jueves, 7 de octubre de 2010

WITOLD GOMBROWICZ Y EL PLACER

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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y EL PLACER



“En mi vida no ocurre casi nada. El estado precario de mi salud en Vence se ha convertido para mí en una especie de convento. Vivo como un monje. A las nueve desayuno, después escribi durante unas horas, a las doce el correo, una vuelta en coche por las montañas combinada con un paseo a pie. Al regreso un segundo desayuno, la prensa, una pequeña siesta, la correspondencia... lecturas (...)”
“A veces, con un esfuerzo rayano en la autotortura intento desentrañar de mi memoria algún detalle olvidado de hace años. Ayer a la noche antes de dormirme y por la mañana me he estado estrujando el cerebro para recordar en qué portal de qué calle me refugié de una lluvia torrencial, en septiembre de 1955, en Buenos Aires, durante la revolución, cuando me fui de mi apartamento amenazado para refugiarme en la casa de un amigo (...)”

“Con todo mi situación no está exenta de una amarga ironía, y es que después de tantos años de ayuno argentino, ahora que podría disfrutar de este país tan elegante, de esta civilización tan elevada, de estos paisajes, de este pan, pescados, manjares, de estas carreteras, playas, palacetes, cascadas y lujos. Ahora poseo un coche, un televisor, un gramófono, una nevera, un perrito y un gato (...)”
“Pero desgraciadamente ahora he tenido que ingresar a un convento. No parece del todo justo, pero hay una cosa que sí me parece realmente injusta: que el mismo trabajo artístico no me haya aportado placeres puros, de aquellos que le están permitidos al artista. Si a pesar de todo el escribir me proporciona cierta satisfacción, es una satisfacción fría, intransigente y hosca (...)”

“Cuántas veces escribo como un colegial obligado a hacer sus deberes, y muy a menudo con miedo, o con una incertidumbre angustiosa. Recuerdo un paseo en Buenos Aires, a orillas del río, en plena obsesión, resonándome en la cabeza ni siquiera frases, sólo palabras sueltas de “El casamiento”. Pero ese estado parecía más bien una suerte de desbocamiento, de galope, una trepidación, y poco tenía que ver con la alegría (...)”
“Mi época ha sido sangrienta y severa, de acuerdo. Guerra, revolución, emigración. Pero ¿por qué escogí justamente esa época, por qué elegí nacer en 1904, en Maloszyce? Soy un santo. Sí, soy un santo... y un asceta”. Desde hace ya bastante tiempo el pensamiento tomó la deriva de definir las cosas por la negativa. La nada, la negación de la negación y otras negatividades originarias por el estilo.

La definición por la negativa desembocó en consecuencias tales como que el placer es la ausencia del sufrimiento. En la filosofía, el ser como ausencia de la nada, y en la ciencia, los fenómenos descalzados de la determinación, nos ponen en el camino de preguntarnos si el placer es en verdad la ausencia de sufrimiento. El camino que recorre Gombrowicz para alejarse del sufrimiento es puesto al rojo vivo cuando conoce a Le Clézio en Vence.
Este escritor es un representante del placer pero con la conciencia envenenada. “¿Le Clézio? Que sea Le Clézio entonces, aunque no tengo idea de qué voy a decir de él... Le Clézio me visitó con su mujer poco después de mi llegada a Vence y me causó una impresión inmejorable, serio, inteligente, sincero. Dramático (tiene veintisiete años), concentrado (...)”

“Muy apuesto y aún más fotogénico, así que L’Express y otras revistas publican fotos suyas a toda página. La prensa ve en él la principal celebridad de la literatura francesa ‘á l’heure de promesse’, ya es conocido en Europa, catalogado como el futuro Camus de Francia, la gente se detiene al verlo por la calle. Veintisiete años y ya tres novelas, estos franceses, realmente, (...)”
“A parte de las incomodidades de esta posición tan vertiginosa, Le Clézio –así me lo parece– está amenazado en dos frentes. El primer peligro es el tipo de vida que le ha tocado en suerte, demasiado paradisíaca e idílica, una vida encaminada hacia el placer. Sano, robusto, bronceado, entre las flores de Niza, con una mujer guapa, gambas, fama y playa... ¿qué más se puede desear? (...)”

