martes, 8 de septiembre de 2009

GOMBROWICZIDAS; WITOLD GOMBROWICZ E IVAN PAVLOV

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ E IVAN PAVLOV

“En una de las entrevistas dije que los franceses son como el perro de Pavlov. ¡Ojalá no lo hubiera dicho! Desde entonces su artificialidad adoptó el carácter de un perro artificial, y el aullido de unos perros pretenciosos se dejó oír por las calles en el silencio nocturno”
La primera educación que tuvo Gombrowicz se la proporcionaron la madre y las institutrices francesas, y fue posiblemente entonces cuando se le empieza a formar su doppelgänger francés, un ectoplasma en el que, como en el “Retrato de Dorian Gray”, va colocando el paso del tiempo, la pérdida de la juventud y la aparición de la vejez. Éste es el origen de su fobia parisina, sabía que esta ciudad tocaba su parte más sensible, la edad, el problema de la edad, y su conflicto con París se debía a que era una ciudad que pasaba de los cuarenta.

En el año 1963 Gombrowicz regresaba a Francia y se encontraba con un joven de veinticuatro años que había descuidado sus estudios, que se había hecho amigo de unos tratantes de blancas, y casi va a parar a la cárcel. A este joven polaco se le estaba acercando un señor medio polaco y medio argentino de cincuenta y nueve años cuya obra de escritor ya tenía un lugar en el mundo, y que nos estaba abandonando después de veinticuatro años de vida en la Argentina.
¿Podría finalmente derrotar a París? Mientras que en aquel lejano 1928 aquel joven un poco arrogante se sentía puesto en una situación inferior, este hombre maduro de hoy nos está diciendo desde Francia que todo terminó. El círculo estaba cerrado, la victoria era fulminante, Gombrowicz reinaba ya en los salones y en la literatura.

Nosotros mismos crecimos con esta victoria pues se nos estaba confirmando que allá, en el ombligo del mundo, el héroe de “Ferdydurke”, como él nos escribe al poco tiempo de llegar, pertenecía ya a toda la humanidad. Abandona su proyecto de regresar a la Argentina, sin embargo, Gombrowicz no se rinde, sigue peleando por su gloria y empieza a realizar su última mudanza, se muda allí donde puede administrarla mejor, se muda a Francia.
En el año 1928 Gombrowicz realiza su primera peregrinación a Francia, un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable.

Como polaco, como representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París. En París vio a Polonia desde afuera, desde el extranjero. Crecía en él un espíritu de resistencia frente a la propaganda y las inclinaciones patrióticas de los polacos que vivían en París e incitaban a pregonar a Polonia en el extranjero.
Pero en aquellos años no se sentía capaz de tomar una postura clara con respecto a la nación, cosa que ocurrió cuando se puso a escribir el “Transatlántico”. Las cosas empezaron a complicarse, no estudiaba, no pasaba los exámenes, ni se asomaba por el Instituto de Altos Estudios Internacionales.

Su estada en París, y luego en las playas francesas, en los Pirineos orientales, era como un agujero negro, no recordaba casi nada. Suponía que algo corrupto había en ese período francés, no era normal que se le apareciera oculto como tras una cortina. Y otra vez la locura, presumía que en esa época estaba un poco trastornado, que la madre le había transmitido ciertas propensiones hereditarias.
En el año 1963 Gombrowicz realiza su segunda peregrinación a Francia declarándose antiparisino y lanzando un desafío similar al del personaje de Balzac: “Si voy allí, es en efecto para conquistar (...) en París tendré que ser enemigo de París (...) Me hicieron varios interviews para la prensa más importante, antes de irme de París salió uno en “Arts” donde digo verdades amargas de los franchutes y los comparo con los perros de Pavlov y opino que los cocineros franceses deberían hacer la literatura pues tendría mejor gusto”

¿Pero qué tienen que ver los franceses con los perros de Pavlov? Ivan Pavlov, el fisiólogo ruso que realizó estudios sobre las glándulas digestivas, los reflejos condicionados, la actividad nerviosa superior y los grandes hemisferios cerebrales les hacía mirar a los perros de su laboratorio unos círculos para asociar sus conductas primarias a elementos abstractos.
Un día se le ocurrió ir estirando estos círculos que, poco a poco, fueron adquiriendo la forma de elipses hasta que los pobre pichichos, no pudiendo distinguir qué clase de figura estaban viendo, tuvieron trastornos de conducta. Pero no es la locura lo que andaba buscando, Gombrowicz restringe la comparación que hace entre los franceses y Pavlov a la saliva que segregan los perros cuando les crean un reflejo condicionado.

Dando vueltas alrededor del artificio, la juventud y la desnudez se encuentra de pronto con los perros de Pavlov. Empezó a combatir a París declarándose amante de la Argentina, pues el amor lo hacía sentir joven. Su diatriba contra París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnuda, sin embargo, Gombrowicz era una persona mayor y, además, escritor, y como escritor hacía lo que podía por parecer más maduro que los escritores franceses, para que no lo sorprendieran en ninguna ingenuidad.
Esta disonancia le trajo a Gombrowicz más de un contratiempo pues estaban en el mismo cuarto el artificio y la desnudez, una antinomia explosiva. La idea del artificio se le asoció, en una de las entrevistas, con los perros de Pavlov, y desde ese momento la artificialidad de los parisinos se le transformó en un perro pretencioso que dejó oír su aullido en el silencio de la noche.

La elite de París estaba sólo dispuesta a aceptar la grandeza del hombre, pero no su ingenuidad y su juventud. La juventud está impregnada de recuerdos vergonzosos, al punto que un maduro tiene por costumbre burlarse de otro también maduro recordándole algún pasaje de sus años mozos.
París era la expresión máxima del estilo europeo, así que Gombrowicz estaba atacando a Europa más que a París, Europa era también una factoría de estupidez. Entra en conflicto con la idea de la belleza europea porque es civilizada, organizada y disociada en funciones. Extraen la belleza de sí mismos para convertirla en algo exterior y objetivo, para que no duela ni infame. La belleza de Gombrowicz es, en cambio, salvaje, vergonzosa, implacable y personal.

Pensaba cómo huir de este mundo artificioso mirando las estatuas de París, y de pronto vio al Acteón de mármol que huía de sus propios perros después de haber visto a Diana desnuda.
“¡Qué horror! El pecado mortal de ese joven temerario, huyendo y a punto de ser devorado, no se movía en absoluto... Y seguirá siempre así, por toda la eternidad, como un arroyo fijado por el hielo. Y frente al pecado inmovilizado por la muerte, oí el aullido de Pavlov alejándose hasta los límites de París...¡Y los aullidos sordos de Pavlov siguieron oyéndose en la noche inmóvil!”
Cerca de la muerte, el doppelgänger francés recuperaba la juventud y Gombrowicz se volvía viejo. Francia ya no era un país cerrado pues allí se trabajaba con la forma, allí se la creaba y se la ponía en tela de juicio, a veces en broma y a veces en serio. Y si estaba a gusto en París era porque se hallaba en el centro mismo de la crisis de la forma, y la irritación que le producía París lo hacía sentir bien.


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