conducta que disminuyó notablemente la calidad de mis palabras y de mis ideas. Quizás desencantada por las respuestas que le daba George Sand también se puso nerviosa y con la mano del micrófono le dio un golpe seco a un pocillo de café.

El pocillo se volcó sobre la carpeta de las cartas, de la que asomaba por sus vértices la correspondencia de Gombrowicz. A pesar del Tramadol no pude resistir el dolor, pensé que todo estaba perdido, y que las pesadillas de destrucción que había tenido sólo presagiaban lo que en realidad iba a ocurrir. Pero aquí aparece la mano maestra de Madame Curie.
Ella se da cuenta enseguida de que las cartas no habían sido alcanzadas por el café porque cada una de ellas estaba protegida con un sobre transparente. Con una meticulosidad científica les va quitando el sobre a una por una mientras sonríe bondadosamente. George Sand, un tanto compungida, se sienta al lado de ella y entre las dos controlan si las cartas que están viendo son las que figuran en el contrato.

Para ello se valen del cotejo de las dos palabras iniciales y finales de las cartas comparando la de las cartas con las de un lista que traían preparada de antemano. Finalmente George Sand, con unos dedos largos y elegantes, cuenta los dólares sobre la mesa bajo la mirada atenta de mi esposa Élida. Y se cierra el telón. Unas cartas que estuvieron conmigo más de medio siglo se van para Polonia. Estoy un poco triste.




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jueves, 10 de noviembre de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y LOS PUNTOS DE VISTA

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y LOS PUNTOS DE VISTA



Así como Gombrowicz miraba y era mirado por los demás de distinta manera. con el transcurso del tiempo yo también llegué a mirar y a ser mirado por los polacos de distinta manera. Para no hacer de este conjunto un universo ilimitado vamos a poner la atención en cinco nombres: Gombrowiz, Milosz, Witkiewicz, Jarzebski y Bereza. Las opiniones de estos hombres son presentadas de una manera especial.
Sólo para resaltar las diferencias de cómo uno puede ver de distinta manera una y la misma cosa vamos a desarrollar esta cuestión interesante. Según parece el Este siempre se ha regido por el principio de que no existe el término medio, de modo que sus hombres de letras o son de una terrible profundidad o de una terrible superficialidad. Sin embargo, siempre dentro del Este, a los polacos hay que añadirles un marbete más.

En efecto, por su situación geográfica intermedia Polonia es una poco la caricatura tanto del Este como del Oeste. El Este polaco es un Este que muere en contacto con Occidente, y viceversa, así que aquí hay algo que empieza a fallar. Gombrowicz toma el caso de Milosz para analizar este asunto polaco. Milosz pertenece, dice Gombrowicz, a este tipo de autores cuya vida personal les dicta la obra.
La mayor parte de su literatura está relacionada con su historia personal y la historia de su tiempo. Se fue convirtiendo poco a poco en el informante oficial del Este para los escritores del Oeste. Esta actividad lo colocó en un terreno en el que, para cuidar su prestigio, intentó ser más profundo que los ingleses y que los franceses, y para cuidar el rendimiento de sus temas, tuvo que recurrir con frecuencia a la grandeza y al terror.

Gombrowicz terminó por ubicar a Milosz, no como al guardián de un verdadero misterio, sino como a un borrachín más de la gran taberna polaca. El cuño literario y existencial de Gombrowicz se mueve entre la templanza religiosa de Milosz y el demonismo metafísico de Witkiewicz; de ambos fue amigo aunque en épocas diferentes.
A Witkiewicz lo veía a menudo en su juventud, antes de la guerra, pero tenía que utilizar alta diplomacia para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la suya. Sin embargo, Witkacy también le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba dispuesto a romper las relaciones con él en cualquier momento.

No le importaba que para diferenciarse de Witkacy tuviera que insistir en la representación del papel de un terrateniente snob. “Cuando Witkacy se deleitaba a su manera, demoníaca, con la perfecta necedad del señor X, yo preguntaba: –¿No es ese señor pariente de los condes Plater? Él me contemplaba con una mirada apagada y contestaba pesadamente: –No sé si es pariente de los Plater”
Witkacy se daba cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito de tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un verdadero idiota. Witkiewicz se rodeaba de este conjunto de imbéciles mediocres para que lo adoraran. “Jamás he visto con más nitidez cómo en Polonia, la superioridad y la inferioridad no son capaces de convivir normalmente (...)”

“Se hunden mutuamente en la farsa”. En Francia un universitario puede conversar de igual a igual con alguien que sólo sabe leer y escribir, y ambos pueden encontrar un terreno común para comunicarse libremente. Y un hombre francés puede hablar de la grandeza de otro hombre sin rebajarse a sí mismo. En Polonia, según parece, no ocurre lo mismo.
Hay que decir, no obstante, que este hombre endemoniado luchaba contra el fanatismo nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra la misión de Polonia “Semper fidelis” en los confines de Europa. Despreciaba a los intelectuales polacos mediocres. “Qué despreciable es el intelectual medio polaco. Prefiero a la gentuza de altos vuelos (...)”

“O simplemente a la espiral humana, en la que se esconde todo el implacable y maléfico futuro de los estratos sociales de la humanidad, ya en completo desuso. Nuestro horizonte literario está dominado por la charlatanería más barata y por los más bajos instintos aduladores destinados a un público viciado desde hace años por constantes caricias”
El elemento que lo hace a Witkacy tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz califica de monstruosidad. Su objetivismo inhumano se transformó en algo escandalosamente humano, se transformó en cinismo. El cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual. A las monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo le agregó otra monstruosidad más: el absurdo.

Impotente y desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para vengarse de los hombres. “Finalmente llega a la monstruosidad metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la naturaleza humana en contacto inmediato con su insondable misterio (...)”
“Por otra parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona. El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es para él una orgía, en la que se abandona con el enfurecimiento de un loco”

Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold Gombrowicz. Sin embargo, ninguno de los tres tenía un sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca.
Bruno Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros.
Stanislaw Ignacy Witkiewicz. De ese modo esos tres hombres que trataban de orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el mundo, se encontraban por fin juntos. Si dejamos un poco de lado el entusiasmo de Bruno por Gombrowicz se podría decir que el escepticismo y la frialdad reinó siempre entre ellos.

Gombrowicz no creía en el arte de Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era demasiado hijo de mamá y no esperaba de él nada extraordinario. Desde el primer encuentro Witkacy lo cansó a Gombrowicz y lo aburrió, se atormentaba a sí mismo y a los demás con una actuación teatral incesante para sorprender y centrar la atención de los demás en él.
Sus defectos eran también los de Gombrowicz que los observaba en Witkacy como en un espejo deformante, monstruoso y de proporciones apocalípticas. Cuando le mostró su “museo de los horrores” en el que lucía la lengua seca de un recién nacido Gombrowicz lo detuvo con una actitud de hidalgo polaco: –¡Pero no nos enseñe cosas semejantes! ¡Eso es incorrecto!