“Sus novelas respiran en cambio las impenetrables tinieblas de una desesperación extrema, mientras él mismo, un joven dios en traje de baño, se sumerge en el azul salado del Mediterráneo. Pero esta contradicción es demasiado ligera y superficial para poder desacreditar a Le Clézio, y sólo un segundo veneno, mucho más penetrante y sostenido, se convierte en el vehículo del primer veneno (...)”
“Este segundo veneno es el placer que produce la belleza. Hubiese tenido que conocerlo hace trece años, cuando tenía catorce, para poder decir de esto algo más concreto. Tal como lo veo ahora, se defiende de ese placer sobre todo con su voz –que es inesperadamente baja, masculina, sólida– y también con su visión del mundo extremadamente trágica, así como con el heroísmo de su postura ética (...)”

“Lo que no excluye algunas concesiones, su mujer, por ejemplo, que también es bonita, y su pequeño coche deportivo de una buena marca no menos atractivo. También considero muy significativo y característico el hecho de que Le Clézio y su mujer vivan en Niza en una plaza llamada justamente Ile de Beauté (Isla de la Belleza). No voy a afirmar, naturalmente, que haya escogido esta plaza ex profeso (...)”
“Sin embargo en la vida hay determinadas coincidencias indiscretas que desenmascaran una tendencia oculta. Esta casualidad, en mi opinión, no es únicamente casualidad. Le Clézio, pues, se compone de contrastes: por un lado placer, salud, forma, fotos, Niza, rosas, automóvil; por otro, tinieblas, noche, vació, soledad, absurdo, muerte. Pero su mayor problema es que en él el drama se vuelve bello, seductor, placentero (...)”

“Él se rebela: ‘La juventud, no sé qué es, no existe’, ha dicho en una entrevista... pero sin tomar en consideración que uno no es joven para sí mismo, se es joven para los demás y a través de los demás. Lo único que podría salvarlo es la risa”. No sé si esta profecía lo alcanzó a Le Clézio, la cosa es que cuarenta y un años después de haber visitado a Gombrowicz en su casa de Vence recibió el Premio Nobel de Literatura.
Este prolífico escritor existencialista fue coronado por la Academia de Suecia con unas palabras fulgurantes. “Novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante, Le Clézio se conjuró para intentar elevar las palabras por encima del degenerado estado del discurso cotidiano y restaurar el poder de éstas para invocar una realidad esencial”

Empezó a escribir novelas de aventuras muy temprano, a los siete años, y siguió haciéndolo durante los años siguientes. Pero hasta 1963 no publicó nada, pues consideraba que esos escritos juveniles eran meramente preparatorios para su oficio futuro. Su carrera literaria puede dividirse en dos grandes períodos. En el primero de ellos, en el conoció a Gombrowicz, de 1963 a 1975, Le Clézio hizo experimentos.
Exploró la locura, el lenguaje reiterativo, la escritura torrencial y se dedicó a la experimentación, al igual que hicieron autores contemporáneos suyos. La imagen pública de Le Clézio era la de un innovador rebelde. Cuando conoció a Gombrowicz ya tenía a cuestas tres novelas, en las que pone de manifiesto los conflictos y el miedo predominantes en las principales ciudades del mundo occidental.

