sábado, 13 de noviembre de 2010

WITOLD GOMBROWICZ, POTOCZEK Y ZAKOPANE

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ, POTOCZEK Y ZAKOPANE



Potoczek y Zakopane son lugares que inspiraron a Gombrowicz para escribir su primera y última novela. “Mi hermano Janusz acababa de casarse y su mujer era dueña de una finca en la región de Ilza que se llamaba Potoczek. La mansión estaba situada en medio de unos bosques inmensos surcados por una línea de cinco lagos que se extendía uno detrás de otro a lo largo de varios kilómetros hasta el pueblo (...)”
“Mi hermano y su mujer vivían entonces en Maloszyce y no iban casi nunca a esa mansión. Una casa en medio del bosque, es siempre algo melancólico. Pero qué decir de una casa en medio del bosque cuando no hay nadie en ella, cuando el crepúsculo aparece agonizante y nada lo enturbia, cuando la noche es noche de verdad, con todas sus locuras, con los aullidos y ladridos desesperados de los perros (...)”

“La servidumbre hacía lo que podía para tenerme contento. Me aburría, comía y vagabundeaba por el bosque, volvía a casa, comía, me acostaba para dormir y aguzaba la oreja al oír el repentino jolgorio de los perros, los pánicos nocturnos y, aún peor, el silencio lleno de susurros ondulantes de los pinares. Tenía una ocupación: escribía una disertación sobre la ‘solidaridad’ de León Bourgeois, un trabajo de seminario (...)”
“Pero toda esa sociología política me aburría y pronto la abandoné. ¿Qué hacer? Me invadió una inquietud imprecisa, un sentimiento cada vez más intenso de que algo no iba como debería ir, algo relacionado conmigo en esta mansión, de que llevaba demasiado tiempo sin dar golpe, que de alguna forma tenía que justificarme, romper con esa vida sibarita ya asfixiante (...)”

“Así, pues, me puse a buscar febrilmente una salida, debía emprender algo, actuar, purificarme por el esfuerzo... ¿qué hacer? El silencio nevado de los árboles que me rodeaban era la única respuesta. Al final, nervioso, casi desesperado, sin saber adónde huir y dónde albergarme, me puse a esbozar una novela, sobre el personaje de un contable, que poco a poco me absorbió hasta tal punto que empecé a trabajar sistemáticamente (...)”
“Mi primera obra que nacía en medio de tantos dolores era muy ramplona. No sólo carecía del precoz talento de Krasinski, quien a la edad de veinte años escribió ‘La no Divina Comedia”, sino que mi salvajismo espiritual, mi falta de habilidad literaria, todos mis fermentos y rudezas, me privaron incluso de esa fluidez que adquiere con facilidad cualquier joven que se mueve en los ambientes literarios (...)”

“Leí un fragmento a mi hermano y a mi cuñada cuando vinieron a verme: –¿Qué horror! Tíralo, da asco. No digas a nadie que te has manchado con semejante nacimiento y en el futuro ocúpate de otra cosa. Mientras mi cuñada Pifink añadía: –Qué pena que no te hayas dedicado más a la caza. En el fondo sabía que tenían razón. Quemé mi obra y me dediqué de nuevo a la sociología de León Bourgeois (...)”
León Bourgeois, abogado y político francés, fue el padre del solidarismo. Diputado, ministro, senador, presidió la primera sesión de la Sociedad de las Naciones en 1920 y en ese mismo año recibió el premio Nobel de la Paz. Se debe a León Bourgeois una nueva fundamentación de lo moral en el hecho de la solidaridad. Según esta teoría, el hombre depende por entero de la sociedad.

Tenemos frente a ella una deuda que pesa sobre nuestro actuar. Por esto, la solidaridad domina nuestras actuaciones. Así, el mundo de la actividad humana está sometido a la ley de la solidaridad que expresa la dependencia universal de todo frente a todo. Presionados por esta solidaridad, deudores frente a la sociedad de una deuda que nunca lograremos saldar, debemos consagrarnos por entero al bien social.
“El bien moral se identifica con las exigencias de la solidaridad”. En esta moral no se puede hablar, entonces, de deberes para consigo mismo, y menos aún de deberes para con Dios; no hay más que deberes para con los demás, y estos deberes se expresan verdaderamente por la solidaridad, que nos hace estar siempre atentos de la repercusión de nuestros actos en la vida colectiva.