Fue el instinto de conservación, Gombrowicz sabía que si no se le oponía de inmediato lo iba a dominar e incluir en su séquito. A pesar de los antagonismos y animosidades de los tres mosqueteros tenían en común el deseo de sobrepasar los límites del provincianismo polaco y salir a aguas más abiertas respirando el aire de Europa y del mundo, al contrario de los ases locales que eran cien veces más polacos.
Conocían el valor de la originalidad en una medida universal más que local, y abordaban el arte formados en técnicas y conceptos extranjeros de vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos. Renunciaron a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e incisivos, más severos y dramáticos. La inteligencia y la intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas.

Sin embargo exageraba su actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría, su incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo una abstracción era irritante y lo convirtió en un hombre seco y farsante. Witkacy, el demonio, acabó consigo de una manera demoníaca. Huyendo de los bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque.
“La derrota que sufrió Witkacy era inteligente: el demonismo se convirtió para él en un juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida, como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus colecciones porno-macabras. Lo que se destaca en él es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación (...)”

“No era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte europeo, sino también la expresión de nuestra impotencia ante la suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en las casas sin retrete. Los polacos de esta generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello (...)”
“Era un forúnculo que llevaban encima y cuyas ponzoñas los envenenaban”. Un talante parecido empleé yo para dar cuenta de Jarzebski. “Pero, ¿para qué?, si ni siquiera sé si recibes mis cartas. Tienes la conducta de una persona de malos modales, que no tiene ningún interés en mantener una correspondencia conmigo, pero te disculpo, porque la idea que me hago de vos es equivalente a la de una Vaca (...)”

“Una Vaca que la mandan fuera de Polonia a comer pasto y cuando regresa la ordeñan hasta dejarla exhausta. Supongo que a estas horas tus ubres no deben dar abasto”. La Vaca es un insigne profesor de la Universidad Jaguellónica de Cracovia, crítico e historiador de la literatura este especialista en Gombrowicz despliega una gran actividad por el mundo entero.
Visitó la Argentina en el año 1998 buscando rastros de Gombrowicz y en el 2004, el año del centenario, para participar del homenaje que le hicimos en la Feria del libro. En “Juguemos a Gombrowicz” la Vaca define las reglas de un juego que él mismo inventa para comprender a Gombrowicz. “ Salvo las escaramuzas con un mundo que lo disfraza ridículamente con máscaras, anda en busca de algo más duradero”

“Eso en dos caminos paralelos: presenta al mundo de manera obsesiva y repetida, su gesto espontáneo –frente a las personas, las cosas, los valores–, trata de entrever a partir de ese gesto, la diferencia específica que lo separa de los demás; pero además, intenta crear el modelo intelectual de esos enfrentamientos con el entorno, reencontrándose en una fórmula repetitiva y algo mágica (...)”
“Una fórmula mágica que –de un modo casi independiente del propio jugador– dará forma a su biografía”. Este galimatías de la Vaca, que no tiene nada que envidiarle a los que posteriormente escribieron el Pato Criollo y el Vate Marxista, me lo volvió a recitar en Buenos Aires y me dejó mal predispuesto. Cuando lo llevé a Santos Lugares a conocer al Pterodáctilo quedó deslumbrado y aturdido con nuestro hombre de letras.

“Mi expresión personal es completamente diferente de la tuya. Tú eres más que nada un actor, con un gran gesto, con una mímica muy expresiva, la voz lenta y modulada, con enunciados organizados como un poema. Yo estoy mucho más ‘oculto’, soy introvertido ¡El encuentro con Sabato! Me gustó mucho, estaba tan emocionado que dejé en su casa el primer casete (...)”
“Te burlarás de mí, pero no me atreví a pedirle que me firmara el ejemplar de ‘Sobre héroes y tumbas’ que había llevado conmigo a propósito”. La Vaca ha alcanzado una gran maestría en el arte de no decir nada, mejor dicho, en el arte de decir algo y todo lo contrario al mismo tiempo, cosa que se me hizo muy evidente cuando leí “El drama del ego en el drama de la historia”.

Este es un texto que la Corifea puso en mis manos y ante el que estaba arrodillada con la devoción de una adoratriz. La Vaca tiene mucho talento para ponerle títulos a sus textos, el de “El drama del ego en el drama de la historia”, es un buen ejemplo de ello. El punto de partida de las especulaciones que hace en este trabajo es que el drama de Gombrowicz está adentro, es decir, en la psique, pero también afuera.
Esto quiere decir que también esta fuera en la historia del siglo XX; que el drama de Gombrowicz está en la lectura de su teatro, pero también en su escenificación. Promediando su análisis nos advierte que esta divergencia no es tan radical como pudiera parecer. En efecto, la convergencia se produce en la esfera del drama familiar donde lo de adentro y lo de afuera son más o menos la misma cosa.

Y son la misma cosa porque la familia es un sistema social íntimo y, al mismo tiempo, una miniatura del macromundo social. Acto seguido le aplica a las tres piezas teatrales de Gombrowicz la trinidad consagrada de Freud: el yo, el super yo, y el ello, para mostrarnos cómo una y la misma cosa puede estar en la psique y en la historia al mismo tiempo, de donde deduce que el drama es psicológico.
Pero el drama además es antropológico, dice también que el aherrojamiento de Gombrowicz estaba en las esfera del yo, pero también en la miniatura del macromundo social. Yo supongo que en la medida en que la Vaca siga obligándose a complacer a públicos diferentes va a resultar cierto lo de que una cosa puede ser A y no A al mismo tiempo.

La Vaca, conocido también como el científico de Cracovia por sus aportes literarios continuos y cuidadosamente elaborados, tiene inclinaciones donjuanescas. No basta para conformar estas inclinaciones que sea profesor de filología, debe haber en él una predisposición amatoria, probablemente genética, que lo orienta para ir detrás de estas aventuras.
Desde el mismo comienzo de nuestra relación epistolar tuve sospechas de que la Vaca corría tras las jóvenes estudiantes como los faunos seductores corren en el bosque tras las campesinas. ”Es una generación mucho más joven y quisiste entrar en la Corifea con una llave equivocada, a mí me resulta más fácil porque siento mejor su estilo y el de su generación (...)”

“Además de que, como ya te escribí, tengo un buen contacto con las chicas, aunque no lo quieras creer. Puede ser por eso que trabajo en la universidad y tengo con esa gente un contacto diario. Mi ventaja es que puedo vivir entre chicas muy lindas, con la belleza de la juventud. Sí, sí, podés tener envidia de mí por mis jóvenes”. Es muy útil descubrir los vicios asociados a los hombres de letras.
Estos vicios nos orientan en el recorrido de los laberintos del mundo que construyen en sus escritos. En la actualidad estoy empeñado en ponerle el punto final a los estudios que he emprendido para descubrir cuál es la verdadera personalidad de la Vaca y su vicio más característico. Durante un tiempo prolongado la Vaca recorrió el camino de la heurística, de la exégesis y de la hermenéutica.

