lunes, 18 de mayo de 2009

GOMBROWICZIDAS: ZYGMUNT GROCHOLSKI

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GOMBROWICZIDAS

ZYGMUNT GROCHOLSKI

por Juan Carlos Gómez


Gombrowicz se había declarado enemigo mortal de toda la pintura y, en general, de todas las artes plásticas, pero tenía una debilidad para con los pintores. Ejercitaba con ellos todas las variantes de provocador histriónico y no ocultaba su odio a los museos y a las vernissages.
Su grito de batalla contra la pintura: –¡No creo en la pintura, descreo de toda la pintura!–, era una exclamación que, según decía él, le daba mucho prestigio entre los pintores, que recibían esas declaraciones con un sincero respeto y que despertaba entre ellos una amistad espontánea.
En un principio la pintura se había ocupado de reproducir la naturaleza, pero la naturaleza pintaba mejor porque era mejor que la copia.

Entonces los pintores buscaron la salvación en un espíritu humano que metían en el cuadro, pero la pintura trata casi exclusivamente con la materia, así que el intento resultó cómico. Se hizo claro entonces que el pintor no debía expresar la naturaleza ni el espíritu, sino su propia visión de la naturaleza, expresarse a sí mismo con medios estrictamente pictóricos, con la forma, la línea y el color. Empezaron entonces a deformar el objeto, pero aún así el objeto no se movía, ¿cómo podían los pintores expresarse a sí mismos utilizando algo inmóvil si la existencia es movimiento?
La pintura puede transmitir la visión del pintor pero la de un solo instante. La idea de que Van Gogh o Cézanne nos han transmitido su personalidad en sus telas es cierta sólo parcialmente.

Si a un escritor le dijeran que tiene que expresarse utilizando girasoles o manzanas se pondría a llorar. Sin embargo ellos han llegado a sernos tan familiares porque las palabras, es decir, sus biografías han completado la inmensa laguna dejada por los girasoles y las manzanas.
Los pintores, aunque ya se permitían deformar la naturaleza, seguían insatisfechos, así que sintieron la necesidad de liberarse del objeto al que estaban atados como el perro a su cadena. Se propusieron entonces descomponerlo en elementos y crear con ellos un lenguaje abstracto, pero la pintura abstracta tampoco se mueve. En la música la forma pura es posible porque está metida en el tiempo, la forma se renueva a cada momento y por eso es posible la melodía, pero un cuadro abstracto es como un acorde único.

Además, la abstracción le quita al cuadro el carácter de reemplazo de la vida que tenía cuando imitaba a la naturaleza sin darle nada a cambio.
Gombrowicz no creía en el lenguaje espontáneo y natural del hombre, toda forma es limitación y mentira, pero igualmente acusa a la pintura de ser artificial, demasiado artificial, y empieza por decirle a Dubuffet que la única arma que utilizará contra la pintura en su polémica será el cigarrillo. Para Gombrowicz el fundamento del valor es la necesidad, pero las necesidades pueden ser legítimas y también artificiales. La necesidad del pan, por ejemplo, es legítima y natural, en cambio la necesidad del cigarrillo es artificial. La admiración por la pintura es la consecuencia de un largo proceso de adaptación que se ha llevado a cabo durante siglos.

La pintura se ha fabricado laboriosamente un receptor adaptado en una relación convencional. La pintura no está basada en una necesidad verdadera de belleza.
Las joyas son pequeños guijarros cuyo efecto estético es casi nulo, sin embargo, se han gastado millones para tenerlas. La prueba de que esos cristales no representan la belleza es que un diamante artificial, absolutamente idéntico al diamante auténtico, sólo vale unos céntimos. Esto mismo pasa con las copias de los cuadros, el original puede valer una fortuna, en cambio la duplicación no vale nada.
Si las formas artísticas no expresan, aunque de una manera transpuesta, esas necesidades entonces se convierten en un vicio que se aprovecha de un estado de cosas artificial con un origen histórico.