Abrumado seguramente por las concepciones morales de León Bourgeois, Gombrowicz se hunde en esa mansión solitaria en unas monstruosidades literarias cuyo primer intento es abortado por su hermano y su cuñada, pero el joven escritor no ceja. “En total pasé bastantes meses del invierno en Zakopane. Ni mi trabajo de pasante en el tribunal, ni mis ocupaciones literaria ulteriores me lo impedían y mi salud me lo exigía (...)”
“Debía hacer reposo en una tumbona sobre la terraza, arropado con un saco de piel, con la vista clavada en una montaña del Tatra occidental y sus alrededores. La monotonía de esta ocupación era interrumpida de vez en cuando por diversas atracciones, que variaban con las estaciones. Durante dos temporadas la atracción estuvo constituida por las llamadas ‘manoseadas’ (...)”

“Las ‘manoseadas’ eran un puñado de señoritas de quince a dieciocho años, inocentes como ángeles, venidas de no sé qué provincias, a las cuales manoseábamos yo y mi confidente y aliado de pensión: –¿No deberíamos manosear un poco a la señorita Jolanta?; –Es cierto, podríamos manosear un poco a la señorita Jolanta. Nos poníamos entonces a manosear a la señorita Jolanta (...)”
“Esta joven, por miedo a que la oyera su tía, se limitaba a lanzar un grito silencioso que se convertía en un chillido estridente pero ahogado. El aburrimiento de largas horas de reposo en las tumberas suscitaba en nosotros un ansia de sensaciones fuertes, lo cual a veces conducía a tensiones dramáticas, sobre todo cuando llegaba de Cracovia el sabio grupo de profesores de la Universidad Jaguellónica”

La Universidad Jagellónica está situada en Cracovia y es la mejor universidad de Polonia. Fue fundada por Casimiro III el Grande con el nombre de Academia de Cracovia, nombre que perduró durante siglos, hasta ser renombrada con su actual denominación para conmemorar a la dinastía de los Jaguellón bajo cuyo mecenazgo se destacó entre las grandes universidades del renacimiento y el humanismo.
Es una de las mayores universidades de Europa. Quizás la Universidad Jaguellónica no sea el mejor lugar para hacer observaciones sobre el comportamiento polaco pues de allí partían los profesores que llegaban a la pensión de Zakopane donde vivía Gombrowicz. Las despreocupadas comidas de Gombrowicz se convertían entonces en una especie de celebración, cuya pesada pedantería lo enervaba increíblemente.

Los profesores mantenían entre ellos unas conversaciones sabias que los demás comensales escuchaban con devoción. Nunca había sentido simpatía por los profesores, pero esos diálogos filosóficos e históricos le parecían tan pesados como un hipopótamo y no mucho más lúcidos de lo que son esos mamíferos. En los momentos más solemnes los interrumpía con cortesía con algún disparate: –¿Por qué no prueban estos pastelitos?
En un almuerzo les sirvieron unas pastas indigestas e insípidas, entonces Gombrowicz protestó alzando la voz: –Pasta para el estómago, pasta para el alma, es realmente demasiado. Se produjo un escándalo y uno de los sabios intentó romperle una silla en la cabeza. Situada al pie de los Tatras, a cien kilómetros de Cracovia hacia el sur, Zakopane es la capital de los deportes de invierno de Polonia y la cuna del turismo polaco.

Durante el invierno Zakopane es un destino ideal para los amantes del esquí. En el verano, gente de todo el país va allí para relajarse o hacer caminatas por las montañas de Tatra. “Tales eran mis diversiones aunque en años posteriores me comporté más seriamente. Es curioso, pero a pesar de haber estado tantas veces en Zakopane, nunca eché raíces allí, tal vez porque no frecuentaba sistemáticamente los locales de diversión (...)”
“Sólo a Witkiewicz lo veía a menudo, no porque buscara su compañía sino porque me unía una amistad con su gran amiga, la señora Wandowska, una persona inteligente y de una gran sensibilidad artística, a quien su enfermedad la obligaba a permanecer siempre en la montaña. La señora tenía que utilizar alta diplomacia para mantener más o menos una armonía entre naturalezas tan diferentes como la de Wiykacy y la mía (...)”