De esta manera completó el trayecto que va del descubrimiento a la explicación. Finalmente se convirtió en un santo que intenta guiarnos en el camino hacia Gombrowicz. En “Gombrowicz hacia Europa” la Vaca formula cinco interrogantes que responde con un sí y con un no a cada uno de ellos, utilizando el mismo procedimiento que ya había aplicado en “El drama del ego en el drama de la historia”.
¿Podemos entrar a Europa de la mano de Gombrowicz? ¿Se convertirá Gombrowicz en el vate nacional como Mickiewicz? ¿es Gombrowicz un hombre de izquierda o de derecha? ¿Es católico, comunista o existencialista? ¿Podemos estar a la altura de Gombrowicz? La Vaca va ajustando las cuentas conmigo poco a poco, en “Espiando a Gombrowicz” se refiere a mí de manera desdeñosa.

“ Pero... la maldición de Gómez es la de que no se nos mostró como artista y sólo brilla con la luz que refleja. Estaría contento si consiguiera para sí mismo la fama y los aplausos que consiguió Gombrowicz en forma auténtica, pero esos materiales no le alcanzan para una túnica real. ¿Podrías arrodillarte delante de mí y llamarme genio?, me propuso este juego al estilo Gombrowicz (...)”
“El juego es una cosa buena pero después de un rato renace la necesidad de algo más serio. Gómez, no sólo se enamoró de Gombrowicz, también tomó de él el deseo de la celebridad y de la grandeza pero sin la determinación y la fuerza creativa necesarias. Este alumno sabe imitar el gran gesto del maestro pero ese gesto vacío es como el duelo final del ‘Transatlántico’”

El domingo que siguió al día de nuestras exposiciones en la Feria del Libro del año del centenario, nos encontramos en lo de Madame du Plastique que homenajeó a los tres ponentes con un almuerzo que dio en su casa de San Isidro. Yo exclamé que en tanto que representante de Gombrowicz en la tierra le exigía a la Vaca que se arrodillara delante de mí y me llamara genio.
Me había dicho que sólo lo haría, cuando se lo pedí por primera vez en 1998, en el momento que yo me manifestara como escritor con una obra. El momento había llegado, pero la pobre Vaca estaba cansada con tanto trajín y con el viaje, y en vez de arrodillarse y de llamarme genio, se durmió. “Twórczosc”, la revista literaria más prestigiosa de Polonia, es atacada de una manera ruin y artera por la Vaca.

“No construyáis demasiado sobre ‘Twórczosc’ porque es una sociedad respetable pero bastante cerrada y apegada a las viejas tradiciones homoeróticas después del paso de Iwaszkiewicz por su redacción. Los que publican ahí, si admiran de Gombrowicz, corren el peligro de ser calificados de homosexuales” Bereza, redactor de la revista y uno de los mejores críticos literarios de Polonia, le contesta con firmeza y dignidad.
“Una cantidad nada desdeñable de gombrowiczólogos se han convertido en unos maestros en desparramar mierda. No saben lo que escriben, ni siquiera sospechan que escriben tan solo contra sí mismos, dejando evidencia de su propia manera de pensar y de su desvergüenza moral. Ningún bien puede tener influencia sobre ellos, no existe en ellos ninguna posibilidad de asimilar el bien (...)”

“En la región de estos gombrowiczólogos no saben que en el mundo en el que están sólo se puede ver mierda, ni que existe algo fuera de esa mierda, algo así pertenece a una esfera inalcanzable para ellos. La intensa relación espiritual de Gombrowicz con sus discípulos es uno de esos milagros de la existencia que puede ocurrir entre hombres, entre mujeres, entre mujeres y hombres.
“Puede ocurrir independientemente de las diferencias que existan entre generaciones, entre sexos y, en general, entre todo, solamente no puede ocurrir en los maestros en desparramar mierda porque su personalidad y su mentalidad, achatadas como después de un planchado, no pueden captar ni ver algo parecido”. Mientras tanto Gombrowicz no lo abandonaba a Witkiewicz por que lo consideraba una encarnación del demonio.

“Witkiewicz, desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad polaca hacia unos espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante sensato y consciente como para devolver la locura a la normalidad y unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su talento, seducido por su propio demonismo (...)”
“No supo unir lo anormal a lo normal, fue víctima de su propia excentricidad. Todo amaneramiento es resultado de la incapacidad de oponerse a la forma; cierta manera de ser se nos contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más fuerte que nosotros. Estos escritores estaban muy poco asentados en la realidad, o más bien estaban asentados en la irrealidad polaca o en la realidad incompleta (...)”

“No es de extrañar pues que no supieran defenderse ante la hipertrofia de la forma. Para Witkiewicz el amaneramiento se convirtió en facilidad y absolución del esfuerzo, por eso su forma es tan apresurada como negligente”. Gombrowicz veía a Witkiewicz a menudo en su juventud, pero tenía que utilizar alta diplomacia para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la suya.
Hay que decir que Witkiewicz también le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado y esquizofrénico, estaba dispuesto a romper las relaciones con él en cualquier momento, así que no le importaba que para diferenciarse de Witkiewicz tuviera que insistir en la representación del papel de un terrateniente snob y amanerado.

Witkacy se daba cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito de tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un verdadero idiota. Despreciaba a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a Witkacy tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz califica de monstruosidad.
El objetivismo inhumano de Witkiewicz se transformó en algo escandalosamente humano, se transformó en un brutal cinismo, y el cinismo terminó por metamorfosearse en una brutalidad sexual sistemática. A las monstruosidades del cinismo del intelecto y a las monstruosidades de la brutalidad del sexo Witkiewicz le agregó otra monstruosidad más: el absurdo.

Impotente y desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para vengarse de los hombres en todos los planos de la existencia. “Finalmente llega a la monstruosidad metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la naturaleza humana en contacto inmediato con su insondable misterio.
Por otra parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona. El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es para él una orgía, en la que se abandona con el enfurecimiento de un loco”.

Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold Gombrowicz. Sin embargo, ninguno de los tres tenía un sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca. Bruno Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros.
Stanislaw Ignacy Witkiewicz. Esos tres hombres trataron de orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos. Tuvieron una gran influencia en el arte polaco y fueron apreciados en el mundo entero. Witkiewicz, Schulz y Gombrowicz se encontraban por fin juntos. Stanislaw Ignacy Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los tiene el diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy.

Lo hizo para distinguirse de su padre, Stanislaw Witkiewicz, pintor y escritor como él. “La derrota que sufrió Witkacy era inteligente. El demonismo se convirtió para él en un juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida, como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus colecciones porno-macabras (...)”
“Lo que se destaca en él es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación, que no era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte europeo. Era también la expresión de nuestra impotencia y nuestra parálisis ante la suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en las casas sin retrete (...)”

“Los polacos de esta generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima y cuyas ponzoñas los envenenaban”. Bruno Schulz fue llevado a un campo de concentración donde un oficial alemán encantado con sus dibujos espléndidos lo tomó bajo su protección.
Desgraciadamente, otro oficial alemán resolvió un conflicto que tenía con el protector pegándole a Schulz dos tiros en la nuca. Mientras Witkiewicz y Schulz morían en Polonia, Gombrowicz vagaba por Buenos Aires e intentaba olvidar la pobreza, la soledad y el desastre jugando al ajedrez en el café Rex. Henryk Bereza es poeta, ensayista y uno de los críticos más eminentes de Polonia.