En esta etapa también se destacó como autor comprometido con la ecología. El segundo periodo comenzó a finales de los años 70 en los que el estilo de Le Clézio viró drásticamente. Abandonó la experimentación; el estado de ánimo de sus novelas se convirtió en menos atormentado, abordó temas como la infancia, la adolescencia o los viajes, con los que logró atraer a un número de lectores más amplio.
En cuarenta y cinco años de oficio, Le Clézio, un gran viajero fascinado por los mundos primarios, ha escrito una cincuentena de libros cargados de una gran humanidad. “Esta bien escribir novelas, porque cambias de personalidad, te conviertes en otra persona. Es delicioso cambiar de personalidad totalmente; meterse en la piel de alguien de otra época, de otro sexo e identificarse completamente con esa persona”

Ni el contraste entre una vida paradisíaca y las tinieblas de una desesperación extrema de las novelas, en el caso de Le Clézio, ni el contraste entre la intelligentsia y la clase social, en el caso de Gombrowicz, eran los verdaderos venenos, el verdadero veneno era el placer que produce la belleza. El placer que acompañó a Gombrowicz camino de la tumba fue el de las comidas, por lo menos así lo piensa la Vaca Sagrada.
“El principio de la vida cotidiana era concentrarse en el presente y dar sabor a cada cosa pequeña. Decía que la comida era uno de los pocos placeres que le quedaban en su vida de enfermo. Detestaba a los entendidos, a los degustadores, a los paladares delicados. Comía con equilibrio, sin caprichos tanto en casa como en los restaurantes. Pero le interesaban los platos y, pese a guardar sus distancias, se notaba que era glotón (...)”

“Tenía cierta obsesión por la comida, pues era justamente a través de la comida cuando más se le aparecía la nostalgia de su infancia y de Polonia. Me explicaba algunos platos polacos, los Paczowski le mandaban de Polonia sachets de bortsch, una especie de sopa de remolacha. Para luchar contra la monotonía de las comidas de todos los días recurría a unos inventos extraños (...)”
“Ponía la mesa en la entrada o la empujaba al máximo contra el balcón francés del comedor, lo que nos daba la impresión de estar en una terraza de café suspendida sobre la plaza. Finalmente, el último otoño, en Juan-Les-Pins, fue la época ascética. ‘El mayor placer de comer consiste en combinar cosas simples’. Entonces comía carne asada a la parrilla con pan, sin nada más”

Gombrowicz le daba mucha importancia al placer que les producían las comidas y a las ceremonias concomitantes, a veces le daba tanta que dejaba de lado otros asuntos. Mientras las comidas de Gombrowicz son, sin embargo, más o menos normales, las de Sartre son desde el mismo comienzo un tanto extrañas. Para Sartre las cualidades materiales de un objeto que queremos poseer, son distintas maneras simbólicas de representar el ser.
“La intuición sintética es en sí misma una destrucción asimiladora... Me revela el ser con el cual voy a hacer mi carne”. El hombre no es lo que come, como dice Feuerbach, sino ya es lo que quiere comer. Cada una de las comidas nos presenta un tipo específico de existencia.
“De ningún modo resulta indiferente gustar de las ostras... o caracoles, o camarones, por poco que sepamos extraer de la significación existencial de los alimentos (...)”

“De manera general, no existen gustos o inclinaciones irreductibles. Todos ellos representan una cierta elección apropiativa del ser”. Sartre ya está con el agua al cuello respecto a las comidas, pero Gombrowicz conserva la calma. Dio pocas recepciones en la Argentina, no tenía medios para darlas, pero la cumbre como anfitrión la alcanzó en el Club Americano.
Dio una cena en honor de los amigos polacos. Gruber, un hombre muy rico y snob se hizo cargo de los gastos: –No entiendo por qué eres amigo de Gruber, un hombre tan antipático; –Los trajes del señor presidente (lo había sido del Banco Polaco antes de Nowinski) me vienen de maravilla. No molestes a mi protector y está a la altura de las circunstancias pues el señor presidente usa ahora un impermeable inglés muy elegante.

