miércoles, 24 de junio de 2009

GOMBROWICZIDAS: WITOLD GOMBROWICZ Y FRANÇOIS MAURIAC



JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y FRANÇOIS MAURIAC

En el año en que “Ferdydurke” aparece en Francia Charles de Gaulle asumía la presidencia de la República, y en el año en que de Gaulle dimite a la presidencia Gombrowicz se muere. Fue la época dorada de Francia, la de Charles de Gaulle y de François Mauriac que habían culpado del repentino y humillante colapso de Francia en 1940 a la falta de voluntad nacional y a una descomposición moral generalizada.
A una caída tan generalizada de las aptitudes morales tenía que sucederle una ascensión irresistible.. La formación moral de Gombrowicz, del mismo modo que la de Mauriac, proviene del catolicismo. François Mauriac, escritor francés, miembro de la Academia Francesa y ganador del Premio Nobel de Literatura, es uno de los más grandes escritores católicos del siglo XX.

Sus firmes creencias religiosas se reflejan en su novelas, en las que aborda conflictos morales básicos. Los deseos de la carne, que no proporcionan una satisfacción real, se muestran en trágica oposición al esencial anhelo humano de vida espiritual. Consciente del lado oscuro de la naturaleza humana, sus análisis psicológicos tratan sobre la lucha contra el mal que libran en su interior hombres y mujeres.
Extraordinario estilista, Mauriac evoca una atmósfera cargada de sentimientos. El éxito de Mauriac se debió precisamente a la fuerza de los tipos que inmortalizó: madres austeras y posesivas, esposos desunidos, adolescentes en conflicto. La crítica al catolicismo de Mauriac que hacía Gombrowicz estaba más dirigida contra el dogmatismo del pensamiento religioso que contra su sentido moral que, por ser ciertamente elástico, no le impedía la frescura ni la libertad de movimientos.

Gombrowicz apreciaba mucho la sabiduría de la iglesia que, a los tumbos y después de muchos siglos, había aprendido a conocer las miserias del hombre. El existencialismo y el comunismo tenían, en cambio, morales construidas recientemente, y debían ser golpeados. El deseo de un mundo más elástico, de perspectivas más profundas, lo empujaba a buscar una nueva alianza con la iglesia.
El progresismo había desembocado en un hombre que se estaba volviendo un lobo para el hombre. Gombrowicz desconfiaba de esta criatura peligrosa que lo quería morder, que amenazaba con torturarlo, una alianza con la iglesia no le hubiera venido nada mal, la iglesia conocía el infierno contenido en nuestra naturaleza e, igual que él, le tenía temor a la excesiva movilidad del hombre.

Sin embargo, le costaba trabajo mantener relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo tan peligroso que le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo.
El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente de la vida y no lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos.. A través de estas cavilaciones se estaba definiendo respecto a la ética del catolicismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los otros fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la realidad es inagotable.

“¿Escritores? Nos ahorraríamos muchas desilusiones no llamando escritor a cualquiera que sabe escribir. Yo conocía a estos escritores: eran por lo general personas de inteligencia poco profunda y horizontes bastante estrechos, que en los tiempos que yo recuerdo no llegaban a ser alguien..., por lo que hoy, de hecho, no tienen nada que sacrificar. Estos cadáveres vivientes se distinguían por la siguiente característica: les era fácil fabricarse su postura moral e ideológica, ganándose de esta forma el aplauso de la crítica y de una parte importante de los lectores”
Una reflexión que Gombrowicz hace a menudo en los diarios en forma declarada y parabólica es la de que los escritores tienen en general mala conciencia, y la tienen porque no es la profundidad ni la sublimación lo que los empuja hacia la literatura, sino un intento de imitar la profundidad con la finalidad de ser escritores.

Cualquier punto de partida estructurado facilita la actividad de escribir, a veces es la religión, otra las concepciones políticas, pero la moral siempre anda dando vueltas. Gombrowicz intentó sortear este dilema en su obra y también en su vida, sin embargo, la empresa era muy difícil.
Se propuso debilitar en sus escritos todas las construcciones de la moral premeditada con el propósito de que nuestro reflejo moral espontáneo pudiera manifestarse. Aunque Gombrowicz no era indiferente a la vida difícil de los pobres, mientras vivió en Polonia, tuvo una vida fácil sin necesidades materiales. La familia, las institutrices y el servicio doméstico, de cuyos favores gozaba en Polonia, lo mantuvieron alejado de la parte dura de la existencia.

Las cosas cambiaron brutalmente cuando llegó a la Argentina, el mundo doble y acolchado de ese noble burgués se derrumbó y Gombrowicz tuvo que enfrentar el hambre, la humillación y toda la variedad de las penurias materiales. Este cambio fatal de las circunstancias acentuaron el rechazo que siempre había tenido por los artificios, el idealismo y las ilusiones al punto que se obligó a definir de una manera drástica su axiología.
“¿El vacío? ¿Lo absurdo de la existencia? ¿La nada? ¡No exageremos! No se necesita de un Dios o unos ideales para descubrir el valor supremo. Basta permanecer tres días sin comer para que un mendrugo adquiera ese valor; nuestras necesidades son la base de nuestros valores, del sentido y del orden de nuestra vida”

Si las formas artísticas no expresan, aunque de una manera transpuesta, esas necesidades entonces se convierten en un vicio que se aprovecha de un estado de cosas artificial con un origen histórico. A su juicio la pintura es el ejemplo más señalado de ese vicio que compara al del cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet.
Pero la literatura también alimenta este artificio cuando su objeto es exagerado. Gombrowicz señala que el rasgo más trágico de la muerte y de la enajenación en su sentido marxista, se produce cuando son tomadas como objetos artísticos y se convierten en pequeñas tragedias, las pequeñas tragedias del aburrimiento, la monotonía y una explotación superficial y repetida de las profundidades. La moral era pues una dificultad que permanentemente le entraba por la ventana.

La posguerra trajo una ola moralizadora en la literatura a caballo de los comunistas, los existencialistas y los católicos, pero en esta literatura resulta casi imposible separar la moral de las comodidades. Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en un sentido concreto.
Gracias a esta moralidad, le dice Gombrowicz al Hasídico en sus conversaciones, Mauriac tuvo una gran influencia en las jóvenes generaciones, fue premiado con el Nobel y con la Academia, y consiguió de un sistema capitalista inmoral riquezas y honores. Con la moral el artista encanta y seduce a los demás y embellece también a sus obras, es el sex appel de la literatura, en consecuencia debería tratarla con la mayor delicadeza.

El arte explícitamente moralizador era para Gombrowicz un fenómeno irritante. Que el escritor sea moral, pero que hable de otra cosa, que la moral nazca de sí misma al margen de la obra. Se propuso debilitar en sus escritos todas las construcciones de la moral premeditada con el fin de que nuestro reflejo moral espontáneo pudiera manifestarse.



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