Nos pone sobre aviso de la propensión que tenía Gombrowicz para jugar en contra de sí mismo con el propósito de provocar a los lectores. En unas palabras recientes que Henryk Bereza escribe sobre mí, despotrica contra las actuales condiciones políticas de la Polonia. “Juan Carlos Gómez es para mí el más importante exégeta de Gombrowicz entre los vivientes del mundo (...)”
“Ningún espíritu científico puede competir con él teniendo en cuenta su unión espiritual muy particular con el maestro y sus competencias intelectuales tan singulares de las que surgió como prueba sugestiva su brillante e insuperable trilogía gombrowicziana publicada en ‘Twórczosc’ (2004). Uno no llega a entender por qué esa trilogía no ha despertado interés en ningún editor de la patria del gran escritor a quien los manipuladores de la autoridad nunca podrán esconder ni destruir”




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miércoles, 19 de octubre de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y EL MATRIMONIO

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y EL MATRIMONIO


Hay un párrafo salido de mi propia mano que me ayudó a abordar el problema intrincado que Gombrowicz tenía con el matrimonio. “Yo también me veo a menudo armando un dinosaurio cuando hablo de sus dolores y de su grandeza pero, en cambio, me siento conversando con un amigo inolvidable cuando lo recuerdo como ese noble polaco venido a menos caído al nivel de un burgués sin medios (...)”
“Ni tan grave ni tan ligero, ni tan sabio ni tan burro, ni tan profundo ni tan superficial, ni tan metafísico ni tan realista, ni tan afectuoso ni tan frío. Él tenía una tendencia natural a desviarse hacia los extremos pero con su conciencia agudísima se ponía en el medio. Un burgués inteligente, perezoso y bromista, ni más ni menos”. Esto lo digo yo en el final de “Gombrowicz y todo lo demás”.

Existe un contraste evidente entre cómo Gombrowicz aborda el problema del matrimonio en sus escritos y cómo lo aborda en la vida real. En cuanto a la literatura se refiere en las vísperas ocurren fenómenos o catástrofes que impiden que el matrimonio se consume. En “Ivona” la novia se atraganta y muere con una espina de corvina atravesada en la garganta en el banquete en el que se anuncia la ceremonia nupcial.
En “El casamiento” el matrimonio de Henryk se malogra cuando su amigo Wladzio, a pedido del propio Henryk, se mata para conseguir la pureza de Manka-Mania, la novia de Henryk. Uno de los fenómenos más extraños que impiden que el casamiento de Gombrowicz se consume ocurre en “Aventuras”. En su casa de campo de Polonia, descansaba y se entretenía para pasar el tiempo.

El Negro había desaparecido, el otoño se acercaba. Por mera diversión empezó a construir un globo aerostático tipo Montgolfier. Una mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la llama de la lámpara y empezó a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo la población lanzaba gritos jubilosos, cuando llegó a una altura de cincuenta metros apagó la mecha y empezó a descender.
Gombrowicz aterrizó en un patio en el que lo recibieron con risas y bravos. Interrumpieron la merienda y lo invitaron a tomar café, queso y pastelillos. El protagonista les propuso que uno de ellos podía subir a la cesta y volvió a encender la llama. La pasajera que subió le proporcionaba una alegría íntima mucho mayor que el globo mismo.

Por primera vez en la vida sentía que estaba perdiendo el juicio mientras ella lo escuchaba con atención. A pesar de que es bien sabido por todos que las mujeres aman lo novelesco y aventurado, no se atrevió a contarle nada de sus aventuras con el Negro... Llegó el día del cambio de anillos... Luego empezó a acercarse también el día de la boda.
Pero una semana antes de la fecha de casamiento, cuando se sentía penetrado por el secreto y el escalofrío jubiloso prenupcial, se le ocurrió hacer un paseo en globo durante un día de tormenta. La tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y después de varias horas, al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él se agitaban las olas del Mar Amarillo.

Se preguntaba qué podía hacer cuando volviera a ver los abedules y los ojos de la mujer amada. No, no le era posible volver, tenía que abandonar todo aquello que ya lo había abandonado a él. El sueño de Kierkeggard que ruega a Dios que le devuelva a Regina no es el mismo de Gombrowicz en “El casamiento”; Manka estaba pasada de vueltas cuando Henryk le ruega al padre que se la devuelva virgen e inocente.
Los padres de Henryk no tenían una buena opinión de Manka. “La mayor dificultad consiste en que ‘El casamiento’ no es una transposición artística de un problema o una situación. Es una libre descarga de la imaginación, eso sí, dirigida a un fin determinado. Lo cual no quiere decir que ‘El casamiento’ no cuente una historia: es el drama de Henryk, un hombre contemporáneo cuyo mundo ha sido transformado (...)”

“Ha visto en sueños su casa convertida en una miserable taberna y a su novia Manka-Mania con el aspecto de una pobre mujerzuela. Deseando recuperar el pasado, este hombre proclama rey a su padre, y en su novia quiere ver una virgen. Todo en vano, puesto que no sólo su mundo ha sido destruido, es él mismo quien también ha sufrido un hundimiento y a quien ya se le han agotado aquellos sentimientos de antaño (...)”
“Es el sueño acerca de una época, que expresa los tormentos de nuestro tiempo presente. Pero a la vez es el sueño que anticipa una época que trata de adivinar el futuro que vendrá. El sentido de estas reflexiones resulta melancólico y lejano, la verdad es que no tengo ninguna seguridad de que ‘El casamiento’ se represente mientras yo viva, quizá después de muerto”.

El príncipe Segismundo, de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, y el príncipe Henryk, de “El casamiento” de Gombrowicz, siguen caminos diferentes. Sin embargo ninguno de los dos distingue en sus historias si son verdaderamente reales o están dictadas tan sólo por los sueños. Los sueños y el yo son ideas poderosas, son el origen de todas las cosas.
También son ideas poderosas por la grandeza que pueden alcanzar en la forma de una personalidad. Que el yo y los sueños sean el origen de todas las cosas es una cuestión con la que no todos están de acuerdo. La tragedia sólo es posible si hay por lo menos dos personas, si existe un antagonismo real entre dos personas diferentes, ajenas una a la otra, que por esa diferencia se pueden destruir mutuamente.

Pero si lo que ocurre, ocurre entre una persona y un mundo de sueños cuya existencia está tan solo en el poder de su imaginación, el resultado puede ser irónico o paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático. No existe drama donde la resistencia del otro no es real y existe sólo en la región del sueño. Pero el sueño de “El casamiento”, según lo ve Gombrowicz, es un sueño sobre la realidad.
Los miedos que enfrenta el protagonista provienen de un contacto real con la vida, aunque sea un contacto con personas creadas por su imaginación en la esfera de los sueños. Los padres de Henryk no tenían una buena opinión de Manka-Mania. “Por favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una posada. ¿Pero qué es esto? ¡Eh! (...)”

“Les entran las ganas, también es una calamidad que a esta arrastrada todos la quieran manosear, no piensan más que en tocarla, todos la tocan y la sofaldan, día y noche, sin parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae problemas. ¡No te cases con ella! Porque el viejo borracho dijo la verdad. Ella tonteaba con Wladzio, en el pasado. ¡También yo los sorprendí sobándose junto al pozo en pleno día (...)”
“Se toqueteaban y se buscaban, él a ella y ella a él, Henryk, no te cases!”. Gombrowicz empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir la parodia de un drama genial. Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres. Sin embargo esta idea no le apareció al comienzo, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería.