“Yo, para diferenciarme de él, insistía mucho más que en otras circunstancias en representar el papel de terrateniente o incluso de snob. Si Witkacy no me borró a primera vista colocándome en el último lugar de su lista de amigos, fue seguramente porque ella le informaba que yo no siempre era tan tonto. Aparte de Witkacy, mantenía pocos contactos con el Parnaso de Zakopane (...)”
“De vez en cuando participaba de unas borracheras artísticas; una de ellas me quedó grabada en la memoria: fue con Witold Malkuzynski y Colette Gaveau, su esposa, por entonces novia suya. Jamás en ningún lugar he visto fiestas como las que solían estallar en la madrugada en los locales nocturnos de Zakopane. También es verdad que no soy un gran experto en materia de fiestas (....)”

“Vagando por aquí y por allá, generalmente apartado, en calidad sólo de mirón, poco conocido por la gente, no podía dejar de observar, sin embargo, el proceso que se desarrollaba ante mis ojos durante esos años que yo pasaba en Zakopane, lo definiría como la extinción progresiva de ambientes y estilos”. Aunque Gombrowicz no era alcohólico participaba de algunas borracheras artísticas.
No le quedaba más remedio, a los polacos les gusta mucho el trago. Tomando vodka calman sus contratiempos históricos y personales, además de combatir las inclemencias del tiempo. Se dice de los escritores polacos que es más fácil imaginárselos sin pluma que sin una copa en la mano. Era muy amigo de Witold Malcuzynski, el último de los pianistas románticos, con el que tomaba copas después de los conciertos.

Malcuzynski bebía mucho después de sus interpretaciones, le temía al público y de esta manera se relajaba. En una oportunidad se le fue la mano y le echó tanto vodka al cuerpo que se puso blanco como un papel, se fue tambaleando al baño mientras Colette y Gombrowicz con malos presentimientos corrían detrás de él. Cuando la novia de Malcuzynski entró al baño de hombres estaba repleto de gente.
Cundió el pánico, la aparición de un león embravecido no hubiera provocado un sálvese quien pueda tan general, todo el mundo huía abrochándose lo que tenía que abrocharse. El estilo de Witod Malcuzynski, lleno de virtuosismo y fuerza pero a la vez de vitalidad y romanticismo, fascinó al mundo entero y le hizo ser calificado como el último romántico del piano.

En el mismo año en que Gombrowicz publica “Ferdydurke”, Malcuzynski gana el premio de la “Chopin International Piano Competition” que se celebraba en Varsovia., obteniendo además una gratificación inesperada: entre los participantes conoció a una joven pianista francesa que se llamaba Colette Gaveau, ambos se enamoraron casi a primera vista, contrajeron matrimonio al año siguiente y se radicaron en París.

La historia de “Cosmos” transcurre en Zakopane, en cuya calle principal se encontraban los cafés, los restaurantes, y los clubes nocturnos más distinguidos. En estos lugares Gombrowicz vio con nitidez cómo en Polonia la superioridad y la inferioridad tenían una incapacidad para convivir, se hundían mutuamente en la farsa. Observaba el proceso que se desarrollaba ante sus ojos de la progresiva extinción de los ambientes y de los estilos.
La gente vagaba en libertad por sus calles y no era aplastada por las funciones ni por las jerarquías. Hidalguillos, mafiosos, aristócratas, escaladores profesionales, escritores, industriales y comerciantes, estudiantes, toda esa diversidad de tipos se mezclaba en la calle. Cada uno andaba por su propio camino, a pesar de la facilidad aparente resultaba muy difícil pasar de un grupo a otro.

A veces se producían situaciones diabólicas cuando alguien lo intentaba. En una pensión distinguida, en la que se alojaba gente de tono aristocrático, aterrizó un señor de apellido desconocido con unas maletas espléndidas y un traje sport deslumbrante. El hombre se equivocó, confundió la pensión, pero como había una habitación disponible lo alojaron. Se presentó con entusiasmo manifestando vivos deseos de tomar parte en la conversación.
Pero la conversación no lo quería, a pesar de que todos intentaban ser amables con el recién llegado. Era un mundo pequeño que tenía sus propios argumentos, sus parientes y un estilo propio de bromear y provocar. La reacción normal hubiera sido el aburrimiento o la indiferencia, pero ese forastero quedó encantado precisamente por el hecho de que no comprendía nada.