Distendido, rejuvenecido, se paseaba por aquel decorado de tapices orientales, mesa recubiertas de manteles bordados, cubiertos ingleses de plata, velas y flores. Un rostro radiante de propietario efímero pero soberano de todo aquel lujo. Para Gombrowicz era un ejercicio con la forma, fiestas a la antigua con la hospitalidad y el gusto por recibir que le venían de las tradiciones familiares.
Mientras Gombrowicz seguía comiendo con ganas por respeto a sí mismo, Sartre se hundía más y más en la comida. “Cuando comemos una cucharada de miel o melaza, lo dulce expresa la viscosidad, tal como una función analítica expresa una curva geométrica. Si como una torta rosada, el gusto es rosado; el suave perfume dulce y la untuosidad de la crema de mantequilla son rosados”

Sartre se rompe la cabeza buscando la forma de dar carácter objetivo a una intuición subjetiva recurriendo a la fenomenología. “Lo viscoso es la revancha del ser-en-sí... Tocar lo viscoso significa arriesgarse a diluirse en la viscosidad. Esta dilución es horrible, por que es la absorción del ser-para-sí por el ser-en-sí”. Tampoco todas las comidas de Gombrowicz eran normales
Uno de los protagonistas de sus cuentos sufre una aventura realmente extraña. Se alejaban de Europa, en una noche estrellada y apacible ocurrió algo que parecía relacionado con los vómitos que había padecido el protagonista y que, en cierto sentido, resultó premonitorio. Uno de los marineros se llevó a la boca, distraídamente, una cuerda que colgaba del mástil mayor.

Muy posiblemente, debido al movimiento vermicular del intestino, se la empezó a tragar con tanta violencia que el marinero fue izado como un trapo hasta lo más alto del mástil donde quedó atascado con la boca completamente abierta. Dos mozos se colgaron de sus piernas pero no pudieron hacerlo bajar, entonces, el primer oficial tuvo la buena idea de recurrir otra vez a los vómitos.
Para despertarle la imaginación vomitiva le presentó al paciente un plato lleno de colas de rata, el pobre infeliz, con los ojos totalmente desorbitados, tuvo un acceso de vómito y cayó al puente tan pesadamente que casi se rompe las piernas. Sartre pinta a la viscosidad con los colores más desagradables. En sus novelas los besos se dan entre ataques de diarrea, y el amor se hace entre vómitos

Sus novelas tiene un no sé qué de excrementalismo. “La nausea” refleja la disminución de la fluidez de nuestra libertad, la solidificación de nuestra conciencia, nuestra lenta degradación hacia lo suave, lo informe de una naturaleza inanimada y caótica, la absorción del ser-para-sí por el ser-en-sí que, para Sartre, caracteriza la viscosidad, y en lo cual ve la simbolización del anti-valor.
Gombrowicz ya ha cometido un pequeño sacrilegio obligando a un protagonista a comer colas de ratas, pero Sartre ya está en el fondo de la repugnancia. La victoria de la viscosidad es exactamente la reversión del proyecto del hombre de poseer el mundo y llegar a ser Dios; porque la viscosidad es el hombre poseído por el mundo. La victoria de la viscosidad simboliza necesariamente un valor negativo absoluto

Del mismo la posesión del mundo simboliza un valor positivo absoluto. Por ser un ciudadano de dos mundos –el de la conciencia y la libertad, y el de la cosidad y el determinismo– el hombre tiene que luchar siempre para impedir que la parte más alta de su existencia sea absorbida y tragada por la parte inferior. Sartre se anima y se pone al frente de una corriente de pensamiento que nos previene de la viscosidad.
La viscosidad es la pérdida de la dignidad humana, el rebajamiento del hombre a la cosidad. Pero aún si el proyecto humano de llegar a ser Dios por la posesión del mundo no se viera frustrado por la viscosidad, el proyecto estaría igualmente condenado al fracaso porque la idea de Dios es contradictoria, y el hombre es una pasión fracasada. Pero, increíblemente, Gombrowicz y Sartre se encuentran en el final del camino.