“El casamiento” es la teatralidad de la existencia, una realidad creada a través de la forma que se vuelve contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz les abre la puerta a sus percepciones proféticas. “Empecé ‘El casamiento’ en el año 1944, en la localidad de La Falda de la provincia de Córdoba. Estaba convaleciente de unas líneas de fiebre persistentes (...)”
“Como supe al fin, se debían a que el termómetro marcaba unas décimas de más. Esta pieza de teatro se fue estructurando en mí lentamente, a tirones, a lo largo de esa existencia argentina, un día tras otro. ‘Fausto’ y ‘Hamlet’ fueron mis modelos, pero sólo lo fueron en lo referente a su genialidad. Quería escribir un drama que fuera grande y genial, y me remití a estas obras, que en mi juventud había leído con veneración (...)”

“Mis ambiciones no estaban exentas de cierta astucia, ladino como era, presentía que era más fácil escribir una gran obra que una obra simplemente buena. La vía del genio me parecía menos ardua. ‘El casamiento’ que, como todas mis obras, se rebela contra la forma, es una parodia de la forma. Es una parodia del drama genial, pero, parodiando el genio quizá alcanzara algo más (...)”
“¿Acaso no iba a poder introducir fraudulentamente un poco de mi propio genio, de contrabando? Me propuse mostrar a la humanidad en su paso de la Iglesia de Dios a la iglesia de los hombres. Con todo, la idea no surgió desde el comienzo de mi obra. Primero empecé por lanzar a la escena un puñado de visiones, de gérmenes, de situaciones (...)”

“Lentamente a trompicones, llegué a esa idea, iba por la mitad del segundo acto y seguía sin saber lo que quería. Y se me antojaba que la creación bamboleante, ebria y sonámbula, a partir de los cortocircuitos de la forma, de sus conexiones y combinaciones, se correspondía con el devenir de la propia historia, la cual avanza también medio ebria y sonámbula (...)”
“Pueden detectarse en ‘El casamiento’ ciertos mecanismos de gestación del hombre y de la humanidad modernos. La presencia constante de la forma en la escena constituye el spiritus movens del drama. Y aquel que se deje arrastrar en los torbellinos de la forma en proceso de formación, queda preso para siempre en una duda mortal. ¿Es eso cierto? ¿Es sensato, o más bien estúpido? ¿Es realidad o sueño? (...)”

“Mi modesto teatro de aficionado no es teatro del absurdo, sino teatro de ideas, con sus medios propios, sus propios objetivos, su clima particular y un mundo personal”. En esta pieza de teatro se narra el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible.
Éste es un acorde disonante entre el individuo y la forma; si no hay Dios, los valores nacen entre los hombres. Pero el reinado de Henryk sobre los hombres tiene que hacerse real, las necesidades formales de la acción para hacerlo rey terminan por derrumbarlo y toda la transmutación fracasa; ha recibido un zarpazo de Dios. En esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército francés.

Está peleando contra los alemanes en algún lugar de Francia. Durante el sueño se le abren paso las preocupaciones que tiene por su familia perdida en alguna de las provincias profundas de Polonia y se le despiertan los temores del hombre contemporáneo a caballo de dos épocas. Henryk ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a sus padres y a su novia.
El hogar de Henryk se ha envilecido y transformado en una taberna empobrecida en la que su novia Mania es la camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degradado en una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación desesperada se empieza a hilar toda la trama de la obra.

Los borrachos cantando y bailando a su alrededor con risas beodas y sarcásticas lo señalan con el dedo como si fuera un rey intocable. Pero, entonces, el hijo le rinde homenaje al padre con toda la seriedad y pompas de una consagración real, y el padre se transforma en rey. Ya como rey el padre eleva al hijo a la dignidad de príncipe de la corona y le hace una promesa.
En virtud de su poder real, le concederá un casamiento digno y religioso que restituirá a la novia la pureza y la integridad de antaño. Cuando se está preparando el casamiento digno y sagrado que celebrará un obispo el sueño del protagonista empieza a vacilar junto a la misma ceremonia, se siente amenazado por la estupidez justamente cuando aspira con toda el alma a la sabiduría, a la dignidad y a la pureza.

Poco a poco, va perdiendo la confianza en sí mismo y en el sueño. Otra vez entra en la escena el cabecilla de los borrachos para provocarlos. Cuando Henryk está a punto de pegarle al borracho, la escena se metamorfosea en una recepción de la corte en la que el borracho se ha convertido en el embajador de una potencia extranjera que incita al príncipe a la traición.
El obispo, el rey, la iglesia y Dios son viejas supersticiones y, si Henryk se proclamara a sí mismo rey, ninguna autoridad divina ni terrenal le sería necesaria. Se administraría a sí mismo el sacramento del matrimonio y obligaría a todos a reconocerlo y a reconocer a la novia como pura y unida a él. La transformación había comenzado con la intocabilidad del padre.

Sin embargo culmina en el paso de un mundo basado en la autoridad divina y paternal a otro en el que la propia voluntad de Henryk deberá convertirse en la autoridad divina y creadora como la de Hitler, como la de Stalin. El príncipe cede a la incitación del borracho, destrona al padre y se convierte en rey, pero el borracho anda detrás de algo más, pretende despertar sus celos.
Cuando estaba por finalizar la ceremonia matrimonial le pide a Wladzio, el amigo de Henryk, que sostenga una flor encima de la cabeza de Manka-Mania, la novia. Escamotea rápidamente la flor dejándolos en una actitud falsa y sospechosa que despierta los celos del príncipe. Henryk ve al borracho como si fuera un sacerdote cochino uniendo a su amigo y a su prometida en un casamiento inmoral y bajo.

El padre tenía una idea un tanto rancia sobre su autoridad sobre el hijo y sobre la humanidad. “Y quien alce su mano sacrílega contra su padre cometerá un crimen espantoso, inaudito, infernal, diabólico, abominable y terriblemente despreciable. Un crimen que irá de generación en generación, lanzando gritos y gemidos terribles, en la vergüenza y los tormentos (...)”
“Maldito de Dios y de la Naturaleza, marchito, estigmatizado, abandonado”. Henryk se convierte en un dictador, ha dominado a todo el mundo, también a sus padres, y de nuevo se vuelve a preparar la ceremonia nupcial pero sin Dios, sin otra sanción que la de su poder absoluto. Henryk utiliza, a efectos de alcanzar sus propósitos, un procedimiento drástico (...)”

“Para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre y, por lo tanto, a Dios. Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, también están en la cárcel los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor y las Direcciones Generales (...)”
“Los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión. Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, a todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”. Sin embargo, la verdadera autoridad de “El casamiento” Gombrowicz la encuentra en el poder que tienen las palabras. “¡Todo eso es mentira! (...)”