El deslumbramiento por el secreto ajeno es bastante conocido, el pobre hombre vivía con la esperanza de que, finalmente, sería aceptado por los pensionados. Sin embargo cuando empezó a inmiscuirse en los asuntos del grupo fue rechazado. Gombrowicz, en su condición de escritor y oveja negra de ese pequeño círculo de gente respetable, se le acercó a ese hombre recién llegado y amistosamente lo azuzó contra los demás pensionados.
La situación alcanzó unos límites de locura y ese pobre hombre miserable perdió la cabeza. Lo convenció de que su ropa y sus maletas eran demasiado nuevas, y de que ésa era precisamente la razón por la que lo trataban con malevolencia, como si fuera un advenedizo. Pasaron toda una tarde revolcando su vestuario en la basura y raspando sus maletas con un cuchillo para que parecieran viejos.

El pluralismo de lenguajes de aquella Polonia, de esos pequeños mundillos, parecían inexpugnables como castillos de la Edad Media. Pero pasó el tiempo y todo cambió, un conde ya no despertaba curiosidad, las jovenzuelas se sentaban a la mesa de los escritores sin haber sido invitadas. El mito según el cual existían unos grupos cerrados poseedores del monopolio de la cultura o el chic, estaba en vías de extinción.
Gombrowicz estaba de acuerdo con la evolución que iba destruyendo todos esos cultos y veneraciones que le quitaban a los polacos la audacia y la libertad. Pero después de veinte años de vida en la Argentina, donde la gente no hace tanto caso a los esplendores del otro, empezó a añorar aquellas vergüenzas de otro tiempo, y aquella torpeza nacida de la admiración.

“Tal vez era más interesante... Naturalmente, es agradable sentirse seguro de sí mismo y cómodo con todo el mundo, no dejarse impresionar, no interesarse demasiado por nadie, dedicarse a asuntos personales. Sin embargo, se produjo una especie de empobrecimiento cuando el hombre dejó de sentir en el otro un secreto magnífico e inaccesible, y desaparecieron las tensiones entre los diferentes medios (...)”
“En la Polonia de hoy, ¿habrá alguien que impresione o infunda respeto al otro? Lo dudo. Habéis ganado en razón, pero quizá, perdido en poesía”. En Zakopane Gombrowicz hace transcurrir la acción de su última novela que, a diferencia de su primera novela malograda de la historia de un contable, es coronada con el Premio Internacional de Literatura. En esta obra magistral Gombrowicz pone a prueba su talento físico matemático.

En un momento determinado Gombrowicz se propuso disciplinar sus conocimientos anárquicos acerca de las formas generales del conocimiento, la filosofía y sus primeros desprendimientos: la física y la matemática. Lo hizo recurriendo a la lectura de dos libros; “Lecciones preliminares de filosofía” de García Morente, y “Panorama de las ideas contemporáneas” de Gaetan Picon.
La atracción por la filosofía la conservó en toda su integridad durante toda la vida. Cuando pensamos en la física y en la matemática es muy difícil no pensar en el determinismo en cualquier campo que sea después del broche de oro que le puso Laplace. Este matemático francés coronó el pensamiento causal afirmando que podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro.

Ni siquiera la física cuántica se libra del demonio de Laplace, un demonio tan poderoso que lo obliga a Einstein a decir que Dios no juega a los dados. “Mi novela ‘Cosmos’ es capaz de angustiarme, y hasta de asustarme. A lo largo de mi vida me he forjado una sensibilidad especial hacia la forma, y, verdaderamente, el hecho de tener cinco dedos en la mano me da miedo. ¿Por qué cinco? ¿Por qué no 327.584.598.208.854? (...)”
“¿Y por qué no todas las cantidades a la vez? Y en definitiva, ¿por qué dedos? Para mí no existe nada más fantástico que el estar ahí, y ahora, y el ser tal, definido y determinado, concreto, éste y no otro?”. Sin embargo, el demonio de Laplace es paradójico. Si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo.