La viscosidad de la comida nos cosifica, dice Sartre, una comida en el restaurante Sorrento nos automatiza, dice Gombrowicz. “A derecha e izquierda, burguesía. Las mujeres se meten en sus orificios bucales trozos de carne mortecina y mueven la bocacha –eso les pasa al esófago y después al aparato digestivo–, todo ello con cara de sacrificio, y de nuevo abren el orificio para llenarlo (...)”
“Los hombre se valen de cuchillo y tenedor; entre otras cosas, sus pantorrillas embutidas en las perneras se nutren aprovechando el trabajo de los órganos digestivos..., ¿sería francamente extraño abordar la actividad de la gente aquí reunida como la nutrición de las pantorrillas...?... Pero el mecanismo de sus movimientos está fijado en los más mínimos detalles, todas estas operaciones están definidas y formadas desde hace siglos (...)”

“Alargar la mano para alcanzar el limón, untar los trocitos de pan, conversar entre dos tragos, llenar los vasos o servir los platos al margen de una conversación, con una sonrisa oblicua –una uniformidad de movimientos casi como en los conciertos de Brandeburgo–; se ve aquí la humanidad que se repite a sí misma sin descanso. La sala, rebosante de comilona, se manifiesta en una infinidad de variantes (...)”
“Es una figura de vals repetida por los bailarines; y la cara de esta sala concentrada en su eterna función era la cara de un pensador”. Ya mucho antes de Vence Gombrowicz se quejaba amargamente de las dificultades que tenía para alcanzar el placer. En “Yo y mi doble” sueña con su propio ectoplasma. Es una de las burlas más crueles que Gombrowicz haya hecho de sí mismo.

Rematar la narración negando el acceso al placer y afirmando el deseo de servir, a pesar de lo que había escrito en los diarios. “Bien, por lo que a mí se refiere, afirmo y anoto como uno de los cánones de mi conocimiento de los hombres que el que desee agradarles y causarles placer alcanzará con más facilidad la humanidad que el que desee tan sólo ser un siervo útil”
Gombrowicz no podía buscar ni el placer ni el deseo de agradar en ese ectoplasma que en la madrugada de un martes se había desprendido del calentador de carbón y se había presentado en su habitación, no podía mirar con ojos amorosos a un doppelgänger pues no era ni una muchacha ni la patria, sino él mismo, un ectoplasma al que había escupido para que se fuera.

Gombrowicz zarandea en este relato con sarcasmo y ligereza unas marionetas a las que a veces llama yo, otras ser, y otra más identidad, sin embargo, estas cuestiones eran fundamentales en su concepción del mundo y del hombre. “Precisamente bajo el signo de una constelación erótico sensual de este tipo, sombría y lúgubre, desperté el martes a las cinco de la mañana (...)”
“Por uno de esos fenómenos de resurgimiento que deberían estarles prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa totalmente perdida para mí, mi juventud y mi primera bienamada, allá en la roca, junto al molino, al borde del río”. Cuando Gombrowicz miraba al presente, en cambio, contabilizaba unas mejillas sin frescura, un vejete antipoético y rígido que no podía inspirar poemas y al que ya nadie admiraría.

La nostalgia de su propia belleza desvanecida lo agitaba cada vez más. Le quedaba el trabajo, sí, un buen puesto para meterle miedo a las muchachas que ya no languidecían por él. O tener un hijo y vivir por y en él una vida plena repitiendo el canto eterno de la juventud, de la felicidad y de la belleza. O sacrificar la vida por un ideal para adquirir una segunda belleza y convertirse de nuevo en objeto de nostalgia.
Sabía que no tenía ningún atractivo para nadie, era un empleado aburrido para él y para los demás, sus debilidades espirituales eran cada vez más nítidas a medida que se le instalaba la rigidez de la edad madura y empezaba a sentirse mal con sus defectos. Pensó entonces en suicidarse para suscitar después de la muerte la atracción y la nostalgia y vivir la vida de una estatua ya que no podía hacerlo como un hombre privado.