“Cada uno dice lo que es conveniente y no lo que quiere decir. Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, nos traiciona. ¡Ah, la traición, la sempiterna traición! Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos (...)”
“Nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros. Si tú dices algo como: 'Si tú lo quieres, Henryk, yo, Wladzio, me mataré de mil amores'. Parece en principio algo extraño, pero yo puedo responder con algo más extraño aún, y así, ayudándonos el uno al otro, podemos llegar lejos. ‘Asiste a la boda, Wladzio, y cuando llegue el momento, mátate con este cuchillo’”.

El dictador siente que su poder sólo tendrá una verdadera realidad si es confirmado por alguien que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide a Wladzio que se mate para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso y formidable para realizar su casamiento y conseguir la pureza de Manka-Mania, la novia. El amigo a pedido del Rey se mata.
Henryk retrocede horrorizado ante lo que ha hecho con el amigo y el casamiento no se consuma. “La impresión que me da Gombrowicz es la de un hombre que construyó su edificio sobre las ruinas de su vida emocional”. Estas declaraciones dramáticas de Czeslaw Milosz contrastan con otras formuladas por algunos gombrowiczidas eminentes.

“Gombrowicz, cuando se refiere a su vida personal e íntima, casi siempre recurre a fórmulas, anécdotas o generalidades poéticas, evitando los detalles. En sus cartas a los amigos cercanos, especialmente en los últimos años, se manifestaba más libremente y sin tantas restricciones, pero esta indecente confesión tardía sonó como una broma”. Otros gombrowiczidas en cambio sostienen otra cosa.
El erotismo de la juventud de Gombrowicz era normal en un sentido físico, pero anárquico y loco en un sentido mental. En la esfera erótica de Gombrowicz se manifestaba su pasividad, su naturalidad sumisa, su inmediatez y la facilidad del acceso, de la entrega total, un carácter ideal y místico. Necesitaba de una relación directa y espontánea con las personas.

“Por supuesto no he cometido ningún acto de locura. En la superficie he sido razonable, pero en el fondo, muy dentro de mí mismo, he vivido una vida apoyada enteramente en la fantasía. Creo que soy un hombre normal, pero tengo una tendencia a la locura interna”. Antes de hablar de Krystyna Janowska, la primera novia de Gombrowicz, vamos a dar unas vueltas alrededor de su naturaleza contradictoria.
“Como mi estancia en Potoczek, la finca de mi hermano Janusz, no curó del todo mis pulmones, fui a pasar el verano a una pensión de Rabka. Recuerdo que mi estancia en Rabka agravó aún más mis relaciones con la gente, ya de por sí bastante tensas. Pero es que en aquella estrafalaria pensión donde me instalé, me encontré frente a una colección de tipos que parecía expresamente confeccionada (...)”

“Representaba la mezcolanza de estilos y lo grotesco polaco. Movilicé enseguida todos mis rencores y me volví provocativo. Este talante no tardó en producir un resultado desagradable con una damisela que había estado en Inglaterra: –Se nota que se atracó de Inglaterra y ahora la está repitiendo en la mesa. La inglesa me echó una mirada fulminante (...)”
“Dijo algo de los mocosos mal educados, a lo cual un señor muy autoritario añadió unas palabras sobre la arrogancia típica de los estudiantes insensatos. Cuando un juez retirado, reprendió violentamente a su hija, yo me sentí aludido inmediatamente: –¡Hay que saber con quién se juega! Este señor, según supe después, había reprendido a la joven por haber jugado a las cartas antes de comer (...)”

“Sus palabras provocaron un cataclismo entre todos los presentes que no comprendía bien, pues creía que la indirecta estaba dirigida a mí. Después de la comida se produjo un gran movimiento entre los señores, ellos también habían jugado a las cartas antes de comer, se sintieron por lo tanto ofendidos y le pidieron explicaciones al juez. Cada uno mandó un emisario para preguntarle si se refería a él (...)”
“Al final llegó mi turno, me sentía enfermo con la suma de todas esas idioteces. Esa manifiesta y notable ausencia de civismo que nos caracterizaba a todos en esa maldita pensión de Rabka, me sumió en un estado de terrible impotencia, de trágico desánimo. De esa forma se producían en mí saltos de la bufonería a la seriedad, de lo cómico al sufrimiento real (...)”

“Y seguía sin poder resolver mi problema con la farsa polaca, con nuestro desequilibrio Se trataba de un océano en el que yo naufragaba pero que, a la vez, llevaba dentro de mí”. Esta confusión se acentuaba aún más en relación con las mujeres. “Personalmente no sabía tratarlas, me refiero a las mujeres, pues me comportaba realmente como no debía (...)”
“Me vengaba de ellas haciéndome el loco y el payaso cuanto podía, y en el fondo de mi alma odiaba a esas maestras indulgentes y presumidas que se creían superiores. Eran unas guías, institutrices y, desgraciadamente, a menudo críticas. Por fin llegó un momento en que me rebelé y saqué la conclusión de que había que exterminar la feminidad de la literatura (...)”

“Pero yo no me enterado nunca si las mujeres en la literatura y la femineidad literaria eran verdaderamente enemigos míos, y si mis reproches eran justos. De la justicia de nuestras pretensiones no nos convencemos hasta que comenzamos a luchar por ellas”. Si el destino hubiera sido un poco más recto de lo que suele ser quizás Gombrowicz hubiera tenido otro destino.
Se hubiera casado con su prima Barbara Godecka y hubiera tenido hijos con ella, como la Teresa de su hermano Jerzy muy agraciada e inteligente, no así como el Józef de su hermano Janusz, pedigüeño y medio tonto. Gombrowicz tenía de sí mismo una opinión más o menos estándar. “En cuanto hijo de una buena familia era educado y bastante sano (...)”

“Ni feo ni guapo, sólo pasable, haciéndole la corte a sus primas, alumno mediocre, un tanto enmadrado, delicado, inquieto, y al mismo tiempo burlón, parlanchín, provocador, a menudo insoportable en el colegio y golpeado por sus compañeros mayores, sociable, frívolo, audaz o tímido según las circunstancias”. Los modelos femeninos de Gombrowicz tenían varios orígenes.
Su madre, Marcelina Antonina, su hermana Irena, las criadas y las primas. La madre y la hermana eran dos bellas mujeres de aspecto virtuoso a cuya hermosura Gombrowicz nunca se refiere. Las primas que frecuentaban la casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería, se dedicaban a actividades filantrópicas y no se mostraban dispuestas al flirteo.

Por esta razón Janusz y Jerzy, sus hermanos mayores, se sentían perjudicados. Su actitud hacia esas primas y hacia los principios que ellas practicaban era hostil y maligna. Con las criadas Gombrowicz ajusta las cuentas en “La escalera de servicio” y con las primas se toma revancha en Isabel de “Ferdydurke”. Los matrimonios de los nobles terratenientes polacos tenían mucho que ver con el interés.
La madre de Gombrowicz intentó casarlo con su prima Barbara Godecka por su posición social y su dote, mientras el padre, por los mismos motivos, intentaba casarlo con una joven que había elegido cuidadosamente. “¿Para qué necesito a una mujer? Esta joven le gusta a mi padre, por eso quiere que me case con ella, porque él no puede” Jan Onufry estaba preocupado por el matrimonio de su hijo

También lo estaba su amigo Tadeusz Breza. A Gombrowicz le encantaba el humor de Breza, envidiaba la facilidad que tenía para relacionarse con las mujeres, mientras él iba de mal en peor. Finalmente, como sus fracasos no cesaban de repetirse, llamaron la atención de Tadeusz. Le presentó a una joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante de la lectura y del arte.
Tenía la esperanza de haber encontrado para Gombrowicz la unidad ideal de cuerpo y de espíritu, de cultura y naturaleza. Pero el hecho de que esa joven apareciera sobre un escenario, que se dejara contemplar, que tuviera una actitud profesional hacia su encanto y sus gracias, hizo que a Gombrowicz no se le despertara ningún interés por ella.