Pero si mi propia vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy responsable de mis acciones. “Cosmos” es la obra más abstracta de todas las que escribió Gombrowicz. Las relaciones que Gombrowicz tenía con la abstracción, especialmente con la matemática que es su forma más pura, se pusieron de manifiesto muy tempranamente.
“Volvió a repetirse lo mismo, desgraciadamente, en el examen escrito de matemáticas. Mi falta de talento en esta materia se dejó ver con toda claridad. Ataqué el problema de trigonometría con la bravura de un suicida y, para mi mayor sorpresa, lo resolví en diez minutos. Todo iba como la seda: bastaba sumar unas cuantas cifras y ya estaba listo. Pero yo sabía que era demasiado hermoso para ser cierto (...)”

“Me dispuse a buscar, horrorizado, otras soluciones, pero no había nada que hacer, cada vez, como un tren sobre una vía muerta, llegaba a la misma solución sencilla, clara, deslumbrante por su evidencia. Por fin sucumbí, no pude resistirme más a la evidencia. Sofocado por los peores presentimientos, entregué el trabajo. Sabía que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía hacer si no existía mancha ninguna en mi obra? (...)”
“Sí, un cero en trigonometría, un cero en álgebra, un cero en latín: tres ceros coronaron mis esfuerzos. Parecía que no tenía salvación”. La naturaleza de “Cosmos” tiene sin embargo una extraña relación con la ciencia de matemática. Gombrowicz estaba llegando al apogeo de su juventud en un momento de la historia en el que ya habían fermentado todas las revoluciones del pensamiento.

Estas revoluciones tuvieron lugar en los cien años que van entre la mitad del siglo diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era científico ni filósofo quedó muy afectado por todo esto. Desde la época de la antigua Grecia los hombres se han propuesto saber de qué cosas está hecho el mundo. Siguiendo el camino del análisis, primero descubrieron las moléculas y los elementos.
Después descubrieron los átomos, abocados a la tarea de buscar partículas elementales, es decir, aquellas que no estaban compuestas de otras más pequeñas. Finalmente los científicos llegaron a los protones y a los electrones. Bombardear átomos para que aparezcan esos elementos más pequeños que ya no se pueden dividir no es una tarea para nada sencilla.

Sin embargo, los aceleradores de partículas con los que cascotean a los átomos son cada vez más poderosos y el más imponente de todos es la máquina de Dios con la que los físicos se proponen dividir los protones y los electrones en partículas más estables que los quarks y los hadrones para conocer la verdadera naturaleza de la materia y el origen que ha tenido el universo.
Cuando el hombre mete la nariz en asuntos reservados a los dioses suele tener contratiempos: la caja de Pandora en la antigüedad, y más recientemente la máquina de Dios son dos claros ejemplos. Los fracasos que sufren los investigadores científicos cuando se ponen a desentrañar misterios de la naturaleza, aunque parezca mentira, les vienen muy bien a los hombres de letras.

Le vienen muy bien pues mientras la ciencia, por lo general, se propone resolver esos misterios se puede decir que el arte en cambio vive de ellos. El Natura non facit saltus había imperado desde el tiempo de los griegos. La naturaleza no creaba especies ni géneros absolutamente distintos, existía siempre entre ellos algún intermediario que los unía al anterior.
Pero cuando Planck sienta el principio de que la materia no puede emitir radiación más que por cantidades finitas, por granos, por cuantos, y Heisenberg nos muestra que sólo podemos conocer la probabilidad de existencia y no la existencia misma de una partícula, la naturaleza empieza a saltar. Gombrowicz queda deslumbrado con la naturaleza granulada de la energía.

Se propone construir él también, ya no esa energía granulada que había descubierto Planck, sino una moral granulada. Puesto que la cantidad de los que sufren le pone límites al dolor, lo fragmenta y lo disuelve, y como el sentimiento que pone al hombre en contacto con el dolor del otro proviene de una reflejo moral, entonces, debe disponerse de una moral limitada, fragmentaria, arbitraria e injusta.
Una moral que por su naturaleza no es continua sino granulada. Este tipo de moral es la que Gombrowicz utilizaba para enfrentar todos los excesos, especialmente los excesos ideológicos. También queda sobrecogido con el principio de indeterminación de Heisenberg tan ligado al azar y a la probabilidad, y aunque esta concepción es divergente con el universo determinado de Laplace, sigue siendo fundamental en la física moderna.