A su juicio la pintura es el ejemplo más señalado de ese vicio que compara al del cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet.
Este mecanismo de la convivencia humana hizo que el comprador de un Ticiano fuera un hombre muy respetable, pues mostraba su riqueza. El objeto bonito estimuló, pues, el instinto de posesión de reyes, de príncipes, de obispos hasta llegar a la burguesía, y poco a poco se fue creando una escala de valores.
Un mecanismo complicado y gregario con origen histórico, estimula una sobre atención sobre el cuadro, y una vez arrancado el éxtasis que tiene origen en esta sobre atención se concluye que si el éxtasis existe es porque la obra es digna de él.
Gombrowicz tenía debilidad por un pintor polaco que sorprendía a todo el mundo con sus extravagancias.

Zygmunt Grocholski, llamado Zygro, tenía la costumbre de hacerse el loco con un estilo que a Gombrowicz le encantaba. Mis recuerdos volvieron a Zygro en el año 1999, cuando el Pterodáctilo y el Buey Corneta presentaron "Cartas a un amigo argentino" en el Centro Cultural de España, una jornada inolvidable en la que tomé contacto con el Bucanero.
Antes de los discursos una hermosa mujer puso en mis manos la copia de un retrato que Grocholski le había hecho a Gombrowicz en la casa de la Madame du Plastique, una obra en la que reina una tranquilidad y un equilibrio que es difícil deducir del aspecto de Zygro y de su comportamiento, no así del mismo Gombrowicz que acostumbraba a posar de una manera inexpresiva e impasible tanto para los retratos como para las fotografías. Pero vayamos al grano.

A fines del año 1954 Gombrowicz estaba poseído por un estado hipomaniacal que le había desbocado la imaginación. Cuenta en los diarios unas aventuras sorprendentes en una exposición de cuadros de Zygmunt Grocholski, connotado pintor polaco, invitado frecuentemente a las bienales, al que a veces sorprendían los que llegaban a su casa pintando desnudo.
Era amigo de Gombrowicz y lo había defendido con entusiasmo en un debate "Pro y contra Gombrowicz", organizado por el Club Polaco en el año hipomaniacal de 1954, recitando unos versos extraños.
Las paredes de la Vernissage estaban colmadas de composiciones abstractas saturadas de colores inmovilizados, mientras una multitud de bípedos caóticos desfilaba salvajemente ante ellas.

En las paredes, astronomía, lógica y composición, en la sala, desbarajuste y una desorganización que va y viene a los empujones.
Gombrowicz y un pintor holandés hacían comentarios sobre las masas, dominadas por tensiones lineales oblicuas, de unas litografías. De pronto, alguien lo golpea en la cadera, es un fotógrafo doblado en dos que apunta con su cámara a los invitados más importantes.
Mientras intenta reponerse junto a Alicia de Landes examinado con fuerza un conjunto de colores sometidos a sus propias leyes, el fotógrafo lo enviste nuevamente por detrás disparando dos veces, una de frente y otra de perfil.

Se compone por segunda vez y se dirige al encuentro de un grupo de franceses que analiza la lógica interior de una composición lineal, pero tropieza otra vez con el fotógrafo. Cuando está a punto de decirle algo desagradable aparece un desconocido con una cara que le parece conocida: –¡A quién veo! ¡El mundo es un pañuelo! ¡Hace siglos que no nos vemos!; –Es verdad. ¡Qué encuentro...!
En el mismo momento en que Gombrowicz hacía esfuerzos por recordar a ese desconocido, de un salto se le aparece el fotógrafo, hace clic, le pide veinte pesos y le da una recibo. Estaba furioso, lo había fotografiado justo con los ojos clavados en ese rostro olvidado, con una cara de bobo. Gombrowicz se había hartado de la Vernissage y se va furioso sin saludar a nadie.

Al día siguiente Gombrowicz sigue haciendo esfuerzos para recordar al desconocido que se había entusiasmado con el encuentro, hasta que se da cuenta que a ese rostro olvidado podría recordarlo mirando la fotografía que le había sacado el fotógrafo inoportuno.
Corre rápidamente a la dirección estampada en el recibo: –Ah, ¿usted también con el talón? Ya han venido varias personas, me parece que ese fotógrafo es un impostor.

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