En el año 1926 Gombrowicz realiza los primeros flirteos con sus primas y las amigas de su hermana, todas las cuales lo abruman con su celo religioso. Su familia desea que se prometa a una joven condesa católica, amiga de su hermana, dos años mayor que él y organiza una discreta comida para que él se declare, pero nada ocurre. Su primer amor es Krystyna Janowska.
Es una joven, vecina de la propiedad de su hermano Jerzy en Wsola, a la cual ve por las noches. Fue un amor intermitente, que se prolongó durante varios años. Hacia el año 1930 había empezado a frecuentar los cafés literarios y seguía escribiendo novelas cortas. Decide permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de sus abogados que en su gran mayoría pertenecían al Partido Nacional, una agrupación de derecha.

Los partidarios de esa agrupación se escandalizaban por las relaciones que tenía Gombrowicz con centros de izquierda y, particularmente, por las que tenía con Wiadomosci Literackie. Desde ese mismo momento Gombrowicz renunció a la continuación de su carrera jurídica. “Era una época en la que estaba en mala disposición con el arte (...)”
“Me saturaba de Schopenhaher y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya obra ese contraste tiene un aspecto más doloroso. El arte era para mí el fruto de la enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas, por así decirlo, no me gustaban, personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción. Estas fobias, a mi edad, eran apasionadas (...)”

“Yo tenía entonces veinticinco años, que es cuando todavía no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me atraía por su libertad y por su resplandor, pero me repudiaba física y moralmente. Me sentía raro al entregar un ejemplar de ‘Memorias del tiempo de la inmadurez’, un libro fresco, recién sacado del horno, a mi respetable familia (...)”
“Supongo que si hubiera entrado a formar parte de un ballet y me hubiese puesto a saltar medio desnudo delante del público, mi familia no se hubiera sentido más incómoda”. Con esta mezcla de naturalezas, la de su familia y la de la literatura, se moría de vergüenza cuando pensaba que algún día sería un artista como ellos, que se convertiría en un ciudadano de esa ridícula república de almas ingenuas.

No quería ser un engranaje de esa terrible maquinaria, un miembro de ese clan. Por nada del mundo quería sentirse perteneciendo a ese al gremio. Desde muy temprano se le manifestó a Gombrowicz una tendencia personal que le causaría un gran daño en el transcurso de su vida, la imposibilidad de tratar normalmente a personas de rango social superior.
Era la consecuencia de su forma de comportamiento que lo hacía sentir a gusto solamente con aquellos a quienes conseguía imponer esa forma suya un tanto extravagante. La aristocracia tenía su propio estilo, definido, banal e impersonal, y nada podía hacer en su contra, tenía que someterse. Esta separación, sin embargo, no era tan drástica como podría suponerse.

La primera obra literaria de su vida fue la monografía “illustrissimae familiae Gombrovici”. La conservó en estado de manuscrito, y aunque no contenía nada de especial pues los Gombrowicz eran tan solo miembros de una pequeña nobleza, se pavoneaba con cada detalle referente a los bienes, funciones y vínculos familiares, y disfrutaba de esta manía.
Cuando murió su padre en el año 1933 ya había empezado a sentir la decadencia de su familia a la que le encontraba cierto parecido con “Los Buddenbrooks”, la novela de Thomas Mann. Era una familia que se extinguía, las perturbaciones mentales de algunos parientes de la parte de su madre pesaban sobre su cabeza como una amenaza de trastornos psíquicos futuros.

El padre fue el último Gombrowicz en gozar del respeto general e infundir confianza. Él y sus hermanos, la siguiente generación, eran unos excéntricos de quienes la gente decía que era una lástima que no hubieran salido al viejo Gombrowicz. Su pertenencia a dos mundos, tan fuertemente marcada desde su juventud, fue muy clara hasta la muerte del padre, después las cosas fueron cambiando.
En vida del viejo Gombrowicz entraba a la oscuridad y volvía a la luz con alguna facilidad, cruzaba la línea de sombra en las dos direcciones lo que le permitía comportarse como un camaleón. Esa doble personalidad se prestaba a la mistificación, su apariencia de terrateniente más que de asiduo de cafés y de escritor vanguardista le producía todo tipo de malentendidos, especialmente con el género femenino.

Después de la muerte de su padre se le fue haciendo claro que tenía que justificar su vida con una obra de orden superior pues el tiempo pasaba y su situación en Polonia se hacía cada vez más penosa. A partir de los treinta años su pertenencia a una clase social superior empezó a debilitarse y el desastre de la guerra que arruinó a su familia y también a él pusieron a esta pertenencia en el camino de la extinción.
Pero Gombrowicz nunca dejó de pertenecer a esos dos mundos, en la Argentina se las ingenió para darle una nueva vida al mundo de la aristocracia: “Entonces llegó el momento en el que los oyentes, fascinados por mi lúgubre resplandor, empezaron a insistir en que les dijera qué es el arte, en qué consiste el arte, cómo es y cómo debiera ser el arte (...)”

“Estas preguntas se me echaron encima igual que unos perros que años atrás me habían asaltado al llegar frente a la mansión de Wsola, en presencia de mi primera novia. Respondí. –¡No, eso no os lo voy a decir! Eso sólo puedo decirlo a una persona de un rango igual al mío. De entre todos vosotros, sólo a una persona; -¿A quién?; –Sólo a ella –contesté, indicando a una de las damas–, sólo a ella. ¡Porque ella es una princesa!”
Este pasaje de uno de sus diarios se refiere a Ada Lubomirska, la encantadora princesita. Gombrowicz siempre fue un holgazán, pero ya de joven se imaginaba que el pensamiento errante y libre de un holgazán era lo que más desarrollaba su inteligencia. Sin embargo, su pereza no era tan absoluta como pudiera parecer, no sabía bien cómo pero había conseguido una superioridad intelectual sobre su entorno.

Poco a poco se fue haciendo notar como más sensato y equilibrado que los demás, de alguna manera se sabía que su especialidad era la inteligencia y no otra cosa. “El hombre es un ser social, y quien se integra rápida y fácilmente en su ambiente, se forma e incluso llega a un grado considerable de eficacia... pero no se manifestará nunca en él la fuente de sus energías más profundas (...)”
“Será un hombre técnicamente útil, pero superficial y limitado”. Su gusto por decir tonterías le hacía decir a su hermano Jerzy: –Cuando voy de visita con mis hermanos lo único que temo es que Janusz se ponga a dormir y que Witold se ponga a contar tonterías. Contar tonterías constituía en la época de su juventud una de las ocupaciones que más lo absorbía pero nunca se censuró esta actividad idiota.