Gombrowicz busca y encuentra en sus reflexiones sobre la forma algo parecido a lo que habían encontrado Bohr y Heisenberg en las partículas elementales. En el encuentro de una persona con otra hay una zona determinada de la conducta, de la que se ocupan la psicología y la antropología, y una esfera en la que el comportamiento no está determinado de antemano.
En esta esfera el comportamiento se va ajustando y pasa del caos inicial a una estructura probabilística en la sobresale el azar sobre el determinismo, y en la que cada participante del encuentro define en el otro una función. Esta doble naturaleza del comportamiento le presenta a Gombrowicz un problema parecido al que había resuelto Bohr con su noción de complementariedad para el caso de los protones y de los electrones.

Las partículas atómicas hay que describirlas, ora con la imagen corpuscular, ora con la imagen ondulatoria, y esto debe hacerse así porque estas dos imágenes contradictorias son concurrentes. Las relaciones de indeterminación, que son una consecuencia del cuanto de acción, no le permiten a las imágenes entrar en un conflicto directo. Cuanto más se quiere precisar una imagen por medio de observaciones, más la otra se hace necesariamente vaga.
Las propiedades corpusculares y ondulatorias no entran en conflicto porque no existen al mismo tiempo, son aspectos que se contradicen y se totalizan complementariamente. Esta concepción contradictoria y complementaria de los fenómenos físicos está presente en el espíritu de la época de la juventud de Gombrowicz, un espíritu que Gombrowicz expresa a su modo cuando se extraña de estar tan definido y tan indefinido al mismo tiempo.

La característica más sobresaliente de “El casamiento” es la manera en que cambian las conductas de los personajes, no por procesos psíquicos, sino por mutaciones formales. El comportamiento de los protagonistas pasa de la mujerzuela a la virgen, del tabernero al rey, del borracho al sobrio, de la tragedia a la alegría, de lo laico a lo sagrado, del hombre a Dios...
Son pares complementarios en los que la sabiduría va de la mano de la estupidez. Estos pares complementarios tienen una semejanza formal con las ideas de Niels Bohr. Bohr le puso el nombre de complementariedad física al hecho de que los fenómenos de la naturaleza se comportan como corpúsculos o como ondas según sea el aparato con que se los mida.

Pues bien, en el caso de Gombrowicz podríamos hablar de un principio de complementariedad formal, un hecho en el que los fenómenos humanos se presentan como comportamientos superiores o inferiores según sean las transformaciones indeterminadas que buscan el completamiento del doble aspecto que tiene la realidad., especialmente en lo que concierne a la inteligencia y a la estupidez.
El principio de complementariedad de Niels Bohr tiene un estructura asimilable a “El casamiento” mientras que el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg tiene una estructura asimilable a “Cosmos”. Se puede decir que el principio de incertidumbre postula que en la mecánica cuántica es imposible conocer exactamente, en un instante dado, los valores de variables canónicas conjugadas.

Cuando queremos cuantificar los valores de la posición y del impulso, por ejemplo, o de la energía y el tiempo, la medición precisa de una de estas variables implica una total indeterminación en el valor de la variable conjugada. En “Cosmos”, Gombrowicz maniobra con un filósofo de la combinaciones, de la causalidad, del azar, de la lógica interna y externa, del intento de organizar el caos y de la formación de la realidad.
Pero el filósofo queda enredado en las bocas erotizadas y sexualizadas de la criada y la hija, en la pasión enfermiza de un joven estudiante por la hija, en la masturbación del padre y en la muerte del esposo de la hija. La acción de “Cosmos” está constituida por ideas que se perfilan poco a poco y luego se vuelven nítidas. El protagonista le sigue la pista a estas formas inestables para asociarlas con el mundo, pero constantemente le caen en el caos.

Al poner en juego intencionalmente elementos reales para configurar una idea que previamente tiene en la conciencia, el joven lleva a cabo un acto desleal que perturba lo que está observando. Por esta razón sólo conocerá entonces el resultado de esa perturbación. De las cuatro narraciones que integran la novelística de Gombrowicz: “Ferdydurke”, “Transatlántico”, “Pornografía” y “Cosmos”, “Cosmos” es la más extraña.



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