O en convertirse en un bombero para adornarse con el uniforme. De pronto, mientras se hundía en la repugnancia hacia sí mismo, la forma de un espectro se desprendió del calentador de carbón. Como era de madrugada pensó que a esa hora la única que podía llamarlo era la patria, como ya los había llamado a los tres bardos profetas de Polonia. La silueta del espectro era, sin embargo, de un ser humano.
No era la figura de su bienamada sino de un hombre, debía ser entonces la humanidad que lo estaba llamando para el sacrificio de su vida. Pero, no, no era una abstracción, era un hombre concreto que vestía saco azul marino. Al ver que no era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes lo llamaban, es decir, nada de lo que podía despertar su melancolía Gombrowicz se dispuso a retomar el sueño.

Repentinamente, se dio cuenta que era él mismo quien estaba de pie frente al calentador, esperando. El espectro no estaba en pose, se miraba los zapatos, se pellizcaba maquinalmente la manga del saco y parecía avergonzado. Tenía un grano en la mejilla izquierda y, al sentirse mirado, se avergonzó aún más. Estaba lleno de defectos físicos y espirituales.
El espectro se dejaba examinar, se acurrucaba e intentaba escapar de la mirada indiscreta de Gombrowicz. Al rato se cansó de mirarlo y cayó de rodillas frente a él, ocultó el rostro y produjo tal cantidad de vergüenza que se quedó sin aliento, entonces el espectro lo miró. Los defectos físicos y espirituales del ectoplasma habían desaparecido, mejor dicho, se habían convertido en su mirada.

Gombrowixcz ya no miraba sus defectos sino que los defectos lo miraban a él. Esos signos que habían sido fuente de vergüenza y de indecencia se convirtieron en una mirada brillante, algo tan absoluto como las barbas de Dios Padre. Y esos defectos que para alguien de afuera sólo podían despertar compasión ahora miraban con la fuerza y la soberanía de la vida, más aún, eran la vida misma.
Una vida que Gombrowicz había buscado en todas partes salvo dentro de sí mismo. Por fin la calma, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza, podía existir como él mismo. El amor y la nostalgia mezclados con el temor lo hicieron volar como una pluma. Pero, de pronto, se dio cuenta que no podía caer de rodillas ni extenderle la mano a una forma que era él mismo.

No era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes se le habían aparecido, no podía mirar con ojos amorosos a alguien que era él mismo. Su cabeza hervía, se aparecía ante sí mismo con el aspecto de un egocéntrico y de un narciso sucio, sintió que la juventud se burlaba de él y lo despreciaba como a un miserable egoísta y que las alumnas del liceo no verían nunca en él ningún atractivo sexual.
Entonces escupió en el rostro del espectro, el espectro lanzó un gemido y desapareció. Gombrowicz se quedó con la sensación de un vacío profundo, sin otra perspectiva que la de una existencia miserable y vana con la muerte inevitable al final del camino. La pregunta de quién era él le quedó flotando, a veces le parecía que era una función social, y otras que era, sin más.

Pero la palabra ‘ser’ sin atributos era un hecho desnudo y terrible, lo llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que ser uno mismo, ni más ni menos. Esa palabra ‘ser’ connotaba una horrorosa desnudez. Por otra parte, Gombrowicz había escupido al espíritu y el espíritu se había desvanecido. “No, no –murmuré encogido y trémulo–, no quiero ser yo mismo (...)”
“Prefiero ser un empleado subalterno del Ministerio de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo, servir para algo o para alguien, inmediatamente, sin tardanza, hay que tratar de servir, buscar con qué abrigarse porque hace frío y es indecente estar desnudo y buscar el placer. Es necesario, hay que servir”



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