El desorden, la confusión y la torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo. La residencia Wsola perteneció a Jerzy Gombrowicz, hermano de Witold, y a su esposa Aleksandra Pruszak de Gombrowicz hasta la Segunda Guerra Mundial.
Gombrowicz solía pasar sus vacaciones familiares en ese lugar, donde escribió varias de sus obras, entre ellas “Ferdydurke” y algunas partes de “Los Hechizados”. En Wsola, Witold también solía jugar al tenis con Aleksandra. La residencia Wsola es el único lugar de Polonia vinculado con Witold Gombrowicz que no fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

Gombrowicz conoce a Krystyna Janowska en la juventud, sus familias eran amigas y ambas pertenecían al mismo círculo social de vecinos. Morena, de ojos grandes, alta delgada y esbelta. Era atlética, montaba a caballo, hacía esquí y jugaba al tenis. Krystyna se refiere a Gombrowicz como un hombre joven y guapo, diferente, interesante y original que se burlaba de los terratenientes.
Por tal razón las jóvenes no se sentían seguras con él y para ella misma no había sido una opción de casamiento. Krystyna, ya abuela, no recordaba ninguna de las reuniones nocturnas a las que se refiere Gombrowicz. Cuatro años menor que él, nacida en Bartidziejw, era hija de terratenientes. Igual que la Zutka de “Ferdydurke” era atlética y normal, no tenía nada que ver con el arte o el intelecto.

Gombrowicz sabía que no podía responder a las expectativas y a las necesidades de las jóvenes. No podía representar el papel de admirador y de amante. “Ferdydurke” termina con una escena que dice mucho sobre la relación convencional entre un hombre y una mujer. Pepe, de conformidad con el canon estándar secuestra a su prima Isabel. La joven disfruta del rapto y él debe responder a sus expectativas.
La escena muestra la incapacidad fundamental de Gombrowicz para representar el papel de novio y marido. La primera reunión de Krystyna con Gombrowicz se produce en 1922 en el río Vístula, tenía catorce años y era una colegiala. “No estuvimos vinculados por nada serio, sólo nos gustaba estar juntos, por otra parte Witold nunca me habló de sus sentimientos ni mencionó el casamiento”

Krystyna tenía una gran cantidad de pretendientes, y Gombrowicz era irritante. No sabía bailar, lo que en aquel entonces era una verdadera desventaja para un soltero. Le tenía miedo a los caballos, no nadaba ni esquiaba, era excéntrico y tenía ideas raras. A los cincuenta años Gombrowicz recuerda que, veinte años atrás, en una fiesta de vecinos se encontraba Krystyna Janowska.
Esa joven lo transportaba a estados de embeleso. Quería lucirse y brillar ante ella, en aquel entonces esto era absolutamente necesario para él. Pero al entrar al salón, en lugar de señales de admiración, se encontró con la compresión de las tías, las bromas de sus primas y la ironía vulgar de todos los nobles de la vecindad. Un periodista se había ocupado de uno de sus cuentos con unas palabras llenas de indulgencia.

Sin embargo daba a entender que le faltaba talento. La publicación había caído en las manos de los presentes y todos conocían su contenido. Le daban más crédito al crítico, naturalmente, porque era un escritor de mucho éxito. Esa noche Gombrowicz no sabía dónde esconderse, se sentía impotente, pero no porque la situación le viniera grande, sino porque era irrefutable, no merecía refutación.
Igualmente sufría, sufría y tenía vergüenza de su sufrimiento, a pesar de que ya, por aquel entonces, sabía arreglárselas con demonios más peligrosos. Sin embargo en este asunto se hundía descalificado por su propio dolor. Al Gombrowicz cincuentón le hubiera gustado ponerse detrás de aquel otro veinteañero para que se sintiera completado por el sentido futuro de su vida.

Quería ayudarlo a lucirse y brillar frente a Krystyna Janowska, esa joven virgen. “Pero yo –tu realización– estoy a mil millas, a muchos años de distancia de ti. Estoy sentado aquí, en esta orilla americana, tan amargamente retrasado..., con la mirada fija en el agua que brota por encima del parapeto de piedra, colmado por la distancia del viento que llega velozmente de la zona polar”.
Estaba en la Costanera mirando el Río de la Plata. Al Gombrowicz viejo le hubiera gustado ayudar al joven completándolo con su madurez. Pero se sentía incompleto, distante, amargado y retrasado a orillas de la costa americana, tan distante, amargado y retrasado como se sintió con la Regina de su cuento. El miedo es un sentimiento de inquietud causado por la posibilidad de un daño inminente, real o imaginario.

Cuando el riesgo no es inminente el miedo no aparece o, si aparece, es muy débil. Lo que ocurre con los miedosos es que tienen una tendencia a convertir en inminente la posibilidad de los daños remotos y esto es lo que le pasaba a Gombrowicz. “Todos estos fermentos de juventud se fueron civilizando y puliendo en el curso de mi desarrollo ulterior. Pero no han desaparecido”.
El sentimiento del que derivan la deserción y el destierro de Gombrowicz es el miedo. Pero, ¿y la homosexualidad?, no es tan evidente que el origen de la homosexualidad de Gombrowicz sea el miedo. Gombrowicz no le tenía odio a las mujeres, no era misógino, pero, ¿y miedo?, ¿no será que era ginófobo? La homosexualidad le producía ciertamente vergüenza.

Sin embargo la heterosexualidad de sus relaciones algunas mujeres dan para pensar que le tenía miedo a las mujeres. Algunos gombrowiczidas connotados piensan que el miedo era el origen de su homosexualidad. Dejemos este dilema para otra oportunidad, pero si fuera cierto que era ginófobo, el miedo se convertiría en el archiorigen de los dolores de Gombrowicz.
Fue el miedo a la guerra y no la conclusión de un análisis ponderado de la realidad el que impulsó a Gombrowicz a saltar del transatlántico Chrobry en el puerto de Buenos Aires. Los pasajes de su inmadurez a su madurez son obscuros e incompletos, es evidente que no tuvo esa transformación interna estándar que nos va volviendo maduros.

Del erotismo a la sexualidad, del estudio a la profesión, de la profesión al trabajo, del trabajo al dinero, de la sexualidad a la pareja, de la pareja a los hijos, y, en general, de una cosa a la otra, en este camino nos vamos transformando y nos volvemos maduros. Sin embargo, siempre nos queda como en un sueño actual el recuerdo de la juventud, el deseo de volver a ser jóvenes.
Pero finalmente Gombrowicz atraviesa el Rubicón del matrimonio. Las primeras palabras que nos anuncian que Gombrowicz está en las vísperas de este fenómeno nos vienen del Príncipe Bastardo. “A causa de esto decidió postergar su viaje a la Argentina en la primavera pues tiene miedo del calor y, por el momento, tiene la intención de irse al sur de Francia con una canadiense de 22 años que, según él, está enamorada (...)”

“Yo todavía no la vi a esa chica (él la conoció en Royaumont) pero parece ser que es inteligente, viva y está dispuesta a ayudarlo. A lo mejor es una solución para este invierno”




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